Capítulo 12
Ossa aeternitatis fragmenta
—No es un niño —concluyó Arthur, cerrando el manual con un golpe seco que sobresaltó a Victoria.
No sabía cuánto h abía permanecido en la misma posición, casi sin moverse.
El sol había comenzado a ponerse en la distancia, pero en los días de invierno era complicado mantener la noción del tiempo.
Arthur calculaba, tomando en consideración la poca sensibilidad que le quedaba en las piernas, que debía de haber pasado al menos tres horas allí.
Aunque no se había retrasado ni un solo minuto de la hora acordada con Lyle Crowle, este no apareció.
La puerta estaba abierta y desde fuera se podía ver con claridad la colección de objetos del profesor.
No obstante, él no estaba. Aguardó unos minutos en la entrada, preguntándose si no se habría confundido de día o, tal vez, de hora.
Rebuscó en la cartera hasta dar con el cuaderno, en la primera página tenía anotada la fecha, aquel día y aquella hora. Se tranquilizó, no era culpa suya.
Se preguntó si debía entrar. Tenía confianza con el profesor, pero no la suficiente para irrumpir en sus cosas y actuar de manera independiente. Aunque había sido él quien le había convocado allí, esperaba su confirmación para comenzar el trabajo.
Arthur estaba tan enfrascado en sus pensamientos que no se dio cuenta de que no estaba solo.
Una cabeza pensativa sobresalía entre los libros, en el espacio que dejaban dos mesas de trabajo.
Reconoció enseguida el cabello castaño de Victoria, la ayudante del profesor, que tampoco se había percatado de su presencia.
Los labios fruncidos de la muchacha parecían blancos desde donde Arthur la observaba.
No había ni rastro del doctor Crowle, pero tomó su presencia como la señal que necesitaba para entrar.
Así que se puso manos a la obra.
Arthur creyó que, después de haber dedicado varios días a repasar de forma sistemática los restos del paciente, le costaría menos comenzar a plantear su hipótesis, pero estaba equivocado.
Existía una diferencia abismal entre ser capaz de resolver casos hipotéticos, con todas las dudas encapsuladas en las preguntas que aportaba el profesor, y entender lo que estaba viendo.
No importaba qué hubiera creído ver en la primera toma de contacto.
Tenía que empezar otra vez de cero, encontrar las similitudes entre su diagnóstico inicial y el nuevo.
Para eso, debía volver al principio.
En el examen preliminar, que no había durado más de unos minutos, se aventuró a plantear que quizá estaba delante de un caso de raquitismo provocado, con una alta posibilidad, por la falta de exposición al sol.
Sin embargo, esa teoría se tambaleaba si no era capaz de establecer uno de los parámetros esenciales en cualquier estudio anatómico.
Antes de continuar, se centró en lo más básico: saber con qué materiales trabajaba.
En la misma libreta que había servido de agenda hizo inventario de lo que había logrado identificar hasta el momento:
1. Fragmentos parciales del cráneo, de un tamaño anormalmente grande
2. Restos de la mandíbula
3. Diversos huesos pertenecientes a ambas manos, por clasificar
4. Huesos largos fragmentados
5. Una ulna (con toda probabilidad, de mamífero de tamaño mediano, no del paciente)
Era el punto número cuatro el que le interesaba.
La manera más sencilla de conocer la edad biológica de un individuo del que solo quedaban los restos óseos era mirar las epífisis de los huesos largos, los extremos distales.
Según el grado de fusión con el resto de la pieza, se podía saber en qué momento de su vida se encontraba el paciente, incluso establecer una edad aproximada.
Para descartar su primer diagnóstico no necesitaba averiguar los años exactos que tenía el paciente a la hora de perder la vida, le bastaba con mucho menos.
Arthur se tomó tiempo para separar cada uno de los fragmentos por categorías, asegurándose de que no hubiese nada que pudiese pasar desapercibido (añadió a la lista del inventario una tibia, de roedor), hasta que fue capaz de hacerse una imagen global de lo que había ante él.
El futuro médico no tenía un gran marco de actuación, eran pocos los diagnósticos que podía establecer con aquel limitado número de piezas.
No obstante, era evidente dónde su primer examen había fallado.
