Capítulo 9
Qui discit vivit
El estruendo de la balda al romperse debería haber sido suficiente para alertar de su presencia a todo el que siguiera en el edificio.
En un solo instante desapareció el trabajo que le había llevado toda la tarde terminar: el vidrio de los tarros, fraccionado, se extendía por el suelo como pequeñas estrellas bajo la luz de las velas .
El contenido, una amalgama diversa de especias, polen, hojas, ramas, flores y raíces, ya no era más que otra tarea que apuntar a su creciente lista de obligaciones.
Victoria agradecía haber aprendido lo suficiente de botánica para poder salvar alguna pieza.
En otro contexto, alguien menos experimentado (o con menos deseo de hacer las cosas bien) se habría deshecho de todos y cada uno de los remedios que habían caído contra el mármol, demasiado mezclados para salvar algo útil.
Quizá, en un momento distinto, a Victoria le habría relajado dedicar unas horas a separar, ordenar, cortar, meter, catalogar y etiquetar aquel estropicio.
Habría sido así si no tuviese prisa. Y si no lo hubiese hecho tan solo unos minutos antes.
—¡Por todos los…! —Dejó escapar un grito frustrado. Si alguien no había oído el ruido provocado por su torpeza, sin duda, la había oído a ella.
Inspeccionó con cuidado la estantería que se balanceaba por encima de su cabeza.
Estaba segura de que aquello no había sido culpa suya.
Tal vez había sobrecargado el estante de las muestras.
En teoría, cada una de las baldas de la estantería estaba diseñada para aguantar mucho más peso del que ella había puesto encima.
Se aproximó al estante para observarlo mejor.
A diferencia del resto de los muebles que había en la habitación, el armario de fármacos lo habían comprado hacía poco.
El propio profesor había ido al carpintero con mejor fama de la ciudad para encargárselo, con la esperanza de ganar espacio en su reducido despacho.
La oficina del doctor Crowle, en la tercera planta de la Facultad de Medicina y Veterinaria, era un perfecto cuadrado de paredes lisas con tan solo una ventana, lo que lo convertía en el ambiente ideal para almacenar los ingredientes de los fármacos.
Además del entonces astillado armario, su despacho solo contaba con una mesa, dos sillas y un mueble para guardar documentos, entonces vacío.
El profesor solía pasar sus horas libres en el aula que tenía asignada en la planta subterránea, donde apenas recibía visitas.
Los alumnos que querían tener una tutoría con él la concertaban tras finalizar las clases, y los colegas que quisieran mantener una agradable conversación sabían dónde encontrarle.
Victoria prefería trabajar en la superficie, de modo que se había adueñado de su oficina.
Casi como una burla, uno de los clavos, retorcido sobre la madera en una posición antinatural, le devolvió la mirada. Si el profesor había gastado más de diez peniques en aquel armario, le habían estafado.
Un espeso líquido dorado había cubierto los restos de cápsulas de adormidera.
Al agacharse, el zumo de limón que había preparado para el tratamiento del escorbuto manchó sus manos.
Asqueada, busco sin éxito algo con que limpiarse.
Las semillas de amapola habían quedado inutilizadas por completo por los frascos de zumo, de modo que el profesor tendría que buscar anestésicos en otra parte.
Para deshacerse del líquido pegajoso que amenazaba con llevarse por delante el resto de los remedios, Victoria utilizó la falda de su vestido, que también quedó impregnada del néctar amarillo.
Uno a uno, mientras los recogía, se repetía a sí misma el nombre de los remedios: aloe para la fiebre, altea para las úlceras.
Muchas veces los nombres eran tan similares que debía parar unos segundos antes de continuar: sen, cañafístula y ruibarbo, purgantes; raicilla, para provocar el vómito; jalapa, que tenía el mismo efecto.
El aceite de ajenjo, por su parte, tenía el efecto contrario, ya que paliaba las náuseas.
La muchacha celebró internamente la opción por la que el profesor se había decantado con respecto a sus fármacos.
Mientras que otros médicos preferían las infusiones, que eran más fáciles de ingerir y causaban menos descontento entre sus pacientes, Lyle Crowle se veía inclinado a elegir remedios más complejos.
Mezclaba ingredientes, se los ofrecía a los enfermos y luego anotaba el resultado del tratamiento.
Tenía siempre disponible una veintena de sustancias distintas, pero mantenía muy pocas en estado líquido, de modo que resultaba más fácil enmendar el desastre ocasionado por la balda.
Unos pasos apresurados irrumpieron en el despacho, rezumando preocupación en cada uno de sus movimientos.
—¿Está bien, Lyle? He oído… —Su mirada se cruzó con la de Victoria, agazapada en el suelo, con un manojo de hierbajos en la mano izquierda—. ¡Oh, es usted!
La decepción envenenó sin disimulo sus palabras, y su expresión se relajó al perder todo rastro de inquietud que le quedase por el estado del profesor.
Era un hombre entrado en años, de facciones toscas, poco agradables.
La camisa blanca, manchada de café, tinta y otras sustancias que ella era incapaz de identificar le bailaba por encima de los pantalones, demasiado cortos y estrechos para su constitución.
Nunca iba en traje, aunque la universidad lo estableciera como imperativo para todos los docentes.
Ella sí conocía su nombre, pero estaba segura de que él no se había molestado en aprender el suyo.
—El profesor Crowle se ha marchado, señor —dijo Victoria con su voz más amable, desde el suelo, mientras sonreía al recién llegado—. Solo estoy yo, no hay que lamentar ningún herido. Esto ha sido el resultado de mi torpeza.
Lejos de ablandarse con sus intentos de parecer inofensiva, el hombre observó horrorizado el trabajo de Victoria.
Cada resto desperdigado por el suelo era una nota incriminatoria dirigida a la muchacha, que se mantuvo lo más quieta que pudo, sintiendo aún el tacto pegajoso del zumo de limón en las manos y en la ropa.
—¡Limpie y recoja, señorita! —El hombre introdujo su mano en el bolsillo derecho del pantalón, sacó un trozo de papel y lo lanzó sin miramiento al suelo, para que ella lo cogiera—.
¡Y hágalo antes de que Lyle regrese! Dudo que quiera ver todo el esfuerzo que ha invertido en categorizar sus remedios tirado a la basura.
—Lo haré, doctor.
Lo más probable era que a aquellas horas ellos fuesen las dos únicas personas que seguían en la universidad, de modo que sus alaridos no alertarían a nadie más. Victoria contuvo sus ganas de propinarle un puntapié en la expuesta espinilla, situada justo delante de su cabeza.
Lejos de sentirse satisfecho, el profesor siguió gritando.
—¡Vaya con más cuidado! O pida ayuda si no se siente preparada para limpiar esto.
—Tenía la convicción de que no era capaz de hacerlo—.
El buen señor Crowle, qué necio es en ocasiones.
—Fingiendo que Victoria no podía oírle, le dedicó una retahíla de improperios—.
Hay que saber dónde están los límites y, desde luego, no entiendo por qué ha decidido traspasar este.
Acabará con su reputación, os lo aseguro.
—De nuevo, no se dirigía a nadie en concreto—.
Ya veréis como más temprano que tarde me daréis la razón. ¡Bah! Asqueroso…
Tras pronunciar estas palabras se marchó por donde había entrado, sin despedirse, con el polen de camomila, relajante, cubriendo el bajo de su pantalón.
Victoria tomó entre sus manos dos hojas de ortiga (para las hemorragias, recordó) y sintió el picor antes de dejarlas de nuevo en la cesta de la que habían caído. Tenía la certeza de que sería mejor si nadie la volvía a ver allí.