Los anatomistas Capítulo 5
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Capítulo 5

Nescire est oblivisci veritatis

Vi ct oria trataba de ocultar su cansancio, pero cada segundo que pasaba pesaba más que el anterior.

Un reloj colocado en alguna parte del pasillo y cuyo sonido se asemejaba al canto de una pequeña ave era la única compañía que tenía.

Distraída, había empezado a seguir el compás de las manecillas con los dedos.

Un sonido fuerte convivía con otro más ligero y cada quince minutos algo ululaba en el interior del mecanismo.

Después de observarlo un rato, Victoria se había convencido a sí misma de que era capaz de averiguar la hora solo escuchando, manteniendo los ojos cerrados.

Existían diferencias casi imperceptibles entre los sonidos que desencadenaba cada uno de los movimientos del reloj, una leve variación que distinguía los minutos.

Primero faltaban solo unos segundos para las diez de la mañana.

Después pasaban cuatro minutos de las diez y cuarto.

No sabía con exactitud cuánto tiempo había estado en la misma posición, con la espalda contra la pared, tan cerca del marco de la puerta que la madera se le marcaba en el abrigo.

En el pasillo hacía calor, pero ella se negaba a quitárselo.

A aquellas alturas de la mañana no faltaba mucho para que todos los estudiantes de esa facultad de la Universidad de Edimburgo salieran al unísono de las aulas y los pasillos se convirtieran en un mar difícil de navegar.

Sin embargo, todo estaba demasiado tranquilo.

La disposición de las clases de la primera planta del edificio de la Royal Mile respondía a una construcción semicircular que dejaba un gran espacio para la escalinata que conducía a los pisos superiores.

Todas las puertas, talladas cada una de ellas a imagen y semejanza de la anterior, estaban colocadas de forma milimétrica, con exactamente el mismo espacio entre una y otra.

Eran de una madera oscura robusta; vender cualquiera de ellas habría bastado para que una familia entera pudiera comer durante al menos un par de meses.

Constituían una obra de arte sencilla, preciosa, del tipo de belleza que te envuelve la primera vez que te postras ante ella, pero que se desdibuja cuando la ves a diario.

Ningún alumno, ya fuese médico o veterinario, se fijaría más de lo estrictamente necesario en ellas, pero Victoria sí.

La puerta en la que se había apoyado se abrió sin previo aviso, y provocó una ligera corriente de aire.

Eran las diez y veinticuatro minutos (seguía pendiente del sonido de las manecillas), la clase se había interrumpido antes de llegar a su fin.

A Victoria no le sorprendía, tampoco a los alumnos de Lyle Crowle.

El profesor tenía la merecida fama de no hablar de más y de dar por finalizada la lección cuando él lo consideraba oportuno.

Buscó con tranquilidad entre los estudiantes que abandonaban el aula, hasta que dio con unos fríos ojos azules que le observaban con cierta familiaridad.

—El laboratorio, la última aula antes de salir del sótano —dijo.

Arthur Credge no tuvo tiempo de saludar antes de que Victoria recitase el discurso que se había aprendido. El profesor lo había repetido tantas veces que le habría resultado complicado olvidarse de la localización exacta.

—¿Ahora?

Aunque lo había dicho con un tono interrogativo no parecía demasiado sorprendido.

Victoria pudo notar a su espalda la mirada del compañero de habitación de Arthur, el hombre moreno que siempre le acompañaba. No sabía cómo se llamaba, pero tampoco le dio mucha importancia. Asintió.

Arthur se despidió de su amigo y se mantuvo al lado de la mujer, aguardando a que dijese algo más.

Aunque según los cálculos de Victoria tenían la misma edad, Arthur parecía mucho mayor.

Llevaba un traje negro, planchado con tal precisión que estaba segura de que lo había hecho él mismo.

Ninguna persona que trabajase en la residencia se habría esforzado tanto en eliminar las arrugas.

Además, el traje era costoso, lo notó con tan solo echar un vistazo al tejido.

Resultaba complicado que un estudiante pudiera financiar un conjunto como aquel, incluso tratándose de alumnos de Medicina.

Pero no era solo el traje lo que le daba un aspecto maduro, sino el silencio que le acompañaba allá donde fuese.

No era la primera vez que se encontraban, tampoco la única que el profesor le había pedido que fuera en su busca. No obstante, en esa ocasión Victoria no sabía qué quería de él, como tampoco entendía por qué tenía que estar ella presente.

