Los Amantes de Mamá Capítulo 39
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Capítulo 39

La puerta del dormitorio se cerró a espaldas de Vera.

Rodrigo la siguió por el pasillo completamente desnudo, sin la menor preocupación por cubrirse. A esas alturas, después de lo que acababa de ocurrir entre ellos, cualquier pudor habría resultado absurdo.

Vera caminaba delante mientras terminaba de colocarse la camiseta. Llevaba los botines en una mano y el bolso colgado del hombro. Al llegar al recibidor, los dejó en el suelo y se apoyó contra la pared para calzárselos.

Rodrigo se quedó observándola.

—No me mires.

—¿Por qué?

—Porque me pongo nerviosa.

—Hace un rato no parecías tan tímida.

Vera levantó la cabeza y le dedicó una mirada de advertencia, aunque la sonrisa que se le escapó arruinó cualquier intento de parecer seria.

—Cállate.

Terminó de ponerse el segundo botín y se incorporó. Durante un momento permanecieron frente a frente sin saber muy bien cómo despedirse. Aquello era nuevo.

Ella miró hacia la puerta.

—Tengo que irme. Está amaneciendo y seguro que mamá ya está en casa.

—¿Seguro que no quieres que te acerque? —preguntó por enésima vez.

Ella negó con la cabeza.

Ya no hubo aquella incertidumbre del bar. Fue un beso largo y natural, casi impropio de dos personas que unas horas antes todavía fingían que entre ellas no ocurría nada.

Cuando Vera se apartó, Rodrigo mantuvo una mano apoyada en su cintura.

—Hasta mañana.

Vera arqueó una ceja.

—¿Pensarás en mí? —preguntó sonriendo.

—Te juro que aún no te has ido y ya te estoy echando de menos.

Ella volvió a besarlo, esta vez rápidamente.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Vera.

Rodrigo permaneció en la puerta hasta verla entrar en el ascensor. Ella le dedicó una última sonrisa antes de que las hojas metálicas se cerraran. Solo entonces regresó al interior.

La sonrisa permaneció en su rostro durante buena parte del camino hasta el dormitorio. La chica le gustaba aún más de lo que había previsto.

Al entrar, encontró la ropa esparcida por el suelo. Su pantalón había quedado junto a una esquina de la cama. Se agachó para recogerlo y escuchó una vibración apagada procedente de uno de los bolsillos.

El teléfono. Lo sacó. La pantalla hizo desaparecer inmediatamente su sonrisa. Siete llamadas perdidas de Isabel. Había también varios mensajes.

¿Cómo va?

Rodrigo, dime algo.

¿Habéis salido a cenar?

Después otro, enviado apenas veinte minutos más tarde.

Llámame cuando puedas.

Y finalmente:

Por favor.

Rodrigo permaneció unos segundos mirando la pantalla. Conocía demasiado bien a su esposa para saber que no habría podido dormir en toda la noche, y eso, en el fondo, lo reconfortó.

La imaginó en la habitación del hotel de Praga donde estaba hospedada. En aquel viaje que había hecho junto a su padre. Caminando de un lado a otro, arrepintiéndose cada minuto un poco más de aquel juego que ella misma había puesto en marcha.

Se sentó en el borde de la cama y pulsó el botón de llamada. Pese a la hora, Isabel respondió inmediatamente.

—Joder, Rodrigo. Estaba a punto de tirarme por la ventana.

Ni siquiera lo saludó.

—Hola.

—¿Qué ha pasado? Llevo toda la puta noche esperando que me dijeras algo. Ha sido horrible…

La desesperación de su voz era imposible de ocultar. Rodrigo miró hacia las sábanas revueltas.

—Lo siento, pero me quedé dormido —comenzó a tejer la mentira—. Estaba muy enfadado contigo por tus absurdas ideas de siempre… joder, Isabel. Tienes que parar ya.

Ella suspiró.

—Lo siento, mi amor… Perdóname. Dime que me quieres…

La voz de Isabel sonó dulce, pero al mismo tiempo ansiosa y angustiada. No soportaba que Rodrigo estuviera enfadado con ella. Aquella mujer, capaz de analizar a los demás con una frialdad casi quirúrgica, perdía cualquier atisbo de racionalidad cuando se trataba de su marido.

