Capítulo 17
Actus reus
Theodore interceptó a Arthur antes de que su compañero se perdiese entre la multitud de estudiantes.
Era la hora de la cena, las seis y media pasadas, y los residentes de Teviot Place luchaban por hacerse con un buen plato del estofado de Una, cuyo olor se habí a a poderado de la residencia.
Los días en los que se servía carne parecía que hubiera más comensales de lo habitual, con un hambre voraz que devoraba hasta el último gramo de lo que había cocinado.
No quedaban sobras ni para alimentar a los gatos agolpados en la puerta de servicio esperando, pacientes, lo que los humanos desechaban.
Arthur iba hablando con Alphonso y Wheeler, ambos en ropa de andar por casa. Como de costumbre, rezagados, querían evitar la marabunta desesperada por cenar.
—Perdona —dijo Theodore, que no se detuvo a saludar al resto—, ¿podemos hablar un momento?
Arthur lo contempló desde la fila, extrañado. Theodore podría haber aguardado a que hubieran subido a la habitación para hablar con él a solas, tenía que tratarse de algo importante. Asintió, sin necesidad de que se lo justificara.
—Os guardamos el sitio en la mesa —dijo Wheeler mientras ambos desaparecían por el pasillo.
Tomando la dirección contraria a la del resto de los estudiantes encaminaron sus pasos de vuelta a las habitaciones.
Los pies de Theodore se movían raudos con un objetivo fijo, de modo que Arthur tuvo que aligerar el paso para no perder a su amigo.
Uno a uno, los residentes que se encontraban por el camino se apresuraban para no llegar tarde a la cena.
Dejaron atrás el corredor de las habitaciones y bajaron un tramo breve de escaleras, en su recorrido hacia el claustro.
El claustro de Teviot Place era un pequeño jardín cuadrangular que en primavera hacía las veces de huerto.
Esa noche los árboles tapaban la luz de la luna, que a duras penas iluminaba el corredor que rodeaba el patio.
La piedra, el mismo material tosco y pardo sobre el que se había construido la ciudad de Edimburgo, se veía opacado por la oscuridad.
A esas horas ya no quedaba nadie en el patio interior del claustro. Todos los residentes en el edificio se encontraban en el comedor o en la cola para entrar en él.
—¿Qué pasa? —Arthur no esperó a que su compañero llegara al jardín.
Theodore solo veía los ojos de su amigo, que se perdía en la oscuridad de la noche.
Era sorprendente, pero no hacía frío. El final del día parecía más cálido que el inicio y no echó de menos el abrigo.
Había regresado a la residencia al acabar su tutoría y se había deshecho de su ropa de calle nada más llegar a la habitación.
No hacía frío, pero las manos le temblaban, no podía evitarlo.
Arthur estaba impaciente por recibir una respuesta que explicase el comportamiento fuera de lo habitual de su amigo.
—Has memorizado todas y cada una de las leyes del código civil de la medicina en Escocia. Si te pregunto algo, ¿sabrías decirme si es legal?
Si alguien podía disipar sus dudas, ese era Arthur.
Nadie se esforzaba más que él en la universidad, incluso cuando no era necesario hacerlo.
Si habían tenido que completar un trabajo y responder un par de preguntas sobre legislación en voz alta no le cabía duda de que su amigo había ido mucho más allá y era capaz de recordar todo lo que se podía memorizar sobre el tema.
—Sí, es muy probable. —No pareció sorprenderle la pregunta. De los dos, Arthur era el que mejor guardaba la compostura delante de sus amigos. Tal vez la gente en general se sintiese más impresionado por Theodore, pero Arthur Credge era capaz de engañar hasta al mejor de los observadores—. ¿Por qué?
—Imagina que por alguna razón uno de los cuerpos de las prácticas terminase en la calle. —Theodore pronunciaba cada palabra con voz pausada—. ¿Qué pasaría?
Arthur sopesó lo que su amigo acababa de decirle. Si pensaba que era una pregunta fuera de lugar, no lo parecía.
