Los anatomistas Capítulo 6
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Capítulo 6

Nemo nascitur sapiens

—¿Has probado a parar alguna vez? —El cabello le caía sobre los ojos y le ocultaba el rostro casi por completo—. Creo que te vendría bien.

La biblioteca era solo una de las múltiples salas que la residencia de Teviot Place tenía a disposición de los estudiantes.

En realidad, el título de biblioteca le venía muy grande, se lo habían dado los alumnos que habían pasado por ella.

Se podían contar con los dedos de ambas manos las estanterías medio vacías que decoraban las paredes de la habitación, pero creaban la ilusión de un laberinto que no tenía más de dos pasillos.

Los libros que descansaban en las baldas de madera de tilo estaban para servir a las necesidades de todos los residentes, había desde tratados de historia hasta atlas.

Tomos grandes, ejemplares antiguos, páginas desgastadas por el uso.

La colección bibliográfica que poseía la sala de estudio no era suficiente para evitar a los alumnos el mal trago de tener que desplazarse a la facultad, pero nadie la usaba para eso.

A los pies de las estanterías había mesas de madera antigua que permitían a quien lo necesitase consultar parte del catálogo o, en su defecto, tomar con tranquilidad una bebida caliente a su elección.

Theodore solía decantarse por la última de esas opciones.

Aunque en un principio la hubiesen pensado para acoger los días de trabajo de los estudiantes, la biblioteca se había convertido en un punto de reunión informal en el que mantener una conversación agradable fuera de las habitaciones sin tener que abandonar el edificio.

Una gran chimenea que calentaba hasta el último rincón de la primera planta abarcaba la mayor parte de la sala.

A pesar del tamaño de la estancia a primera vista, tan solo tenía capacidad para albergar a unas veinte personas sin que unos a otros se estorbaran.

Para Theodore, aquel era el lugar perfecto donde dejarse ver después de las clases o el trabajo.

Para Arthur Credge, en cambio, era un lugar estupendo para seguir estudiando.

Al oírle llegar, Arthur levantó la vista.

El reloj no había marcado aún las siete de la tarde y ya ocupaba una de las mesas más codiciadas de la biblioteca, cerca del fuego.

Leía, concentrado en un libro. Una taza de latón descansaba delante de él, pero no desprendía calor a pesar de que estaba llena.

—No todos podemos ser Theodore Thorebourne —Arthur levantó y volvió a apoyar en la mesa el gran volumen forrado en cuero, lo que hizo temblar la taza de té con leche—, algunos necesitamos trabajar.

Theodore eligió el asiento que estaba enfrente de su compañero de habitación, un gran sillón de tapicería oscura que había visto tiempos mejores.

Aquella noche, la biblioteca estaba concurrida.

Todas las mesas sin excepción las ocupaban los alumnos residentes de Teviot Place, que mantenían conversaciones en un tono conciliador.

Más de una decena de veinteañeros compartían con sus compañeros tazas humeantes de aromas dulces y espesos, cuyo vapor se fundía con el humo de la chimenea que crepitaba a su espalda.

Theodore prefería las veladas así, en las que resultaba imposible sentirse solo aunque quisiese.

Sin embargo, el murmullo de la tertulia compartida no era suficiente para sacar a su amigo del ensimismamiento.

Theodore observó con curiosidad la página por la que Arthur había dejado abierto el tomo. Mostraba la imagen de un niño con hidrocefalia, una enfermedad que se caracterizaba por el aumento del tamaño de la cabeza de la criatura.

—¿Hay algún trabajo del que no me haya enterado o es para alimentar tu incansable pedantería? —preguntó Theodore hundiéndose entre los cojines oliva del asiento.

Arthur hacía tamborilear sus dedos sobre la pierna, acompañando los movimientos nerviosos de su pie. Durante los años que había coincidido con él, Theodore había aprendido a diferenciar si su amigo estaba preocupado por algo o si sufría la dosis habitual de ansiedad que arrastraba con él.

—Ninguna de las dos cosas. —Empujó el libro sobre la mesa hasta dejarlo delante de Theodore—. ¿Qué te parece?