Porque Isabel tenía auténtico terror a perderlo.

No era un miedo razonable. Era una obsesión que llevaba más de veinte años creciendo dentro de ella.

Podía provocarlo, empujarlo hacia otras mujeres, inventar juegos cada vez más retorcidos e incluso disfrutar imaginándolo en brazos de otra.

Pero bastaba una discusión, una palabra más fría de lo habitual o un silencio demasiado largo para que una idea enfermiza empezara a devorarla: que Rodrigo se hubiera cansado de ella.

Temía que un día él decidiera abandonarla y ni siquiera su apellido y su fortuna fueran capaces de retenerlo.

—Dímelo, Rodrigo —insistió con un temblor en la voz—. Dime que todavía me quieres.

Necesitaba escucharlo. Y lo necesitaba de una forma que ni siquiera ella habría sabido explicar.

—Ha sido un puto desastre. No sé cómo me he dejado arrastrar por tus locuras. Te juro que es la última vez.

Hubo un silencio.

—Te lo juro, Rodrigo. Esta será la última… Pero dime qué ha pasado. ¿Qué te ha hecho esa mocosa?

Rodrigo se pasó una mano por el cabello.

—Al principio todo iba bien. Muy bien, de hecho. Hemos cenado, hemos hablado… Estaba cómoda conmigo.

—¿Y después?

—Fuimos a tomar una copa.

Isabel guardó silencio.

—¿La besaste?

—Te juro que lo hice por ti. Estoy harto de tus putas locuras. Joder, solo tiene dieciocho años…

Isabel sintió una punzada desagradable en el estómago.

Había imaginado aquel beso demasiadas veces, incluso se había excitado pensando en él, pero escucharlo en pasado era completamente distinto.

Ya no era una fantasía que podía manejar a su antojo.

Había ocurrido. Vera había tenido la boca de su marido sobre la suya.

Aun así, se obligó a mantener la voz serena.

—¿Ella quiso?

Rodrigo miró nuevamente la cama.

—Sí… pero tras unos segundos se asustó y me dio un tortazo. Me llamó viejo verde y no sé cuántas cosas más. Casi montó un escándalo en el bar.

Escuchó a Isabel respirar al otro lado.

—Lo siento.

—Si vuelves a decir que lo sientes —respondió él, fingiendo perder los estribos—, te juro que no volverás a verme en tu puta vida.

La historia estaba funcionando. Rodrigo lo supo por el silencio de su esposa.

—¿Es que ya no me quieres? —preguntó Isabel, casi a punto de echarse a llorar.

Tardó en responder, alargando deliberadamente la agonía de su esposa.

—Eso es lo malo… —dijo él suavizando el tono—. Si no te quisiera, ya me habría largado hace tiempo.

Ella soltó una risa nerviosa al saber que no iba a dejarla.

—Últimamente apenas me tocas y… —vaciló, como si le costara reconocerlo incluso ante él—. No sé, Rodrigo. A veces tengo la sensación de que ya no me deseas como antes.

Rodrigo se pasó una mano por el pelo. Durante un instante sintió algo parecido a la culpa.

—Pues quizá seas tú la que tenga que buscarse un amante.

El silencio al otro lado fue inmediato.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

Isabel tardó en responder.

—Eres gilipollas —murmuró finalmente.

Rodrigo sonrió.

—Y tú estás como una cabra.

—Pero me quieres. Dímelo otra vez, mi amor. Dime que estás deseando que vuelva a casa.

Esta vez él tardó un poco más en responder.

—Te quiero, Isabel.

Ella suspiró al escucharlo. Fue un suspiro largo, de alivio, como si aquellas tres palabras hubieran conseguido aflojar de golpe toda la tensión que llevaba acumulando durante la noche.

—¿Cuánto? —preguntó con aquella voz mimosa que a veces empleaba con él—. Dime cuánto me quieres del uno al diez. Yo a ti te quiero veinte.

Rodrigo sonrió. Conocía aquel juego. Isabel necesitaba que la tranquilizara, que borrase con unas cuantas palabras las inseguridades que él mismo acaba de alimentar.

—Veintiuno.

—Mentiroso.

—Me has pedido una cifra y te la he dado.