—La universidad tendría problemas —expuso.
—¿Qué tipo de problemas? —insistió su compañero de habitación.
—Depende.
El cielo despejado de la noche comenzó a cubrirse con las primeras nubes del día, que anunciaban que la tormenta estaba dispuesta a regresar después de la tregua.
—El responsable se enfrentaría a una expulsión inmediata de la cátedra, del hospital o del puesto que tenga.
Jugar con la salud de la población significa cárcel automática —continuó Arthur—.
Podrían llegar a cerrar la facultad si no se encuentra una buena justificación.
Es un tema delicado, si llegara a pasar nos enteraríamos.
Theodore intuyó algo en ese mismo momento, pero no estaba seguro de comprenderlo.
—¿Habría alguna manera de que no se supiese que el cadáver viene de la universidad?
Tajante, Arthur movió la cabeza de un lado a otro.
—Imposible, al menos no desde hace unos años.
Tenemos vetado el acceso libre de cuerpos humanos desde que ocurrió lo de Burke y Hare, los ladrones de cadáveres.
La ley estipula el número de cadáveres que pueden disponer las universidades al mes, por eso hacemos las prácticas con piezas de cerdos y cabras.
—¿Se documentan?
—Todos y cada uno de ellos —afirmó—. Para que puedan enterrarse en la fosa del cementerio deben tener todo el papeleo al día, no se puede meter cualquier cosa.
Cada universidad de Escocia tiene la obligación de hacerles una marca a los cadáveres que se usan en sus clases.
—Pensativo, se mordió el interior de la boca—.
Puede ser una marca de tinta en una mano o cortarles una oreja, da igual, depende de dónde vengan.
Las autoridades conocen las marcas, no sé cuál es la nuestra.
Pero si encontrasen un cuerpo nuestro en mitad de la carretera sabrían que es de la Facultad de Medicina, eso te lo aseguro.
—A no ser que hubiese entrado sin que nadie lo supiese.
La expresión de su compañero cambió y Arthur pudo leer la ansiedad en su rostro.
—¿Qué ha ocurrido, Theodore?
Lo último que quería era tener que admitir en voz alta lo que sospechaba desde que había dejado unos días atrás el Royal Infirmary: algo iba mal.
Theodore estaba seguro de que la primera reunión que había tenido con su profesor no había sido más que un momento de debilidad por su parte.
Nunca había considerado conveniente contarle nada de aquello, pero ya era demasiado tarde para negar lo evidente.
Hughie Buckman estaba asustado porque algo sucedía y ahora quería dejarle fuera.
—¿Theodore? —repitió Arthur elevando la voz.
—Aún no lo sé. Puede que algo malo.
Arthur agarró el brazo de su amigo como había hecho este en el pasillo y lo alejó de la puerta.
Era improbable que alguien los oyese allí, en el claustro a oscuras, a la hora de la cena, pero prefería cerciorarse de ello.
La actitud de Theodore era estoica la mayor parte del tiempo, pero en ese momento no quedaba nada de estoicismo en él.
Era como un niño al que no se le daba bien mentir.
—Fui al despacho del profesor Buckman para seguir con las lecciones, pero tenía un cuerpo en la mesa de pruebas, un paciente de la universidad.
—Decidió limitarse a narrar los hechos, sin detenerse a describir el estado de la persona que había acabado allí—.
Estoy seguro de que lo era. Tenía marcas de estudio anatómico por todas partes, pero alguien lo encontró en mitad de la Royal Mile. La policía lo devolvió al hospital.
—No he oído nada.
Theodore había captado por completo la atención de su amigo.
—¿Y si no ha habido ninguna denuncia porque no estaba legalmente adscrito al centro? —insistió—. Has sido claro: si algo así llega a suceder y se relaciona con la universidad, están jodidos. Pero ¿y si alguien lo trajo de contrabando?
—Theodore —advirtió Arthur.
—¿Sería posible o no? —Sin darse cuenta, su amigo había subido la voz hasta convertirla en un grito.
Derrotado, Arthur asintió.
