Los Amantes de Mamá Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

Vera sintió el golpe de la frase, pero él ya había vuelto la atención a la carretera. Esta vez decidió no contestar. Sonrió mirando hacia la ventanilla para que Rodrigo no pudiera verlo.

El restaurante estaba en una calle tranquila, lejos del ruido de las grandes avenidas. Era pequeño, con pocas mesas, iluminación tenue y una cocina abierta que dejaba escapar el ruido apagado de platos y conversaciones.

Rodrigo había reservado.

Nada más entrar, un hombre vestido de negro se acercó a recibirlos. Rodrigo dio su apellido y fue suficiente. El hombre sonrió, consultó apenas un instante una pequeña pantalla y los acompañó hasta una mesa apartada.

Vera recorrió el local con la mirada mientras caminaban.

Todo parecía caro sin necesidad de demostrarlo: la madera oscura, las mesas suficientemente separadas para que nadie escuchara la conversación de al lado, la vajilla irregular que parecía hecha a mano y unos camareros que se movían con una discreción casi exagerada.

—Creo que no ha sido buena idea venir. Me siento rara… —murmuró cuando se sentaron.

Rodrigo sonrió mientras abría la carta.

—Solo disfruta de la noche. No pienses en nada más.

Vera cogió la suya y enseguida descubrió un problema bastante más inmediato que su mala conciencia. Reconocía algunas palabras: atún, vieira, pulpo… El resto parecía escrito en una lengua muerta. Recorrió la carta una vez más antes de rendirse.

—No sé qué pedir —admitió, bajando un poco la voz—. No conozco ni la mitad de las cosas.

Rodrigo dejó su carta sobre la mesa.

—¿Te fías de mí?

Vera lo miró por encima de la suya.

—No sé si debería.

Él sonrió.

—Hablo de la cena.

—Ah. Entonces sí.

—Déjame pedir a mí. Así pruebas un poco de todo.

Vera cerró la carta y se la entregó.

—Vale. Pero como me pongas delante algo que todavía se mueva, te lo comes tú.

—Trato hecho.

No tardó en acercarse un camarero. Rodrigo ni siquiera volvió a abrir la carta.

Pidió varios platos para compartir, algunos cuyos nombres Vera fue incapaz de retener, y mantuvo con el camarero una breve conversación sobre uno de los pescados que tenían fuera de carta. Después eligió el vino.

Con la segunda copa, las precauciones empezaron a parecer menos importantes. Vera hablaba más y Rodrigo también. Dejaron de mencionar a Isabel, el trabajo y cualquier otro asunto que pudiera recordarles por qué aquella cena no era del todo inocente.

La conversación se volvió más personal. Hablaron de viajes, de música, de las cosas que Vera echaba de menos del pueblo y de todas aquellas que empezaban a gustarle de Madrid.

Rodrigo le contó algunas anécdotas de cuando tenía su edad y Vera se rio al descubrir que aquel hombre que ahora parecía tener siempre todo bajo control también había hecho unas cuantas estupideces.

Poco a poco dejó de verlo únicamente como el marido de Isabel o el amante de su madre. Allí, sentado frente a ella, era simplemente Rodrigo.

En algún momento, Vera se dio cuenta de que llevaba varios minutos con los codos sobre la mesa, inclinada hacia él. Rodrigo hacía exactamente lo mismo.

Fue el camarero quien terminó rompiendo aquella especie de burbuja al acercarse para preguntar si deseaban algo más.

Rodrigo miró la hora.

—Tráigame la cuenta, por favor.

—¿Efectivo o tarjeta? —preguntó el camarero casi de forma robótica.

—Mejor en efectivo —respondió Rodrigo, sacando la cartera del bolsillo del pantalón.

Mientras esperaban que trajera la cuenta, Vera apuró lo que quedaba de vino en su copa. Habían hablado durante casi dos horas sin silencios incómodos y, lo más extraño de todo, sin que Vera tuviera en ningún momento la sensación de estar cenando con un hombre que le sacaba tantos años.

Rodrigo pagó sin permitirle siquiera ver la cuenta y, pocos minutos después, abandonaron el restaurante. Cuando salieron, el aire frío de la noche golpeó a Vera en las piernas. Lamentó no haberse puesto medias.

—Joder, hace frío.

Rodrigo la miró y sonrió.

—Eso te pasa por venir en minifalda. Para lucir hay que sufrir…

Vera se cruzó de brazos y apretó el paso. El vino le había dejado un calor agradable en el cuerpo, pero no suficiente para combatir el frío de la calle.

Rodrigo caminaba a su lado con las manos metidas en los bolsillos. Durante la cena había conseguido olvidar por momentos todo lo que hacía complicada aquella situación. Pero, fuera del restaurante, la realidad empezó a regresar poco a poco.

Estaba sola, de noche, con el marido de Isabel.

Y no quería que la noche terminara todavía.

Rodrigo señaló un local al otro lado de la calle.

—¿Te apetece tomar una copa?

Vera soltó una carcajada.

—Dijiste solo cenar.

—Puedes decir que no si no te apetece.

Vera lo miró.

—Me apetece tomar algo…

El bar era pequeño, oscuro y bastante más ruidoso que el restaurante. Rodrigo acercó ligeramente la cabeza para poder hablarle al oído por encima de la música.

—Me ha encantado salir a cenar contigo.

