Capítulo 14
In dubio pro reo
—¿Cuál es su diagnóstico, señor Thorebourne?
La voz de Hughie Buckman le llegó como traída por el viento, o como si le hablasen mientras estaba dormido.
¿Cuál era su diagnóstico? Theodore no estaba seguro.
Estaban en el depósito de cuerpos, pero en aquella habitación no había ningún cadáver, solo pilas de folios sobre la mesa.
Era el quinto caso clínico que le describía de viva voz, pero no estaba centrado.
La última vez que había estado en ese mismo lugar la situación era radicalmente diferente.
No habían hablado más de ello, pero la posibilidad flotaba en el aire impregnándolo todo con un halo denso que Theodore creía que podría tocar, si se esforzaba lo suficiente.
Notaba a su profesor tenso, incluso más que en anteriores ocasiones.
En ese momento se dio cuenta de que le costaba imaginar a Hughie Buckman de cualquier otra forma, con menos preguntas en la punta de la lengua.
—Céntrese, Theodore.
Al oír su nombre de pila Theodore se puso en estado de alerta. El profesor continuaba hablando.
—Piernas escamosas, es sencillo, a usted no le hace falta nada más. Es lo único que necesita para determinar la causa de la muerte, el resto no es más que paja entre el heno. Lo sabré yo bien, que lo he redactado de mi puño y letra.
Un hombre llega al hospital. Su mujer e hijos han pedido un coche para que lo trasladen hasta allí, procedente de algún pueblo de la zona, por lo que no hay ningún familiar presente que determine la causa de la muerte.
Aunque no han pasado más de unas horas desde el fallecimiento, presenta en toda la dermis un patrón de escamas, textura similar al cuero.
La hinchazón del rostro le ha borrado por completo la expresión. Además, podemos detectar un…
—Ahogado, señor. Murió ahogado. —Tenía razón, era una conclusión sencilla, lo sabía—. En una bañera o una balsa de agua de pequeño tamaño. Diría que es agua estancada, pero contando solo con la descripción es lo máximo que puedo declarar sin recurrir a la imaginación.
—Bien.
Habría aprobado el examen con la máxima nota, si no fuese por su torpeza a la hora de reaccionar. Todas sus respuestas habían sido correctas, pero no ágiles. Había pasado demasiado tiempo absorto en la nada para tener los resultados que esperaba.
Pero aquello no era un examen. No tenía la excusa de los nervios ni del miedo escénico. No, era simple torpeza.
—¿Hay algo que le preocupe, señor Thorebourne?
El profesor era amable, pero Theodore sabía que le había costado formular esa pregunta casi tanto como a él le había incomodado comenzar la conversación.
—Disculpe, señor…, ¿qué ha pasado con el cuerpo?
—Oh. —No había sorpresa en su voz—. Eso.
El día anterior había acudido al Royal Infirmary dispuesto a continuar con su trabajo, pero una escena grotesca le recibió al entrar en el despacho donde el profesor Buckman le esperaba desde hacía varias horas.
Cuando Theodore llegaba por las mañanas era normal que su tutor ya hubiera comenzado el trabajo.
Muchas veces, se imaginaba el estudiante, no dormía hasta después de que él se marchaba a clase o a la residencia.
Las noches en el hospital eran largas, pero nunca solitarias.
Siempre había alguien necesitado de ayuda o un informe que rellenar en el último momento.
Durante la mañana todos trabajaban, por lo que las peticiones disminuían.
Incluso los enfermos parecían recuperarse de forma milagrosa cuando salía el sol.
El horario nocturno era el más concurrido de todos, así que muchos decidían adaptarse a él.
Sin embargo, la imagen que le recibió el día anterior distaba mucho de ser normal.
—No creí que pensara que se trataba de algo tan relevante.
Theodore era incapaz de creer que esas palabras hubiesen salido de su boca.
Nada (ni el paseo desde Teviot Place hasta el Royal Infirmary ni el frío de la mañana, ni siquiera el café de Una) había sido diferente a otras mañanas, hasta que cruzó la puerta del despacho. Sí, había un cuerpo tendido en la mesa de pruebas, pero eso tampoco era nuevo. Hasta que se acercó a él.
Como había ocurrido con las piezas de la práctica de cirugía, alguien se había ensañado con el desconocido.
Se trataba de una mujer blanca, eso era lo único que podía decir con seguridad de ella: le habían desfigurado el rostro a golpes y luego, como si eso no hubiese sido castigo suficiente, la habían herido con un arma afilada sobre los morados.
Al ver solo su cara no habría podido saber si tenía veinte años o sesenta.
Era imposible determinar nada a partir de ella.
Un ojo verde sin vida estaba congelado en medio de un parpadeo.
El cuerpo de la paciente estaba en mejores condiciones, aunque era como si estuviera sostenida por costuras, como una muñeca de trapo con la que hubieran jugado varias generaciones de niños y hubieran tenido que remendarla.
Todas sus extremidades habían sido diseccionadas a conciencia.
Los cortes en los brazos y piernas, a diferencia de los del rostro, habían sido realizados con cuidado, eran simétricos y los habían cosido con extrema escrupulosidad.
Theodore no entendía por qué un cuerpo de prácticas había acabado en la mesa del médico forense, ni por qué debía ser sometido a una autopsia.