—Pero tienes que decirlo convencido. Si no, no vale —respondió divertida.

Rodrigo dejó escapar una pequeña carcajada.

—Te quiero treinta, pesada.

Isabel volvió a suspirar, esta vez satisfecha.

—Así está mucho mejor. Por cierto, te he comprado algo que te va a encantar, pero no pienso decírtelo por teléfono. Es una sorpresa.

Rodrigo escuchó su respiración al otro lado de la línea y reconoció inmediatamente aquel cambio de tono. La tormenta parecía haber cesado.

—¿Cuándo piensas volver?

—Tenía pensado quedarme hasta el domingo. Papá quiere llevarme también a Bratislava para mostrarme el edificio que compramos hace unos meses al lado del Danubio. Según él, va a ser el mejor complejo hotelero de la empresa. Pero si tú quieres, mañana cambiaré los billetes y volveré a casa.

—Yo que tú no lo haría. Aún sigo cabreado contigo. —Su tono sonó a broma, aunque Isabel sabía que no lo era. Y eso bastó para que se bajara las bragas al instante.

En apenas cinco minutos había pasado de la desesperación por no saber nada de Rodrigo en toda la noche al miedo irracional de que quisiera abandonarla y, de ahí, a una excitación tan intensa que su propio cuerpo se había vuelto ingobernable.

—¿Me darás unos azotes como hace papá cuando me porto mal? —preguntó Isabel, revolviéndose entre las sábanas. Su voz había adquirido aquel tono juguetón y provocador que Rodrigo conocía de sobra. Se mordió el labio mientras esperaba su respuesta, incapaz de estarse quieta.

—¿Eso es lo que te hace cuando estáis juntos?

Ella soltó una carcajada. Nunca terminaba de aclararle en qué consistía exactamente la extraña y perversa relación que mantenían. Prefería dejarlo con la duda, aunque de vez en cuando disfrutaba ofreciéndole alguna pincelada, la justa para provocarle celos con el hombre que él más odiaba.

—¿Te acuerdas de lo que pasó en Bali, cuando me pasé toda la noche provocando a aquel australiano solo para ponerte celoso?

—¿Cómo olvidarlo? —respondió él—. Montaste un espectáculo bochornoso. Creo que en la vida me has hecho pasar tanta vergüenza. Parecías una ramera.

Isabel se rio.

—Todavía me pongo húmeda cuando recuerdo lo que me hiciste al llegar al hotel. Estabas tan enfadado…

—Te castigué como te merecías.

Isabel dejó escapar un gemido ronco al otro lado del teléfono.

Rodrigo supo al instante lo que estaba haciendo. La conocía demasiado bien. Su respiración se había vuelto entrecortada y la voz había adquirido ese tono sucio e impaciente que tantas veces le había oído.

—¿Te estás masturbando? —preguntó, aunque no necesitaba respuesta.

Isabel volvió a gemir.

—¿Tú qué crees? Me pone muy caliente recordar cómo me arrancaste la ropa, gritándome que era una puta… ¿Te acuerdas, mi amor?

—Te lo merecías por desafiarme —murmuró contra el auricular, con una frialdad arrogante que a ella le encendía la sangre—. Ya sabes lo que pasa cuando me cabreo contigo.

—Me obligaste… ¡Ah…! —lanzó un gemido, dejando constancia de que cada vez le costaba más hilvanar los pensamientos—.

Me sacaste al balcón completamente desnuda.

Había gente en la playa, pero te dio igual que me vieran así…

Aún recuerdo sus ojos clavados en mí, y cómo cerraste la puerta dejándome allí, pedazo de cabrón, casi toda la noche.

Rodrigo soltó una carcajada seca, divertido por el eco de aquella humillación.

—Qué exagerada eres… Fueron diez minutos. Ni hablar de toda la noche.

—¡Ah…! Tienes razón, mi amor… Luego abriste, saliste y me empujaste contra la barandilla. Me la metiste por el culo con tanta fuerza que pensé que ibas a partirme en dos.

La memoria de aquel castigo actuaba sobre su cuerpo como un latigazo invisible, encendiéndole la piel y haciendo que el pulso se le desbocara por dentro.

