Capítulo 38
Vera llevaba apenas un par de horas intentando recuperar la concentración cuando Rodrigo volvió a aparecer en la puerta del despacho.
Esta vez no traía ninguna taza ni parecía tener una excusa preparada. Se apoyó en el marco, cruzó los brazos y permaneció observándola hasta que Vera terminó levantando la vista.
—¿Otra vez entreteniendo a la secretaria de tu esposa? —bromeó Vera.
Rodrigo sonrió con esa media comisura lenta, calculada, que siempre conseguía descolocarla.
—Venía a proponerte algo que se me acaba de ocurrir.
Vera dejó el ratón abandonado sobre la mesa. Aquella frase consiguió despertar inmediatamente su curiosidad.
—Buf… Eso suena peligroso —replicó, intentando inyectar un tono de broma que se le quedó atascado en la garganta.
—¿Qué te parecería salir a cenar hoy conmigo? —preguntó él, cruzando los brazos contra el pecho.
Ella arqueó las cejas.
—¿Una cena?
—Sí. Esa costumbre que tiene la gente de sentarse alrededor de una mesa y comer cuando se hace de noche —dijo Rodrigo con la intención de quitarle importancia.
Vera tuvo que contener una sonrisa.
—Sé lo que es cenar.
—Perfecto. Entonces tenemos medio camino hecho.
Rodrigo entró en el despacho y se sentó en la esquina del escritorio.
—Unos amigos míos han abierto un restaurante y han contratado a un chef internacional, del que todo el mundo habla maravillas.
Ha ganado varias estrellas Michelin —hizo una pausa y la miró a los ojos, como si tratara de averiguar el efecto que estaban causando sus palabras en la joven—. ¿Te gusta la cocina nikkei?
Vera se encogió de hombros como si él le hubiera hablado en sumerio.
—Ni siquiera sé qué coño es eso —sonrió—. Las dos únicas veces que he salido a cenar en Madrid han sido con mi madre y la primera vez fue a un burger y la segunda a un restaurante de comida china.
Él sonrió. Sabía cuánto disfrutaba Rebeca cuando él la invitaba a un restaurante de alta cocina.
—Es una combinación de comida japonesa y peruana muy interesante.
Vera sabía que salir a cenar con él, por inocente que fuera, podía ser peligroso. No porque él intentara nada con ella, pero… ¿y si Isabel se acababa enterando?
—Lo siento, pero no.
Rodrigo pareció sorprendido.
—¿No?
—No —esta vez la respuesta fue aún más rotunda.
—¿Pero por qué? —preguntó sorprendido—. No hacemos daño a nadie por salir a cenar como dos amigos, y yo odio comer solo.
—No creo que a tu esposa le hiciera demasiada gracia que me fuera a cenar contigo —respondió Vera mirándolo a los ojos—. Tú mismo me dijiste, el día que me llevaste a casa desde la facultad, que es muy celosa. Y yo paso de problemas.
Rodrigo mantuvo la sonrisa, pero tardó un instante en responder.
—A veces hablo demasiado… —respondió, burlándose de sí mismo—. Pero te recuerdo que ella no está y no tiene por qué enterarse. Me caes bien y me gusta hablar contigo… eso es todo. Si fueras un hombre, seguro que no habría problemas en que fuéramos amigos.
Ella torció el gesto.
—Será mejor que me vaya —respondió la chica mirando el reloj de su muñeca—. Es más tarde de lo que pensaba. Cenaré en casa.
—¿Con tu madre?
La pregunta consiguió que Vera levantara nuevamente los ojos. Continuamente, la conversación retornaba a Rebeca, como si los dos no pudieran evitar nombrarla.
—No. Mi madre trabaja esta noche.
Rodrigo se quedó quieto.
—¿A estas horas? —preguntó mucho más interesado de lo que quería aparentar.
Vera se dio cuenta. No era una pregunta especialmente extraña, pero hubo algo en la rapidez con la que la formuló que llamó su atención.
—Trabaja en un pub de noche.
Rodrigo asintió despacio. Aquello sí era nuevo.
La última vez que había hablado con Rebeca, seguía en el supermercado.
No le había contado que lo hubiera dejado.
No le gustó demasiado que volviera a su antiguo oficio.
Él mismo la había conocido un par de años antes, trabajando como camarera en un pub de copas, un fin de semana que Isabel estaba en un simposio en Barcelona.
Durante una fracción de segundo sintió la tentación de preguntar cómo se llamaba el local. Pero decidió que no sería prudente hacerlo. «Vera no podría saber nunca que era el amante de su madre». O, al menos, eso creía él.
—¿Y rechazas mi invitación para cenar sola? Eso me ha dolido, Vera.
Ella soltó una carcajada.
—Sé cenar sola.
—Yo también. Simplemente lo detesto.
Rodrigo sonrió de aquella manera que a ella la ponía tan nerviosa.
—Una cena, Vera. No te estoy proponiendo que nos fuguemos juntos a Moscú.
—Menos mal. No soporto el frío y tampoco sé hablar ruso. Eres un poco pesado, ¿no?
La respuesta de ella pretendía sonar sarcástica, pero Rodrigo intuyó una grieta. Una duda.
—Cenamos como dos buenos amigos y después te acerco con el coche a tu casa.
Vera jugueteó con el bolígrafo. Sabía que debería negarse.
—¿Me prometes que Isabel no se va a enterar?