Comprendía la razón por la que había elegido a Arthur Credge por encima del resto de sus alumnos.

A lo largo de los años un mismo profesor puede ver cientos de caras diferentes todos los días, la mayoría estudiantes con potencial para convertirse en verdaderos maestros, pero eligen a los mejores para trabajar con ellos.

Cualquier futuro médico estaba obligado a realizar prácticas en el hospital, pero las opciones no eran iguales para todos.

Algunos solo optarían a puestos en pequeñas consultas o quedarían relegados a poco más que ayudantes sobrecualificados, mientras que otros lograrían hacerse un hueco en las instituciones y podrían participar en algo importante.

Si tenías el beneplácito de un académico con prestigio, estabas dentro.

Por esa misma razón si un profesor te llamaba, acudías al momento.

El doctor Crowle era diferente al resto de los profesores que Victoria conocía, mucho más apasionado, mucho menos hermético, a pesar de su reticencia a perder el tiempo.

Lyle Crowle tenía una visión humanística de la medicina que había levantado ampollas entre sus propios colegas, quienes consideraban algo propio de bárbaros todo lo que se saliese de su forma de pensar.

Además, era el único que había malgastado su tiempo con ella.

Los demás se limitaban a observarla, conscientes de que no debería estar allí.

Ella se fiaba de su criterio con fe ciega.

Y el profesor había elegido a Arthur Credge como discípulo.

Recorrieron el breve camino entre la primera planta del edificio y el sótano, un lugar menos concurrido que los pisos superiores, en la más absoluta calma.

Las clases situadas en lo más profundo de la facultad eran una curiosa colección de espacios habilitados para diversos fines, fuera del tránsito normal de estudiantes y profesores.

Si alguien tenía que encontrar un aula debía saber exactamente dónde estaba.

Mientras los cuerpos destinados al estudio anatómico no se necesitaran en las clases, reposaban en una de las múltiples habitaciones que trataban de asemejarse a los espacios de trabajo del Royal Infirmary, el hospital universitario.

Aquel improvisado lugar de consulta médica solo se abría en ocasiones especiales y se necesitaba un permiso de alguno de los responsables para estar allí.

El suelo del sótano era de piedra vista recubierta de madera, una diferencia notable con el resto del edificio, cuyos suelos de mármol parecía que nunca habían sido pisados.

No resultó difícil llegar hasta el aula cuarenta y cinco, la última puerta antes de salir del edificio.

Por razones de seguridad, la entrada al sótano estaba en un extremo del pasillo opuesto al de la salida, lo que facilitaba el correcto uso de las clases y la manipulación de los materiales.

Todo lo que entraba debía salir, pero no a la vista de los alumnos.

La puerta estaba entreabierta, mostrando la habitación en la penumbra, toscamente iluminada.

La tormenta golpeaba las ventanas del piso superior y el ruido penetraba en la planta subterránea de la Facultad de Medicina y Veterinaria.

La luz de las lámparas de aceite oscilaba sobre los soportes de las paredes e iluminaba la escena con desgana.

Victoria golpeó con los nudillos la puerta, aun a sabiendas de que no había nadie en el interior, y comenzó a encender las lámparas.

Mientras la habitación recuperaba la claridad, Arthur no pudo evitar echar un vistazo a su alrededor.

Había mesas, muchas mesas, demasiadas para un espacio tan reducido.

En cada una de ellas, de tamaños y longitudes distintos, estaban esparcidos los restos de una investigación anterior.

Del profesor Crowle, tal vez. En un lateral desde donde el profesor solía dar las lecciones había una mesa con una sábana blanca que reconoció de inmediato.

Su disposición era curiosa, estaba arrugada, como si no hubiera nada debajo.

Era del mismo material que usaban para cubrir los cadáveres al transportarlos, pero no parecía haber un cuerpo allí.

Aunque era Theodore el que había optado por dedicarse a las autopsias, Arthur había participado en suficientes para identificar el olor, por no hablar de las horas que había empleado en estudiar anatomía.

No, en aquella habitación no se olía el aroma dulzón de la muerte. No se trataba de eso.

No sabía si sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra o si Victoria había acabado de prender todas las luces, pero cuando el profesor irrumpió en la sala, casi sin reparar en ellos, le vio de forma nítida.

—¡Por fin, muchacho! —Lyle Crowle estaba encorvado sobre una de las mesas, como si llevara allí mucho más que unos segundos—. Siento haber tardado tanto, no he podido escaparme antes.