Capítulo 15
Stapelia
Alphonso luchaba por no dormirse en las escaleras del recibidor de la Facultad de Medicina y Veterinaria. El frío del mármol le mantenía lo suficiente despierto para no caer rendido en los escalones.
En aquella zona del edificio solo se impartían clases de la carrera de Medicina, mientras que, si se accedía por la entrada trasera, desde el patio de columnas que bordeaba la facultad se entraba directam ent e al territorio de los estudiantes de Veterinaria.
No era común que los miembros de cada modalidad se mezclasen en los pasillos, salvo algunos días especiales.
En las jornadas de bienvenida y en los cursos excepcionales se utilizaban las instalaciones de Medicina, mucho más espaciosas y renovadas con más frecuencia que las de Veterinaria.
Durante el resto del año era complicado encontrar a alguien fuera de su territorio, a no ser que lo hiciera de manera intencionada.
Alphonso no tenía ninguna buena razón para estar allí, más allá de que quería tranquilidad y dudaba encontrarla en un pasillo repleto de personas comentando el último parcial de Morfología Animal.
No tenía problemas con sus compañeros, pero tampoco apreciaba su compañía.
Una cabellera despeinada de color castaño que reconoció al instante surgió de entre la multitud, al mismo tiempo que se abrían las puertas del aula magna. Arthur no estaba en la clase, sino que venía del sótano, de los laboratorios.
Alphonso trató de hacer contacto visual con él, sin éxito. Su amigo no prestaba atención a lo que ocurría a su alrededor, más bien todo lo contrario: mantenía la mirada fija en un punto muy lejano, que nadie más podía ver.
—¡Arthur! —Alphonso elevó el tono lo suficiente para hacerse oír por encima del rumor de las conversaciones.
El futuro médico se giró hacia el lugar de donde venía la voz, sobresaltado, como si no esperara que nadie se detuviese a hablar con él. Al ver quién había pronunciado su nombre, el cuerpo se relajó de manera automática, en un sincero alivio.
—Perdón, no te había visto. —Si había una palabra para definir su aspecto en ese momento, era «perdido» —. ¿Estás esperando a alguien?
—Más bien estoy huyendo de todo el mundo.
Arthur le dirigió la sonrisa más sincera que Alphonso le había visto esbozar desde hacía días.
—Si te apetece huir con alguien, yo me dirijo a Teviot Place. He acabado todo lo que tenía que hacer hoy.
—No sabes lo bien que me suena ese plan —aceptó Alphonso, contento de tener una excusa para dejar aquel lugar.
Prefería trabajar allí todo el tiempo que le fuera posible, lejos del ruido de la biblioteca de la residencia.
Las clases vacías eran el lugar perfecto para encontrar la inspiración que muchas veces se le escapaba, pero aquel día no le veía ningún sentido a alargar su jornada.
Quería irse y Arthur le había dado la excusa perfecta.
Salieron de la facultad sin hablar, dejando que el aire frío inundase cada centímetro de sus cuerpos, abandonándose a la sensación de calma momentánea.
—No veía la hora de que se acabara —dijo Arthur para sí.
—¿Qué hacías en los laboratorios? —Alphonso se cerró el abrigo con una mano, sin pararse a abotonarlo—. ¿No tenías consulta?
Arthur asintió.
—He terminado pronto, pero siento que el trabajo no acaba nunca —masculló—. He tenido que volver a la facultad para acabar algo que dejé a medias, así que al final he trabajado el doble a pesar de no tener mucha faena hoy. Casi ha sido peor que cuando vienen un montón de pacientes.
—¿Tan importante era para que hayas tenido que volver?
—No te haces una idea.
Durante unos segundos lo único que se oyó fue el sonido de sus pasos sobre la húmeda acera.
—Supongo que es la presión de los médicos.
—Algo así —asintió Arthur.
—Creo que no te lo he contado nunca. Hubo una época en la que me planteé ser médico, ¿lo sabías?
—Arthur negó con la cabeza—. Creo que en una conversación que mantuve con Theodore cuando nos conocimos le extrañó que no fuese otro candidato más a incorporarme en la gran maquinaria de la salud.
—Arthur no pudo evitar sonreír—. Fue cosa de mi padre, lo de hacer otra carrera que no fuese Medicina.
