Capítulo 16
Corpus humanum
—¿Desde cuándo hay goter as aquí?
La voz del profesor le lle gó ahogada a través de las paredes de l a casa.
Victoria oyó que se deshacía del abrigo y lo dejaba caer sobre la butaca de la entrada.
Nunca fallaba. Podría haber reproducido a la perfección cada uno de sus movimientos aun sin verle.
El señor Crowle se quitaba el pesado abrigo de piel justo antes de descalzarse, siempre en ese orden.
Le gustaba dirigirse al centro de la estancia y dejaba un reguero de barro y humedad en su camino hasta el asiento de terciopelo verde pino, que solo se usaba como perchero.
Después, una vez que se había quitado los zapatos, dejaba sobre el respaldo de la butaca el sombrero, que llevaba siempre, con independencia del tiempo que hiciese.
Ni siquiera cuando la jornada terminaba más tarde, después de haber pasado por la cervecería, modificaba en absoluto su ritual de regreso a casa, perfeccionado al milímetro.
Era un hombre de costumbres.
—Desde hace por lo menos unos días —contestó Victoria, que le saludó con un ligero apretón en el brazo derecho—. Ayer dejó de llover, así que esto no es reciente.
—¿Tanto llevo sin pasarme por aquí? —preguntó sorprendido.
—Al parecer, sí.
Un cubo de latón permanecía apoyado contra una de las paredes, que supuraba agua como si se hubiesen dejado un grifo abierto. Por la tarde Victoria lo había vaciado tres veces y no creía que aquello fuera a mejorar. Aunque la tormenta había parado, no tardaría en regresar.
—¿No has llamado a nadie? —El profesor Crowle contemplaba la fuga de la pared con auténtica curiosidad científica, como examinaba los casos impertinentes—. Podrían haberlo mirado y solucionado antes de que yo volviera.
—Tenía la cabeza en otro lugar —confesó ella, señalando la habitación que se abría a su espalda.
La vieja morada de Lyle Crowle, una mansión que estaba en pie desde hacía más tiempo del que el profesor llevaba con vida, era uno de aquellos lugares que parecían haber sido diseñados con la intención de que se habitaran.
Los techos altos y los grandes ventanales permitían que la luz entrase incluso en los largos meses del invierno escocés, cuando las nubes se apoderaban del cielo.
A pesar de eso, el profesor tenía una idea muy distinta de lo que quería hacer con ella.
Cualquier museo de ciencias naturales habría sentido una envidia visceral de haber podido ver la colección del doctor Crowle.
Si bien su despacho de la facultad era una botica en miniatura, resultaba difícil describir su casa.
Cada una de las habitaciones alojaba vitrinas y expositores, y estaba coronada por estantes repletos de todo tipo de piezas.
Tenía una colección entera de minerales de todos los rincones del mundo, un zorro disecado en una de las entradas, cachivaches provenientes de yacimientos adquiridos a buen precio, una pinacoteca y al menos doscientas monedas que juraba que provenían de la península itálica, acuñadas hacía más de mil años.
Y eso solo era el principio.
Había tantos salones que no había sido capaz de tomar una decisión sobre todos ellos; los dejó como meras salas de exposición hasta que Victoria se mudó a la casa.
La joven estaba segura de que antes de su llegada había evitado llevar a nadie allí.
Todo estaba pensado para ser un gran museo en el que solo se podía observar, pero no interactuar con nada.
Las escasas cenas que celebraban tenían lugar en uno de los salones pequeños, donde se encontraban las piezas menos singulares, aquellas que le importaba menos perder.
Poco a poco, el profesor se había acostumbrado a su presencia en la casa y había permitido que algunas de esas manías se difuminasen.
Incluso había dejado que instalase un pequeño estudio en una de las salas menos iluminadas y que retirase todo aquello que le molestase para trabajar.
La mayor parte del tiempo, Victoria estaba allí.
—¿Sigues trabajando en eso? Deberías esperar a Arthur.
Victoria entró en la habitación, que estaba repleta de huesos, y se sentó.
Justo delante de ella había una gran caja de color pardo con la tapa rota (roída, tal vez), que volvió a retomar su espacio en la alfombra del salón, cubierta por una fina capa de polvo.
