Los anatomistas Capítulo 13
25%

Capítulo 13

In vivo

La aguja se deslizó por la herida sin que nada pudiese impedírselo.

Uno a uno, los puntos rodearon la incisión, limpia, realizada con mano firme y la ayuda de un bisturí.

El hilo blanco subía y bajaba por el músculo, que comenzaba a presentar una lividez que Arthur era capaz de reconocer hasta con los ojos cerrados.

La carne estaba fría al tacto y los restos de la escarcha le molestaban al hacer su trabajo, pues se introducían debajo de sus uñas.

Era un movimiento automático que no le llevaría más de unos segundos terminarlo.

Presionó con los dedos la cicatriz, notando la firmeza de su trabajo.

La aguja volvió a entrar una última vez, sin vacilar, cerrando la herida.

Con unas pequeñas tijeras de costura cortó el hilo sobrante y acercó la llama de una vela al minúsculo nudo que culminaba su obra. El fuego ardió lento, controlado, evitando que la herida volviera a abrirse de nuevo.

Arthur contempló su trabajo, satisfecho.

Una pata de cerdo descansaba encima de la mesa, seccionada en todas las direcciones.

Antes de comenzar la clase, Lyle Crowle había pedido a los estudiantes de primero que se ensañasen con los restos porcinos que había conseguido en una de las carnicerías de la calle contigua a la Royal Mile.

En las prácticas de disección y cirugía, el profesor evitaba darles a sus alumnos verdaderos restos humanos, les facilitaba simplemente unos trozos de carne animal.

—¿No es irónico que nos aprovechemos del mal trabajo de los novatos para lucirnos?

—Uno de los alumnos de la tercera fila, Guillem, un muchacho de voz estridente y una cara que parecía la personificación de ese sonido insoportable, no había dejado de hablar desde el comienzo de la clase—.

Aunque el que se ensañó con este debería ser expulsado de cualquier consulta.

—Y debería tener prohibido acercarse a nada que corte.

A su lado, un irlandés con un marcado acento, cuyo nombre Arthur no estaba seguro de que estuvieran pronunciando bien, le dio la razón.

Arthur pasó los dedos por las zonas por las que el hilo había borrado las huellas de los cortes. Desde luego, eso era algo anómalo. A pesar de que llevaban más de dos horas en aquella aula, aún no había sido capaz de terminar su trabajo.

Cuando llegaban los cerdos a las aulas, los estudiantes solían pelearse por conseguir el que tuviese más incisiones, más espacio sobre el que practicar.

Pero no había hecho falta aquella mañana: todos los pedazos parecían haber sido atacados por un carnicero loco, los cortes llegaban hasta el hueso.

—Puede que esta vez vengan de patología. —Sin girarse, Theodore interrumpió la conversación que estaba teniendo lugar a su espalda—. ¿Qué opinas?

Contemplaba a Arthur por encima de las gafas, que solo se ponía para ver de cerca.

—Desde luego que no parece que hayan salido de anatomía.

—Arthur cesó en su empeño de continuar con lo que estaba haciendo y comparó su pierna con el muslo de Theodore, poco más que un manojo de carne maltrecha—.

Normalmente, si lo que buscan es ver las capas de la piel, no practican asesinatos sobre el material.

Supongo que son restos de traumatología o algo similar. No son cortes normales.

—Es decir —resumió su compañero de mesa—, que están tratando de ver qué tipo de heridas deja cada tipo de golpe. Eso explica muchas cosas, amigo.

Theodore levantó el pedazo de carne, con una expresión de asco mal disimulada en su cara.

—Trabajas con cadáveres, Thorebourne.

—Sigue siendo menos asqueroso que esto.

Sus dedos, en forma de pinza, apartaban la capa más superficial de la piel, que había comenzado a adoptar un color amarillento más propio de la descomposición.

—Lo que tú digas.

Guillem atendía a cada una de sus palabras, esperando encontrar aún una explicación que le convenciera.

