Los anatomistas Prólogo
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Los anatomistas

Los anatomistas

Por Lidia G. Merenciano

© inepub.com

Prólogo

Omnia ab uno incipiunt

Aquella mañana había acompañado al profesor a la facultad, el día era mucho más cálido de lo habitual, así que Victoria deseó haberse olvidado la chaqueta antes de abandonar la seguridad de su cuarto.

El coloso de piedra oscura y tejas negras la saludó desde el otro lado de la calle, imponente, con su habitual séquito de estudiantes que se agolpaban en la puerta tratando de alargar el momento de entrar a las clases.

El humo del tabaco envolvía el aire del patio, así que tuvo que contener el aliento antes de atravesar la entrada, bajo la atenta mirada de todos los jóvenes, que buscaban cualquier distracción para interrumpir las monótonas conversaciones diarias.

Los primeros brotes de margaritas salpicaban el suelo de los portalones, manchadas por la ceniza que caía de los puros que fumaban los futuros graduados, y anunciaban el final del invierno, que había sido bastante seco en todos los puntos de Escocia.

Un pequeño grupo de alumnos leía el periódico en voz alta y se peleaban por arrancárselo de las manos los unos a los otros, ignorantes de que el tiempo se les echaba encima.

En lo alto de la escalinata, dos profesores conversaban en susurros tan fuertes que cualquiera podía oír con todo detalle lo que decían.

Victoria no sabía cómo se llamaban, pero habría jurado que los conocía.

En apariencia era un día como otro cualquiera, sin embargo, había tensión en el ambiente, como si una tormenta fuera a descargar sobre sus cabezas de un momento a otro, sin previo aviso.

En el interior de la Facultad de Medicina y Veterinaria todo estaba tranquilo, habían dejado la emoción en la entrada.

El suelo de mármol replicaba el sonido de sus pisadas.

Las del profesor, energéticas y seguras.

Las de Victoria, lentas pero firmes. Los ruidos de ambos se perdían en el murmullo de las clases que se estaban impartiendo en todos los puntos del edificio al mismo tiempo.

La estudiante vio entreabierta la puerta del aula que solía ocupar el profesor, señal de que nadie le había quitado el puesto, aunque aquel día había pedido permiso para ausentarse.

Desconocía por completo qué era lo que le había hecho cambiar de manera tan radical sus planes ese día, sabiendo lo mucho que apreciaba seguir el horario al pie de la letra.

Siempre le decía que llevar un orden ayudaba a que su cabeza funcionara mejor, así evitaba que la novedad le confundiese y podía dedicar más tiempo a lo que importaba de verdad.

También era positivo para sus alumnos, que sabían que podían confiar en él, al margen de lo que estuviese sucediendo a su alrededor.

Si el profesor había aceptado salirse de lo establecido era porque detrás tenía que haber algo gordo, pero ni siquiera había querido contárselo a su discípula.

Había aparecido en su habitación poco después del amanecer y le había pedido que lo acompañase, sin añadir más explicaciones.

Tenía la mala costumbre de esperar que todos le dijesen que sí, pese a que nunca consultaba nada a los demás sobre sus planes.

Lo peor era que tenía razón. Nadie en su sano juicio habría dicho que no a una invitación tan directa, se tratara de lo que se tratase.

Cruzaron el pasillo sin mediar palabra, el profesor no se detuvo a saludar a nadie y apenas le dirigió la mirada a Victoria.

Si había urgencia en sus pasos, no lo dejaba entrever, pero a esas alturas lo conocía lo suficiente para saber que algo le rondaba la cabeza y que muy pronto tendría una respuesta.

La joven giró hacia la derecha para subir las escaleras, pero el profesor siguió de frente y bajó los escalones que daban acceso al edificio adosado donde se encontraba la morgue.

Por un instante Victoria se preguntó si el profesor no se habría confundido, o si se había olvidado de que iba con él, pero no vaciló ni un momento, así que la alumna tuvo que correr para alcanzarlo.

Era la primera vez que ponía los pies en aquel pasillo, la poca claridad que daban las lámparas de aceite la desconcertó y perdió por completo al maestro.

Aquella zona de la facultad estaba reservada solo a unos pocos.

Incluso los estudiantes de Medicina debían poseer un permiso especial o haber sido admitidos en la especialidad de autopsias para poder pasear con libertad por el lugar.

A Victoria le daba la impresión de que el hecho de que alguien como ella estuviera allí era ilegal, y muy probablemente lo fuese.

En todo el corredor solo había una puerta abierta, y a ella se dirigió en medio de la semioscuridad, rezando para que aquel fuera el lugar adonde tenía que ir.

Un gran número siete coronaba la entrada; era incapaz de distinguir nada más desde fuera.

