Capítulo 11
Corvus nigro omen fert
—Te he traído esto.
Arthur acercó la pequeña taza rebosante de agua hirviendo para que Theodore viera su contenido, y este la aceptó.
El sabor fuerte del té negro disipó el mal cuerpo que arrastraba los últimos días, al tiempo que su temperatura corporal aumentaba.
Le gustaban los tragos amargos porque le daban la misma sensación del whisky sin tener que probarlo.
No acostumbraba a beber por las noches, el alcohol no le permitía de sca nsar.
—Gracias —dijo.
—Llevo desde ayer dándole vueltas al trabajo de la clase del profesor Crowle —dijo Arthur. Su compañero de habitación cruzó las piernas en la butaca y el barro de sus zapatos cayó sobre la alfombra—. No he escrito ni una sola palabra aún. Supongo que tú ya lo habrás terminado.
—Estoy a punto —confirmó Theodore.
Arthur siempre acababa de redactar días antes de que él se pusiera manos a la obra, por lo que esa situación era una anomalía en su relación.
Theodore había estado libre unos cuantos días, al no tener que acudir a sus prácticas en el Royal Infirmary.
Arthur, por su parte, estaba haciendo el doble del trabajo al que estaba habituado.
En realidad, Arthur siempre trabajaba más que nadie, pero la carga de ese momento parecía excesiva incluso para él.
Existía una alta probabilidad de que aquel fenómeno no volviera a repetirse, por lo que saboreó el momento de descanso con el que su amigo no contaba.
—No te acostumbres a ello.
—No lo haré.
La cena se había servido hacía dos horas, y el usual ajetreo de la biblioteca se había desvanecido al final de la tarde.
El grupo de amigos escogió una de las mesas más amplias, que había quedado vacía tan solo varios minutos antes de que Theodore apareciera.
Aunque del habitual fuego de la chimenea quedaba poco más que ascuas humeantes, toda la sala mantenía una temperatura agradable, pese el temporal que amenazaba en el exterior.
Wheeler, como había hecho en las últimas jornadas de trabajo, repasaba una larga lista de especies de insectos sentado en el suelo, apoyado en su asiento, donde había dejado todas sus pertenencias.
Alphonso, por su parte, escribía sin prestar mucha atención a lo que los demás estaban haciendo, en un trance del que no tenía planeado descender.
Arthur sentía la tibieza del té en el estómago, que relajaba sus músculos desde dentro.
—Soy capaz de desenvolverme mejor en exposiciones orales que en trabajos escritos —continuó diciendo.
El estoicismo de su compañero no era fácil de romper, pero cuando se quebraba todo el mundo podía verlo—.
Nunca acabo de redactarlos, sería capaz de hacer cambios hasta el último momento y no me gustan cuando los presento.
De todas formas, tampoco me queda tiempo para tonterías, mañana ya es viernes.
—Ya conoces a Lyle Crowle —contraatacó Theodore.
Arthur ignoraba los consejos de Theodore tantas veces como los aceptaba, por eso eran tan grandes amigos—.
Me apuesto lo que quieras a que la redacción es solo una excusa para pedir a alguien en mitad de la clase que desarrolle la investigación que ha hecho.
No va a leer una sola palabra de lo que ninguno de nosotros tenga que contar.
—¿Has conseguido ver a Buckman al final o sigues teniendo los días libres? —La pregunta de Arthur tocó algo en Theodore que este no estaba seguro de querer explorar. Se las ingenió para asentir sin variar su expresión facial.
—Retomamos el trabajo, todo en orden.
Wheeler levantó la mirada y observó a sus amigos desde su refugio en el suelo.
—¿Ya está mejor? —preguntó.
Las fichas, con la jerarquía de especies de Linneo, quedaron colgando de sus dedos, desatendidas.
—No estoy seguro de que sucediera nada, en realidad. —Ahí estaba de nuevo la preocupación deshonesta de Wheeler por el profesor—. Tal vez solo necesitaba tiempo para trabajar en otra cosa.
—Bueno —dijo Wheeler desperezándose de forma ruidosa—, si ya ha vuelto al trabajo no sería nada grave. ¿Qué haces? —preguntó dirigiéndose a Alphonso, que seguía redactando en silencio, sentado a su izquierda.
