Capítulo 5 #2
A Arthur le sorprendió el tono con que se dirigió a él y apartó la vista del doctor, que seguía examinando lo que tenía delante.
Victoria había tomado asiento en el fondo del aula, desde donde podía observar todo y mantenerse alejada al mismo tiempo.
Ninguno de los dos sabía qué decir. Parecía que el profesor llevara horas enfrascado en sus pensamientos, observando lo que le tenía tan ensimismado, mientras agarraba con fuerza el canto de una de las mesas.
Contaba rápidamente las muestras que había en ella (¿polen?
, ¿madera?, ¿insectos?) y recitaba el número en silencio, con los labios.
—Le pido que me disculpe, señor. —Arthur tosió mucho más alto de lo que pretendía, en un intento de llamar su atención, pero Lyle Crowle trataba de acabar lo que había comenzado, ajeno a sus interlocutores—. ¿Quería verme?
Era una pregunta innecesaria, no había otra razón por la que se encontraran allí, pero el profesor Crowle asintió.
—Necesito que vea una cosa, señor Credge.
Se movió con rapidez dejando lo que estaba haciendo y acercándose a la mesa.
Aunque no se había referido a ella en ningún momento, Victoria se puso en pie justo antes de que el profesor levantase la sábana, dejando al descubierto con este gesto lo que había debajo.
Arthur no entendió lo que veía hasta segundos después de que el doctor Crowle se apartara.
Estaba tan seguro de que allí no había nada que no sabía con exactitud qué era lo que su cerebro veía.
Encima de la mesa descansaba lo que parecía parte de un cuerpo humano.
Bueno, o que en algún momento había sido humano.
Una colección de huesos amarillentos apareció debajo de la tela: parte de un cráneo, fragmentos de fémur, de cadera y otros restos que Victoria no fue capaz de identificar a primera vista se apilaban allí.
Arthur no fue capaz de disimular su cara de sorpresa.
En raras ocasiones llegaban a la clínica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Edimburgo cuerpos que no fuesen de recién fallecidos.
Un buen médico debía estar instruido en anatomía para saber con exactitud lo que había debajo de los tejidos.
Sin embargo, los casos en los que el hospital o la facultad trabajaban con restos óseos a lo largo del curso escolar podían contarse con los dedos de las manos.
—Los han traído esta misma mañana. Esta noche no he dormido, me he quedado aquí para estar seguro de que llegaban y recibirlos.
—Lyle Crowle contemplaba los restos con aprensión—.
Vienen de lejos. De Düsseldorf, Prusia, provincia del Rin, concretamente.
El viaje no ha sido fácil, pero no han sufrido ningún daño, lo he comprobado antes de comenzar las clases. Todos están como debían.
Victoria inspeccionó los huesos por encima del hombro del profesor, no se atrevía a acercarse a la mesa.
—No lo comprendo, señor.
—Lo hará, Arthur. —La luz de las lámparas, leve como el centelleo de una vela, se reflejó en su mirada—. Dígame, ¿qué puede decirme del fallecido?
En su análisis preliminar, Victoria no creyó que fueran humanos.
A simple vista, aquello no era más que un batiburrillo de huesos astillados, pero el primer pensamiento de Arthur fue diferente.
Aquel era un cuerpo viejo, muy viejo: a diferencia del muestrario óseo conservado en la facultad, que poseía el blanco nacarado de los huesos recién hervidos, el color de aquellos restos se asemejaba más al de un pergamino ajado por el paso del tiempo.
Alargó la mano para tocar las piezas por instinto, bajo la mirada atenta del médico y de Victoria, pero algo le detuvo.
Se permitió dar una vuelta alrededor de la mesa, esperando que lo que le había impedido acercarse a los restos volviese a aparecer en su cabeza.
Quizá no había sido una corazonada, sino un instante de duda debido al estrés que le producía estar allí junto a su maestro, que estudiaba cada uno de los movimientos y las decisiones que él tomaba.
En un escenario normal, la presión no habría sido un problema para Arthur, pero delante de él tenía una molesta sensación que no lograba que se esfumase.
En su segundo giro por la mesa, algo llamó su atención: el tamaño del cráneo, que en un principio no había suscitado duda en su primera observación, le obligó a analizarlo más de cerca.
—Parece… enfermo. —Esa era la mejor manera en que podía explicar lo que había visto.
Victoria, aún en silencio, asintió, a pesar de que ninguno de los dos hombres le prestaba atención.
Eso era lo que le había hecho replantearse el origen de los huesos.
El cráneo humano, aunque tiene una forma esférica de manera natural, jamás poseería una curvatura como la del cuerpo que tenía delante en condiciones normales.
Los restos de aquel cráneo tenían unas características que no habría definido de otra manera que patológicas .
