Los anatomistas Capítulo 10
20%

Capítulo 10

Veritas filia temporis

Hughie Buckman le espe rab a al inicio de Dummond Street, una calle de tierra pisada, justo en la entrada de Nicolson Street, un poco más arriba del hospital.

Era un lugar concurrido, en especial las primeras horas de la mañana, cuando los ciudadanos de Edimburgo abandonaban el calor de sus hogares para dirigirse como cerdos al matadero hacia sus puestos de trabajo.

Eran pocas las ocasiones en las que Theodore se desviaba por Nicolson Street, un vasto pasaje que alargaba la travesía para llegar al Royal Infirmary, por lo que, cuando su maestro le saludó, se sorprendió de coincidir con él.

El frío de enero había dejado un pequeño rastro escarchado que sus pasos no conseguían borrar y amenazaba con hacerle caer en un momento de descuido.

La gran variedad de animales silvestres que convivían en las calles de la capital escocesa (conejos, ardillas, ratas y una infinidad de seres que en algún momento habían sido mascotas de alguien) no había dejado verse en los últimos días, lo que anunciaba otra inevitable caída de la temperatura.

A veces se sorprendía a sí mismo pensando en lo homogéneo que era el caos de Edimburgo, lo contradictoria que resultaba la ciudad.

Los ladrillos del color del barro seco formaban la columna vertebral de todos los edificios de la capital, sin importar el tiempo que llevasen en pie.

Un sinfín de callejuelas, manchadas por el barro de las botas de sus habitantes, esbozaban el laberíntico mapa de la localidad y mantenían vivas las avenidas incluso en mitad del invierno más frío.

Todas las construcciones escondían una historia tras sus ventanales, un susurro que se podía oír si se prestaba la suficiente atención.

Una a una, cada obra arquitectónica daba forma a una criatura única; era un lugar que no compartía similitudes con otros que había visitado en su breve existencia en la Tierra.

Lo mismo le sucedía a Hughie Buckman.

El médico nunca había destacado por su presentación adecuada ni por su capacidad de peinarse, pero aquella mañana no se esforzó en absoluto en hacerlo al levantarse de la cama.

El ya de por sí descuidado cabello pajizo del profesor se agitaba al viento, como si hubiese perdido el sombrero en algún punto del camino y hubiera optado por seguir adelante sin recogerlo.

Su piel surcada de arrugas tenía un anómalo aspecto pálido, incluso para alguien nacido y criado en Escocia.

Su habitual traje oscuro estaba desabrochado, y los faldones de la camisa sobresalían por debajo del chaquetón grisáceo colocado con prisa.

Aun así Theodore vio la determinación en su mirada desde el otro lado de la vía, un faro que invitaba a acercarse a él.

Hasta en la distancia, el temblor en las manos del maestro era evidente.

—¿Tampoco esta mañana tendremos ninguna autopsia, señor? —preguntó.

Theodore apenas notó el enfado en su propia voz.

Le tomó varios días darse cuenta, pero aquella situación, el no saber cuándo se solucionaría, había acabado con su paciencia. Tal vez era la razón por la que no dormía, pero si algo había claro es que Hughie Buckman no estaba descansando tampoco.

La última ocasión en la que coincidieron, el profesor le había pedido que abandonase su puesto de trabajo, y Theodore no confiaba en tener la respuesta de esa apresurada decisión. Así que se limitó a esperar.

—Por supuesto que la tendremos —respondió el profesor, que se mostró ofendido, contrariado de que su discípulo pensase lo contrario—, pero no podrá llegar a ella por sí solo. Venga conmigo.

El vaho había acompañado cada una de sus palabras, como un fumador de tabaco compacto, de poca calidad.

Durante el breve recorrido entre Holyrood y el Royal Infirmary, Theodore fue consciente de lo que sucedía a su alrededor.

A pesar de mantener el paso ligero y los movimientos constantes, el tiempo se congelaba a medida que avanzaban.

Para el futuro médico resultaba curioso ver cómo la ansiedad se manifestaba de manera distinta dependiendo de la persona que la sufriera.

Conociendo al señor Buckman, habría jurado que se inclinaría por el silencio, un escenario perfecto para que los pensamientos llegaran a buen puerto.

No obstante, la realidad era distinta. Sin mirarle a los ojos, el discurso interior del tutor no cesaba, poco le importaba si su discípulo conseguía seguir o no el paso.

