Capítulo 7
Quaerite et invenietis
No era ninguna sorpresa para nadie que Arthur Credge prefería trabajar con sus pacientes cuando a estos solo les quedaba un hilo de vida, cuando podía hacer algo de verdad para salvarlos.
Hay un instante entre la vida y la muerte en el que es sencillo trabajar, aunque s ea contra reloj.
Los vivos protestan, piden explicaciones que no comprenden y serían capaces de ignorar las órdenes de Dios aunque este bajase personalmente a imponérselas.
A menos que no tengan más remedio que aceptar su destino.
Su padre siempre decía que había elegido trabajar con la muerte para poder comprender a los vivos, pese a que aborrecía las autopsias.
Para Arthur, lo que hace una persona en vida desemboca de forma inevitable en su muerte y ahí estaba la belleza de conocerlo todo, entender el proceso que lleva a una persona a dar su último suspiro.
Lo que hacemos en vida deja marca en nuestros restos hasta que el paso del tiempo acaba con ellos.
Su trabajo como médico consistía en leer cada una de esas señales y ser capaz de resolver las cuestiones que se planteaban, pero, a diferencia de su compañero de cuarto, seguía encontrando tranquilidad en los pacientes que aún vivían.
Si tratar con la muerte le permitía comprender la vida, lo haría.
Era algo que le habían inculcado desde niño.
El Royal Infirmary de Edimburgo estaba en un edificio de tres alas, de ladrillo visto color ocre con más salas de las que podía mantener en funcionamiento.
En el momento en que Arthur comenzó su formación universitaria, el hospital ya llevaba un siglo desempeñando su función como casa de enfermos.
De hecho, si por algo se conocía el Royal Infirmary era por ser el hospital de beneficencia más antiguo del país y por acoger a estudiantes desde sus inicios, a principios del siglo XVIII .
La entrada estaba custodiada por una imponente verja a modo de fortificación que protegía a los dolientes de lo que sucedía fuera de sus muros.
Era lo más parecido a un bastión medieval que se había construido en la ciudad en las últimas décadas.
La fortaleza universitaria se regía por un orden casi monacal.
Cada doctor (cirujanos, en su mayoría) tenía tres alumnos asociados de media, a los que debía supervisar durante el periodo de estancia en el hospital.
Los mejores médicos tenían largas listas de espera y las vacantes solo se cubrían con amigos de la familia o si uno de los profesores de la facultad recomendaba a un estudiante a alguno de sus colegas.
Todo funcionaba por contactos, incluso las (en opinión de Arthur) ridículas prácticas universitarias obligatorias.
Todos los matriculados en los cursos de Medicina en la Universidad de Edimburgo estaban obligados a cumplir cierto número de horas en el Royal Infirmary, la especialización del alumno dependía de ellas.
Sin embargo, en ningún lugar se especificaba en qué debían invertirse esas horas, lo que convertía la búsqueda de prácticas en una verdadera carnicería.
Era factible graduarse sin haber hecho nada importante, más allá de poner vendas y cambiar paños mojados a los que sufrían de fiebres, pero eso no garantizaba tener un trabajo después.
Ahí residía el principal problema. Pasar semanas, durante años, trabajando podía no ser suficiente para lograr un puesto o una reputación que mereciera la pena.
Todos los que comenzaban su formación tenían una idea muy clara de lo que querían para un futuro, pero no se les daban a todos las mismas herramientas para demostrar que lo merecían.
Arthur había tenido más suerte que la media de sus compañeros, pero él lo habría definido de una manera muy diferente.
Como todos, había comenzado ayudando, haciendo el mismo trabajo que las enfermeras, bajo la vigilancia de decenas de ojos que trataban de valorar su talento para salir adelante en situaciones difíciles.
Apellidarse Credge tenía muchas ventajas; una de ellas, que la gente ya esperaba mucho de Arthur antes de demostrar siquiera lo que podía hacer.
El nombre de su padre sonaba lo suficiente para que lo relacionaran con el mundo de la medicina.
Pero Arthur no quería los restos que le otorgase su nombre de nacimiento, quería crearse su propia identidad.
Todos conocían el nombre de Theodore, su familia tenía tanto dinero que la mitad de Edimburgo había pasado de una manera u otra por sus manos, pero su mundo era ajeno a los hospitales.
Envidió a su compañero por muchas cosas desde el momento en que lo conoció y esa era una de ellas.
Arthur siempre había tenido que trabajar un poco más que su amigo para llegar al mismo punto, pero nunca se había quedado atrás.