Vera sintió su respiración junto a la oreja. No contestó. Cuando él volvió a separarse, quedaron demasiado cerca. Vera levantó los ojos.

El alcohol no tenía la culpa de lo que estaba ocurriendo. Quizá simplemente hacía más difícil seguir fingiendo que no estaba pasando.

—Creo que no deberíamos volver a repetirlo. Estás casado —murmuró ella.

La frase apenas consiguió abrirse paso entre la música. Rodrigo la oyó de todas formas. Su expresión cambió y durante un instante desapareció aquella seguridad con la que había estado jugando toda la noche.

—Podemos irnos si estás incómoda.

La respuesta fue tan rápida que Vera comprendió que hablaba en serio.

Permaneció mirándolo. Tenía la oportunidad perfecta para terminar con aquello. Podía coger el bolso, dejar que Rodrigo la llevara a casa y fingir al día siguiente que aquello solo había sido una cena, demasiado vino y unas cuantas miradas que ninguno de los dos había sabido controlar.

Pero no se movió. Rodrigo tampoco.

—¿Quieres irte? —volvió a preguntar.

Vera bajó los ojos durante un instante. Pensó en Isabel. En aquella casa vacía. En todas las veces que durante los últimos días se había repetido que Rodrigo era precisamente el hombre en el que no debía fijarse. Cuando volvió a mirarlo, él seguía esperando una respuesta.

—No.

Rodrigo dejó escapar lentamente el aire, pero no hizo ademán de acercarse. Fue Vera quien recorrió la poca distancia que todavía los separaba y lo besó.

Fue un beso breve al principio, casi una comprobación. Vera rozó sus labios con los de Rodrigo y se apartó apenas unos centímetros, como si necesitara comprobar su reacción antes de atreverse a continuar.

Durante un instante se quedaron mirándose. Ella mantenía una mano apoyada sobre su pecho y podía sentir bajo la palma el movimiento tranquilo de su respiración. Rodrigo no intentó acercarla de nuevo. Se limitó a sostenerle la mirada, dejando que fuera ella quien decidiera qué hacer después.

Vera tragó saliva. Tenía el corazón acelerado y una sonrisa nerviosa empezaba a dibujársele en los labios. Parecía sorprendida de sí misma, de haber sido ella quien finalmente cruzara aquella distancia que llevaban toda la noche acortando.

—Joder… —murmuró casi para sí—. Perdóname, estoy loca.

Rodrigo sonrió.

Vera bajó la mirada hacia su boca. Esta vez ya no había sorpresa ni vacilación. Volvió a besarlo.

Esta vez Vera se dejó llevar un poco más.

Sintió la tela de la camisa bajo su mano y, casi sin darse cuenta, cerró los dedos sobre ella para mantenerlo cerca.

Rodrigo le rodeó la cintura. Vera dejó de pensar y el beso se prolongó mucho más que el primero.

Ya no tenía nada de prueba ni de vacilación.

Cuando finalmente se separaron, ella permaneció muy cerca de él, todavía con la mano aferrada a su camisa.

Respiraba algo más deprisa y notaba el calor en las mejillas.

Rodrigo sonreía. Ella intentó contenerse, pero acabó sonriendo también.

Había algo extraño y terriblemente excitante en aquella complicidad repentina: los dos sabían perfectamente que acababan de cruzar una línea que llevaban toda la noche bordeando y, sin embargo, ninguno parecía tener demasiadas ganas de regresar al otro lado.

Solo dos hombres la habían besado en toda su vida: su antiguo novio del pueblo y Pablo, con quien estaba empezando una relación que todavía no sabía muy bien hacia dónde iba. Pero ninguno le había hecho sentir nada parecido.

Y entonces pensó en su madre.

Se preguntó qué sentiría Rebeca cuando besaba a Rodrigo.

Si él la miraría de la misma manera antes de acercarse.

Si utilizaría con ella aquella misma seguridad tranquila que tanto la desconcertaba.

Incluso se preguntó cuántas veces habría regresado su madre a casa después de haber estado entre aquellos mismos brazos.

El pensamiento debería haberla incomodado. Sin embargo, le produjo justo lo contrario.

Había algo profundamente morboso en compartir el mismo hombre con su madre.

—Podemos parar aquí —la voz de él la sacó de sus tórridos pensamientos.

Vera lo miró.

—Quiero que me lleves a tu casa.

Rodrigo pagó y salieron.

En el coche hablaron mucho menos durante el regreso. Vera miraba las luces pasar al otro lado de la ventanilla mientras sentía todavía en los labios el recuerdo de sus besos.

Cuando llegaron a casa, Rodrigo abrió la puerta y Vera entró delante de él.

Durante unos segundos ninguno se movió. Después, Vera se volvió hacia él. Esta vez fue Rodrigo quien la besó.

Cuando volvieron a separarse, él le cogió la mano. No necesitó decirle a dónde iban. Vera miró hacia el fondo del pasillo. Sabía qué habitación había allí.

Sintió un último estremecimiento antes de entrelazar los dedos con los de él.

A Rodrigo la urgencia que sentía por la joven no le dio margen para pensar.

Con un movimiento rápido pero medido, la empujó hacia atrás sobre la cama.

Vera cayó de espaldas, exhalando un jadeo ahogado —una mezcla de sorpresa y vértigo— que se disipó al instante al toparse con la intensidad febril en la mirada de él.