Capítulo 18
Quod in inventute non discitur…
Arthur creía que se estaba volviendo loco. P or más que miraba aquella maraña inerte de huesos, todas las preguntas le llevaban de nuevo a la misma respuesta: aquello no era normal.
Había dibujado cada uno de los restos tantas veces aquellos días que era capaz de verlos a la perfección en su cabeza si cerraba los ojos.
La noche anterior la imagen del fémur del paciente se había intercalado con la de Theodore preguntándole sobre las leyes que afectaban a la manipulación de los cuerpos humanos.
No sabía cuál de las dos cosas ocupaba más espacio en su mente, pero ambas le preocupaban lo suficiente para que le acompañasen antes de acostarse.
Cuando pensaba en el caso que tenía delante, solo se le ocurría una palabra para definirlo: ridículo.
Todo en él le parecía ridículo, pero Arthur no podía dejar de fijarse en algo en concreto.
—Las proporciones. No creo que lo notes, pero son absurdas. Al principio pensé que era un niño porque de ninguna manera este cuerpo tan pequeño podría pertenecer a un adulto normal. Tal vez haya sido algo provocado por la enfermedad, pero es… pequeño.
Victoria trataba de ver lo que Arthur le estaba enseñando.
—Entiendo.
—Espera, te lo voy a mostrar.
En uno de los armarios del aula, el más alejado de las ventanas, el profesor Lyle Crowle guardaba su colección de referencia: un cuerpo humano de un hombre adulto, separado con cuidado por secciones, para facilitar su empleo en clase.
Cada una de las zonas del cuerpo (extremidad superior izquierda, extremidad superior derecha, las inferiores, cintura escapular, cintura pélvica y cráneo) estaba perfectamente etiquetada, preparada para tomar solo la parte que necesitaba en cada momento.
Los huesos largos que había logrado identificar eran de las piernas del individuo, así que tomó prestadas solo las cajas que los contenían y dejó el resto en el fondo del armario.
—Cuando se estudia un cuerpo, independientemente de cuánto tiempo lleve muerto, debes tener en cuenta que existe dimorfismo, es decir, diferencias entre los casos —explicó—.
Lo mismo sucede con las patologías, cada una de ellas se manifiesta de manera distinta dependiendo del paciente.
Un médico tiene que tratar de encontrar lo que define cada enfermedad para hacer un diagnóstico correcto, s in importar lo que pueda parecer a simple vista.
Muchas dolencias son similares pero no tienen la misma causa y, por tanto, tampoco tienen la misma cura.
Hay que afinar la respuesta para evitar que nadie muera.
Retiró la tapa y sacó de la caja un gran fémur robusto. Repitió el proceso para sacar el del otro lado, y colocó los dos junto al hueso que estaban estudiando.
—La primera vez que los comparé me parecieron muy distintos, aunque no sabría decirte por qué. —Le avergonzó admitirlo, pero debía hacerlo por el bien de la investigación—. Tienen algún problema, hoy lo veo mucho más claro que la última vez, pese a que se me escapa la respuesta.
—Tal vez —comenzó Victoria— necesitas encontrar la pregunta correcta. No conseguirás llegar a la respuesta que quiere el profesor si no sabes qué preguntar.
—No había pensado en eso.
Victoria aprovechó el breve silencio para inspeccionar los huesos que había sacado Arthur.
Comparados con el del paciente que estaban examinando, eran alargados y gráciles. El futuro médico tenía razón: parecían distintos. Incluso al comparar el peso de ambos había algo que no cuadraba, algo que no debía estar allí, pero tampoco Victoria era capaz de discernir qué estaban buscando.
—Entonces ¿hace mucho que os conocéis? El profesor Crowle y tú.
Victoria levantó la mirada hacia él, al imaginar el rumbo que seguiría la conversación.
—Creo que la primera vez que le vi yo tendría unos cinco o seis años, pero no le recuerdo mucho en esa época. —Hizo memoria—. Hasta que cumplí dieciséis creo que no fui muy consciente de quién era ni de su existencia.
