Los anatomistas Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Todos los años, cuando llega este momento, me pregunto: «¿Qué me habría gustado oír a mí cuando estaba en su lugar?

» . Lo crean o no, hace un par de décadas yo estaba sentado donde ahora están ustedes, esperando a que un viejo profesor dejase de hablar para comenzar mi formación.

La respuesta es siempre la misma: no me habría gustado oír nada.

Habría querido actuar. Y eso es lo que les traigo hoy a ustedes: acción.

Con un gesto casi imperceptible Lyle Crowle dio a dos hombres la orden de que entraran a la sala.

Desde su lugar privilegiado, Arthur pudo ver la escena con todo detalle.

Los recién llegados llevaban una camisa blanca perfectamente abotonada y unos pantalones oscuros cubiertos de un polvo grisáceo, mientras guiaban una camilla tapada con una tela hacia el centro de la sala, delante del profesor Crowle.

Ninguno de los dos parecía mayor que Arthur, quizá solo tuvieran unos pocos años más.

Estarían en el último curso, tal vez. No importaba.

Estaba muy seguro de qué era lo que había debajo de aquella sábana.

—Que los tratemos como jóvenes impresionables, aun cuando lo sean, no les va a hacer ningún favor.

—Se acercó a la camilla y, recreándose en el momento, rozó la tela con las yemas de los dedos—.

Habrá incontables momentos en los que se encontrarán con una situación que no se esperaban y en la que tratarán de mantener la cama.

En eso consiste ser un buen profesional, en mantener la cabeza fría y saber tomar decisiones.

—Lyle Crowle cerró el puño en el borde de la sábana—.

Antes de tomar decisiones, sin embargo, deben ser capaces de saber qué tienen delante.

El doctor descubrió la camilla con un movimiento rápido de muñeca y el corazón de Arthur volvió a acelerarse de nuevo, pero esta vez no a causa de los nervios.

Un cuerpo desnudo, en posición supina, apareció ante la confusa mirada de todos los presentes, un cadáver entero que reposaba con tranquilidad sobre la camilla instalada en la tarima que cubría el suelo de la sala.

Era un hombre de unos cuarenta años, blanco, de altura media.

A primera vista, estaba limpio, como si acabara de darse un baño y estuviera descansando tras un largo día de trabajo.

Incluso Arthur, tan acostumbrado a las imágenes desagradables, tuvo que disimular un escalofrío.

No solo por la visión del cuerpo desnudo sin vida, sino por lo que implicaba que estuviera allí.

Si alguien ajeno a aquella clase se enterase de aquello, pondría el grito en el cielo.

Ninguno de los recién llegados estaba cualificado para asistir a una lección así, mucho menos para dar un diagnóstico o para ser capaces de sacar algo en verdad útil de aquello.

La emoción se apoderó del cuerpo de Arthur, que, sin darse cuenta, se había deslizado hasta el borde del asiento.

Clavó las uñas en la madera oscura de su asiento para tratar de ver mejor lo que tenía delante.

—Este cuerpo ha llegado a nuestra institución esta misma mañana, solo unos minutos antes que ustedes.

—Lyle Crowle esbozó una mueca que podía responder tanto a una sonrisa como a una expresión de dolor, disfrutaba de la reacción de su nuevo público—.

En un día normal, daría a mis mejores alumnos la oportunidad de que hicieran un informe preliminar del fallecido antes de esbozar el primer borrador del diagnóstico, pero hoy me permito algunas variaciones en mi metodología.

No puedo autorizarlos a realizar una inspección física del cuerpo, deben trabajar tan solo con lo que ven.

Arthur desvió la mirada hacia el aula, donde todos contenían el aliento, como si estuvieran escuchando un sermón religioso que no podían interrumpir. Las expresiones de sus futuros compañeros oscilaban entre el horror y la más pura fascinación, casi como si fueran la misma cosa.

—¿Alguien podría decirme cuándo falleció? —continuó el profesor, sin dirigir la mirada a ninguno de los alumnos.

