Capítulo 1
Sectio cadaveris
El profesor Buckman se secó las manos sin guantes con un paño manchado de café, antes de inclinarse sobre el paciente, cuya expresión se había congelado para siempre en una mueca desagradable de terror absoluto.
—¿Está usted preparado?
El joven, apoyado en el escritorio de ma de ra, asintió. La mitad de su rostro estaba en la penumbra.
Hughie Buckman era conocido en la universidad por recordar con cierta insistencia a sus alumnos que todo aquel que recibiera sus servicios merecía el respeto de ser llamado «paciente», aunque llevase días muerto.
El cuerpo sin vida que tenía delante no era una excepción, aunque sus homólogos (y, con seguridad, sus alumnos) no habrían dudado dos veces en referirse a él como «el cadáver».
El profesor miró las manecillas del reloj varias veces, para asegurarse de que su vista cansada no le engañaba. El sonido de la pluma arrastrándose por el papel acompañó cada una de sus palabras, desde el fondo de la habitación.
—A ocho minutos para las ocho —dijo el profesor— comenzamos la disección del cuerpo sin identidad.
La paciente de hoy es una mujer blanca, de entre treinta y cuarenta años, quizá alguno más, encontrada en las inmediaciones de Canongate, cerca de la iglesia, sin ropa.
El invierno este año ha sido tan frío en Edimburgo que no se me ocurre ninguna razón lógica para que llegase a ese estado por gusto.
Tal vez se trate de una prostituta, pero no me incumbe a mí hacer tales elucubraciones antes de que me lo pregunte.
A primera vista, presenta magulladuras en la parte superior del cuerpo, ninguna que parezca explicar la causa de la muerte.
Cerca de la mesa de disección, sus herramientas le esperaban impacientes.
Buckman masculló solemne una breve oración antes de empezar.
El bisturí se hundió lentamente en la epidermis, desde la tráquea hasta el ombligo, dejando una herida abierta a su paso.
Fue un corte sencillo, rápido, cualquier principiante podría haberlo hecho con un poco de práctica.
Sin embargo, le haría falta mucho más para ejecutarlo como él.
La precisión era milimétrica, y la incisión, limpia, como si el paciente siguiera con vida, permitía apreciar todo lo que escondía la piel.
El profesor estudió centímetro a centímetro el cuerpo que tenía delante, escuchaba lo que las vísceras y los huesos querían decirle. Se tomó unos minutos para observar el nuevo orificio buscando anomalías que no hubiese visto en la primera inspección ocular.
—La coloración de la dermis es normal, no muestra signos de haber fallecido a causa de las bajas temperaturas.
Interesante. —Esta última palabra salió de su boca con cuidado.
El joven que lo acompañaba carraspeó con suavidad tratando de no interrumpirle—.
Como primer diagnóstico diría que falleció hace días, no más de una semana, pero es difícil saberlo.
Ha llovido todas las noches este mes, el cuerpo de nuestra paciente puede haber sufrido las consecuencias del mal tiempo, de modo que la respuesta no es tan sencilla…
Antes de acabar la frase, algo captó su atención.
La paciente presentaba varias costillas fracturadas, como si la hubiesen zarandeado o hubiese caído por una escalera. El profesor Buckman sintió cómo el sudor frío le recorría la espalda, al tiempo que se percataba de lo que tenía delante.
Aquellas fracturas eran recientes, post mortem .
La paciente llevaba horas muerta cuando sufrió los golpes que las provocaron.
Con nuevo interés revisó la superficie del esternón, antes de pasar a cada una de las costillas.
Quienquiera que fuese el culpable de aquello era torpe, descuidado.
En otro momento Hughie Buckman no habría prestado atención a ese detalle, que poco parecía tener que ver con la causa directa de la muerte.
No era su trabajo saber qué sucedió después, solo durante.
Sin embargo, había algo fuera de lugar.
Siguiendo su instinto, y saltándose todo protocolo médico, agarró con brusquedad el cuerpo inerte y lo puso de costado, lo que le provocó un fuerte dolor en las cervicales.
Su discípulo se levantó para ayudarle, pero se mantuvo alejado de él.
Jamás había deseado Buckman estar tan equivocado como en ese instante, pero rara era la ocasión en la que eso sucedía en su trabajo.
Era un buen médico, reconocido por su excelente estudio del cuerpo muerto, por muy excéntrico que pudiese resultar.
Sabía que estaba en lo correcto, aunque tratase de ignorarlo.
Aquello era mucho peor de lo que se había imaginado al entrar allí aquella mañana.
Los idiotas que transportaban los cuerpos de la morgue a su consulta habían pasado por alto algo importante, algo que, de haberlo sabido, le habría hecho salir de la cama de madrugada, cuando se halló a la mujer sin vida en el centro de Auld Toun, sola, desamparada y sin nada que pudiese confirmar su identidad.
Una grotesca cicatriz recorría el cuerpo de la paciente, desde la base de la columna hasta el costado izquierdo.
Quienquiera que fuese el culpable también era el responsable de las hendiduras que presentaban las costillas, todo parecía tener la firma clara de alguien que no entendía qué estaba haciendo.
La muerte había sido por causas naturales, pero nada de lo que tenía delante ocurrió por un error.
Aquel cuerpo lo habían abierto con anterioridad. Después del fallecimiento de la víctima, antes de que llegase a la morgue para que le hiciesen la autopsia.
—Dejamos la clase para otro momento. —El profesor no trató de disimular el temblor de su voz, estaba acongojado. Se alejó de la mesa sin poder controlar las manos, notando cómo la fuerza abandonaba su cuerpo—. Ha vuelto a empezar.