—Una atrocidad.

—Estamos de acuerdo —masculló Arthur mientras removía la taza con una cucharilla; aún no había tomado ni un sorbo.

En el mismo instante en el que iba a preguntarle algo más, Wheeler Halpine irrumpió en la sala acompañado de Alphonso, con quien Theodore había compartido mesa esa mañana durante el desayuno.

Ambos observaron la biblioteca buscando un sitio en el que sentarse.

Theodore hizo un exagerado movimiento de cabeza en su dirección con intención de que le viesen.

—¿Qué demonios pasa hoy? —se quejó Wheeler, arrastrando una silla mucho más endeble que la que había elegido Theodore cuando aún quedaban opciones de asiento disponibles.

—El año nuevo hace que hasta al alumno más vago de todos le entren ganas de trabajar —respondió Arthur, que aún no había cerrado el libro.

—Pues mucha suerte.

Wheeler Halpine compartía habitación con Alphonso McMillan desde hacía un año, cuando este se había incorporado a las clases de la facultad.

No obstante, Wheeler no era estudiante de Veterinaria, sino que había seguido el mismo camino que Arthur y Theodore varios años antes, estudiaba Medicina.

Fue un adolescente rubio, alto y esbelto que se había convertido en un adulto rubio, alto y con más fuerza de la que nunca habría imaginado tener, lo que le había permitido adquirir una confianza en sí mismo que Theodore nunca había visto en nadie.

Era ambicioso y en algunos aspectos recordaba a una versión más joven de Theodore, aunque, a diferencia de Alphonso, Arthur o él mismo, Wheeler no se molestaba en trabajar por lo que quería: se contentaba con esperar, porque sabía que al final sería suyo.

Más de una vez Theodore se había encontrado a sí mismo preguntándose por qué Alphonso y Wheeler eran tan buenos amigos, siendo tan opuestos.

—¿Para qué es tu investigación, entonces? —Theodore retomó el interrogatorio.

Arthur dejó por fin la lectura y se incorporó con lentitud en el asiento. Las últimas arrugas de concentración aún se le marcaban en el rostro.

—El profesor Crowle quiere que le asista en un caso médico.

—Cerró el volumen con mucho cuidado, dejando una hoja de papel en el lugar que quería marcar para retomar luego la lectura—.

El individuo es fascinante, nunca había visto nada similar.

Es tan raro que no sé por dónde empezar a buscar información, ni siquiera sé qué preguntas plantear.

—Un ligero amago de tensión apareció en sus hombros—.

Simplemente me gustaría ir preparado, nada más.

Theodore se inclinó sobre la mesa para felicitar a su compañero, que simulaba sentir vergüenza de la emoción de su amigo.

—El profesor Crowle, ah. —Wheeler, que había traído consigo su propia taza, se calentaba las manos mientras hablaba, con el cabello arremolinándose en la frente—.

Entrar en su élite de estudiantes es difícil, nadie en mi clase ha conseguido siquiera una orientación con él, lo que significa que ninguno ha logrado impresionarlo lo más mínimo —dijo negando con la cabeza.

—Eso es porque ninguno es Arthur Credge —respondió Theodore.

Arthur le dirigió una mirada de agradecimiento. Esta vez cargada de un auténtico bochorno.

—¿Aún no has cambiado de tutor de prácticas? —intervino Alphonso, que permanecía en silencio desde que había llegado, mientras trataba de mantener el equilibrio sobre un taburete sin respaldo—. ¿Sigues con ese imbécil de Silas Wood?

—Silas Wood es mi billete para poder conseguir un trabajo fijo en el Royal Infirmary. —Wheeler se bebió de un trago el contenido de su taza, sin respirar—. Es un infierno, pero hay cosas mucho peores: estudiar Veterinaria, por ejemplo.

Wheeler pronunciaba esas palabras con tanta frecuencia que Alphonso era incapaz de sentirse ofendido por ellas.

—Al menos yo no he aceptado prostituirme por un puesto en un hospital.

—Confundes la prostitución con la ambición, mi querido amigo.