Al poco tiempo de conseguir un hueco en el hospital ya había logrado que le adjudicasen pacientes para atenderlos por su cuenta.
Nunca casos difíciles, pero no los necesitaba.
Los que conocían a su padre quedaron satisfechos con lo que veían y los que no tenían ese honor recordaban entonces su apellido, todo gracias a Arthur.
Hay quienes nacen con un talento único y natural, mientras que otros tienen la suerte de fingir que forman parte de ese grupo privilegiado y moldean el futuro a su gusto.
Tras tantos años trabajando en el Royal Infirmary, Goldie Janson era sin lugar a dudas su paciente favorita.
Hacía unos meses, la condesa Janson había sufrido un accidente que había reducido a cenizas el palacete donde se hospedaba y le había dejado una serie interminable de quemaduras en todo el lado derecho del cuerpo.
Por suerte, su cara seguía intacta y solo había perdido movimiento parcialmente en su mano dominante, lo que la incapacitaba para hacer las tareas que sus criadas se ofrecían a realizar por ella, encantadas.
Era una de las pocas ocasiones en las que Arthur se alegraba de que la paciente siguiera viva del todo, aunque su mundo hubiese dado un giro del que jamás se iba a recuperar.
A veces la compasión era tan importante como saber cuándo detener los cuidados de quien nunca recuperaría una vida digna.
Goldie Janson era un caso interesante. Delgada, con el pelo grisáceo salpicado de motas blanquecinas, a sus sesenta y tres años tenía más dinero del que cualquiera de los alumnos de Teviot Place vería jamás, algo en especial complicado, teniendo en cuenta que todos debían contar con, al menos, un mecenas que financiase su educación en la universidad.
El palacete que se había incendiado tenía un edificio gemelo, idéntico, en las afueras de York, Inglaterra, por no mencionar la casona en mitad de la Royal Mile a la que se había desplazado para estar más cerca de los médicos.
A pesar de su fortuna y de que las opciones no escaseaban para ella, Goldie se negó a recibir las curas en casa y a ingresar en un hospital más costoso.
Tras el accidente, en uno de sus primeros encuentros con Arthur, que más tarde se convertiría en una visita semanal para verificar sus progresos, la anciana compartió con él la razón de esa decisión.
Mientras conversaba con alegría con su ama de llaves, que había insistido en acompañarla en la aburrida sesión.
—Mandé a dos de mis siete hijos a estudiar aquí para que se convirtieran en algo más que patanes con dinero, lo que parecía complicado antes de que regresaran.
—En su cara se dibujó una mueca de desagrado, tal vez por la pomada que le estaba aplicando en las heridas, tal vez por pensar en lo inútiles que podrían haber sido sus hijos—.
Sin gente como yo a quienes atender, ¿cómo esperan aprender algo?
¡Bah! Los jóvenes necesitan ver casos reales, no simples rasguños e hipotermias por el frío.
La guerra hace fuertes a los hombres y la sangre los endurece, chico.
Aunque el hospital era bastante reconocido por su especialización quirúrgica, Arthur no se atrevió a contradecirla.
La condesa tenía un carácter férreo y en ocasiones terco, pero jamás se quejaba de nada.
Había visto sus piernas en carne viva, abrasadas por las llamas, pero la única muestra de que estaba sufriendo se reflejaba en su cara, no en sus palabras.
Trataba a las enfermeras con propiedad, daba las gracias a todo el mundo y no se iba hasta estar segura de que habían confirmado su cita para la semana siguiente.
Además, tan solo hablaba si tenía algo importante que decir.
Era utópico esperar que todos los pacientes fueran como ella, pero Arthur se permitía soñar de vez en cuando.
Aquel día de enero la habitación de paredes de yeso en la que el futuro doctor atendía a los pacientes estaba en penumbra.
Sin mucho éxito, una de las limpiadoras había recorrido el edificio encendiendo velas en todos los rincones para ayudar a iluminar lo que las lámparas de aceite no lograban alumbrar.
La tormenta, que no parecía querer tomarse un descanso, había acabado con los pocos rayos de luz que bañaban el hospital las tardes en las que el tiempo lo permitía.
Una gran mesa de boticario, tallada en madera tosca, guardaba los medicamentos para Goldie Janson, que había presentado una gran mejoría tras las últimas intervenciones que le habían realizado.
El frío traspasaba el delgado cristal de la ventana y una suave brisa mecía los documentos que se amontonaban en la mesa.
Un pequeño tintero vacío y una pluma negra despuntada descansaban encima de ellos, y pedían a gritos que Arthur volviese a tomarlos en sus manos.