—Sí, eso explicaría por qué nadie ha sido sancionado y por qué no ha salido en los periódicos.
—Habríamos oído algo.
—A la gente le encanta hablar —admitió Arthur.
Theodore oía un zumbido tan claro en sus oídos que le sorprendió que Arthur no fuese capaz de escucharlo también. Las piezas de su loca teoría encajaban poco a poco, aunque hubiera preferido haberse equivocado.
Había algo más que no podía quitarse de la cabeza. Algo que podía estar relacionado o no con su nueva revelación.
—¿Qué te ha dicho el doctor Buckman? —Arthur había cruzado los brazos sobre su pecho—. Tendrá alguna justificación, estoy seguro.
—Ha preferido evitar la conversación. —También se abstuvo de admitir que se había cabreado al cuestionarle lo que estaba sucediendo; Theodore lo omitió a propósito—. Por eso he venido a hablar contigo. Tenía dudas y eres el único que podía ayudarme a entenderlo.
Arthur asintió.
—¿Es posible que sea un error? —preguntó—. ¿Que en realidad no fuese un cuerpo estudiado en las pruebas y solo simulase una disección? Hay mucha gente rara suelta por ahí.
—Reconozco el trazo de un estudio anatómico cuando lo veo. Podría hacerlo con los ojos cerrados si hiciera falta.
—Lo sé. —Arthur se disculpó y se llevó las manos al cabello—. No hay un alumno mejor que tú, Theodore. Si alguien puede reconocer algo así, eres tú.
—Ese es el problema.
Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad de la noche y ya no les costaba un esfuerzo reconocerse en el claustro. Theodore seguía temblando, y no era a causa del frío.
Una cosa era hacer hipótesis y repetírselas a sí mismo durante horas y otra muy distinta saber que Arthur también creía que había razones por las que preocuparse.
Resultaba sencillo autoconvencerse de que solo se trataba de pensamientos intrusivos cuando era el único que sospechaba.
En ese mismo instante se prometió que no le iba a contar a su compañero ninguna de las sospechas que relacionaban a Hughie Buckman con aquel cuerpo.
No podía comprometer a su amigo más de lo que ya lo había hecho.
—¿Qué hacemos? —Que Arthur usase el plural tranquilizó a Theodore. Sabía que le seguiría a cualquier parte—. ¿Quieres denunciarlo?
—No —se apresuró a contestar Theodore—. No, creo que sería precipitarme. El cuerpo puede que ya ni siquiera esté en el hospital, no tengo pruebas de lo que ha sucedido. Tampoco sabría a quién culpar. No, dejémoslo así de momento.
La simple idea de enfrentarse a su tutor le asustaba. Era su palabra contra la de un doctor reconocido. Aunque era un hombre excéntrico gozaba de respeto en todos los ámbitos de la ciudad.
No. Nadie le creería.
Además, ¿por qué iba a mentir, si no tenía nada que ver con ello?
—Como quieras.
El zumbido en los oídos seguía acompañando sus pensamientos, cada vez más fuerte. La conversación le había servido para obtener respuestas, pero no para acallar su ansiedad.
—Theodore. —Con cautela, Arthur se aferró de nuevo al brazo de su compañero—. Crees que pasa algo más, ¿verdad? Si me lo has preguntado… es porque sospechas que es algo más gordo que un robo, ¿no?
No estuvo tentado de ser sincero con él.
Como ya sabía, no tenía pruebas de que nada de lo que estaba diciendo fuese real o estuviera conectado de alguna manera con sus sospechas.
A Arthur no le habrían hecho falta pruebas para creerle, pero podía resultar afectado solo por complicidad.
Cuatro ojos veían mejor que dos, pero Theodore tenía acceso a lugares a los que su amigo no, de modo que no sería tan útil.
No merecía la pena ponerlo todo en riesgo por una corazonada.
Por eso no dudó ni un momento antes de mentir a su mejor amigo.
—No. Estoy seguro de que es solo un caso aislado. Nada más.
A Arthur no pareció tranquilizarle la r espuesta.