Hasta unos meses antes de empezar el curso no estaba seguro de qué iba a pasar.
—¿Qué cambió? ¿Fue por tu padre?
Alphonso se contuvo antes de responder.
—Hay cursos de verano para acercarte a la medicina, clases repletas de niños ricos que quieren saber si merece la pena pasar por todo el embrollo de licenciarse para vivir bien o si es mejor invertir su preciado tiempo en otras cosas.
Arthur conocía la existencia de aquellos seminarios, pero nunca había asistido a ninguno.
Vivir en casa de su padre fue aprendizaje suficiente para él.
Aun así, no le hacía falta conocerlos a fondo para saber que Alphonso tenía razón: el hecho de que el mundo de la medicina atrajera a las personas más privilegiadas era parte de lo que lo hacía tan popular.
La sensación de que no todo el mundo puede llegar hasta el final es peor que una droga.
Si las clases en las facultades estaban llenas de personas así, era normal esperar que los cursos destinados a hacer criba lo estuvieran aún más.
—Son ridículos, una experiencia por la que no volvería a pasar ni aunque me ofreciesen todo el dinero del mundo —continuó diciendo Alphonso, bajando la voz—.
Supongo que tuve mala suerte, estoy seguro de que hay buenos profesionales que ayudan a los adolescentes a planificar su futuro, pero no fue mi caso.
—¿A qué te refieres?
Su suspiro pareció llenar el vacío de la Royal Mile, que se extendía ante ellos.
—¿Conoces la Stapelia ? —Era la primera vez que Arthur oía ese nombre—. Es un género de plantas bastante raro, al menos en Escocia. Solo puede encontrarse en herbolarios especializados, viene directamente de África. Créeme, si alguna vez ves alguna no te olvidarás nunca del nombre, es imposible.
Alphonso parecía distraído, como si no se pudiese sacar de la cabeza la imagen de aquella especie.
—Las hay de diferentes tipos, en general son bastante bonitas. Son suculentas, pero no como las conocemos. La Stapelia tiene colores vistosos, es fácil de reconocer. Algunas son enormes, no podríamos meter ni un par de ellas en la biblioteca.
Arthur no sabía si estaba exagerando, pero lo decía muy en serio.
—Ahora bien —continuó diciendo su amigo—, no nos llevaron de excursión al jardín botánico porque nuestro profesor fuese fanático de la botánica y quisiese enseñarnos su flor favorita.
¿Sabes como la llaman? «Flor cadáver». La Stapelia apesta, desprende un olor putrefacto, como un animal que lleva muchas horas muerto bajo el sol.
Es asqueroso, nadie ha conseguido embotellar el hedor de la muerte tan bien como Dios cuando creó esa monstruosidad. Nos repartieron una maceta a cada uno.
—Dios mío.
—Un par de días con esa planta en la habitación son suficientes para que cualquiera se olvide de por qué quiere estudiar.
No podía soportarlo, creía que me estaba volviendo loco.
—La incomodidad de Alphonso pareció disiparse, como si el recuerdo por fin se hubiese esfumado—.
A mi padre también le sacó de sus casillas, así que no estaba dispuesto a pagar dinero para financiar a más médicos, fueran como el buen señor del seminario o no.
Oye, lo creas o no, pienso que hice bien en desviarme de ese camino.
Alphonso intentó descifrar la expresión de Arthur, que contenía sus pensamientos en ese momento, y continuó hablando.
—Gracias a ese episodio conseguí descubrir mi interés en la veterinaria y el mundo animal. Lo poco que aprendí de anatomía allí me sirvió para no comenzar de cero; hay muchas similitudes entre ciertos mamíferos y los seres humanos. Todo pasa por alguna razón.
—Me encantaría decir que es la primera vez que oigo algo así. —De repente, Arthur fue consciente del frío que se había apoderado de la ciudad, como si no hubiese estado allí antes con la misma intensidad—. Pero, a decir verdad, hay poca gente más desequilibrada que los médicos.
Teviot Place apareció en su campo de visión, un oasis donde refugiarse del invierno.
—¿Cómo te decidiste tú por estudiar Medicina? —preguntó Alphonso, volviendo a mirarle.
Arthur conocía su respuesta antes de darle forma en su mente.
—Es algo que siempre he sabido.