Sus palabras retumbaron en la inmensidad de la tensa habitación, provocando un eco artificial que le devolvió la pregunta.

Para Arthur la respuesta era evidente.

Cualquier persona que hubiese tenido la oportunidad de ver de cerca cuerpos habría reconocido de manera sencilla las manchas verduzcas que coloreaban la espalda del cadáver, que solo aparecían veinticuatro horas después del fallecimiento.

El doctor Crowle había colocado el cadáver en una posición en la que ese fenómeno se podía apreciar correctamente, ya que salpicaba la región ilíaca y se extendía por el resto del cuerpo, lo que alargaba aún más la fecha de la muerte.

Arthur lo había visto muchas veces, era capaz de confirmarlo incluso desde allí, más lejos que la mayoría de los asistentes a la clase.

Fue como si el peso del mundo desapareciera de sus hombros.

No se trataba de una pregunta enrevesada o de una respuesta que precisase investigación exhaustiva, pero no todos tenían la formación de Arthur Credge.

Aquella era su oportunidad de comenzar con buen pie, de que todos recordasen su nombre desde el primer momento.

Sin embargo, las cosas no siempre ocurren como esperamos.

Una voz firme irrumpió en el silencio nervioso que se había originado tras la pregunta del doctor, y decenas de ojos observaron con atención.

—El individuo ya lleva muerto al menos veinticuatro horas. Cuarenta y ocho como mucho. Dada la extensión del hematoma me decanto por que es el segundo día de descomposición.

Sorprendido, Arthur no supo cómo reaccionar.

Echó un vistazo a quien había hablado desde el asiento situado a su izquierda. Estaba tan cerca que le sorprendió que no se hubiera fijado antes en él.

El desconocido —cuyo pelo liso, peinado con mucho cuidado, sin un mechón fuera de lugar, se le pegaba en la frente— ni siquiera se había molestado en levantarse, se había limitado a hablar desde allí arriba, tan lejos del centro del aula como Arthur, y le sostenía la mirada al profesor Crowle.

Ni por un momento dudó aquel de que había aportado la respuesta correcta.

Lyle Crowle se mantuvo en silencio durante unos segundos, mientras analizaba al alumno que estaba tan cerca de Arthur que bien podría haberse fijado también en él. Cuando volvió a hablar la tensión había impregnado el ambiente.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó el doctor desde detrás de la camilla, dirigiéndose al estudiante que había hablado.

—Thorebourne, señor —respondió arrastrando las palabras con la cadencia de quien sabe a la perfección lo que está haciendo—. Theodore.

Los dos alumnos que habían empujado la camilla compartieron una sonrisa cómplice que no disimulaba su satisfacción.

—Para este ejercicio elegiré un nombre para referirme a nuestro desconocido, para preservar su identidad, pero, sobre todo, y más importante, para mantener su dignidad.

Robert falleció hace menos de treinta y seis horas en el Royal Infirmary de Edimburgo.

La causa de la muerte aún no se conoce. Perdió la vida antes de que el equipo médico pudiese hacer un diagnóstico que le ayudara a sobrevivir.

—Se agachó para recuperar la sábana que cubría el cuerpo y lo tapó de nuevo.

Sus colaboradores se apresuraron a ayudarle—.

Su compañero tiene una vista excelente. Enhorabuena, señor Thorebourne.

Espero verle en clase en los próximos años.

Como si se tratase de una celebridad, cuando la presentación terminó, decenas de los nuevos alumnos se acercaron a Theodore Thorebourne, más interesados en él que en el propio profesor.

Todos querían saber cómo un alumno de primero había sido capaz de resolver la pregunta planteada por el doctor, cómo podían llegar ellos a hacer lo mismo.

Y más importante aún, todos querían conocerlo.

Tras presenciar la escena, Arthur estuvo a punto de alegrarse de no haber respondido a la pregunta antes que Theodore.