Había un cuerpo tirado en el suelo, aunque al principio su cerebro se negó a reconocerlo como tal.

Era más bien un montón de ropa ajada y sucia, pero entre aquellos jirones logró distinguir un miembro.

Luego, otro más. En su cabeza, poco a poco comenzó a formarse la imagen de quien una vez había sido una persona y en aquel momento yacía en el suelo sin señal alguna de vida.

Nunca supo si se trataba de un hombre o de una mujer.

El cadáver estaba destrozado por completo y la camiseta le cubría la cabeza. Evitó contemplarl o durante mucho rato.

El profesor estaba agachado en el suelo junto a dos hombres que se miraban entre sí con desconcierto, como si fuese la primera vez que veían un cuerpo. Ninguno de ellos levantó la cabeza para advertir la presencia de Victoria en la sala.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —inquirió uno de ellos, el más joven, de quien desconocía el nombre—. ¿Cinco, seis días, tal vez? ¿Cómo es posible que nadie haya bajado en todo ese tiempo y que no nos hayamos dado cuenta de lo que sucedía a tan solo unos metros de nuestros despachos?

—Tonterías —intervino el profesor, exasperado—. No lo mataron aquí, no hay ni una sola gota de sangre.

—¿Y si lo han limpiado todo bien? —El tercer hombre simulaba mucha más tranquilidad que los otros dos y observaba la escena desde una prudente distancia—. Si esto ha sucedido por la noche, no podemos descartar que hayan tenido tiempo de sobra para eliminar los restos de la carnicería.

—Eso, eso.

—En mi opinión este no ha sido el escenario del crimen. —El profesor ignoró a sus interlocutores y se acercó al cuerpo—. Esto se lo hicieron hace días, la carne está empezando a descomponerse, de aquí a unas horas quedará poca piel útil para hacer un diagnóstico que nos ayude a averiguar algo más.

El más joven se puso en pie, sacudiendo la cabeza con firmeza.

Ninguno de ellos parecía darse cuenta, pero el hedor infestaba la habitación y parte del pasillo.

Victoria no había olido nunca nada como aquello, no podría describirlo correctamente aunque lo intentara, era un olor dulzón que impregnaba hasta el último centímetro de su cuerpo.

Más tarde pasaría varias horas en la bañera para tratar de eliminar cualquier rastro de su presencia en aquel lugar, pero no importaba lo mucho que frotase, hay cosas que nunca desaparecen.

—No es útil para las clases. —El último hombre que había hablado se dirigió al profesor buscando su aprobación—. Ni el mejor de los alumnos sacaría algo de este montón de basura. No guardaría ni los huesos.

—Ciertamente sería una pérdida de tiempo y de espacio —asintió el maestro, antes de volverse hacia el de menor edad—. ¿Quieres hacerle una autopsia?

Resopló tan fuerte que Victoria creyó que le habrían oído desde el piso de arriba.

—Podría intentarlo, pero, como bien habéis apuntado, no servirá de nada.

Lo más probable es que alguien se olvidara de que lo había sacado y algún grupo de estudiantes aburridos se ensañara con él.

—Golpeó el cadáver con suavidad con la punta de uno de sus zapatos.

El cuero parecía nuevo y una pequeña marca de grasa se agarró a él, lo que irritó al doctor—.

La causa de la muerte no son los cortes ni el desmembramiento, no creo que saquemos nada en claro.

Podemos interrogar a los estudiantes uno por uno, pero será inútil.

Esos críos se protegen entre ellos, son listos.

—Entonces tiradlo antes de que las ratas se lo coman.

—El profesor se giró hacia Victoria y la agarró del brazo—.

He tenido suficiente con un cadáver hallado en el suelo de la facultad, no nos conviene que esto se convierta en una nueva moda.

Cerrad la boca, aquí no ha sucedido nada.

Si se corre la voz solo animaremos a los demás a que intenten lo mismo.

Ambos asintieron, contentos de tener una orden directa que seguir.

Después subieron de vuelta al despacho del profesor, donde este le encargó a Victoria que ordenara los archivos del mes, trabajo que le mantuvo la mente ocupada hasta que regresaron cada cual a su casa, horas más tarde.

La imagen que había contemplado aquel día se clavó en la mente de la estudiante sin permiso y la acompañó durante años.

El profesor evitó que sus conversaciones volviesen a aquel lugar.

A fin de cuentas, su trabajo consistía en ver pacientes a diario, aquel incidente no sería lo más raro que Victoria contemplaría, si quería seguir frecuentando la facultad.

En ese momento no lo sabía, tampoco el profesor, pero estaba delante del primer asesinato de todos de los que sería víctima la ciudad de Edimburgo.