A veces Theodore se arrepentía de no haber optado por estudiar la psicología humana.

Estaba seguro de que una investigación de ese tipo le garantizaría trabajo para el resto de su vida.

El traqueteo lejano de un carro tirado por caballos los acompañó durante unos minutos hasta alcanzar el hospital.

El barro se acumulaba bajo sus pies y cualquiera habría sido capaz de seguir su rastro en el suelo desde varias manzanas atrás.

Como siempre, la entrada del Royal Infirmary rebosaba de médicos, estudiantes, pacientes y curiosos, en un vaivén frenético que mantenía las puertas constantemente abiertas, a pesar de que había amanecido no hacía mucho.

Al ritmo del señor Buckman dieron un rodeo por la calle principal y tomaron el acceso al ala peri mortem , como llamaban con ironía al lugar donde se acumulaban los cuerpos a la espera de ser examinados.

Aquella parte del edificio, como Theodore había vaticinado, estaba desierta.

Todos preferían evitarla si no era estrictamente necesaria su presencia allí.

Un corto pasillo de color crudo que nadie se había molestado en decorar con el mismo papel pintado que el resto del hospital los condujo al despacho de Hughie Buckman, donde el fuerte olor a alcohol y aceites esenciales los embriagó.

De todas las consultas en las que Theodore había trabajado, aquella era la más amplia.

El trabajo que el doctor llevaba a cabo sobre sus pacientes requería espacio suficiente para poder observar los cuerpos desde todas las perspectivas.

Lo único que ayudaba a la ventilación era una minúscula ventana que apenas dejaba entrar el aire en los días calurosos, lo que convertía la habitación en una versión muy bien equipada de un ataúd.

Theodore ya había estado en otras ocasiones en su despacho, de modo que habría podido llegar allí por sí mismo, sin supervisión.

—La otra madrugada le pedí que tuviera paciencia antes de recibir una respuesta o continuar con mi historia —dijo el profesor.

La luz de las lámparas de aceite le marcaba las arrugas de la frente, cubiertas por una fina capa de sudor—.

Sé de primera mano que la paciencia tiene un límite, pero también lo tienen las hipótesis lanzadas sin pruebas.

Necesitaba unos días para comprender qué era lo que tenía delante.

Al final, no fue necesario. Hay ocasiones en las que las preguntas se resuelven por sí mismas.

El aprendiz se limitó a escuchar.

—¿Cuántas veces es necesario que ocurra algo para que deje de considerarse una casualidad y se convierta en un hecho? —preguntó el profesor.

La pregunta pilló a Theodore por sorpresa. Tardó unos segundos en responder, tiempo suficiente para incomodar a ambos.

—¿Al menos tres, señor? —dijo, aunque no estaba seguro.

—Theodore, permítame que le pida que me acompañe de nuevo.

La petición era más bien a una súplica.

Lejos de la seguridad de su despacho, los pasillos del ala peri mortem presentaban la disposición normal del hospital, aunque más angosta.

Una corriente de aire gélido provocó que Theodore añorase las frías calles de Edimburgo, donde la temperatura era algo más templada.

No era una zona pensada para albergar gente durante periodos largos de tiempo, sino un lugar de paso, donde llegar, hacer lo que se debe y marcharse, nada más.

El doctor Buckman detuvo su caminata ante una de las puertas de madera corroída por el paso de los años, al igual que el resto de los pasillos.

Un número cinco de latón daba la bienvenida al visitante desde el marco de la entrada.

No era una de las salas comunitarias de autopsia.

Intrigado, Theodore atravesó la puerta antes que el profesor.

Un hombre de mediana edad yacía sin ropa en una de las infames mesas de disección.

Tenía el lacio pelo canoso desordenado alrededor de la cabeza, como un halo angelical, y los labios azules y la piel arrugada a causa de la edad y de la autopsia que le habían realizado.

Theodore calculaba que el cuerpo debía de llevar allí por lo menos una semana.

Sin embargo, su aspecto era distinto al habitual.

El desconocido dormía un profundo sueño, ajeno a cualquier cosa que pudiera dañarle.

—Acérquese, no tenga miedo. —Tras él, Hughie Buckman aspiraba el aire de manera ruidosa—. La autopsia está acabada, ya la he firmado, esto no es ningún examen, pero quiero que vea algo.

Theodore obedeció sin pensárselo dos veces.