Los anatomistas Capítulo 3
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Capítulo 3

Fur semper fur est

Theodore era demasiado joven para haber vivido en carne propia el terror de los ladrones de cuerpos, pero su abuelo aún trabajaba en la universidad cuando los crímenes alcanzaron el nivel más alto de alerta nacional.

Las primeras décadas del comienzo del siglo habían quedado manchadas por lo sucedido en la ciudad de Edimburgo.

Fallecidos apilados en las aulas, temerosos de volver a sufrir una sequía de cuerpos.

Robos constantes en los hospitales. Las historias que contaba en las cenas familiares el anciano Thorebourne, aunque poco descriptivas, bastaban para incomodar al más estoico.

Era un secreto a voces que las facultades de medicina de toda Europa tenían problemas para formar a los futuros médicos, incluso después de tantos años.

El origen de esta cuestión era sencilla: nadie había sido capaz de encontrar un sustituto eficaz de un cadáver, no existía nada como la carne humana, sus músculos, sus tendones.

La mejor manera de aprender a ser un buen profesional seguía siendo manchándose las manos.

Los meses en los que en la comunidad universitaria se creyó que los ladrones de cuerpos estaban por encima de la justicia fueron tensos.

Puede parecer increíble que alguien estuviera de acuerdo con lo que aquellos distinguidos caballeros estaban haciendo, pero nada más lejos de la realidad.

Incontables médicos justificaban su mala praxis solo porque a ellos les beneficiaba.

De pelearse dentro de la universidad por los pocos cuerpos que llegaban, pasaron a dejar incluso que los alumnos los examinaran a conciencia, sin temor a que los maltrataran y luego fueran inservibles.

Las propias cátedras propiciaban que aquello se siguiese realizando.

Jamás se había visto tanto dinero pasar de mano en mano.

Si no había cuerpos, no había médicos, en la Universidad de Edimburgo lo habían comprendido antes que nadie.

Entonces comenzaron a desaparecer los cadáveres.

Primero en silencio, aventurándose solo con aquellos que nadie había reclamado, los que nadie echaría en falta.

Poco a poco lo que había sido una actividad puntual se convirtió en una fuente de dinero que se agotaría pronto.

Al igual que en una mina al aire libre, los cuerpos olvidados empezaron a agotarse y solo entonces la ciudad fue consciente del verdadero peligro.

Sin cadáveres accesibles que vender, se optó por el asesinato.

Todo el mundo era consciente de dónde salían los cuerpos, antes incluso de que se hicieran públicos los asesinatos.

Era cada vez menos frecuente encontrar vagabundos por las calles principales y cualquiera con capacidad crítica era capaz de discernir que estos dos factores estaban conectados.

¿Gente desaparecida y cuerpos apilados sin reclamar?

Aun así, habría que ser necio para ignorar lo que sucedía.

O quizá demasiado inocente, que en momentos de peligro suele resultar más peligroso.

Muchos alegaron que si las muertes servían para salvar vidas no hacía falta impedirlas.

¿Cuánto tiempo vivía alguien sin un lugar en el que refugiarse en invierno?

¿Cuántas veces a la semana se oían rumores de que habían acabado con la vida de una prostituta a golpes?

Eran muertes inevitables, ellos solo aceleraban su llegada.

Las calles se limpiaban y los médicos tenían material con que trabajar, ¡era brillante!

Y así fue como comenzó la degeneración moral de los mejores hombres, tan rápidamente que no dio tiempo a hacer nada para evitarla.

Solo hacía falta un pequeño detalle para sacar a la luz el peor lado de las personas, salvo que en aquella ocasión se jugaba con la vida de los demás y se justificaba con las necesidades propias.

El pánico había recorrido Escocia como una epidemia mortal de la que nadie podía esconderse.

El abuelo de Theodore siempre contaba las mismas historias, incluso cuando su cabeza dejó de ser lo que había sido, y el nieto intuía que quien había estado expuesto a algo de ese calibre no había tenido más remedio que vivir con el recuerdo encerrado el resto de su vida.

—En muchas ocasiones una falsa alarma merece tanta atención como una señal clara.

Y esta es, sin duda, una de ellas —dijo Hughie Buckman, absorbiendo el humo del tabaco.

Era la primera vez que Theodore asistía a una autopsia que no se terminaba—.

No se preocupe por nada, váyase a la cama si lo considera necesario. Tiene la mañana libre.

—Señor…

—Creo que no son horas de contar historias, por más que disfrute de su compañía. Considere esta interrupción como un favor que le hago y márchese. Debo examinar el cuerpo yo mismo y necesito silencio. En esta ocasión le pido que me deje trabajar solo.

Hughie Buckman no buscaba su opinión, aquello era una orden.

Cuando Theodore abandonó la sala, en el horizonte se podían apreciar las primeras luces del alba.