La marea de manos que estrechaban la de Thorebourne y la corriente de nombres que nadie habría sido capaz de recordar habían empezado a abrumarlo, y eso que ninguno estaba dirigido a él.

Al cabo de un rato, Arthur desistió en su empeño de abandonar la sala, la fila de asientos estaba demasiado abarrotada.

Theodore Thorebourne contestaba a las preguntas de sus compañeros como si lo llevase haciendo toda la vida, como si aquello fuese lo normal, lo esperado. Se desenvolvía tan bien como un profesional de la oratoria y disfrutaba de la atención que recibía.

O, al menos, eso parecía.

Tras escucharle un rato, Arthur se dio cuenta de que Theodore hablaba mucho, pero no decía nada realmente.

Apenas argumentaba las cuestiones referidas a la descomposición del cuerpo, pero rellenaba sus respuestas con tecnicismos que la mayoría no entendía.

No mentía, pero habría dado igual si lo hubiese hecho.

Si se hubiera inventado la razón por la que había llegado a esa conclusión, todos le habrían creído.

Habrían pasado meses tratando de hacer lo mismo que él con la información falsa que les había dado, sin éxito alguno.

No le interesaba ayudar ni ser útil, lo estaba dejando muy claro.

Tal vez los demás eran demasiado estúpidos para darse cuenta de ello, pero Arthur no.

Aun así, Theodore Thorebourne respondía a todo el que se le acercaba, manteniendo una encantadora sonrisa en su rostro.

Era un auténtico imbécil.

Cuando por fin logró levantarse de su asiento, Arthur tenía las piernas entumecidas y la cabeza le daba vueltas, no solo por la importancia de aquel primer día en la universidad.

Había estado tanto tiempo atento a las respuestas de su compañero que no se había tomado el tiempo de apreciar lo que acababa de suceder.

Había sido capaz de resolver una pregunta que no estaba pensada para los nuevos alumnos, una incógnita que estaba confeccionada para que la mayoría fallara.

Arthur atravesó el umbral de la puerta sorteando a los estudiantes que se arremolinaban a la entrada del aula, unos querían acceder para asistir a una segunda ronda de presentaciones y otros se sentían más seguros sin alejarse de allí.

Aunque se habían llevado el cuerpo poco después de dar por terminada la explicación, el rumor había corrido por los pasillos de la facultad y todos querían ver a qué se habían tenido que enfrentar los recién llegados.

Sin embargo, cuando Arthur creyó haberse alejado lo suficiente, una mano se aferró a su brazo y le impidió seguir adelante.

Theodore Thorebourne le devolvió una mirada tranquila. Estaba solo, alejado por fin de su séquito de fanáticos.

—Eres Arthur Credge, ¿verdad? —preguntó sin esperar a que le respondiese. El color de sus ojos era tan oscuro que apenas se podía distinguir la pupila del iris—. Habitación 227 de la residencia de Teviot Place.

A Arthur ni siquiera le sorprendió que lo supiese. Theodore tenía aquel aura de superioridad de quienes creen que lo saben todo. Aunque, en su caso, quizá era cierto que lo sabía.

—Parece que somos compañeros de habitación —dijo Arthur con una sonrisa que casi parecía sincera.

Era la primera conversación que tenía con Theodore Thorebourne, pero algo le decía que estaba lejos de ser la última.

Había una franqueza en la manera en la que había esquivado las preguntas, una facilidad, que casi le convertía en un mentiroso natural.

Ambas cosas eran contradictorias, nadie podía evitar la verdad y aun así ser sincero, pero Arthur creyó ver un Theodore más allá de las palabras complejas y las respuestas correctas.

Todos los demás estaban demasiado ocupados ensalzándose a sí mismos para admitir un error. Thorebourne no.

Le bastaron unos pocos días de convivencia con él para confirmar que era un gilipollas, un imbécil que no tenía posibilidad de redención. Pero también se había convertido en su mejor amigo.