Capítulo 38 #3
—Eres una delicia —murmuró Rodrigo con voz ronca, inclinándose sobre su cuerpo—. Un pecado… Un capricho que haría volver loco a cualquier hombre.
Sin apartar la mirada de ella, le deslizó las manos por las caderas y le arrancó las bragas de un solo tirón, impaciente, arrojándolas al suelo sin miramientos.
Vera abrió las piernas de forma instintiva, sintiendo el aire fresco de la habitación contra su piel desnuda y el peso cálido de Rodrigo colocándose entre ellas.
No hubo preámbulos. Rodrigo se acomodó, le separó los muslos con firmeza y bajó la boca directamente hacia su sexo empapado.
Un grito agudo y entrecortado brotó de la garganta de Vera.
La lengua gruesa y experta de Rodrigo irrumpió en ella sin compasión, recorriendo cada pliegue con una precisión directa y devastadora que le hizo perder el norte al instante.
La chica cerró los puños con fuerza, aferrándose a las sábanas mientras una oleada de calor le incendiaba el vientre.
Sus caderas se arquearon solas, buscando más, pidiendo a gritos una fricción que él le entregaba sin tregua.
—Rodrigo… Ah… Dios —gimió ella, arqueando la espalda, con la respiración rota y la mente completamente en blanco, anulada por el placer—. Joder… cómo me gusta…
Rodrigo no aflojó el ritmo ni un instante. Hundió la lengua sin compasión, bebiendo la humedad de aquel sexo joven que tanto había deseado probar, con las manos clavadas en sus muslos mientras la llevaba, una y otra vez, hacia un descontrol absoluto y salvaje.
—Mírame, Vera —le ordenó él con voz ronca, subiendo la cabeza un instante. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de deseo y dominio—. Quiero ver tus gestos mientras te hago esto.
Ella abrió los ojos mientras sentía cómo él le separaba los labios con los dedos y su boca la devoraba.
—¡Sigue! ¡Sigue haciéndomelo! ¡No pares, por favor! —Las palabras de la joven se quebraron en un sollozo de puro placer mientras sus caderas buscaban, por instinto, seguir el ritmo de su boca.
—¿Te gusta, verdad? —susurró él contra su piel húmeda, interrumpiendo un segundo el ritmo para hablarle en un tono obsceno que avivó aún más el fuego en su vientre—. Te tengo mojadísima, niñata. Eres una zorrita deliciosa.
Esas palabras, lejos de ofenderla, actuaron como un latigazo de placer. La lengua volvió a embestirla con más fuerza, y ella se desarmó por completo.
—Me encanta… Me gusta mucho… Joder, me encanta.
Rodrigo aferró sus caderas con firmeza, inmovilizándola contra el colchón, pero esta vez no se limitó a usar la lengua. Con una precisión experta, deslizó dos dedos de su mano derecha dentro de ella.
El impacto fue total. Un grito desgarrador, casi un aullido, brotó de la garganta de Vera. Sintió cómo la llenaban, cómo estiraban sus paredes internas, un dolor agudo y delicioso que se mezclaba con el calor abrasador de la boca de él succionando su clítoris con un ritmo endiablado.
—¡Más… rápido!… ¡No pares, por favor, no pares! —sollozaba, con la respiración entrecortada, convertida en una súplica continua.
La combinación de la boca experta de él y el movimiento interno de sus dedos alcanzó una intensidad insoportable. Sintió el primer espasmo, una oleada de calor que le recorrió el vientre y subió hasta la cabeza en un estallido de luz blanca.
—¡Ahí… ahí!… ¡Me corro, me corro! —gritó ella—. Hostia, cómo me corro…
Su cuerpo convulsionó con violencia. El primer orgasmo la atravesó de parte a parte, una sacudida que la hizo apretar los muslos contra los hombros de él.
Pero Rodrigo no paró. Al contrario, aprovechó que ella estaba en pleno clímax, con las defensas bajadas y el cuerpo temblando, para redoblar la apuesta.
Siguió succionando con más fuerza, y sus dedos dentro de ella cambiaron el ritmo, volviéndose más profundos, buscando incansablemente el punto de fricción.
Quería comprobar si Vera, al igual que su madre, era capaz de tener varios orgasmos seguidos. No tardó en averiguarlo.
Unos segundos después del primer pico, cuando Vera apenas empezaba a recuperar el aliento, el segundo orgasmo la golpeó con una fuerza aún mayor.
—¡Me viene…! ¡Joder, me viene otra vez!… ¡Ah, Dios, Rodrigo, me muero! —aulló ella, incapaz de controlar su voz.
Fue un segundo clímax más largo, más profundo, más salvaje.
Su pelvis se levantaba sola, buscando el contacto, mientras las embestidas de la boca y los dedos de él no le daban tregua.
Todo su ser era puro temblor, puro placer, puro fuego.
Se sintió completamente vaciada, destrozada por dentro, en el sentido más glorioso de la palabra.
Cayó muerta sobre el colchón, exhausta, empapada en sudor y en sus propios jugos, con el pecho subiendo y bajando con violencia, incapaz de articular palabra, solo pequeños gemidos de satisfacción mientras sentía el peso de Rodrigo sobre ella, y entonces supo que iba a follársela.
Vera, todavía con el cuerpo sacudido por los ecos del clímax, levantó la mano y lo frenó apoyándosela en el pecho, recuperando el aliento con dificultad.
—Espera… ponte un condón —le pidió con voz temblorosa, intentando aferrarse a un atisbo de cordura.
Rodrigo soltó una risa seca, oscura y dominante, y le apartó la muñeca sin brusquedad pero sin darle opción.
—No tengo condones —murmuró con una seguridad absoluta.
Antes de que ella pudiera replicar, la giró con destreza y la puso bocabajo. Vera se incorporó, apoyándose sobre las rodillas y las palmas de las manos.
Rodrigo le acarició las nalgas antes de soltar un manotazo seco que retumbó en la habitación como un latigazo, dejando la carne encendida al instante.
—¡Ay… joder! —protestó ella, contrayéndose por el ardor; luego giró la cabeza hacia atrás para clavarle una mirada de fuego—. Eres un puto animal… —exhaló, con los labios temblorosos.
Él sonrió, saboreando el pulso acelerado de su sumisión, mientras le clavaba los dedos con saña sobre la carne recién marcada.
—Y tú tienes un culazo que pide a gritos ser azotado.
El roce del glande, caliente y pesado, comenzó a tantear su entrada con una lentitud deliberada, provocándole un temblor instantáneo que le recorrió toda la columna. Estaba aterrorizada y ardiendo por dentro a partes iguales.
Rodrigo detuvo el avance por un segundo, quedándose apenas a milímetros del sexo de ella.
—¿Quieres que pare? Aún estás a tiempo de no dejarte follar por un hombre casado.
Vera volvió a girar el cuello con brusquedad, con las pupilas dilatadas y la respiración rota. Hambrienta y superada por la anticipación.