Capítulo 36 #2
Vera se sintió cómoda. Quizá demasiado. Con Rodrigo le ocurría algo que no terminaba de comprender: apenas lo conocía y, sin embargo, conversar con él le resultaba fácil.
No necesitaba medir cada frase ni soportar aquellos silencios incómodos que aparecían cuando estaba a solas con un hombre al que acababa de conocer.
Bajó la mirada hacia la taza y bebió un poco de infusión.
—¿En qué piensas? —preguntó Rodrigo.
La pregunta la sobresaltó ligeramente.
—En nada.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque acabas de cambiar de cara.
Vera levantó los ojos.
Rodrigo seguía apoyado en el escritorio, muy cerca de ella. La camiseta marcaba sus hombros y, al tener los brazos cruzados sobre el pecho, parecía ocupar todavía más espacio.
—Pensaba en tu esposa.
Aquello hizo que Rodrigo perdiera parte de la expresión juguetona.
—¿Qué pasa con ella?
Vera dudó antes de responder.
—Nada. Solo que me resulta raro estar aquí sin ella.
Era verdad. Aunque no toda la verdad. Rodrigo descruzó los brazos y se incorporó.
—Si te incomoda, puedo dejarte trabajar tranquila.
El cambio fue tan inmediato que Vera sintió que había dicho algo equivocado.
—No he dicho eso.
—Ya lo sé.
Rodrigo cogió su trozo de tarta.
—Pero tampoco quiero que pienses que estoy aprovechando la ausencia de mi mujer para intentar ligar con una guapa jovencita.
Vera sintió un pequeño vuelco.
La palabra ligar había convertido en explícito algo que hasta entonces ninguno de los dos había nombrado.
Él se llevó la tarta a la boca y se dispuso a salir. Vera lo siguió con la mirada.
—Rodrigo.
Se volvió desde la puerta. Durante un instante, Vera no supo por qué lo había llamado. Simplemente no quería que se marchara.
—Puedes quedarte si quieres. No me incomodas.
Rodrigo no respondió inmediatamente. Aquella vez fue él quien pareció medir cuidadosamente sus palabras.
—¿Seguro?
Vera notó cómo se le calentaban las mejillas.
—Sí.
La sonrisa regresó lentamente al rostro de Rodrigo.
—Eso ha sonado casi como un cumplido.
Arrastró una de las butacas hasta colocarla cerca del escritorio y se sentó. No demasiado cerca, pero tampoco a la distancia que habría elegido el día anterior. Vera intentó regresar al documento. Leyó dos líneas. Después, otras dos.
—Deja el trabajo y habla conmigo —la interrumpió Rodrigo.
—Te recuerdo que tu mujer me paga para trabajar.
—Estamos solos.
La frase quedó suspendida entre ambos. Rodrigo la había dicho sin intención aparente, pero Vera sintió inmediatamente su peso.
Lo miró. Él también había dejado de sonreír. Durante un par de segundos ninguno habló. Rodrigo fue el primero en romper aquella tensión.
—Además, llevas toda la tarde con la misma página.
Vera miró la pantalla.
—Eso es mentira.
—Cuando he entrado, estabas en el apartado cuatro.
—Ahora estoy en el cinco.
—Impresionante productividad. Ahora entiendo que Isabel diga que eres tan buena en tu trabajo —dijo con ironía.
Vera cogió un bolígrafo y se lo lanzó. Rodrigo lo atrapó torpemente contra el pecho.
—Veo que eres una chica de fuerte carácter que aún nadie ha sabido domar. Me gusta…
—¿Domar? —preguntó ella—. Hablas de mí como si fuera una yegua y eso suena fatal… Anda, devuélveme el boli.
—Ven a buscarlo.
Vera lo miró.
Rodrigo sostenía el bolígrafo entre dos dedos, con una sonrisa provocadora.
—No me hace falta, tengo más.
Abrió el cajón del escritorio.
—No sabía que fueras tan cobarde. ¿Me tienes miedo?
Vera levantó lentamente la cabeza.
—¿Perdona?
Ella cerró el cajón.
Rodrigo supo por su expresión que había ganado. Vera se levantó. No pensó demasiado en lo que estaba haciendo hasta que estuvo frente a él. Extendió la mano.
—Dámelo.
—Pídelo, por favor.
—Ni de coña…
Rodrigo levantó la mano para mantener el bolígrafo fuera de su alcance. Vera soltó una carcajada y trató de cogerlo. Fue un juego estúpido.
Precisamente por eso ninguno de los dos estuvo preparado para el momento en que ella perdió ligeramente el equilibrio sobre aquellos botines a los que todavía no se había acostumbrado.
Vera apoyó una mano sobre el hombro de Rodrigo.
Él reaccionó instintivamente sujetándola por la cintura. Y el juego terminó. No porque ninguno dijera nada, sino porque ninguno se movió.
Vera quedó de pie entre sus piernas, con una mano todavía apoyada sobre su hombro. Rodrigo mantenía la suya en la cintura de la joven. Demasiado cerca.
Vera dejó de sonreír. Notó la presión de sus dedos a través de la camiseta y bajó fugazmente los ojos hacia su boca antes de volver a mirarlo.
Rodrigo lo notó. También vio que ella no se apartaba.
Durante un instante tuvo el impulso de acercarla un poco más.
No lo hizo. Aflojó lentamente la mano. No quería precipitarse.
Era demasiado joven y podría asustarse por dejarse arrastrar por un hombre que le sacaba treinta años y que además estaba casado.
Tenía que ir más despacio. Vera no era como su madre.
—Cuidado con los botines de tu madre.
Vera tragó saliva.
—Todavía no sé andar bien en tacones.
—Ya me había dado cuenta. Si quieres, te enseño. Soy un experto, a veces voy a jugar al pádel con los tacones de mi esposa.
Ella le dio un pequeño golpe en el hombro.
—Imbécil.
Pero seguía demasiado cerca.
Rodrigo le tendió finalmente el bolígrafo. Vera lo cogió. Sus dedos se rozaron. Y esta vez ninguno de los dos pudo fingir que había sido un accidente.