Isabel apretó los muslos con desesperación, sintiendo el calor acumulado entre las piernas y cómo la humedad comenzaba a inundarla solo de revivir la escena en su cabeza.

—Tan solo recordarlo hace que me vuelva loca… —susurró, con la voz entrecortada por un espasmo repentino mientras las caderas se le arqueaban involuntariamente contra su mano—. Dios, Rodrigo… me estoy mojando entera solo de recordar las voces de aquellos desconocidos animándonos.

—Eso es, piénsalo bien —le siseó Rodrigo a través del auricular—. Acuérdate de que eres mi perra y puedo hacer contigo lo que plazca.

El clímax la atravesó como un rayo en plena llamada, una sacudida tan violenta y repentina que hizo que Isabel soltara un grito ahogado, dejándose caer de espaldas sobre el colchón mientras las contracciones la hacían temblar de pies a cabeza, completamente vendida a la voz que la gobernaba desde la distancia.

Justo en ese intenso momento, el teléfono vibró en la mano de Rodrigo. Apartó un momento la pantalla de la oreja y miró la notificación. Era un mensaje de Vera.

Ya estoy en casa. No consigo dormir. Creo que todavía tengo tu olor en la piel.

Rodrigo sintió que una sonrisa empezaba a dibujársele en la cara.

Se tumbó de espaldas sobre la cama deshecha, precisamente en el mismo lugar donde Vera había estado hacía apenas un rato, y volvió a leer el mensaje.

—¿Sigues ahí? —preguntó Isabel casi jadeando.

—Sí.

Hubo unos segundos de silencio. Rodrigo escuchó su respiración acelerada al otro lado de la línea.

—¿Es que no quieres correrte? —le preguntó ella.

—Acabo de hacerlo —mintió, exagerando la cadencia de su respiración—. Ya sabes cómo me pone cuando gimes así. Pero ahora voy a dejarte, voy a darme una ducha y a llamar a un cliente. Es hora de ponerme a trabajar y olvidarnos de chorradas.

—Espera, mi amor.

El teléfono volvió a vibrar anunciando la llegada de un nuevo mensaje de Vera.

Llevo todo el camino de vuelta pensando en tus besos y en lo fácil que sería volver a hacer una estupidez contigo.

Rodrigo releyó el mensaje mientras seguía escuchando la respiración de su esposa al otro lado de la línea.

—Isabel, es muy tarde —respondió—. ¿Qué quieres ahora?

La voz de Rodrigo había vuelto a endurecerse. Ella lo notó, pero no dijo nada.

—Anda… vuelve a decirme que me quieres, por favor…

Rodrigo suspiró.

—Te quiero, Isabel.

Colgó.

Durante unos segundos permaneció tumbado, con el teléfono entre las manos. Resultaba morboso pasar de una conversación a la otra con tanta facilidad.

Volvió a abrir el mensaje de Vera. Pensó una respuesta, la borró y escribió algo mucho más sencillo.

¿Puedo llamarte?

No habían transcurrido ni diez segundos cuando aparecieron los tres puntos en la pantalla.

Sí.

Rodrigo sonrió y pulsó sobre su nombre.

Vera respondió casi inmediatamente.

—Hola…

Su voz sonaba distinta a través del teléfono. Más baja. Más íntima. Más sugerente.

Rodrigo se acomodó sobre la almohada.

—Hola.

Hubo un pequeño silencio. Ninguno parecía saber muy bien cómo empezar aquella primera conversación después de lo que acababa de ocurrir entre ellos.

Entonces Vera se rio suavemente.

—Esto es un poco raro, ¿no? —preguntó la chica un poco cortada.

—Bastante. Pero necesitaba escuchar tu voz.

—Hace una hora estaba contigo y ahora me llamas como si no hubiéramos tenido suficiente.

Rodrigo miró el techo, sonriendo.

—Ese es precisamente el problema.

—¿Cuál?

—Que no he tenido suficiente. Que necesito volver a verte.

Al otro lado se hizo un silencio.

—Yo tampoco he tenido suficiente.

Rodrigo cerró los ojos.

Y mientras Isabel intentaba dormir convencida de que aquella historia había terminado antes siquiera de empezar, su marido permaneció tumbado en la cama hablando en voz baja con Vera.