Capítulo 37
Rebeca salió de la boca de metro de Callao poco antes de las ocho.
La Gran Vía estaba a rebosar. Turistas cargados con bolsas, parejas que caminaban sin prisa y grupos que se detenían en mitad de la acera, obligando a los demás a esquivarlos.
Durante unos segundos permaneció junto a la boca del metro, orientándose entre el ruido del tráfico y las luces de los escaparates.
Había salido de casa con tiempo de sobra. Aquella era su primera noche en L'Éclipse y Olivier le había pedido que llegara una hora antes de la apertura para enseñarle el funcionamiento del local.
Sacó el teléfono del bolso. Llevaba todo el trayecto pensando en aquella llamada.
Buscó el número de Patrick y pulsó sobre él antes de que pudiera seguir dándole vueltas. El irlandés respondió al tercer tono.
—Hola, Rebeca.
Escuchar su voz volvió a resultarle extraño. Habían pasado demasiados años para que dejara de hacerlo de la noche a la mañana.
—Hola. ¿Te pillo ocupado?
—No. Estaba esperando que llamaras.
Rebeca comenzó a caminar despacio entre la gente.
—He hablado con Vera.
Al otro lado se hizo un silencio. Patrick tardó un par de segundos en contestar y, cuando lo hizo, la ansiedad había cambiado ligeramente su voz.
—¿Y?
—Quiere conocerte.
Rebeca tuvo que apartar el teléfono de la oreja cuando escuchó cómo soltaba el aire.
—Dios… Gracias, Rebeca.
Aquella reacción consiguió que sonriera.
—No te emociones todavía.
—¿Cómo quieres que no me emocione? Llevo…
—Patrick —lo interrumpió con suavidad—. Escúchame.
Esperó hasta estar segura de que tenía toda su atención.
—He pensado que podemos quedar mañana los tres. Tomaremos algo tranquilamente y, si veo que Vera está cómoda, os dejaré solos un rato.
—Me parece perfecto.
—Pero hay una condición.
Rebeca se detuvo ante un semáforo. Frente a ella, los coches atravesaban la Gran Vía formando una corriente casi continua de faros.
—No fuerces las cosas.
—Tienes razón, tendré paciencia.
—Déjame terminar. —Su tono se endureció ligeramente—.
No intentes recuperar en media hora lo que no has hecho en dieciocho años.
No la bombardees con preguntas, no empieces a contarle todo lo que podríais haber hecho juntos y, sobre todo, no esperes que te trate como a un padre desde el primer minuto. Eso tendrás que ir ganándotelo.
Patrick guardó silencio.
El semáforo cambió y Rebeca comenzó a cruzar con el resto de peatones.
—Sé que me equivoqué —dijo él finalmente.
—Lo hiciste —respondió Rebeca.
—También sabes que no todo dependió de mí.
Rebeca apretó los labios. Aquella frase abría una discusión que no estaba dispuesta a mantener en mitad de la Gran Vía.
—Ya tendremos tiempo de hablar de eso. Mañana se trata de Vera, no de ti ni de mí.
—De acuerdo. Tienes razón, lo siento… —respondió Patrick, intentando calmarse.
Rebeca alcanzó la otra acera y tuvo que esquivar a un grupo de turistas.
—Además, ella está enfadada conmigo.
—¿Por qué? —preguntó él.
—¿Tú qué crees? Porque acaba de descubrir que su madre lleva dieciocho años ocultándole quién es su padre.
Patrick dejó escapar un suspiro.
—¿Le has contado todo?
—Lo suficiente.
—¿Le has hablado de Erin y Sean?
—Sí. Eso fue probablemente lo que más la impresionó. Descubrir de repente que tiene dos hermanos no es precisamente una noticia pequeña.
Hubo otra pausa.
—Erin no deja de preguntarme por ella.
—Pues dile que tenga paciencia. Primero tú. Después ya veremos.
Rebeca consultó la hora mientras continuaba caminando.
—Tengo que dejarte. Estoy llegando al trabajo.
—¿Al supermercado?
Rebeca soltó una carcajada.
—Eso se acabó. He vuelto a la noche.
—De repente me apetece una copa —dijo con ironía—. Pásame la dirección.
—Hay muchos bares en Madrid y no pienso decirte dónde trabajo.
Patrick rio al otro lado y durante unos segundos volvieron a hablarse con aquella familiaridad que sobrevivía de manera absurda a los años.
