Los anatomistas Epílogo
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Epílogo

Nihil est annis velocius

—¿Cómo le sienta la medicación? —El quejido del paciente le informó de que no había pasado una buena noche, ni siquiera con la dosis de opio que le había suministrado—. ¿Necesita algo más fuerte?

—Necesito que me arranquéis ya esta pierna. —Señaló el miembro ennegrecido sobre la cama. Incluso con las gasas cubriéndolo, el hedor putrefacto de la enfermedad inundaba la habitación.

—Aún no ha perdido toda la sensibilidad —observó el doctor—. No me permitirán amputársela hasta que sea el último recurso. Le pido que me disculpe, puedo subirle la dosis del fármaco, si lo desea.

—Tendré que aprovechar la droga gratuita.

—Solo podrá hacerlo mientras esté encerrado aquí —coincidió con él el médico.

Le veía más despierto que en otras ocasiones, el hecho de que bromeara era una señal de que se recuperaría, aunque le amputasen la pierna. Perder una extremidad siempre cambia la vida de los hombres, pero más aún en la cárcel. Allí había pocas cosas que pudieran distraerte del dolor y la ausencia.

—La sigue notando, ¿verdad? —El paciente asintió mientras el médico limpiaba la herida—. Esa es la razón por la que aún sigue tumbado aquí. Es fuerte.

—Maldigo el día en que nací.

—¿Puedo preguntarle cómo ha acabado así? —Era una curiosidad honesta, interés de académico. Se seguía considerando como tal—. No es sencillo ignorar que la mitad de su cuerpo está muriendo.

—Alguien me apuñaló hace unas semanas por un ajuste de cuentas en el calabozo —confesó—.

Si hubiera contado lo que había sucedido me habrían obligado a hablar, y eso habría sido aún peor para mí, así que dejé que pasara el tiempo para no buscarme más conflictos.

Y aquí estoy, a punto de perder mi preciada pierna por imbécil.

Y usted, doctor, ¿cómo ha acabado aquí? No debe de ser el sueño de muchos médicos atender a criminales.

—Hice un trato para salvar mi vida. —No se avergonzaba en absoluto de las decisiones que había tomado, no tenía problema en contárselo—. Atender a otros presos a cambio de no acabar en la horca.

—¿Sí? ¿Y qué hizo el señorito para que quisieran colgarlo en medio de la plaza?

Con los años había aprendido que, cuanta más importancia se les quite a los sucesos, más tiende la gente a creer que le están intentando tomar el pelo.

—Maté a mi mejor amigo.

Ni siquiera sonrió al decirlo, pero la semilla estaba plantada.

—Tiene usted pinta de persona peligrosa. —El paciente le siguió la corriente, aunque no estaba seguro de que fuese una broma—. No me gustaría encontrarme con usted a solas por la noche.

—No tendrá que preocuparse por eso.

Alguien llamó a la puerta con dos golpes de nudillos, y entró sin esperar a que le dieran permiso.

—¿Doctor Credge? —Un niño de unos ocho o nueve años apareció en la habitación al mismo tiempo que Arthur asentía—. Ha llegado un paquete para usted.

Recibía correspondencia muy a menudo, ya que tenía que reponer todos los ingredientes y herramientas que usaba en el trabajo. Sin embargo, aquel paquete no parecía venir del herbolario ni del hospital. No, era correo personal, no lo estaba esperando.

—¿De Prusia? —El paciente se incorporó para leer el remitente—. ¿Conoce a alguien que le mande regalos desde Prusia?

—Una vieja amiga se fue a vivir allí hace un tiempo. —Las manos le temblaban, algo impropio en un doctor—. Llevaba años sin saber nada de ella, es una sorpresa.

—¿Y no lo va a abrir? ¿No quiere saber qué contiene?

Le molestó la impaciencia del preso y que pusiera sus manos sobre el paquete. Deseó haberle dado menos analgésicos para que mantuviera la boca cerrada y tuviera que ocuparse de asuntos más importantes, como el dolor.

Sin embargo, también él sentía curiosidad.

Hacía mucho tiempo que no sabía nada de Victoria, tanto que temió que su primera carta después de la mudanza le trajera malas noticias.

¿Quién mandaría algo así para anunciar problemas?

Esperaba cualquier cosa: un souvenir, la crónica de su boda, una carta de despedida, un regalo del pasado o incluso…

—Un libro. —Sin lugar a dudas de eso se trataba, aunque no estaba encuadernado. Parecía un manuscrito, las pruebas para comprobar que todo estaba en orden antes de imprimirlo—. ¿Me ha mandado un libro? —continuó hablando en voz alta, aunque no tenía ninguna intención de que su paciente se enterara.

—¿De verdad ha pagado el correo internacional solo para mandarle un libro? —se rio el paciente desde la camilla en la que estaba postrado—. Las mujeres, señor. Siempre dan problemas aun estando en la otra punta del mundo.

Las páginas desprendían al aroma de la tinta y el papel, una de sus combinaciones favoritas.

Las pasó de una en una, preguntándose por qué Victoria le habría mandado aquel regalo.

Sobre los folios había imágenes de distintos animales acompañando el texto.

Aves, mamíferos, insectos, todos parecían tener un lugar en el manuscrito.

—¿Reconoce el libro?

—No. —Volvió a amontonar las páginas y le dio la vuelta para buscar el título—. El origen de las especies. ¿Lo había oído alguna vez?

—Tengo que confesarle, doctor, que no soy seguidor de la literatura.

Una corazonada le hizo regresar al final del libro y leer las últimas palabras. Allí, entre las conclusiones del autor, Victoria había dibujado una cara que conocía muy bien, el rostro de la criatura del valle de Neander, un boceto que él mismo había realizado en incontables ocasiones.