Capítulo 10 #2
—Tanto este paciente como el que llegó durante la lección llamaron mi atención por algo muy específico, difícil de obviar, al menos en estos casos: ambos tienen marcas de haber sido tratados con anterioridad.
Abiertos, incluso. —Acostumbrado a inspeccionar a sus pacientes, el cuerpo del profesor viró de manera automática para colocarse frente al rostro de Theodore—.
Le contaré una realidad desagradable: que nos traigan cadáveres de individuos con los que la gente se ha ensañado antes de llegar aquí, incluso después de haber fallecido, es algo habitual.
Estoy seguro de que usted también lo habrá notado en las sesiones a las que ha asistido; la gente siente curiosidad por la muerte, es natural.
Esto también lo es, aunque no sea fácil de digerir.
Cuando uno no sabe qué encontrará en el otro lado comienza a hacerse sus propias hipótesis, lo que conduce a ser poco respetuoso con quienes han perdido la vida.
Patadas, puñetazos, incisiones con diversos objetos…
, todo eso es común. Sin embargo, esto —la palabra se deslizó por el paladar del profesor— no lo es.
Señaló el costado del paciente, donde una cicatriz dividía su cuerpo en dos mitades.
—Llevo tantos años trabajando aquí que reconozco a la perfección los trazos que deja quien busca algo específico, aunque no sepa qué.
—Una expresión de pesadumbre brilló en el rostro del profesor, que se limitó a dar la lección, utilizando el cuerpo como un ejemplo más de lo que esperaba enseñar a Theodore—.
Esta es la marca exacta que aparece cuando alguien comprende vagamente lo que hace, cuando hay cierta intención.
Tal vez incluso puede que se trate de una primera o segunda tentativa de hacer una autopsia que no ha salido como se esperaba.
Por eso ha acabado aquí, en esta mesa. El cuerpo ha sido descartado.
—¿Porque ha salido mal?
—Porque no ha salido como se esperaba.
Hughie Buckman observaba el cuerpo como si fuese la primera vez que lo veía.
—Tal vez esperaban encontrar un hígado afectado por la bebida o un intestino con una patología concreta, pero no lo hallaron.
Theodore tomó un lugar desde el que la luz se posaba justo encima de la herida. El profesor se apartó y continuó hablando.
—Yo mismo he inspeccionado las vísceras del paciente, nada podía salvarse.
Si en lugar de un hombre fuera un cerdo, ni el más pobre habría sido capaz de llevarse nada a la boca.
No tenía una buena vida, se destrozó por dentro y por eso acabó muerto.
¿Lo usaría usted para una clase? —continuó el doctor Buckman.
Theodore no podía creer lo que acababa de escuchar.
—Señor, yo…
—Responda, por favor.
Aquello seguía siendo una lección, aunque el discípulo no la comprendiera.
—Solo si no existiese más remedio. ¿Cree que ha sido un médico? —Theodore no pudo contener la fuga de palabras que escapaban de su boca, sin olvidar los modales—. ¿Por qué?
Profanar cuerpos, incluso con fines científicos, académicos o religiosos, estaba penado por la ley. Theodore no era capaz de vislumbrar una necesidad que justificase arriesgarse a perder el trabajo. O la libertad.
—Alguien encontró un cuerpo en mitad de la calle, el de una persona que había fallecido hacía pocas horas.
Minutos, tal vez. La piel seguía tersa cuando realizó la incisión.
—Como si fuese un examen, Theodore enumeró cada uno de los puntos claves de la imaginaria situación que le planteaba el profesor—.
Solo necesitó unos instantes para saber que era un indigente, nadie le echaría de menos ni reclamaría su cuerpo.
Pensó en la suerte que había tenido y barajó la posibilidad de poder estudiarlo, así que improvisó una intervención.
No estaba acostumbrado a realizar ese tipo de trabajos.
«El doctor tenía razón, no eran trazos limpios, dudó al hacerlo», pensó Theodore, luego continuó:
—Cuando se dio cuenta de que no había nada aprovechable, lo desechó y lo dejó de nuevo en la calle, a la espera de que las autoridades lo recogieran y lo mandasen aquí, esperando que nadie se fijara en las heridas.
—Su teoría es bastante similar a las conclusiones a las que he llegado yo mismo, sí —reconoció el doctor—. Sin embargo, Theodore, hay un detalle en el que difiero. ¿Cuántas veces se ha cruzado usted con un cadáver en mitad de la calle?
—La verdad es que ni una sola, señor.
—Ah —confirmó—, ahí reside el problema.
Eran pocas las veces en las que Theodore no sabía qué decir. Incluso en los momentos en que su cabeza le jugaba una mala pasada conseguía salir del paso.
Una horrible sensación invadió sus pensamientos.
—Señor —retomó el joven, conociendo la respuesta—, ¿cuántas veces es necesario que algo ocurra para que deje de considerarse una casualidad?
Un lejano brillo de orgullo envolvió la mirada de Hughie Buckman.
—Tres, querido Theodore.
Era como si el peso del paciente cargara la habitación llenándola con su presencia.
En los pasillos contiguos la actividad hospitalaria estaba en pleno apogeo.
Alguien lloraba en la distancia. Los habitantes de la ciudad nacían, morían y rezaban por mantenerse con vida.
Los estudiantes universitarios, las enfermeras, los médicos, cirujanos y boticarios atendían en sus consultas con toda la brevedad que les permitían las cortas horas de sueño.
El caos habitual reinaba en todas partes, salvo en esa estancia.
—Debí darme cuenta en el mismo momento en que comencé la disección del cuerpo, pero estaba demasiado absorto en la negación para verlo —dijo el doctor.
Regresaron al pasillo y retomaron el camino de vuelta hacia su despacho, donde no había nadie más.
—Es la tercera vez que observo un fenómeno similar, pero estoy seguro de que no han sido las únicas ocasiones en las que algo así sucede delante de mí —confesó Buckman—.
La primera fue hace varios años, en 1852.
Usted debía de llevar tan solo unos meses en la facultad.
En aquel momento no le di importancia, pero ahora sí.
Theodore se alegró de volver de nuevo al calor de la oficina del doctor.
—Tres ocasiones, Theodore. No se trata de una casualidad. ¿Recuerda lo que le conté sobre los ladrones de cuerpos?
—Sí, señor.
—Debemos mantener los ojos muy abiertos, pero me temo que los míos no serán suficientes. —El tutor parecía cansado, muy cansado—. Si quiere retomar las prácticas conmigo esa es la condición que le impongo: si encuentra algo fuera de lugar, debe hacérmelo saber de inmediato. Solo a mí, a nadie más.
Si estaba siendo honesto con él, no lo parecía.
Theodore sabía que si perdía las prácticas con Hughie Buckman no tardaría mucho en encontrar un tutor que lo reemplazara, pero sería una gran mancha en su expediente que tardaría en borrarse.
El doctor era consciente de ello y se estaba aprovechando de él.
Tal vez a Theodore su reputación no le importase tanto como a Arthur, pero había trabajado para llegar donde estaba.
Con el profesor Buckman su plaza estaba asegurada en cualquier hospital que le interesara, incluso fuera del país.
Sin él (o, en el peor de los escenarios, despedido por el doctor) nada de eso se haría realidad.
Cuando se roza el éxito con las yemas de los dedos es difícil olvidar la sensación de euforia que se siente.
Y él no quería ignorar sus ambiciones, quería alcanzarlas.
Por eso aceptó la propuesta, aunque no sabía qué había detrás de todo aquello.