Capítulo 19
Silentium
Las noticias sobre el primer ataque llegaron de manera apresurada, como si todos estuviesen esperando que pasara.
Esa mañana Theodore se despertó temprano, tal y como acostumbraba a hacer, pero Arthur ya no estaba en la habitación.
Trató de recordar si en algún momento del día anterior su compañero había manifestado sus intenciones de levantarse antes de lo habitual, pero fue incapaz.
Si lo había planeado, se le había olvidado decírselo.
Podía contar con los dedos de una sola mano las veces que Arthur se había despertado antes que él en los cinco años que hacía que le conocía.
Era una anomalía, pero no tenía por qué significar nada.
«Tal vez no podía dormir y ha decidido bajar antes para continuar trabajando», se dijo a sí mismo contemplando la cama vacía, mientras luchaba por no volver a quedarse dormido.
Al principio estaba bastante seguro de que eso es lo que había pasado.
Theodore prefería despertarse temprano para poder disfrutar del silencio matutino, pero aquella mañana era todo menos tranquila.
Un murmullo desordenado se colaba por las paredes de la habitación, causado por docenas de pisadas aceleradas que iban de un lado a otro de Teviot Place.
Si había tantos residentes despiertos, significaba que era tarde. Muy tarde.
Al mirar la hora, vaciló unos segundos.
Theodore se apresuró a bajar de la cama para mirar el reloj de bolsillo que Arthur había dejado olvidado en su mesa. Marcaba la misma hora.
Las 05.21.
Faltaban veintinueve minutos para que el despertador de Theodore sonara.
El ruido le había desvelado, otra mala señal.
No podía ser casualidad que el caos se hubiese apoderado de los pasillos de la residencia el mismo día que Arthur había salido corriendo de la habitación.
Se apresuró a vestirse con la ropa del día anterior, que había dejado doblada encima de la silla.
Los pantalones seguían húmedos y el algodón del jersey le irritó el cuello, pero dejó el cuarto sin detenerse a cambiarse de nuevo.
Un chico de primero estuvo a punto de derribarle cuando puso un pie en el pasillo, corría como si estuviera escapando del fuego.
Theodore sabía que ese no era el caso. Pagaban dinero suficiente cada mes para que en caso de evacuación pasasen por todas las estancias, una tras otra, para asegurarse de que nadie moriría achicharrado.
Por no hablar de que estaba convencido de que su mejor amigo habría vuelto para avisarle si estuviera en peligro.
Tal vez nadie más lo habría hecho, pero Arthur sí.
El chico, un mocoso pecoso de diecisiete años que se apellidaba Burton, se detuvo, para no llevárselo por delante.
—¡Eh! —le gritó Theodore, y después, molesto, se cruzó de brazos, en el mismo lugar en el que casi acababa de arrollarlo.
—Está en la cocina —dijo el muchacho.
Theodore se miró los pies y se ató los cordones de manera descuidada, sin llegar a hacer un lazo completo.
—Si te das prisa puedes escucharlo tú también —añadió el chico, y se marchó antes de que Theodore pudiese preguntarle de quién estaba hablando.
Bajó al comedor, por el camino se cruzó con un pequeño grupo de estudiantes de último año que debatían con alegría en la entrada del claustro, sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor.
Su lenguaje corporal distaba mucho de parecerse al de Burton, que estaba al borde de un ataque de nervios.
Theodore fue capaz de oír parte de la conversación, que no le ayudó a comprender qué estaba pasando.
Era como si todo el mundo hubiese tenido tiempo para vivir un día entero antes de que él se despertara.
Al final del pasillo, en la entrada de la cocina, Arthur estaba fumando una pipa y un denso humo oscuro, maloliente, le cubría el rostro.
La última vez que Theodore había visto a su amigo fumar estaban en época de exámenes y se había mentido a sí mismo diciendo que eso le ayudaba a relajarse.
Ambos odiaban el sabor que el tabaco dejaba en la boca, y también detestaban que su olor lo impregnase todo, aunque ellos no lo consumieran.
Era habitual que los pasillos de la universidad apestaran a tabaco proveniente de los despachos de los doctores, pero los alumnos solían controlarse en las zonas comunes.
Por lo general, Arthur era también muy crítico con el consumo de sustancias como el alcohol, pero a veces no podía evitar ser tan hipócrita como todo el mundo.
—Estabas aquí.
El humo se disipó por un instante y pudo ver sus ojos inyectados en sangre, una mezcla entre la falta de sueño y la nube pétrea que había provocado él mismo.
—Tengo el sueño ligero.
Era cierto. A veces Theodore oía cómo daba vueltas sobre el colchón durante unas horas, tratando de conciliar el sueño.
—Me he desvelado en algún momento de la noche y no he podido volver a dormir —continuó diciendo—. Cuando pensaba que lo iba a conseguir he comenzado a oír ruido y he salido a ver qué pasaba. Si lo llego a saber, me habría levantado la primera vez que me he despertado.
