Los anatomistas Capítulo 2
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Capítulo 2

E scientia hominis salus

La primera vez que Theodore Thorebourne se cruzó en su camino, Arthur creyó que era un auténtico gilipollas.

Era su primer año de universidad. Acababa de cumplir los diecinueve y se encontró rodeado de cientos de caras desconocidas en la entrada de la Facultad de Medicina y Veterinaria, decenas de jóvenes con demasiada confianza en sí mismos que se creían más inteligentes que sus futuros compañeros y colegas de profesión.

E n aquellas cuatro paredes todos sentían presión por demostrar que eran brillantes o, en su defecto, que tenían potencial para serlo, pero la mayoría solo se autoengañaba.

Si todos ellos fueran sobresalientes la excelencia dejaría de existir, Arthur lo tenía muy claro.

Era necesario que existiera un estándar para mantener el equilibrio: para que unos triunfaran, otros debían caer. Así de sencillo.

Él partía del estándar. Cualquier cosa por debajo no le servía.

Supo que iría a la Universidad de Edimburgo antes de ser capaz de formular frases complejas y de andar en línea recta, así lo habían hecho su padre, los hermanos de su padre y su abuelo antes que todos ellos.

Los Credge debían estudiar Medicina y graduarse con honores, no existía otra opción.

Y en el Reino Unido no había un sitio mejor para llegar a ser un gran médico que estudiar en la Universidad de Edimburgo.

Dedicó largas horas de su adolescencia a leer, encerrado en el antiguo despacho de su padre en la mansión de Stirling, lugar que había elegido para abrir su consulta médica antes de retirarse.

George Credge era el mayor de sus hermanos y fue el último en tener descendientes, debido al poco interés que tenía por las personas más allá de su consulta.

Fue una sorpresa para todos el día que anunció que su compañera, Beryl Howe, hija del dueño de más de la mitad de los barcos mercantes del puerto del río Forth, estaba embarazada.

Nadie creía que el viejo George Credge hubiese sacado sus narices de las entrañas de sus pacientes el tiempo suficiente para engendrar un hijo.

Arthur era su único heredero, por lo que intentó que se le pareciese al máximo.

Su apellido debía prevalecer en el tiempo, pero no de cualquier forma.

Había sido testigo de operaciones a cuerpo abierto en el salón de su casa mucho antes de que la mayoría de los niños entendiesen qué era la muerte.

No le daba miedo la universidad, tampoco le preocupaba no sobresalir o no llegar a los mínimos exigidos; sabía que no tendría competidor alguno.

Llevaba preparándose para eso toda su vida.

Sin embargo, la primera persona con la que tropezó fue Theodore Thorebourne.

Cuando lo conoció, todo en él le pareció insufrible: su manera de vestir, propia de quien se tomaba demasiado en serio a sí mismo, y el leve acento del norte de Londres que acompañaba cada una de sus palabras eran solo una pequeña parte de todo lo que a Arthur le molestaba de Theodore Thorebourne. Lo peor era su actitud.

Mientras durase su educación en la Universidad de Edimburgo compartirían las instalaciones con los futuros licenciados en Veterinaria, de modo que los primeros cuarenta minutos del gran primer día consistieron en el repaso de una lista que no parecía tener fin.

Los pobres infortunados que habían sido designados como delegados de clase corrían entre una marea de capas negras y la condensación provocada por la lluvia, pronunciando en voz alta y por orden alfabético los nombres de los recién llegados.

Él pudo pasar antes de que hubiesen acabado de leer la primera página y así logró huir del barullo que parecía reducir el tamaño de los pasillos.

Apellidarse Credge tenía muchas ventajas, por supuesto, y esa era una de ellas.

Eligió un asiento en la parte superior del aula, una sala circular con gradas dispuestas como en un teatro de la época clásica, alrededor de una gran mesa rectangular al alcance de la vista desde cualquier punto del aula.

Desde lo alto podía observar a la perfección todo lo que sucedía, sin necesidad de formar parte del circo.

Un grupo de tres jóvenes conversaba con alegría varias filas más abajo, su tono de voz era tan alto que habría podido intervenir si hubiese tenido deseo de hacerlo.

Trató de discernir si los chicos se conocían de antes o aquello no era más que un numerito para demostrar que podían entablar amistad rápidamente, un vago intento de crear una comunidad antes incluso de saber si aguantarían allí el tiempo suficiente para mantenerla.

Aun desde la distancia supo al instante que era la segunda vez.

Tenían el halo de inmadurez propio de los alumnos de las escuelas privadas más elitistas del país.

Había algo en su postura que los delataba, como si nunca se hubieran tenido que preocupar de nada más que de contentar a sus padres y evitar que los expulsaran del campus.