Rodrigo levantó ambas manos en señal de triunfo.
—Será nuestro secreto.
Vera lo señaló con el bolígrafo.
—Y no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa. La de haber ganado.
Rodrigo soltó una carcajada.
—Voy a darme una ducha y a cambiarme de ropa. Así te dejo tiempo para que termines lo que estés haciendo.
Vera asintió y lo vio desaparecer por el pasillo. Cuando escuchó cerrarse la puerta del dormitorio, permaneció unos segundos mirando en aquella dirección antes de obligarse a volver al ordenador.
Terminó el trabajo pendiente, repasó las últimas correcciones y guardó los documentos en la carpeta de Isabel. Rodrigo apareció casi una hora después.
Vera levantó la cabeza al escuchar sus pasos y tardó un instante más de lo normal en volver a mirar la pantalla.
Se había afeitado con esmero. Llevaba unos pantalones oscuros y una camisa blanca recién planchada, desabotonada en el cuello lo justo para exponer el arranque del pecho.
Vera se fijó en la piel firme, tremendamente masculina, en el vello oscuro salpicado por algunas canas y en la cruz de oro que pendía de una cadena fina.
Olía a una colonia amaderada y todavía tenía el cabello ligeramente húmedo y oscurecido por la ducha reciente.
—¿Has terminado? —preguntó Rodrigo.
—Hace rato.
—Entonces podías haberme avisado. He estado haciendo tiempo para que no me llamaras pesado.
Vera apagó el ordenador y se levantó.
—No quería interrumpirte mientras te ponías guapo.
Rodrigo arqueó ligeramente una ceja. La frase pareció divertirlo.
—¿Lo he conseguido?
Vera lo miró de arriba abajo con deliberada lentitud, devolviéndole por primera vez algunas de las miradas que él le había dedicado aquella tarde.
—Muy guapo.
Salieron del piso y Rodrigo cerró la puerta con llave mientras Vera esperaba junto al ascensor. Cuando las puertas se abrieron, él le hizo un gesto para que entrara primero y pasó detrás de ella.
Fue al quedarse los dos encerrados en aquel espacio reducido cuando Vera tomó verdadera conciencia de su tamaño.
Al tenerlo tan cerca, se dio cuenta de que era todavía más alto de lo que le había parecido.
Tuvo que levantar ligeramente la cabeza para mirarlo.
También parecía más corpulento de cerca, con los hombros anchos ocupando buena parte del espejo que tenían detrás y aquella camisa blanca marcándole una espalda que no esperaba en un hombre de su edad.
Vera miró al frente.
En el ascensor se percibía con más intensidad el olor de su colonia, mezclado todavía con el de la ducha reciente. Rodrigo estaba apenas a medio metro de ella y, aunque no hacía absolutamente nada, su presencia resultaba difícil de ignorar.
—¿Qué? —preguntó él al sorprenderla mirándolo en el espejo.
—Nada.
Vera apartó la vista demasiado deprisa. Rodrigo sonrió, pero tuvo la delicadeza de no decir nada más.
El ascensor continuó bajando hasta el garaje. Cuando las puertas se abrieron, Rodrigo volvió a dejarla salir primero.
Vera avanzó unos pasos y miró alrededor. Aquello tampoco se parecía demasiado al garaje de un edificio normal. Las plazas eran amplias, el suelo estaba impecable y apenas había coches corrientes. Mercedes, Porsche, algún Range Rover y varios deportivos que ni siquiera supo reconocer.
Continuaron caminando entre los coches hasta que él sacó las llaves del bolsillo. Vera miró hacia delante, intentando adivinar si sería el mismo en el que Rodrigo la había llevado a casa el día que se encontraron a la salida de la universidad.
No tuvo que esperar mucho para averiguarlo. Las luces de un coche negro parpadearon unos metros más adelante.
Era el mismo deportivo negro que tanto le había impresionado la primera vez.
Vera abrió la puerta y se sentó. El olor a cuero le resultó inmediatamente familiar. También la enorme pantalla del salpicadero y aquella iluminación tenue que recorría el interior.
Rodrigo ocupó el asiento del conductor y cerró la puerta. Durante unos segundos, mientras se colocaba el cinturón y arrancaba, Vera volvió a sentir algo parecido a lo que había experimentado en el ascensor. Allí dentro también lo tenía demasiado cerca.
—¿Preparada? —preguntó él.
—Depende.
—¿De qué?
—De cuánto cueste el restaurante.
Rodrigo sonrió mientras engranaba la marcha.
—Eso es algo que no debería preocuparte cuando te invitan.
El coche comenzó a avanzar lentamente hacia la salida del garaje.
Durante los primeros minutos hablaron de cosas intrascendentes.
Del tráfico, de la facultad, de un profesor de Vera al que Rodrigo conocía de alguna conferencia.
Pero fuera de la casa algo había cambiado.
Ya no estaban protegidos por la excusa del trabajo ni por la presencia invisible de Isabel.
Parecían un hombre y una mujer que habían salido a cenar.
Vera miró por la ventanilla. No quiso pensar demasiado en ello.
—Te has quedado muy callada de repente.
—Estoy pensando —respondió ella.
—¿Tengo que preocuparme?
Vera volvió la cabeza y lo encontró sonriendo mientras conducía.
—¿Siempre eres tan insistente cuando una mujer te dice que no?
Rodrigo la miró fugazmente.
—Solo cuando me interesa de verdad.