Theodore siguió la mirada de Arthur hasta una de las mesas del comedor, donde varios estudiantes se agolpaban alrededor de un muchacho rubio que abrazaba una taza humeante que no parecía que hubiera salido de la cocina de la residencia.
Wheeler estaba tranquilo, un poco despeinado tal vez, pero sus acompañantes no le permitían que dejase de hablar ni un solo momento.
Como él, llevaba puesta la misma ropa que recordaba haberle visto el día anterior, pero sucia.
Aunque de por sí era pálido y ojeroso, el color había abandonado su rostro por completo, salvo por una pequeña costra de barro que se le había quedado adherida a la mejilla izquierda.
Si se había dado cuenta de que estaba ahí, no había hecho nada para limpiarla.
Theodore no tuvo necesidad de hablar para que su compañero le leyera el pensamiento.
—Le han atacado. —Arthur volvió a absorber el humo de la pipa, como si quisiera consumir todo el tabaco.
Reprimió una arcada al terminar, su expresión de asco era sincera—.
Hace como unos cuarenta minutos, en las escaleras de Teviot Place.
La policía aún sigue por aquí, me sorprende que no te hayan despertado, han actuado como si fueran una fuerza militar y estuviésemos en peligro mortal.
Creo que querían asegurarse de que no se dejaban ni un solo rincón por registrar.
—No me he enterado de nada, estaba durmiendo —repuso Theodore, preocupado. Mientras hablaba, Wheeler dio un corto sorbo a su bebida. Cada palabra que pronunciaba parecía opio para su público, que seguía animándolo para que no parara—. ¿Qué ha pasado? ¿Han intentado robarle?
Los dedos de Arthur estaban manchados de tabaco hasta las uñas, el tono parduzco que tenían presagiaba que le iba a costar deshacerse de él.
Theodore no habría conseguido descifrar cómo se encontraba aunque se lo hubiese dicho él mismo.
Parecía cansado pero alerta, dispuesto a saltar en el momento que se lo pidieran.
Conocía perfectamente la ligera aversión que sentía Arthur por Wheeler, demasiado bocazas para él, sentimiento que Theodore también compartía de vez en cuando.
Wheeler Halpine tenía la fama merecida de exagerarlo todo, incluso con sus amigos.
Si Arthur lo tomaba tan en serio como para preocuparse por él, debía de tratarse de algo grave.
—Mejor que te lo cuente él —dijo, sin quitarle la vista de encima.
Tardaron al menos una hora en poder acercarse a él, seguía rodeado de curiosos que querían explotar al máximo su historia.
Alphonso estaba entre ellos, no se separaba de su compañero, mucho más hablador que él.
El contenido de la taza se había evaporado hacía ya varios minutos, pero Wheeler se negaba a dejarla en la mesa, como si temiera que alguien fuera a arrebatársela.
Cuando se pasó el susto inicial y quedó claro que el agredido no aportaría más detalles sobre el agresor, los chismosos desaparecieron, dejando a Wheeler y a Alphonso solos en la mesa, en silencio.
—Pensaba que no se iban a marchar nunca.
—Alphonso agitó la mano al ver a sus amigos, quería que se acercasen.
La tensión que se le había acumulado en los hombros se disipó tan rápido como la marabunta desapareció—.
Creo que ni siquiera se han molestado en averiguar si Wheeler estaba bien o no. Solo han venido por el morbo.
—¿Deberían preocuparse? —preguntó Theodore, que ocupó el asiento frente a Wheeler.
De cerca tenía mucho mejor aspecto, se le veía menos enfermo, pero muy cansado.
—No sé qué es lo que ha pasado. —Wheeler hizo el amago de sonreír por un instante, pero las comisuras de sus labios volvieron a contraerse en una mueca—.
Ayer me quedé tomando unas copas en el centro de la ciudad con los médicos del último turno de la tarde, siempre lo hacemos cuando nos toca, es una costumbre a la que no se puede decir que no.
Theodore lanzó una mirada furtiva a Arthur, que se la devolvió en una ligera muestra de burla.
—Tomé tanto whisky —continuó diciendo Wheeler— que no sé cómo conseguí pagar la cuenta cuando fue mi turno, me dolía muchísimo la cabeza.
Solo pensaba en lo tarde que era y en que tenía que ir a clase hoy por la mañana.
Me arrepentí en cuanto probé el alcohol, no sé por qué seguí bebiendo.
Cuando logré largarme estaba seguro de que iba a amanecer antes de poder tocar la cama.
Llegué sobre las cuatro a la residencia e intenté dormir, pero entre los ronquidos de Alphonso y que la habitación no dejaba de dar vueltas no lo conseguí.
Bebí por lo menos un litro de agua y decidí bajar a que me diese el aire.
Si el frío no me ayudaba a despejarme se me acababan las opciones.
Ya estaba planeando la excusa que iba a poner: fingiría una indigestión para no ir a la facultad.