El precio de aquellos colegios era alto, más por demostrar que solo estaban al alcance de unos pocos que porque mereciese la pena la educación que en ellos se impartía.

Como durante toda la vida los habían distinguido del resto, habían acabado por comportarse de determinada forma, y eso no los abandonaría nunca.

Arthur los conocía bien, podría reconocerlos en cualquier parte. Al fin y al cabo, él también era uno de ellos.

Debían de tener dieciocho años, quizá diecisiete.

Si una familia tenía dinero suficiente, el hijo podía conseguir un certificado oficial que asegurase que estaba preparado para acudir a la universidad el mismo día que cumplía los dieciséis.

Su padre, a pesar de ser un cabeza de familia ausente, había sido en muchos aspectos un tutor para Arthur, una figura en la que fijarse y de la que aprender, por eso no le había permitido inscribirse en la universidad hasta asegurarse de que estaba preparado.

En un primer momento, a él la decisión le había parecido una completa estupidez, era tan capaz como cualquier otro de graduarse y ser un buen médico.

Pero su padre quería que fuese el mejor.

«La excelencia no se consigue yendo rápido, se trabaja», solía decirle.

Observando a los que iban a ser sus compañeros durante los siguientes seis años, y sin conocer nada sobre ellos, agradeció la lección que su padre había tratado de inculcarle.

El aula se estaba llenando de nuevos alumnos y Arthur seguía sumido en sus pensamientos.

Solo el murmullo que acompañaba a los nerviosos estudiantes consiguió perturbar su tranquilidad y sacarlo del estupor.

Llevaba tanto tiempo esperando estar entre aquellas paredes que no se había permitido deleitarse con lo que tenía delante, no aún.

Allí mismo, desde su asiento en lo alto del aula, sintió que su vida acababa de comenzar.

Alguien irrumpió en la sala con un fuerte golpe y llenando el espacio con el humo de su pipa, tan negro que a Arthur le sorprendió que la primera fila al completo no empezase a toser por falta de oxígeno.

El profesor Lyle Crowle era la personificación de la ostentación, una perfecta caricatura de todos los estereotipos de lo que un gran académico debía ser.

El tabaco cayendo con lentitud de su boca fue lo primero que vio, antes incluso que la chistera, un sombrero alto color azabache que se adaptaba magníficamente a la forma de su cabeza.

El traje, en la misma tonalidad oscura y planchado al milímetro, parecía demasiado costoso para el sueldo de un profesor universitario, pero el doctor Crowle no era un estudioso más.

Había cientos de hombres simplones que llegaban a puestos importantes y posiciones de poder.

Hombres brutos y sin talento que conseguían colarse en los libros de historia.

Sencillamente, Lyle Crowle no parecía que fuera uno de ellos.

O, si lo era, lo disimulaba con pericia.

El doctor se colocó en el centro del aula y, tomándose su tiempo y en completo silencio, observó los rostros de los alumnos como si tratase de memorizarlos.

La sala siguió su ejemplo y adoptó una aparente calma, las conversaciones que solo segundos antes se mantenían cesaron.

El humo del tabaco dificultaba distinguir los rasgos de su rostro, envuelto en la semioscuridad del aula.

Por un momento, Arthur pensó que todos a su alrededor podían escuchar los latidos de su corazón.

—Este es el decimocuarto año que tengo el honor de estar aquí y ser la primera persona que ustedes conozcan en el camino que están emprendiendo.

—A pesar de la pipa, el tabaco y el humo, su voz sonaba clara, casi melosa—.

Sean bienvenidos a la que será su casa durante los próximos años.

Será un honor guiarlos en esta andadura.

Un amago de aplauso colectivo interrumpió brevemente el discurso del profesor Crowle, que agradeció el esfuerzo con la mirada. Sus ojos, del color del cielo en mitad de una tormenta, centelleaban. Se quitó la pipa de la boca de un manotazo y una humareda la acompañó al impactar sobre la mesa.

—No considero necesario extenderme demasiado en presentaciones.

Todos saben qué hacen aquí y que son unos privilegiados por haber sido admitidos en esta universidad.

El mejor lugar del mundo para estudiar Medicina, si me permiten añadir.

—Una risa salió de su garganta, pero sonó como una tos seca—.

Algunos de ustedes se pasarán el resto de su vida salvando la de otros, mientras que el resto sucumbirá a la presión y dejará los estudios para dedicarse a algo más sencillo, que no implique convivir con la tragedia.

Sin embargo, los que logren aguantar el tiempo suficiente para licenciarse llegarán a ser grandes hombres. Es una promesa.

Un escalofrío de euforia recorrió el cuerpo de Arthur. Aquel hombre era un orador nato, capaz de convencer a cualquiera que le escuchase.