Los anatomistas Capítulo 4
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Capítulo 4

Janua vitae, porta mortis

Cuatro años después de empezar la universidad Theo do re seguía sin entender qué problema había con los números.

Las habitaciones del edificio en el que se encontraba la residencia de alumnos de la Universidad de Edimburgo estaban numeradas hasta la trescientos, divididas en dos pasillos, impares a la derecha, pares a la izquierda.

Sin embargo, no había trescientas habitaciones.

De hecho, no había ni doscientas. Comenzaban en el número doscientos y seguían cien números más.

Era como si hubiesen elegido una cifra al azar para iniciar la numeración sin plantearse si tenía sentido o no, una decisión arbitraria en la que Theodore pensaba más de lo que debía.

La realidad era que a Theodore Thorebourne muchas cosas le sacaban de sus casillas, pero, por alguna razón que no era capaz de discernir, la numeración de las puertas estaba entre los primeros puestos.

Theodore disfrutaba de la residencia por las mañanas, cuando el silencio aún reinaba en los pasillos y las únicas caras que veía eran las de los trabajadores, que trataban de mantener la limpieza al día antes de que los estudiantes se despertaran.

El sonido de sus pasos retumbaba entre las paredes recién pintadas de un blanco desgastado y en el ambiente se notaba el olor de la tormenta que había caído durante la noche.

El calor lejano de los fogones le guiaba hasta su destino, como un faro en mitad de la noche.

A pesar de que quedaban varias horas para que amaneciese no había ningún momento del día en el que se sintiese mejor.

No le gustaba quedarse en la cama hasta tarde, ni siquiera en sus días libres.

—Buenos días, Una.

La anciana cocinera de la residencia le devolvió el saludo, poco sorprendida por su temprana presencia.

—¿Hay café? —preguntó el estudiante.

Una pregunta innecesaria, había olido el aroma de los granos triturados desde que había abierto los ojos.

Una era la responsable de las comidas que se servían y de mantenerlo despierto todos los días.

Theodore dudaba que el resto de los habitantes de la residencia de Teviot Place supiesen cómo se llamaba, pero él se había aprendido su nombre con rapidez, a las pocas horas de mudarse allí.

Caer en gracia a las personas del servicio era la mejor estrategia que se podía desarrollar: si les caía bien, no dejarían que se muriera de hambre ni escupirían en sus sábanas al hacerle la cama.

Más allá de eso, Una le parecía agradable.

Aquella era la única interacción que buscaba tener por las mañanas, una conversación previamente pactada que disimulaba las pocas ganas de hablar que tenían los dos.

La mujer sirvió la humeante bebida en una taza blanca, que consiguió que poco a poco Theodore volviese a sentir las manos.

Edimburgo pasaba esa semana por su décima ola de frío desde que había comenzado el otoño, si la memoria no le fallaba.

Las lluvias torrenciales y las bajas temperaturas habían acompañado los días y, lejos de querer marcharse, el mal tiempo se había instalado en la ciudad y amenazaba con mantenerse hasta bien entrada la primavera.

Aquella mañana se había despertado demasiado pronto incluso para lo que estaba acostumbrado, con la acompasada respiración de Arthur que dormitaba profundamente en la cama de al lado.

Sabía que no podía echarle la culpa a su compañero de haberlo despertado.

Ni siquiera podía acusarle de ser la razón por la que no había podido conciliar el sueño de nuevo.

Arthur era inquieto, no paraba de moverse y estudiaba a la luz de una vela hasta altas horas de la noche, pero aquel día habría dado igual que hubiese estado en completo silencio.

Compartían una bonita aunque modesta habitación de ladrillo en el edificio de Teviot Place, lo suficientemente grande para no sentir que estaban recluidos en una celda, pero no tanto para que no pudiese despertarlo con sus horarios intempestivos.

Arthur trabajaba hasta tarde y no abría los ojos hasta que solo quedaban unos minutos para que comenzaran las clases.

Viéndolo con perspectiva, era imposible que ambos pudiesen habitar un mismo espacio sin que uno de los dos tuviese que hacer grandes cambios en su comportamiento, pero habían conseguido que funcionase.

Theodore estaba seguro de que cualquier otro compañero con los mismos horarios que Arthur Credge habría provocado que pidiese un cambio de cuarto, pero él era distinto.

Una voz profunda proveniente de la puerta del comedor interrumpió sus pensamientos.

—¿Tampoco podías dormir? —Alphonso le saludó con un gesto tímido, levantando ligeramente la barbilla—. Tienes mala cara.

Theodore no se ofendió por el comentario.