—Mañana te escribo con la hora y el sitio —dijo Rebeca al llegar frente al local—. Y recuerda lo que te he dicho.
—No forzaré nada. Te lo prometo.
—Más te vale.
Guardó el teléfono y levantó la vista.
L'Éclipse ocupaba los bajos de un edificio antiguo y desde la calle resultaba bastante más discreto de lo que había imaginado.
No había carteles luminosos ni fotografías de copas gigantes.
Únicamente el nombre del local, escrito en letras doradas sobre un fondo negro, y una puerta oscura flanqueada por dos grandes ventanales.
Probó el tirador. Estaba abierto. El interior todavía no se parecía demasiado al local que encontrarían los clientes una hora después.
Las luces principales estaban encendidas y dejaban al descubierto todos los detalles que la penumbra nocturna seguramente disimularía: la larga barra de madera oscura, las hileras de botellas perfectamente ordenadas sobre estanterías de cristal, los sofás bajos distribuidos alrededor de pequeñas mesas y una segunda zona, algo más apartada, con varios reservados separados por cortinas gruesas.
En el centro había un pequeño escenario redondo, con tres barras de pole dance distribuidas alrededor.
Olivier estaba sentado en una mesa revisando unos papeles.
—Ah, puntual. Très bien. Eso me gusta mucho. Es una cualidad que aprecio, ¿sabes? En este país tenéis muchas virtudes, pero la puntualidad… —Hizo un pequeño gesto con la mano—. Digamos que no es una de ellas.
—No te acostumbres.
Él levantó la mirada y sonrió.
Durante los siguientes cuarenta minutos la llevó de un extremo a otro del local. Le explicó el sistema de trabajo, qué mesas atendía cada camarera, dónde se preparaban las bebidas y qué clientes podían cargar las consumiciones a una cuenta abierta. Después dejó delante de ella una carta.
Rebeca la abrió y arqueó las cejas.
—¿Treinta pavos por un whisky?
—El L'Éclipse no es una tasca para desarrapados. Gracias a mis chicas tenemos un público muy elitista.
Olivier le entregó la hoja con la lista completa de precios y le señaló las referencias que más se vendían. Rebeca las repasó rápidamente. Champán, coñac, whisky, cócteles y algunas botellas cuyo precio equivalía prácticamente a su antiguo sueldo semanal.
Aquello empezaba a gustarle.
—Y falta lo más importante —anunció Olivier.
Sacó una bolsa negra de debajo de la barra y se la tendió.
—Tu uniforme como camarera del L'Éclipse.
Rebeca introdujo una mano y sacó primero una camisa blanca. Después apareció una minifalda negra.
La desplegó delante de sí.
—¿Esto es una falda o una declaración de intenciones?
Olivier se rio.
—Chérie, con las piernas tan bonitas que tienes, te quedará perfecta. Puedes cambiarte allí dentro —dijo, señalando una puerta.
Al pasar junto a ella, le rozó el muslo y le dio una palmada en el trasero con esa familiaridad que Rebeca intuía que el francés se tomaba con todas sus empleadas.
A ella no le molestó. Al contrario. Olivier le gustaba y, a pesar de todos los rumores turbios que había escuchado sobre él, sobre sus negocios y sus vicios, nunca había tenido motivos para desconfiar. Con ella siempre se había portado bien.
Atravesó la puerta y entró en una especie de camerino. Una hilera de espejos rodeados de bombillas ocupaba una de las paredes y, frente a ellos, se amontonaban cosméticos, frascos de perfume, horquillas y prendas de lentejuelas. En el aire flotaba una mezcla densa de laca, maquillaje y perfume.
Había tres bailarinas cambiándose.
La primera era una nórdica muy joven, alta y de piel clara, con una melena rubia que le caía sobre la espalda desnuda mientras se repasaba los ojos.
A su lado, una mulata de muslos potentes se ajustaba un vestido de pedrería tan corto que apenas le cubría las nalgas, contoneándose frente al espejo con total indiferencia.
La tercera era española, mayor que ellas, de curvas marcadas y coleta alta. Estaba abrochándose los tacones cuando vio entrar a Rebeca y la escrutó de arriba abajo con una insolencia calculada.
—Tú debes ser la nueva. La amiguita de Olivier —soltó con sorna.
Las otras dos pararon lo que hacían y se volvieron a mirarla. Rebeca se sintió expuesta bajo el escrutinio de aquellas mujeres, que desprendían una naturalidad descarada y cruda.