Cuando los cadáveres pasaban a ser material de estudio en la universidad, ya se les habían realizado todas las pruebas necesarias y no tenían que pasar por ninguna más.
Hughie Buckman no perdería el tiempo con un cuerpo que ya tenía un diagnóstico realizado.
—Lo han traído hace pocos minutos a mi despacho —le había dicho el médico, con seriedad.
—¿De una clase?
Era evidente que sí. Había pasado por las manos de un estudiante o de un médico titulado, de eso no cabía duda.
—No, lo han encontrado en la calle, en la Royal Mile.
—¿Disculpe?
Theodore se prometió a sí mismo en ese instante que intentaría dormir más, porque no creía estar procesando la escena de manera correcta.
Cuando los cuerpos eran desechados por la universidad (una vez que los estudiantes terminaban de hacer estudios completos sobre ellos: anatomía, patología, traumatología…
, cualquiera, o incluso varios a la vez) los llevaban a la fosa común del cementerio de la ciudad, con el resto de los cadáveres anónimos que acababan en las mesas de la facultad.
Todos los pacientes que no eran reconocidos por nadie al cabo de unos días pertenecían legalmente a la Facultad de Medicina y Veterinaria, donde podían usarlos como material de trabajo.
El cuerpo que yacía en el despacho era sin lugar a dudas uno de esos casos, pero no debería estar allí. Su lugar era una tumba colectiva, no la mesa de pruebas. Y, por supuesto, no una de las calles más concurridas de la ciudad de Edimburgo.
—¿Cómo ha llegado allí? —Era una pregunta honesta para la que no tenía respuesta.
—Supongo —no parecía estar bromeando— que alguien lo habrá llevado hasta allí.
—¿Lo han robado de la universidad?
—Alguien habría denunciado el hurto. —No se había despegado de su silla ni tenía intenciones de hacerlo.
—Ya.
Theodore sintió que hablaba a una pared.
—¿Y la cara? —insistió, consciente de que su tutor había comenzado a molestarse.
—Me temo que eso ha sido culpa de los que lo encontraron antes de que llegáramos nosotros.
—El profesor juntó las manos como en una plegaria—.
¿Recuerda lo que le dije? La gente siente fascinación por la muerte, pero algunos buscan cualquier excusa para ensañarse con lo que encuentran en su camino. Este es un ejemplo claro de lo segundo.
Los cortes de la cara de la mujer eran mucho más profundos de lo que cualquier bisturí habría podido alcanzar. No habían sido hechos con una herramienta profesional. Si tuviese que adivinar, Theodore se habría decantado por una cuchilla sin afilar, manejada con fuerza bruta.
La conversación acabó en ese punto, sin que Hughie Buckman esbozase una palabra más sobre el caso. Pero Theodore no se lo había podido quitar de la cabeza.
Cuando había acudido a su cita aquel día no esperaba que el médico le diera más información sobre aquello, pero sí encontrar al menos algo que le tranquilizase. No había obtenido ni una cosa ni la otra.
El cuerpo ya no estaba allí, pero las preguntas seguían rondando la habitación.
—Me pareció algo importante —dijo, abatido. No iba a conseguir nada más.
—Ya no es problema nuestro, Theodore. —De nuevo el profesor pronunció su nombre con severidad, como si se dirigiera a un niño rebelde—. Se lo llevaron al poco de marcharse usted, ahora descansa con los demás. Le prometo que es más complicado escaparse del cementerio que de la facultad.
Otra vez bromeaba, pero no había rastro de alegría en él.
—Se acabó —sentenció—. No es necesario que ninguno de los dos se preocupe más por esto. ¿Continuamos?
—Creo que…
—Si no quiere la hora de tutoría está invitado a cambiarla para otro día que le venga mejor, sabe que no tengo ninguna queja de usted. Solo dígamelo. —Otra advertencia.
Theodore sabía que solo podía forzar a las personas hasta un punto. Si uno consigue pasar el límite se arriesga a no recuperar la confianza, haga lo que haga para solucionarlo.
—No, está bien —admitió la derrota—. ¿Me lee el siguiente supuesto?
Su tutor rebuscó entre los folios, con el fin de encontrar un caso clínico que no hubiesen tratado en la sesión.
El golpe sordo de unos nudillos en la puerta del despacho interrumpió el tenso silencio que había regresado a la habitación. O que, tal vez, nunca la había abandonado.
Wheeler Halpine asomó su cabeza, con una sonrisa que recorría su cara de principio a fin.
—Me gustaría hablar con usted… ¡Hola, Theo! —No esperó a que le diesen permiso para pasar y atravesó el umbral—. No sabía que te encontraría aquí. Qué agradable coincidencia.
Mentía. Sabía que estaría en su tutoría con el doctor Buckman y por eso había ido, con la esperanza que se lo presentara.
Wheeler se había peinado la rubia melena a la perfección, parecía un monaguillo católico.
Theodore le conocía lo suficiente para saber cómo era, tenía la capacidad de engañar a cualquiera con su encanto. Incluso al doctor.
Hughie Buckman se serenó por completo con la presencia del joven aspirante a médico, que le proporcionó la excusa perfecta para abandonar de manera definitiva la conversación que se negaba a mantener.
—Bueno, ¿de qué quería hablarme, señor…?
—Halpine. Me llamo Wheeler, profesor.