Los anatomistas Capítulo 8
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Capítulo 8

Ex chrysalide lux oritur

—¿Qué tiene que ver ser un buen médico con aprender a distinguir mariposas?

Con fr ustración, Wheeler lanzó el volumen de la enciclopedia sobre la mesa, lo que atrajo las miradas de los demás estudiantes que mataban el tiempo en la biblioteca.

Alphonso se adelantó y recogió el libro con cuidado, mientras comprobaba que seguía de una sola pieza. El disgusto se podía leer a la perfección en su rostro, que había dejado de fingir tranquilidad.

Era un martes por la tarde, el único día de la semana en el que todas las horas lectivas de la facultad se dedicaban a las prácticas o, en su defecto, a adelantar el trabajo atrasado.

Era decisión de cada cual elegir en qué emplear el tiempo que se les otorgaba y, en opinión de Arthur, algunos eran mejores que otros en la gestión de su libre albedrío.

Ese era uno de esos momentos en los que más estudiantes se amontonaban en los pasillos de la residencia, a la espera de que alguna de las butacas de la biblioteca quedara vacía.

A pesar de que la residencia de Teviot Place admitía y albergaba a estudiantes de diferentes facultades de la Universidad de Edimburgo, la mayoría pertenecía al ámbito sanitario.

La cercanía al Royal Infirmary y a los sitios donde se impartían las lecciones de Medicina y Veterinaria era ya una razón de peso para elegir aquella residencia por encima de cualquier otra.

Aun así era imposible negar lo evidente: el precio por vivir entre los muros de Teviot Place la volvía inaccesible para gran parte de los alumnos, y la Facultad de Medicina y Veterinaria era el nido más grande de hijos de personas influyentes, al menos en lo que respectaba a Escocia.

Por esa misma razón, los martes por la tarde solían ser un infierno para todos los que no acostumbraban a madrugar y querían conseguir un lugar donde estudiar dentro de la misma residencia.

Arthur no tenía ese problema, siempre era Theodore el primero en aparecer por allí.

Sin embargo, aquella tarde no había ni rastro de su compañero, que se había marchado de la habitación antes incluso de lo habitual.

Las mesas de madera no podían soportar el peso de una pluma más, a pesar de que era tan temprano (el primer turno de comida todavía no había tomado parte) que la chimenea aún no calentaba lo suficiente para crear la atmósfera que caracterizaba la biblioteca.

Por las mañanas se mantenía apagada, pues se concentraban los esfuerzos en mantener calientes las habitaciones y el comedor, donde la leña era imprescindible para dar de comer a todas las bocas hambrientas de Teviot Place.

—Polillas —le corrigió un irritado Alphonso—, y creo que un médico debería ser capaz de identificar mucho más que fracturas para poder considerarse un profesional decente. ¿No atiendes en clase?

—Primero, no me interesan en absoluto los insectos. —Wheeler suspiró y arrancó el libro de las manos de su compañero de habitación—. Segundo, no eres médico, no intentes darme lecciones de cosas que no conoces. Y tercero, jamás podré aprender de memoria qué demonios es una Tenia pelineta .

— Tinea pellionella —intervino Arthur, incapaz de seguir a lo suyo.

La concentración era una virtud que le habían arrebatado ese día—.

Es parecida a la polilla de la ropa, pero se alimenta de restos de piel seca e incluso de algunos compuestos del pelo humano.

No es exclusiva de los cuerpos en descomposición, pero puede ser un indicativo interesante para saber cuánto tiempo lleva un cuerpo expuesto al aire y cuándo falleció el individuo.

Si quieres estar en el equipo de Buckman tendrás que saber este tipo de cosas.

Las autopsias no solo buscan la causa de la muerte.

Aunque Arthur estaba lejos de comprender qué tenía delante, no apartó la mirada del libro, esperando retomar la lectura cuanto antes.

—De hecho, es una especie que también puede alimentarse de restos de animales —siguió Alphonso con calma, con el tono adecuado para explicar algo a un niño pequeño o a un amigo al que le cuesta entrar en razón.

Wheeler cumplía ambos requisitos—. No ser médico no me convierte en un ignorante. Sé cosas.

—Hay muy buenas razones para memorizar especies de insectos —intervino Arthur, que, al levantar la vista se encontró a un Wheeler despeinado asintiendo a la afirmación de Alphonso—.

La primera y más importante es que te mantiene la cabeza ocupada en algo que no son los tres temas de siempre: carne, patologías, anatomía.

Pensar de vez en cuando en alguna materia que no implique de forma necesaria el cuerpo humano es bueno, si no, acabarías por volverte loco.

Nadie debería aspirar a conocer todo sobre un único tema.

No solo sería aburrido, también sería estúpido.

Wheeler resopló con intención de apartar el flequillo que le caía sobre los ojos.

Respetaba a Arthur lo suficiente para evitar un enfrentamiento directo con él, por mucho que le hubiese encantado comenzarlo.