Ahora podía verlo todo mucho más claro. Las epífisis, o lo que quedaba de ellas, estaban fusionadas. Era un adulto.
—¿Cómo has dicho?
El silencio en el aula no le había parecido tan evidente hasta el momento en el que Victoria habló.
La joven escribía en silencio en el aula y mataba el tiempo leyendo sus propias anotaciones.
Una gran colección de etiquetas la rodeaba, escritas con rebuscada caligrafía, que apenas podía distinguir aunque se esforzara.
El cuerpo de Arthur rezumaba emoción, como un furioso enjambre de abejas al que hubieran golpeado.
—No se trata de un niño, ni de un joven —repitió.
No entendía cómo no lo había visto antes.
Todo estaba allí, esperando a que él lo comprendiese—.
Llevo varios días dándole vueltas a la idea de que podía tratarse de un individuo que sufriese de raquitismo, pero estaba equivocado.
Completamente errado. Todos los informes médicos que he consultado dicen lo mismo, no es una enfermedad con una gran esperanza de vida en adultos.
Podría ser un caso especial, la excepción que confirme la regla, pero la mayoría de los afectados por esa patología fallecen mucho antes de llegar a la edad que debía de tener este paciente al morir.
No sé cuáles serán los índices de supervivencia a la enfermedad en la provincia prusiana del Rin, pero intuyo que no habrá una diferencia significativa con los del Reino Unido.
Hasta ese momento, Arthur no se había fijado en las gafas que llevaba Victoria.
La montura, fina y de color plateado, iluminaba sus ojos bajo el halo de luz del candelabro que utilizaba para alumbrarse.
Junto a las etiquetas descansaban un sello metálico y cera que se derretía al calor de las velas.
—¿Fue idea del doctor Crowle? —dijo.
Su voz denotaba verdadera curiosidad. Un reguero de tinta caído de sus manos había manchado la manga de su vestido.
Él respondió con un movimiento de cabeza en señal de negación.
—No, el diagnóstico ha sido por completo mío.
La joven asintió.
—Es muy pronto para descartar enfermedades similares.
—Victoria se levantó, tomando un lugar a la derecha de Arthur.
Aunque el estudiante no era alto, ella apenas alcanzaba sus hombros—.
La osteomalacia afecta principalmente a adultos, a diferencia de tu primera hipótesis, aunque las marcas que deja en el cuerpo son bastante diferentes. ¿Por qué pensaste en raquitismo?
Arthur señaló con un dedo el maltrecho cráneo, que reflejaba la luz de la lámpara de aceite. Victoria se encogió de hombros al contemplar con atención lo que le mostraba.
—Es demasiado curvado, como el de un niño con malformaciones.
—Entiendo.
—¿Ves esto? —La curva de las cuencas de los ojos era casi un círculo perfecto—. ¿Eso puede explicarlo la osteomalacia?
Arthur se dio cuenta de que su pregunta le había pillado por sorpresa, como si no esperase que se la planteara.
—No. —Su respuesta fue clara—. Al menos no de un modo tan pronunciado. Si estuviésemos ante síntomas tan evidentes deberíamos volver a tomar la ruta del raquitismo, pero tienes razón. No puede ser ninguna de las dos cosas. Esta persona sufría otra patología.
—Tal vez ahí esté la clave de todo.
Los ojos oscuros de Victoria no cesaron de examinar los restos, extendidos con cuidado por toda la mesa.
Estaba tan cerca de Arthur que este pudo apreciar el aroma a eneldo que desprendía su ropa, mezclado con algo dulce que no fue capaz de identificar.
La euforia de Arthur cargó el ambiente. Estaba complacido consigo mismo.
—Cuando el paciente acaba de fallecer es mucho más sencillo —dijo pensando en las ocasiones en las que había observado a Theodore trabajar, en cómo se deslizaba por los restos como si fuera capaz de leerlos—. Esto me tomará más tiempo.
—Las respuestas tardan más en llegar cuando no estás seguro de qué preguntas debes hacer —convino Victoria.
—Ah —una voz masculina exhaló desde la puerta—. No sabía si los encontraría aquí.
Lyle Crowle los saludó con un gesto breve de la cabeza.