En su interior se encontraba una maraña de tela, un conjunto de bolsas que ella había lanzado sin cuidado alguno al lugar de donde habían salido.
El contenido de las bolsas, sin embargo, estaba desperdigado por el suelo.
—Debo trabajar en esto yo sola, profesor. —Los huesos sueltos se desperdigaban a su alrededor como las flores que brotan en los primeros días de primavera—. Necesito silencio.
—¿Y el señor Credge no te lo da?
Victoria tomó un astrágalo entre sus manos y fingió inspeccionarlo con cuidado.
Había organizado la sala como si se tratara de una consulta médica.
En el primer cuadrante descansaban los huesos de la parte superior del cuerpo.
A la derecha, arriba, los que pertenecían a la extremidad superior derecha, y a la izquierda los de la izquierda.
Aunque a primera vista parecía que el caos había inundado la habitación, cualquiera con nociones básicas de anatomía se habría dado cuenta de que se trataba de todo lo contrario.
—Es un compañero eficiente, casi ni me acuerdo de que está allí. Pero no es lo mismo. —No sabía qué palabras utilizar para describirlo—. Lo que necesito es otro tipo de silencio.
Era cierto.
Arthur Credge era silencioso, respetuoso con el espacio de Victoria. Su cabeza formulaba las ideas con precisión, rápidas y certeras, pero no pronunciaba una sola palabra hasta que estaba seguro de lo que quería decir.
Habían pasado días trabajando en completa paz, sin molestarse el uno al otro, sumidos en la inmensidad de sus pensamientos, pero no era suficiente.
Victoria no creía que pudiese estar tranquila por completo mientras hubiese alguien más en la habitación.
Sentía que era mucho más lenta, que absorbían y le quitaban la energía del ambiente, y eso no le permitía alcanzar la claridad que necesitaba.
Existen silencios que solo aparecen cuando uno está solo.
El doctor asintió y prestó atención por primera vez a lo que estaba haciendo Victoria, postrada en el suelo de su casa.
—Es humano —señaló.
Los huesos habían llamado su atención lo suficiente para hacer un diagnóstico.
—No, no todo —rectificó ella—. Hay varios restos de mamífero de tamaño medio, tal vez de cabra o de oveja, aún no estoy segura, además de varios huesos repetidos. Tengo dos tibias izquierdas de un adulto. Desconozco si son de un hombre o de una mujer, pero lo sabré pronto.
—¿Estaban en mi despacho?
Era habitual que se recogieran todos los restos con el objetivo de que alguien acabase haciendo una identificación, pero muy pocas veces sucedía.
El doctor Crowle, como parte del consejo universitario, era el encargado de custodiar los fondos del almacén cuando este no era capaz de albergar más inventario.
No era el único profesor que tenía cuerpos humanos en su casa. Muchos los usaban como recurso para sus clases o sus propios intereses personales.
—No, es una de las cajas que sacamos cuando limpiamos el desván a finales del verano. —Trató de recordar el mes exacto en el que había sucedido—. Pasó de coger polvo en el piso de arriba a hacerlo detrás de una puerta en la planta principal. ¿He hecho mal en abrirla?
—En absoluto. Te di permiso para usar todo lo que hay en esta casa y eso no ha cambiado.
En los dos días que había pasado sola en la mansión, Victoria había avanzado bastante. Cada vez que abría una de las cajas de la colección del profesor era capaz de reconocer más aspectos del cuerpo humano, y podía llegar a afirmar si algo era de origen animal.
—¿Podrás identificarlos?
—Si me das el tiempo suficiente, sí. —Victoria se apresuró a añadir—: Creo que podría ser muy útil para la investigación de Arthur Credge. No le importa que le ayude.
Era innecesario que se justificara y ella lo sabía.
Si había algo que le gustaba del profesor es que nunca cuestionaba sus decisiones, incluso cuando pensaba que se equivocaba. Le daba libertad para arrepentirse y errar, y eso le importaba más que lo que cualquier otra persona pudiese opinar de aquello.
Además, había sido idea suya que ayudase a Arthur en el proyecto que le había encomendado. Sabía que eso le ablandaría, sea cual fuere su parecer al respecto.
—Te dejo trabajar tranquila, entonces. —Algo similar al orgullo envolvió las palabras del señor Crowle—. La cena estará lista a las seis. No te retrases.