—Me llamo Rebeca. Es mi primera noche en el L'Éclipse —respondió con la voz tensa.
Durante unos segundos, Rebeca tuvo la incómoda sensación de haber entrado en mitad de un ritual privado.
Aquellas mujeres se vestían, se maquillaban y se observaban unas a otras con una desenvoltura que convertía la sensualidad en algo casi profesional, una herramienta de trabajo que sabían exactamente cómo utilizar.
—Yo soy Carmen, aunque aquí todos me conocen como Dama.
Y ellas son Mamba y Yulia —dijo la española señalando con la barbilla un hueco libre frente al tocador—.
Puedes cambiarte ahí si quieres. Aunque será mejor que no dejes nada de valor —añadió, apuntando con la mirada hacia sus compañeras—.
Estas dos, en vez de zorras de lujo, son unas putas urracas.
Rebeca se quitó la ropa con rapidez y se puso el uniforme.
La falda era realmente corta, aunque a ella no le produjo el menor reparo. Se ajustaba bien a sus caderas y dejaba casi todas sus piernas al descubierto.
La camisa era otra historia. Rebeca se la abrochó y se miró en el espejo. Se abrió dos botones. Mucho mejor.
Se arregló el cuello y volvió a contemplarse. El sujetador negro permanecía oculto salvo por una mínima insinuación cuando se movía. Dudó un instante. Después desabrochó un botón más.
«Ahora sí».
Se giró ligeramente frente al espejo y observó el conjunto. El uniforme seguramente no habría superado la aprobación de ningún sindicato del gremio. Sin embargo, ella se sentía mucho más cómoda que con el verde del supermercado.
Cuando iba a salir del camerino, Yulia se plantó frente a ella, bloqueándole el paso. La agarró de la muñeca y apretó con tanta fuerza que le clavó las uñas.
—¿Qué coño haces? —protestó Rebeca, dándole un fuerte manotazo para obligarla a soltarla.
—Tú escúchame bien —soltó Yulia, con el acento ruso endureciendo cada palabra—. Si quitas un solo cliente mío, uno solo, te parto la puta cara. ¿Entiendes? Tú no vienes aquí a tocar lo que es mío.
Rebeca conocía de sobra las reglas de aquel mundo.
En L'Éclipse oficialmente no había prostitución, pero sí salas privadas donde las bailarinas, cuando bajaban del escenario, podían hacer sesiones de baile particulares.
Siempre que se lo solicitara algún cliente.
Sobre el papel, los hombres tenían prohibido tocarlas, pero en la práctica, si la propina era lo suficientemente jugosa, se terminaban rompiendo las reglas.
—Tranquila, gatita, guárdate las garras para cuando te hagan falta —respondió Rebeca, marcando el terreno con frialdad—. Yo he venido a poner copas, no a enseñar las tetas.
Yulia la midió con la mirada, apretó la mandíbula y se apartó lo justo para dejarla pasar.
Rebeca salió del camerino y regresó directamente al pub. Olivier se quedó mirándola.
—Oh là là, ¿ves? Lo que te decía —comentó Olivier al vigilante de seguridad que tenía a su lado—. Con esas piernas, va a volver loco a más de uno.
El vigilante soltó una carcajada y Olivier negó con la cabeza, divertido.
Poco antes de las nueve, el local sufrió una transformación.
Olivier apagó las luces principales y encendió la iluminación nocturna.
La barra adquirió reflejos dorados, las estanterías quedaron iluminadas desde abajo y los reservados desaparecieron parcialmente entre sombras.
Comenzó a sonar música a un volumen lo bastante bajo para permitir conversar sin esfuerzo.
Rebeca contempló el resultado desde detrás de la barra. Ahora sí entendía L'Éclipse.
No era un lugar al que se acudiera para emborracharse. Era un sitio al que cierta clase de hombres iba para sentirse importante. Para pedir una botella sin mirar el precio, hablar de negocios en voz baja y dejar una propina generosa delante de una camarera atractiva.
Y Rebeca era especialista en saber tratar con esa clase de clientes. Llevaba haciéndolo media vida.
Se recogió el cabello, comprobó por última vez que la camisa estaba exactamente como quería y guardó la lista de precios debajo de la barra.
No habían transcurrido ni dos minutos cuando la puerta se abrió. Rebeca levantó la mirada instintivamente.
El primer cliente de la noche acababa de entrar.