Sabía que el estudiante de Medicina no le seguiría el juego aunque le provocase, no tenía tiempo.

—Aun así preferiría hacer cualquier otra cosa antes que estudiar los procesos de alimentación de criaturas necrófagas. —Al dirigirse a Arthur pareció que su voz se tranquilizaba.

Arthur torció los labios en una expresión de indiferencia.

—No es complicado memorizar el papel de cada una de las especies de polillas en el proceso de descomposición.

—Apoyó el libro sobre sus piernas, como solía hacer cuando necesitaba concentrarse—.

La mayoría se rigen por la misma ley, suelen preferir que el cuerpo esté bastante muerto antes de acercarse a él.

Lo único que necesitas es aprenderte unos cuantos nombres y rezar por que sean suficientes para impresionar al pobre docente al que le toque examinarte.

Aprendida una, ya las tienes todas. Te aconsejo que les eches un vistazo a tus apuntes antes de comenzar cualquier trabajo de campo, pero por lo demás…

—Pero qué ven mis ojos, ¿Arthur Credge dando consejos sobre cómo relajarse con los estudios?

—Theodore apareció justo en ese momento, con la chaqueta empapada por la lluvia.

Emanaba euforia por todos los poros de su cuerpo, un estado bastante inusual en él—.

Menos mal que he presenciado este momento, si no, no te lo hubiese podido echar en cara la próxima vez que pierdas la cabeza porque no te da tiempo a hacer algo. ¡Este es el mejor día de mi vida!

Las gotas de agua de su cabello caían a su alrededor, dejando un rastro húmedo a su paso.

Un solo vistazo a la sala fue suficiente para que comprendiese que no podría encontrar un lugar para sentarse, pero no parecía tener prisa por hacerlo.

Theodore se acercó a la chimenea y contempló las brasas, como si eso bastara para entrar en calor.

Arthur, receloso de su súbito ataque de felicidad, buscó su mirada para que le dijera qué ocurría en realidad, pero su compañero evitó cruzarla con él.

—¿Estabas trabajando? —inquirió, fingiendo indiferencia. Podía no ser nada, pero conocía lo suficiente a su amigo para, al menos, intentar sacarle algo—. No pensaba verte ya hasta esta noche.

La sonrisa de Theodore vaciló por un instante tan fugaz que Arthur creyó que lo había imaginado.

—Cambio de planes. El profesor Buckman ha tenido que ausentarse y han permitido que me tome el día libre, así que aquí estoy.

Solo he pasado por el hospital para terminar el papeleo de las autopsias que tenía pendiente de unos días atrás.

—El sonido de las ruedas de un carro contra la madera de la residencia de Teviot Place los puso a todos en alerta—.

Me parece que se acercan unos días bastante tranquilos.

Wilhemina, una tosca mujer de mediana edad con el pelo salpicado de colores ocre que supervisaba los trabajos de mantenimiento del edificio, fue la encargada de acercar a la biblioteca el carro con el té.

Una larga fila de jóvenes se formó delante de la cafetería improvisada, como si llevaran esperando ese momento toda la vida.

La mujer anunció con voz queda que los interesados podían servirse.

Así se daba comienzo al horario de la tarde.

Los ojos oscuros de la trabajadora escudriñaron la sala, que parecía contener más gente a cada minuto, preguntándose si habría té para todos o tendría que volver otra vez.

Obedientes, como si se tratase de una profesora especialmente severa, uno a uno se colocaron en fila, esperando con paciencia su turno.

Wilhemina podía parecer una vieja bruja con lengua envenenada, pero solo hacía falta pasar varios minutos con ella para saber que en realidad adoraba su trabajo.

Saludó a todos y cada uno de los estudiantes mientras se servían el té, aún caliente, sin abandonar la expresión estoica que la caracterizaba.

—¿Está bien Hughie Buckman? —Wheeler arrastró una silla que había quedado vacía tras la llegada de Wilhemina y la acercó a la mesa, para que Theodore pudiera sentarse.

La expresión de fastidio de uno de los alumnos de tercero no le pasó desapercibido, pero la ignoró a conciencia—.

Creo que es la primera vez que oigo que falte a alguna de sus obligaciones.

Wheeler parecía más interesado en el profesor que de costumbre, pero Arthur sabía que se debía a su repentino interés por ser su alumno, algo que a su compañero tampoco le pasó por alto.

Theodore tomó asiento y saboreó su taza de té con leche en silencio durante unos segundos, deleitado por el instante de silencio que había dejado a su paso el carro del té.

—No creo que sea nada. —Theodore no ocultó en ningún momento su nula intención de tocar el tema o de indagar más en él. Giró el cuerpo para encontrarse cara a cara con Arthur y retomó su expresión de completa felicidad—. Así que polillas, ¿eh? Contadme más, me encanta este tema.