—Nunca duermo mucho —dijo, luego bebió un largo trago de café y sonrió a su amigo al acabar.

Alphonso McMillan vivía en la habitación contigua a la de Theodore y Arthur, la número 229.

Llevaba un año en la Universidad de Edimburgo, pero lejos de interesarse por el estudio de la anatomía humana, había optado por licenciarse en Veterinaria, otra de las carreras que ofrecía la facultad y que cada año se llevaba a más de la mitad de los nuevos alumnos.

La mayoría de los estudiantes de Medicina veía la Veterinaria como una ciencia de segunda, pero a Alphonso no parecía importarle en absoluto la opinión que pudieran tener los demás sobre lo que había decidido estudiar.

Tenía el pelo color azabache, la tez pálida y unos brillantes ojos azules que daban a entender que él sabía algo más de lo que decía.

A pesar de que solo compartían la residencia desde hacía unos meses, Theodore lo conocía lo suficiente para tener una noción de lo que le gustaba y lo que no: no hacía preguntas de más, leía casi más libros que Arthur y nunca le había visto volver a casa borracho.

También sabía Theodore que él no era nadie para juzgar la vida de los demás, pero sí creía que podía repudiar sus acciones. Había personas con las que prefería mantener una distancia prudente, fuera cual fuere el motivo.

—¿Has probado el café? Es una verdadera delicia —dijo Theodore, mientras Alphonso ocupaba el asiento frente al suyo y cruzaba las piernas sobre la silla.

Era la primera vez que le veía despierto tan temprano. Iba vestido de marrón y negro, con unos pantalones de un tejido demasiado ligero para el tiempo que los esperaba en el exterior.

Alphonso negó con la cabeza.

—No a estas horas. —Su expresión se contrajo levemente en un bostezo que reprimió con rapidez—. La verdad es que no sé por qué he bajado, no tengo hambre. No me apetecía quedarme en la cama.

—Por hacer algo —sugirió Theodore, comprensivo.

A veces era mejor moverse que esperar a que el cansancio actuara o decidiese por uno.

—Por hacer algo —repitió Alphonso frotándose los ojos.

Una le sirvió una taza de café caliente, antes de que se la pidiese, y ambos bebieron callados, sin cruzarse la mirada durante varios minutos. Incluso el silencio que había traído la presencia de Alphonso McMillan reconfortaba a Theodore en cierta forma.

El comedor no era más que un sucio cubículo de madera que podía albergar hasta noventa personas a la hora de las comidas, aunque nunca había visto tantos residentes de Teviot Place reunidos al mismo tiempo.

Las mesas, de una madera más pálida y ajada que la que cubría el suelo, necesitaban con urgencia una capa de pintura y una mano de barniz.

El olor de la grasa de las comidas nunca acababa de irse del todo, no importaba cuánto se esforzaran en limpiar.

A Theodore le gustaba que las cosas no cambiasen, por eso volvía allí todas las mañanas.

—¿Tienes clase hoy? —Alphonso no parecía muy entusiasmado con la idea de seguir tomándose el café, había dejado la taza en el borde de la mesa, esperando que Una se la llevase tan rápidamente como se la había traído.

Theodore asintió.

—Tengo turno de tarde en el hospital. —De su desayuno solo quedaban los posos en el fondo de la taza—.

Esta semana cumplo seis meses trabajando con el profesor Buckman en las autopsias.

Es curioso cómo pasa el tiempo. Esta noche he soñado con el primer día que llegué a la universidad, pero de eso hace ya siglos.

Cuando quiera darme cuenta habré terminado la carrera y me habré graduado.

—No te envidio en absoluto.

Theodore no sabía si hablaba de las autopsias o de lo de acabar la licenciatura, pero dedujo que era una mezcla de ambas cosas. Esa era una reacción común, incluso entre sus compañeros de Medicina, así que no le culpaba.

Muchos aborrecían las autopsias, pero todos disfrutaban con las prácticas de disección.

Nadie quería tratar con los muertos más de lo necesario, querían salvar vidas, ser héroes, no les interesaba saber qué había detrás de aquello, la razón por la que habían fallecido y acabado en aquellas camillas.

El reconocimiento que se recibe por amputar un miembro correctamente no es el mismo que da descubrir que alguien ha fallecido a causa del frío, por eso la mayoría lo evitaba.

Estudiar durante seis años un oficio exigente para no recibir aplausos estaba muy alejado de la idea que tenían todos sobre su futuro.

Eso era lo que diferenciaba a Theodore Thorebourne de sus compañeros. Él sabía que para entender la vida primero hay que intentar comprender la muerte.

Y Arthur Credge lo sabía también.