—¿Dónde está el profesor Crowle? —continuó diciendo Theodore, con aquel tono característico afianzándose en cada sílaba que pronunciaba—. ¿Ha huido para no prestar declaraciones sobre esto?

—Se ha marchado. —El irlandés parecía encantado de tener una excusa para distraerse—. Le he visto salir por la puerta al poco de traer la caja. Tendría prisa.

De manera instintiva cada uno de ellos se giró para mirar la aparatosa caja de madera que contenía los restos de cerdo para el desarrollo de la clase.

Los despieces de la carnicería se cubrían de sal en el momento en el que llegaban a la universidad, para conservarlos intactos tanto tiempo como fuera posible.

Se limpiaban cuando los alumnos de primero y segundo los usaban para sus clases y los volvían a dejar marinar hasta que empezaban las prácticas de Cirugía.

Si todo iba bien, los muslos de cerdo no tenían más de media decena de cortes hechos con el bisturí.

No había nada que un hilo fino y una buena aguja recién afilada no fuesen capaces de cerrar.

De vez en cuando los alumnos más torpes dejaban el rastro de una mano temblorosa y un tajo profundo, más propio de los estudiantes de Cirugía. Aun así, nada como aquello.

—La última vez también me tocó uno así. —Joshua Bonnet, pelirrojo y pecoso, quiso participar en la conversación—. Tuve que quedarme pasada la hora de la comida para terminar de coserlo. El profesor no pareció muy contento con lo que hice.

—Echar la culpa de su mala praxis a los restos de un pobre cerdo muerto no es muy elegante, Bonnet. —Theodore le dedicó una sonrisa encantadora, tras girar su cuerpo por completo hasta ponerse frente a él.

Arthur sabía que su compañero de habitación tenía la costumbre de ser más hiriente de lo que debería, pero eso nunca tenía ningún tipo de repercusiones. Si Joshua Bonnet se había ofendido con la pulla de Theodore, no lo demostró en ningún momento.

—Creo que cada vez se esfuerzan menos en traernos material de calidad. Esto no es la primera vez que sucede, hacedme caso —sentenció Joshua.

—Si seguimos así llegaremos a junio con poco más que huesos y grasa. —Guillem, satisfecho de haber provocado una discusión, sonreía como un niño que había robado una bolsa repleta de caramelos.

El resto de la clase observaba, asintiendo en un murmullo que iba creciendo.

—Eso será si los veterinarios no los interceptan antes para jugar con ellos.

Theodore lanzó contra la mesa su muslo mientras Joshua continuaba diciendo:

—Todo va directo a sus clases para hacer reconocimiento.

—Me ofrezco para dar de hostias a cualquiera que lo intente.

—El irlandés, que medía más de metro noventa pero no pesaba más de setenta kilos, estaba lejos de imponer a nadie.

Incluso Arthur pensaba de él que sería uno de los pocos con los que se mediría en una pelea—.

Al menos ellos ven animales todos los puñeteros días del año, nosotros no vemos un cuerpo humano a no ser que se muera delante de nuestras narices o algún profesor se haya estirado lo suficiente.

—Tenemos que quejarnos más. —Arthur no sabía quién se había sumado a la conversación, pero le daba igual—. Hasta que no nos den material en buenas condiciones, nos negamos a hacer horas gratis en el hospital.

La emoción subió hasta convertirse en una marea de voces sin sentido.

Comparaban sus trabajos para coronarse como el que peor suerte había tenido en el reparto.

Aunque todos parecían dispuestos a defender sus ideas con uñas y dientes, ninguno se deshizo de los restos de carne ni se atrevió a contradecir al profesor Crowle cuando este regresó y preguntó si había algún problema.

—Junta en un mismo espacio a los hombres más privilegiados de la historia y aun así todos buscaran algo de qué quejarse —dijo Arthur, que había terminado de coser al cerdo, aprovechando que ya nadie le prestaba atención.

Pero cuando se giró hacia su compañero de mesa este parecía no haberle oído. Theodore guardaba un silencio sepulcral, con la mirada aún fija en la caja de la carnicería.