Los anatomistas Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Ambos eran los alumnos con la mejor media de su curso y los únicos sobre los que los profesores volcaban sus expectativas.

Ambos habían recibido la etiqueta de genios incluso antes de que la primera semana del curso concluyera.

Para Theodore había sido tan sencillo como responder una pregunta, pero Arthur pronto le demostró que debía esforzarse si quería mantener ese recién obtenido estatus.

Durante los primeros días Arthur Credge respondió, analizó y superó todas las cuestiones que les presentaron los profesores, con lo que reveló ser un valioso competidor.

Es difícil considerar que se está compitiendo si no se tiene a nadie que esté al mismo nivel, pero si tenía que perder contra alguien se alegraba de que fuese contra Arthur.

Su compañero de habitación trabajaba el contenido de los libros y memorizaba cada una de las respuestas que le dejaban fuera de juego, y lo hacía con tanta soltura que Theodore sospechaba que había tenido suerte el primer día al elaborar un diagnóstico antes que él.

Arthur no solo era el mejor, sino que se esforzaba para seguir siéndolo.

—Te acabas acostumbrando —respondió con simpleza.

Había tardado tanto en contestar que no dudaba de que sus palabras ya habían dejado de tener algún sentido para Alphonso.

—Llegas tarde. —Arthur miraba con expresión aburrida el centro del aula—. Pensaba que ya no vendrías.

Theodore se sorprendió, pero el antiguo reloj que colgaba en una de las paredes de ladrillo le indicó que su compañero tenía razón: había llegado tarde, incluso después que el profesor.

El camino desde Teviot Place hasta el Royal Infirmary de Edimburgo era de unos dos kilómetros de hielo y frío, pero Theodore disfrutaba de recorrerlo andando siempre que podía, casi tanto como de la tranquilidad que reinaba en la residencia a las seis de la mañana.

Siempre prefería caminar si era posible.

La tormenta de la noche anterior había evitado que la nieve se siguiese acumulando en las aceras de la ciudad, que empezaba a despertarse.

El humo del barrio industrial comenzaba a cubrir la brumosa mañana y le aportaba un aspecto aún más grisáceo.

El viento helado le golpeaba la cara y le ayudaba a regresar a la vida.

Aquel día era demasiado consciente de que sus zapatos nuevos eran una talla más grande de lo que debieran y de que necesitaba comprarse un abrigo nuevo que no tuviera los bajos deshilachados de tanto caminar sobre la nieve.

Tal vez esa era la razón por la que había llegado tarde, aunque sospechaba que su lentitud tenía el mismo origen que su falta de sueño.

Tomó el asiento que estaba a la izquierda de Arthur, como había hecho durante los cuatro años que hacía que se conocían.

—Creí que había encontrado un atajo. —No sabía por qué, pero sentía la necesidad de mentir a su amigo. Arthur tenía razón, él nunca llegaba tarde y aquel día tampoco había sido culpa suya—. Es evidente que me he equivocado, no he dormido demasiado.

—No hay quien te entienda.

Frunció el ceño, pero ya no le miraba a él. Solo había una persona capaz de hacer que Arthur olvidase lo que estaba diciendo y acababa de dar un golpe seco para pedir atención.

El doctor Lyle Crowle, con la tranquilidad que lo caracterizaba, había subido al estrado. Arthur, que no apartaba la mirada del profesor, ostentaba una expresión de curiosidad que no era capaz de disimular.

—¿Qué te pasa? Estás raro —preguntó Theodore, golpeando ligeramente el brazo de su amigo.

Arthur se giró hacia él, con una expresión que su compañero no supo cómo interpretar. Parecía tranquilo, como siempre, pero había algo detrás de aquella quietud.

El sonido de las plumas en los tinteros indicaba que la clase estaba a punto de comenzar y Arthur perdió todo el extraño interés que parecía haber mostrado por el profesor.

—Hablamos esta noche —le pidió con cierto deje de insistencia—. Aún no lo sé.

Su respuesta confundió a Theodore por unos segundos, pero la voz del profesor Crowle lo devolvió a la realidad.

Era enero, y eso significaba que comenzaba un nuevo ciclo de asignaturas y conferencias, como la de Cirugía, impartida por Lyle Crowle.

No era ningún secreto que ni a él ni a Arthur les entusiasmaba en exceso ese tipo de trabajos, pero habrían ido a cualquier clase que estuviese a cargo del doctor Crowle.

El aula era demasiado grande para el número de alumnos que se habían apuntado a aquella asignatura.

Si superaban la quincena, se debía a que era una de las materias que más gente tenía que repetir a lo largo de la carrera.

Al menos cinco de los oyentes eran mayores, cursaban años de más para completar su formación.

Sin embargo, el aula era tan amplia que podía albergar a al menos cincuenta personas cómodamente y permitía observar desde cualquier ángulo las maniobras que llevaba a cabo el profesor.

No obstante, aquel día no había ningún cuerpo en el estrado.

—¿Alguien sabría decirme quién fue el doctor Robert Liston y por qué es relevante para esta clase? —preguntó el profesor Crowle, sin antes saludar.

Era un hombre extremadamente educado, pero a veces parecía que encontraba inútiles las banalidades, ya que le quitaban tiempo para dedicarse a otro tipo de asuntos, como dar sus lecciones.

Theodore levantó la mano casi por inercia. A ninguno de los presentes les sorprendió que fuese él el primero en hablar.

—Se dice que Robert Liston era capaz de amputar una extremidad en menos de tres minutos. —Como un autómata, recitó lo que conocía de él—. En dos minutos y medio, para ser preciso. También realizó la primera cirugía pública con anestesia del continente.

—Además de haber sido mi maestro en varias ocasiones. De él aprendí muchas cosas, más allá de la propia técnica médica.

Lyle Crowle asintió, conforme con la respuesta de Theodore.

—Tal y como ha descrito su compañero, al doctor Liston le atribuimos muchas de las innovaciones que a día de hoy consideramos básicas cuando realizamos una cirugía.

—Se quitó el sombrero de copa y una cortina de cabello blanco rizado se reveló—.

No espero que ninguno de ustedes lleguen a superar el récord de Robert, pero sí que aprendan algo de él.

O, al menos, lo suficiente para superar la asignatura.

Quiero en mi mesa, para dentro de tres días, una redacción de cinco mil palabras sobre algún aspecto que quieran enfatizar del doctor, más allá de lo evidente.

Un alumno de la primera fila se atrevió a esbozar una expresión incrédula, claramente contrariado por la naturaleza breve de su petición.

—Lo crean o no, queridos oyentes —continuó diciendo—, es tan importante conocer la metodología como entender por qué se ha llegado a ella.

Ninguno de ustedes hará una cirugía hasta que yo considere que saben lo suficiente sobre ellas para dar una versión para estúpidos de alguna de mis clases.

Los espero en mi mesa antes del viernes.

Lyle Crowle continuó con la lección y Arthur comenzó a rasgar el papel con rapidez, sin perderse una sola palabra de lo que su profesor estaba diciendo.

«Esa es la verdadera diferencia entre Arthur y yo —pensó Theodore, mientras sacaba el bote de tinta de su bolsa de cuero oscuro—.

Arthur es capaz de hacer las preguntas necesarias para conseguir las respuestas.

Yo espero solucionarlo todo por mí mismo, aunque no sepa por dónde empezar. Arthur sabe por dónde comenzar, yo no».

Por eso, cuando el profesor Buckman le había confiado en secreto sus sospechas, no había sido capaz de reaccionar como debía y en ese momento estaba pagando las consecuencias de su torpeza.