Wheeler dejó la taza en la mesa con un golpe seco, demasiado cerca del libro de Arthur, que le dirigió una mirada de fastidio.

—Las putas también tienen grandes sueños.

—Pero ninguna se mancha las manos para graduarse con honores, lo hacen por otras razones.

Aunque habían subido la voz, nadie les prestaba atención.

La lluvia seguía cayendo con fuerza en las calles de Edimburgo.

Theodore creía que aquel enero estaba siendo mucho más oscuro de lo acostumbrado.

Incluso el anochecer llegaba antes, en ocasiones cuando aún seguían en las clases del horario de mañana.

Si todos los residentes de Teviot Place se agolpaban en la biblioteca era porque no tenían nada mejor que hacer, aparte de observar cómo las horas pasaban y las brasas de la chimenea terminaban de consumirse por completo.

—¿Es tan malo trabajar con el profesor Wood? —Theodore, con honesta curiosidad, irrumpió en la conversación de sus compañeros de mesa.

—No, solo es un hombre difícil de tratar.

—Wheeler eligió sus palabras con cuidado—.

Ni siquiera sabría explicarlo, consigue quitarle toda la emoción al trabajo.

Es demasiado hermético, no acepta más explicaciones que las suyas, aunque sepa que se equivoca.

El otro día le acompañé en una visita a una mujer de unos quinientos años y me hizo rehacer los vendajes tantas veces que la paciente casi fallece antes de que Wood me diera el visto bueno.

Fue un momento humillante para todos los que estábamos en aquella maldita clínica, incluido el celador.

—Vaya —murmuró Arthur.

—Vaya —repitió Wheeler, simulando una pequeña reverencia, satisfecho de ser el centro de atención—. Me encantaría que me tutorizase alguien como el señor Buckman.

Un pequeño escalofrío recorrió la nuca de Theodore, sintiéndose expuesto a la proposición que su amigo iba a realizar.

—Parece muy clásico, pero aun así es alguien perfecto para trabajar con él. Podrías hablarle bien de mí, tal vez le sorprenda —le sugirió Wheeler, esta vez mirándole sin disimular a los ojos.

Theodore no se molestó en fingir que lo consideraba.

Habría preferido arrancarse una mano a mordiscos a ayudar a Wheeler en eso.

No es que creyese que Wheeler era estúpido, confiaba plenamente en su inteligencia, pero no estaba seguro de querer trabajar a tan solo unos metros de él por el pánico constante a tener que cargar con el trabajo de ambos.

No le preocupaba la carga de trabajo en sí, sino cómo podría afectar a su relación con el maestro.

Una recomendación no eran palabras vacías y, Wheeler lo sabía tan bien como Theodore, el profesor Buckman le apreciaba y tendría muy en cuenta su opinión a la hora de encontrarle un futuro sustituto.

Wheeler Halpine le caía bien, no de la misma manera que Alphonso, al que creía que podría llegar a admirar, sino como a un hermano pequeño algo problemático.

Era una buena compañía, pero no llegaría nunca a ser un digno compañero de trabajo.

Ni siquiera era una cuestión de que no pudiese lograrlo, simple y llanamente, Wheeler no estaba interesado en serlo.

Por eso Theodore no iba a ayudarle.

—Hughie Buckman es un hombre ocupado, te recomiendo que centres tus esfuerzos en convencer a otro profesor para que sea tu tutor.

—El tono de su voz era neutro, aunque incriminatorio.

En cualquier otra circunstancia, Theodore habría mentido de manera más convincente.

El engaño era parte de la dialéctica—. Aun así, te tomo la palabra.

Le hablaré de ti la próxima vez que nos reunamos.

Satisfecho, Wheeler dejó el tema por el momento.

El bullicio de la biblioteca había empezado a desaparecer con el final de la tarde, cuando todos los estudiantes se dirigían a cenar.

Las mesas comenzaron a quedarse vacías y el sonido de la lluvia envolvió el ambiente, salpicado de los pasos que se alejaban de allí.

Cuando el reloj dio las ocho y los últimos comensales abandonaron el comedor, Theodore seguía postrado en la misma butaca, y Arthur estaba leyendo en silencio junto a él.