La noche había tomado posesión por completo del día, ya no quedaba rastro de las últimas luces de la tarde. Arthur no sabía cuánto tiempo había estado el doctor observándolos desde allí, apoyado en el marco de la puerta, sin articular una sola palabra. Lo más probable era que acabase de llegar.
—Buenas noches, profesor —dijo Victoria haciendo una reverencia.
—Estaba casi seguro de que se habrían marchado ya a casa, dadas las horas.
Aunque les agradezco el esfuerzo y su implicación en el trabajo, debo pedirles que se marchen.
—Acompañó sus palabras con una sonrisa—.
He de atender unos asuntos de especial importancia al otro lado de la ciudad y me gustaría recuperar las llaves antes de irme.
Victoria resopló, pero no hizo ningún comentario.
—¿Ha sido un día fructuoso, señor Credge? —preguntó el profesor.
Arthur buscaba por encima de todo complacer la curiosidad del doctor, pero todavía era temprano para colgarse medalla alguna.
—Me gustaría pensar que sí, señor.
La mirada del profesor vagó hasta el lugar donde Arthur y Victoria estaban observando los restos antes de que él irrumpiera en la habitación. Si Lyle Crowle tenía alguna pregunta que hacer, no se molestó en compartirla con ellos.
—Estupendo, como siempre. —Una sonrisa pragmática se dibujó en el rostro del profesor, indicando que la conversación había terminado—. Temo repetirme, pero es menester que abandonemos ya la facultad o no llegaré a tiempo a la cita. ¿Me permiten que cierre?
Arthur y Victoria recogieron de forma apresurada y desordenada. La puerta se cerró con un golpe seco, custodiando de nuevo los restos que Lyle Crowle había hecho llegar desde la provincia prusiana del Rin.
—Venga a buscarme la próxima vez que quiera venir, tendrá libertad parcial para el estudio. Tan solo avíseme antes —prometió mientras se alejaba por el oscuro pasillo—. Nos vemos pronto, señor Credge.
Algo martilleaba las sienes de Arthur, que no se había dado cuenta de lo mucho que le dolía la cabeza.
Había pasado tanto tiempo sin moverse que su cuerpo se le hacía extraño, desconocido.
En algún punto de la jornada su cabeza se había revelado contra la carga de trabajo, pero estuvo tan ensimismado que apenas se había percatado de ello.
El profesor no esperó a que Arthur tuviera oportunidad de despedirse, lo que lo dejó con el sabor amargo de la última conversación en la boca, incapaz de discernir todos los pensamientos que se le acumulaban en la mente, listos para salir.
—Adiós —masculló, irritado.
Antes de que Lyle Crowle se marchara, su ayudante había extendido todas sus cosas en el suelo de nuevo y ordenó con calma el montón de etiquetas selladas con las que había estado trabajando toda la tarde.
Una bandolera de cuero golpeaba sus rodillas mientras ella, agachada, guardaba el tintero.
Arthur quiso ofrecerle ayuda, pero volvió a ser demasiado lento para reaccionar.
La muchacha se incorporó y, antes de que pudiese irse con la misma facilidad que el doctor, Arthur la retuvo sujetando la manga de su vestido color oscuro, del mismo tono que el chaquetón.
—¿Cómo sabías lo de la osteomalacia?
Arthur sentía que la mirada de Victoria se clavaba en él y lo analizaba como había hecho su maestro en muchas ocasiones. Un deje familiar brillaba en sus pupilas.
—¿Eres enfermera? —le preguntó.
Victoria dejó escapar un leve suspiro, divertida.
No tendría más de veintiséis años, edad suficiente para trabajar en el hospital.
«Osteomalacia» no era una palabra de conocimiento popular, alguien tenía que habérsela enseñado, o tenía que haberla escuchado en alguna parte.
Nunca la había visto en el Royal Infirmary, pero la ciudad tenía otros hospitales.
Aunque siempre la había visto con el profesor, lo acompañaba allá donde él iba.
—Algo así.
No pareció incomodarse con la pregunta, pero tampoco estaba dispuesta a responder.
—Hasta luego, Arthur Credge. Dale un par de vueltas más a tu diagnóstico antes de regresar aquí —dijo, y se marchó por el mismo camino que había tomado el doctor.