«Si alguien necesita dormir, además de Arthur —pensó Theodore—, ese es Alphonso».
—¿Quién…? ¿Yo?
Su compañero de habitación asintió, aburrido.
—Una redacción sobre aves —respondió Alphonso, bajando el manual que estaba usando como obra de referencia para que su amigo pudiese verlo—.
¿Sabías que cada vez hay más personas que eligen pájaros de la familia de los córvidos como mascotas?
Urracas, cuervos, grajos… Da igual, les vale cualquiera.
Durante los últimos años se ha vuelto más común que aparezca algún lord inglés en las consultas para que atiendan a su pájaro de seis kilos.
La expresión de las caras de Theodore, Arthur y Wheeler vagaba desde la curiosidad a la más profunda incredulidad.
—¿Por qué querría alguien tener un bicho de ese tamaño en su casa? —Arthur se hizo un hueco para poder ver el manual por encima de los hombros de Wheeler, que lo hojeaba sobre la alfombra.
—Son extremadamente inteligentes —apuntó Alphonso.
—Desde luego, no me querría ver en la situación de enfrentarme a uno de esos bichos y encima perder.
La mente de Theodore se ahogaba en escenas incómodas.
El futuro veterinario esbozó una sonrisa de satisfacción.
—Los cuervos y las urracas señalan al resto de los animales dónde hay carroña para alimentarse.
Parecen completamente negros, pero hay especies que tienen plumas iridiscentes que permiten a otros seres, como los buitres, saber dónde tienen que buscar.
Si ves un córvido, es probable que estés cerca de algo putrefacto.
Es una de las razones por las que relacionamos estos pájaros con historias macabras y malos augurios.
Existen aún creencias que hablan de que contar aves negras ayuda a conocer qué depara el futuro. Son criaturas fascinantes —dictaminó.
Una vez más, Theodore miró a Alphonso con detenimiento.
Tenía un rostro casi angelical, de adolescente sin prisa por pasar a la vida adulta.
Sus ojos azules, tan claros que en los días sin luz parecían grises, estaban en calma.
A veces se alegraba de que su amigo no siguiera el camino de la Medicina.
Sus explicaciones, aunque a veces sin previo aviso, le ayudaban a adquirir una visión muy distinta del mundo, una perspectiva que jamás habría obtenido de otro modo.
No obstante, no tenía ninguna duda de que aquel chico habría sido un gran competidor de haber escogido ser médico, tal vez incluso más que Arthur.
—Lo que me queda claro —dijo Wheeler rompiendo el breve silencio— es que, si en algún momento me encuentro con un enorme pájaro negro, saldré huyendo.
Theodore apuró el último trago de té de la taza.
—Me voy a acostar ya —dijo. Sus palabras rompieron el hechizo de la conversación—. No te espero, ¿verdad? —añadió dirigiéndose a Arthur, quien asintió.
Por unos momentos había olvidado la carga de trabajo que tenía.
—No pienso ir con las manos vacías a la clase de Lyle Crowle —manifestó encogiéndose en su asiento.
—Vale, nos vemos mañana.
La residencia de Teviot Place era uno de los pocos hogares comunales de Edimburgo que contaba con aseos con agua corriente disponible todos los días del año durante todas las horas del día.
Al final del largo pasillo se encontraba un baño con varias duchas y lavamanos, a disposición de los residentes universitarios.
Aunque a aquellas horas el agua caliente era limitada, Theodore se sumergió en el estrecho cubículo, buscando un poco de claridad.
Observó su pálido reflejo en uno de los espejos del aseo, cubierto de pequeñas gotas de condensación.
Por los ventanales que ayudaban a airear la estancia entraba la luz de la luna y se reflejaba en los pequeños charcos que alguien había dejado al caminar por el baño.
Desconocía qué hora era, pero no le importó.
Incluso cuando el agua había perdido calidez él permaneció a oscuras en la ducha.
Debido al esfuerzo de cargar camillas, tenía una contractura en la espalda que había empeorado con el frío y los dedos de los pies le dolían.
Todos sus sentidos estaban alerta. Debían estarlo.
Si tenía que seguir al doctor Crowle en su misión suicida, iba a hacerlo.
No tenía más remedio.
Cuando despertó a la mañana siguiente, cubierto en sudor a pesar del frío, habría jurado que había un cuervo graznando en la oscuridad.