Capítulo 38 #4
—No, no quiero que pares… —dijo, abriendo las piernas todavía más para recibirlo sin reservas.
El impacto fue seco, hondo y absoluto. Rodrigo la atravesó de una sola embestida, brutal y sin preámbulos, llenando cada rincón de su interior mientras Vera ahogaba un grito contra el colchón, con las uñas enterradas en las sábanas y el cuerpo arqueado por el dolor y la plenitud.
Él detuvo el empuje unos segundos, permitiendo que la carne de ambos se fundiera y que ella asimilara el peso de su dominio antes de empezar a moverse. Con cada vaivén, pesado y cadencioso, el sonido de los golpes contra sus caderas llenaba la estancia.
—Dios… qué coño más apretado tienes —dijo con voz ronca, tirando de su cabello hacia atrás para forzarla a arquear el cuello.
Vera, con los ojos húmedos, consumida por el calor que la quemaba por dentro, gritó mientras él aceleraba el ritmo, transformando cada sacudida en un castigo implacable y llenándola de sensaciones cada vez más placenteras.
En ese momento supo que no le importaba traicionar a Isabel ni compartir el mismo hombre con su madre. Una parte oscura y desconocida de sí misma había aceptado la situación, rindiéndose a la evidencia de que no podría resistirse a abrirse de piernas para él cada vez que Rodrigo la reclamara.
El placer, que parecía haberse calmado tras sus dos orgasmos, volvió a encenderse en su interior, subiendo de nuevo como una marea incontenible.
Las embestidas de Rodrigo, con Vera puesta a cuatro patas, se volvieron más pesadas, implacables y profundas.
Cada golpe de cadera la obligaba a hundirse más en el colchón, transformando el aire de la habitación en un murmullo de jadeos roncos y golpes secos.
El placer, alimentado por el fuego de la situación, volvió a estallar en su interior, llevándola de golpe hacia el borde del abismo.
—Te gusta, ¿verdad? Ya habías pensado en esto antes de que pasara.
Vera giró la cabeza hacia atrás, lo justo para buscar su mirada, completamente desarmada.
—¡Sí…! —reconoció ella, arqueando la espalda con violencia y apretando las manos contra las sábanas mientras un nuevo orgasmo, salvaje y cegador, la atravesaba de parte a parte, haciéndola convulsionar y recular, buscando mayor contacto.
Al sentir el espasmo de ella, Rodrigo soltó un rugido ahogado. Aceleró con un par de embestidas más rápidas y desesperadas y, justo en el punto álgido, abandonó su coño.
Con un movimiento rápido, se inclinó sobre ella y se corrió con fuerza, eyaculando caliente y abundantemente sobre sus blancas nalgas, mientras exhalaba un gemido ronco contra su espalda.
—¡Ah… joder! —exhaló él, dejando caer el peso de su cuerpo sobre ella durante unos segundos, respirando con la boca abierta y el cuerpo bañado en sudor—. Me gustas. Me gustas mucho, Vera.
Lentamente, Rodrigo cayó derrotado y la atrajo hacia su pecho, mientras le acariciaba el cabello con suavidad y le trazaba círculos lentos en la piel de la espalda.
La joven se giró y apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo el latido desbocado de su corazón y el rastro tibio de su semen sobre su piel.
El calor de la habitación se fue apagando despacio, dejando solo el eco de la respiración agitada y el roce de las sábanas revueltas.
Rodrigo se inclinó sobre ella, abandonando por un instante la dureza con la que la había manejado, y le apartó el pelo sudado de la frente con una lentitud inusual.
Sus dedos recorrieron la mejilla encendida de Vera con una suavidad extraña, casi impropia de él, perfilando la línea de su mandíbula hasta detenerse en sus labios hinchados.
Ella dejó caer los párpados, vencida por el cansancio y por esa tregua repentina, acurrucándose de costado contra su pecho mientras él le besaba el pelo, meciéndola despacio en la penumbra como si, por unos minutos, aquel dominio absoluto se hubiera convertido en refugio.
—Siempre voy a cuidar de ti, Vera. Te lo juro —murmuró él, rozándole la mejilla con los nudillos—. Pero te aviso que la próxima vez me correré dentro de tu coño. No podré resistirme. Conozco a un médico que te recetará un anticonceptivo. Mañana hablaré con él y te daré su dirección.
Vera sintió que el pecho se le encogía. La pregunta se le escapó acompañada en una sonrisa temblorosa de felicidad.
—Eso quiere decir… ¿Que volveremos a vernos?
—Solo si tú quieres, Vera.
Para ella, aquello trascendía con creces el sexo: él le estaba abriendo la puerta a ser su amante, a reclamar un espacio clandestino pero definitivo en su órbita.
—Claro que quiero —respondió ella con rapidez, sin un ápice de duda, aferrándose a su costado con la urgencia ciega de quien sabe que acaba de cruzar un punto de no retorno.
Rodrigo permaneció callado unos segundos antes de añadir:
—Entonces ve a verlo mañana si no quieres quedarte preñada.
Vera asintió despacio, asimilando la orden con una mezcla embriagadora de vértigo y sumisión absoluta.
—Lo haré… —susurró ella, encontrando sus labios en la penumbra para sellar la confesión con un beso lento, profundo y cómplice, antes de dejarse vencer por el agotamiento físico y emocional más absoluto.