—Sí, supongo que así es mucho más sencillo. Lo hace más fácil.
—¿La convivencia? Desde luego. —Se llevó los dedos a la cara, tratando de elaborar mejor su respuesta—. Otras cosas no lo son, pero supongo que con el tiempo acabas adaptándote a la otra persona. Es raro pasar de vivir con tus padres a hacerlo con alguien que es casi un desconocido.
—¿Por eso te casaste con él? ¿Porque era amigo de tus padres?
Arthur evitó mirarla a la cara mientras se lo preguntaba.
La carcajada de la joven inundó la habitación.
—No es mi marido, Arthur Credge, el profesor Crowle es mi tío, el hermano de mi madre. No estoy casada.
La vergüenza recorrió cada centímetro de su cuerpo.
Había dado por sentado que el profesor y Victoria tenían una relación romántica.
O, al menos, que estaban unidos en matrimonio.
Como todos los alumnos de Lyle Crowle, Arthur sabía que Victoria vivía en su casa, pero nunca se había imaginado que pudiera ser porque los unía un lazo familiar.
Si lo pensaba con frialdad, nunca había visto ninguna muestra de cariño entre ellos, pero eso no era determinante para asegurar que no estuvieran casados.
Muchas parejas preferían no mostrar su afecto en público.
Sin embargo, si Victoria hubiese sido su mujer, no le habría pedido que hiciese de intermediaria entre ellos ni que se quedase a solas con él.
—Discúlpame.
—No. —Sonrió aún más—. Estaba esperando a ver cuándo lo preguntabas. Has tardado más que la mayoría. Todos lo suelen descartar al conocerme.
—¿Por eso sabes tanto? —concluyó Arthur. No comprendía cómo no lo había visto antes—. ¿El profesor te da clases?
Arthur ya le caía bien, pero en ese momento le apreció mucho más.
—Lyle Crowle ha sido muy amable conmigo durante estos años y le ha importado lo suficiente mi interés por la medicina.
Si hubiese sido un hombre habría hecho lo mismo por mí, de modo que le estoy muy agradecida.
Me ha permitido acompañarle siempre que he querido y me corrige cuando es necesario. Le debo todo lo que sé.
—¿Y tus padres?
Victoria perdió la sonrisa, pero se recuperó enseguida.
—Mientras no les cueste dinero, les da igual —se sinceró—. Debería haberme casado hace años, pero como no vivo en su casa ni tienen una boca más que alimentar les trae sin cuidado lo que haga. No creo se acuerden siquiera de que existo.
Arthur no supo qué más decir. No sabía si debía consolarla o insultar a sus padres, así que decidió mantenerse callado, y ella lo agradeció.
—Sea como sea, el profesor Crowle está haciendo un gran trabajo contigo.
Otra sonrisa, pero tampoco se atrevió a continuar.
—¿Crees que puede ser culpa tuya? ¿Que no tienes la soltura suficiente para trabajar con restos óseos? Te dedicas a las consultas.
—Estoy más seguro de mi diagnóstico y de mis conocimientos que de los de cualquier otro compañero mío —se defendió, sorprendido por el cambio de rumbo repentino que había tomado la conversación—.
Pero quizá se me está escapando algo. No suelo tratar con material en este estado de descomposición. Ninguno de nosotros lo hacemos.
—Mi tío te ha puesto en un gran compromiso —observó.
—Y que lo digas.
Victoria sostuvo el hueso que había identificado como un fémur y lo contempló a contraluz, dejando que la luz brillase sobre las estrías que habían aparecido por el paso del tiempo.
—Tengo una idea —dijo, y se apresuró a añadir—: Sobre el dimorfismo. Sé cómo podemos solucionar el problema de la muestra. Creo que puedo ayudarte.
—¿En serio? —Arthur no estaba muy convencido. ¿Qué podía hacer ella?—. ¿ Qué has pensado?
—Tú dame unos días. Te prometo que merecerá la pena esperar.