La señora Janson cerraba los ojos con fuerza sentada sobre el liviano colchón que cubría la camilla, un lugar que Arthur no habría elegido ni para echar una cabezada entre turnos.
A su lado, Helga, su ama de llaves, se aferraba a ella, como si tuviese miedo de que desapareciera si la soltaba.
Arthur sentía la calidez de la zona afectada por el fuego bajo sus manos tibias, mientras extendía con meticulosidad la pomada que solo aliviaría sus dolores por unas horas.
El silencio retumbaba en el papel pintado de la pared, una decoración en tonalidades verdes y marrones que en nada contribuía a que la sala tuviera un aspecto acogedor.
Terminada la inspección rutinaria, el estudiante de Medicina buscó algo que le permitiese obtener un diagnóstico más certero.
Sus heridas, que ya comenzaban a cicatrizar, no habían sufrido infección alguna, ni siquiera en el momento más crítico del accidente.
Todo seguía su curso, presentaba tan solo lo que podría considerarse una leve mejoría, insuficiente para dar por finalizado el tratamiento, pero sí para respirar tranquilos. Goldie estaba fuera de peligro.
La ausencia de conversación no era anormal en las sesiones que compartían en el hospital, pero Arthur se encontraba absorto en el silencio, con sus pensamientos navegando muy lejos de allí.
—Es como si me siguiese con la mirada —oyó, y alzó la vista hacia su paciente, sin comprender sus palabras ni a qué podía referirse—. Me pone los pelos de punta.
Arthur siguió sus ojos hasta la cómoda de madera de nogal donde había estado garabateando minutos antes de comenzar las consultas. Había llegado temprano aquel día, así que tuvo que matar el tiempo con otras de sus responsabilidades.
Enseguida supo a qué se refería. Arthur había calcado del manual que había tomado prestado de la biblioteca un pequeño cráneo deforme, en un retazo de papel sobrante de otro trabajo.
Las cuencas vacías de los ojos y la sonrisa congelada en la mandíbula, lejos de volverlo cercano, eran más bien un chiste macabro con muy poca gracia.
El carboncillo con el que lo había dibujado se había corrido, emborronando aún más sus facciones, hasta casi difuminarlas por completo.
No era más que un boceto, pero anatómicamente perfecto.
Arthur era bueno dibujando, incluso cuando no lo intentaba.
—Me disculpo por las molestias. —Esbozó una sonrisa conciliadora—. Dibujar me ayuda a memorizar. Debería haberlo guardado, no me he dado cuenta. No suelo dejar mis cosas a la vista de los pacientes, estoy distraído.
Goldie agitó con firmeza el brazo que la otra mujer no lograba alcanzar.
—Parece un niño. El cuerpo de un niño.
«Es que es un niño», pensó Arthur, pero se abstuvo de responder.
La realidad era que jamás había visto el cuerpo de un adulto que sufriera raquitismo.
De hecho, no estaba seguro de que fuese posible sobrevivir hasta la madurez presentando ese tipo de malformaciones.
Algo en su interior encajó con exactitud, aunque no supo por qué le había costado tanto verlo antes.
No recordaba lo suficiente el cuerpo que estaba tumbado sobre la mesa del profesor Crowle para asegurarlo, pero estaba convencido de que era de un adulto.
Se había centrado en una pregunta incorrecta, había hecho suposiciones sin estudiarlo con profundidad.
El boceto le devolvió la mirada, burlándose de él.
—Aplíquese el aceite de caléndula para la cicatrización junto con la pomada de hipérico al menos tres veces al día.
—Abrió el cajón para darle a la paciente las cantidades prescritas, había tenido tiempo de prepararlas al llegar.
Siempre se encargaba primero de los fármacos, ahorraba mucho tiempo luego, en la consulta—.
Como de costumbre, tenga en cuenta que es mejor pasarse con las cantidades que quedarse corta.
Puede volver a por más y sus heridas se lo agradecerán.
Goldie asintió, satisfecha. Sin embargo, no se levantó, sino que esperó unos segundos en el silencio que la caracterizaba e inundó la consulta con él.
—Intente pasar menos tiempo pensando en muertos, Arthur. Aunque sean criaturas indefensas. —Contempló de soslayo el espacio que había entre ellos—. Acabará sintiéndose frustrado por algo que no puede salvar.
Dicen que los ancianos siempre saben de qué hablan, pero en ese momento no se hacía una idea de la razón que Goldie Janson tenía.