Tenía que tratarse de alguien que estaba enfermo. Muy enfermo.
—No sabría decir con exactitud qué dolencia padecía el individuo —continuó Arthur, escéptico—, pero no tengo duda de que algo le sucedía. Si me diese usted unos minutos más creo que podría…
Lyle Crowle no respondió, tan solo se limitó a observar los restos que yacían entre ellos.
—¿Sabe quién es Hermann Schaaffhausen?
Arthur sacudió la cabeza en señal de negación.
—Lo conocí durante mi estancia en una universidad de Prusia —continuó el profesor—.
Uno de los mejores antropólogos que he conocido en toda mi vida, el señor Schaaffhausen, un hombre excepcional.
No tengo ninguna duda de que una conversación con él le agradaría, Arthur.
No solo admiro su trabajo, sino que le considero un buen amigo.
Mantenemos correspondencia regular: para mí es siempre un placer que antiguos compañeros compartan sus dudas conmigo.
Es la prueba más sincera de confianza que, aun habiendo sacado sus conclusiones, quieran conocer las mías, aunque no estemos siempre de acuerdo.
—El profesor Crowle se agachó para recoger la sábana, que había quedado abandonada en el suelo—.
Hace unas semanas me escribió, pero esta vez era por algo distinto.
Incluso por carta noté que se trataba de una situación comprometida.
A modo de confidencia me contó que un colega común había encontrado algo magnífico, pero temía la acogida que tendrían sus conclusiones, por eso me pedía ayuda.
—¿Es por la enfermedad, señor? —preguntó Arthur.
—Algo similar.
El doctor dio una vuelta por la sala y volvió a colocarse delante de una de las mesas de muestras, antes de continuar.
—Hermann Schaaffhausen está convencido de que hay algo extraordinario en estos huesos.
—No pudieron evitarlo, los tres desviaron la mirada hacia el cuerpo—.
Si sus suposiciones son acertadas, se trata sin duda de un hallazgo formidable.
El mayor hallazgo de la ciencia moderna, si me lo permite.
Cualquier anatomista soñaría con atribuirse el mérito.
—El maestro apartó la vista de los restos y la fijó en Arthur—.
El señor Schaaffhausen necesita que le dé mi opinión sobre este caso, no puede arriesgarse a hacer un diagnóstico rápido.
Ya lo comprenderá, señor Credge, pero no es un paciente en cuyo diagnóstico se pueda fallar.
Ahí es donde entro yo, para respaldar las enajenadas teorías de mi antiguo amigo o para quitarle la idea de la cabeza. También es donde entra usted —concluyó.
—¿Yo? —preguntó—. ¿Por qué yo?
Así que se trataba de eso, pensó Victoria.
—Porque este es un caso excepcional, Arthur Credge, y necesitaré un ayudante que esté a la altura. Aún no me he decidido por una respuesta y temo que algo se me pase si no voy con el suficiente cuidado. Muchas veces el peor pecado de un viejo es creer que se le acaba el tiempo.
Aunque el profesor estaba lejos de ser un anciano, Victoria no pudo más que estar de acuerdo con él.
—No obstante —continuó diciendo—, elegir a un ayudante no debería ser una decisión banal. Tampoco existen muchos alumnos que puedan permitirse una actividad extracurricular de este calibre sin que repercuta de forma negativa en sus notas. Pero este no es su caso, ¿me equivoco?
—No señor. No se equivoca.
Arthur sabía que tenía razón. Vio cómo una ligera sonrisa se dibujaba en el rostro del doctor.
—Necesito discreción, Arthur Credge. Es fundamental que el menor número de personas sepa lo que estamos haciendo aquí. ¿Lo entiende?
Por supuesto, Arthur lo entendía.
—Le quiero aquí dentro de cuatro días, a esta misma hora. —El doctor estaba seguro de la respuesta de su alumno antes incluso de plantear la pregunta—. Si le interesa, claro está. ¿Puedo contar con usted?
—Aquí estaré.
Victoria volvió a pensar que Arthur parecía mayor de lo que era, tenía una madurez que no podía fingirse.
Sin embargo, algo en su mirada, de un azul más cálido que cuando se habían encontrado en el pasillo, le recordó a un niño pequeño al que le habían dicho que podía comer todos los dulces que quisiera.
Incluso cuando se marchó, dejándola a solas con el profesor, sentía la emoción que impregnaba el ambiente.
—¿De qué se trata realmente? —preguntó Victoria, abriendo la boca por primera vez en todo el tiempo que habían permanecido en el aula.
—Ya lo verás, mi querida muchacha. —A la luz de las lámparas, el blanco del pelo del profesor refulgía bajo el sombrero de copa—. Quizá sea la primera vez, pero he decidido no precipitarme con esta investigación.
Victoria sabía que habría sido inútil tratar de sacarle más información.