Los Amantes de Mamá Capítulo 36
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Capítulo 36

Nada más salir de la ducha, Vera cruzó el pasillo envuelta en una toalla y se metió en su habitación. Como cada mañana, sacó unos vaqueros del armario y los arrojó sobre la cama mientras terminaba de secarse.

Le quedaba poco más de una hora para llegar a clase. Después comería algo rápido en la cafetería de la facultad y, por la tarde, pasaría por casa de Isabel para avanzar con el trabajo pendiente.

Un día cualquiera. La misma rutina de las últimas semanas.

Sin embargo, al cabo de unos segundos desechó la idea de ponerse los vaqueros y volvió a rebuscar en el armario. Isabel no estaría allí. En su lugar encontraría a su marido. Y, por una razón que prefirió no examinar demasiado, aquello cambiaba las cosas.

Sacó una falda negra que había comprado una tarde con su madre y que todavía no había estrenado. Era sencilla, ceñida a la cintura y lo bastante corta para dejar buena parte de los muslos al descubierto sin resultar exagerada.

La dejó sobre la cama y abrió el cajón de la mesilla.

Sacó unas bragas y se las puso antes de coger la camiseta blanca de manga corta que había elegido para combinar con la falda.

Por un momento se planteó no ponerse sujetador.

Su madre apenas lo usaba y siempre decía que no entendía por qué había que llevarlo si una se sentía más cómoda sin él.

Vera se puso la camiseta y se miró en el espejo.

«No».

La tela blanca marcaba demasiado sus pezones y enseguida se sintió incómoda. Se quitó la camiseta, volvió a abrir el cajón y sacó un sujetador. Después se vistió del todo y se plantó frente al espejo.

Se miró de frente. Luego de perfil.

Se recogió el pelo, volvió a soltárselo y se reprendió mentalmente por estar dedicando tanto tiempo a algo que cualquier otro día habría resuelto en cinco minutos.

—No me visto así por él —se dijo en voz alta, como si necesitara oírlo para creérselo.

Precisamente por eso estuvo a punto de quitarse la falda y ponerse los dichosos vaqueros que aún seguían sobre la cama.

Entonces recordó a Rodrigo apoyado contra el marco de la puerta la tarde anterior, descalzo, con las mangas de la camisa remangadas y aquella sonrisa tranquila mientras le preguntaba si volvería al día siguiente.

Iba a ponerse las zapatillas cuando recordó unos botines negros de su madre que había visto un rato antes en el baño.

Fue a por ellos. Eran de piel negra, ceñidos al tobillo y con un tacón bastante más alto de lo que acostumbraba a llevar a clase. Se los puso y aprovechó el espejo de la mampara para contemplarse de cuerpo entero.

Aquello ya no parecía tan casual.

Se quedó unos segundos observando su reflejo, debatiéndose entre quitárselos o admitir, al menos ante sí misma, que le gustaba lo que veía.

Por fin, terminó cogiendo el bolso y marchándose.

Durante toda la mañana tuvo que soportar la incomodidad de caminar por la facultad con unos tacones a los que no estaba acostumbrada. Incluso llegó a arrepentirse de habérselos puesto.

Curiosamente, no se arrepintió cuando, a las cuatro en punto, se encontraba en el barrio de Salamanca frente a la puerta de la casa de Isabel.

Antes de llamar, se alisó la falda con ambas manos y cogió aire. Se irritó consigo misma por sentirse tan nerviosa. Llamó al timbre. Rodrigo tardó un poco en abrir.

—Hola —saludó Vera procurando que su voz sonara completamente normal.

La chica advirtió el instante exacto en que él reparó en cómo iba vestida.

Fue apenas una fracción de segundo. Su mirada descendió por su cuerpo y regresó inmediatamente a su rostro.

Rodrigo permaneció apoyado en la puerta.

Vestía de manera parecida al día anterior, aunque esta vez llevaba una camiseta oscura y unos pantalones de algodón.

Seguía descalzo. Aquella imagen doméstica volvió a producirle una sensación extraña.

Cada vez le costaba más verlo únicamente como el marido de Isabel o como el amante de su madre.

—Has vuelto. Temí que no lo hicieras.

Había cierta satisfacción en su voz.

Rodrigo se apartó para dejarla entrar.

Vera pasó junto a él y percibió su colonia. Durante un instante estuvieron lo bastante cerca para que su brazo rozara ligeramente el de Rodrigo. No supo si había sido accidental y prefirió no preguntárselo.

Mientras ella dejaba el bolso en el mueble del recibidor, Rodrigo volvió a mirarla, pero esta vez Vera no pudo darse cuenta porque estaba de espaldas.

Él pensó por un momento en su esposa. Isabel había vuelto a acertar.

No debería haberle sorprendido. Tenía una inteligencia fría, casi quirúrgica, para observar a las personas y descubrir en ellas cosas que a los demás se les escapaban.

Rara vez opinaba sin estar segura y todavía era más raro que se equivocara.

Vera se había arreglado más de lo habitual. Llevaba una falda bastante más corta de las que solía usar y unos botines que Rodrigo recordaba haberle visto alguna vez a su madre.

Aquello despertó en él cierta cautela. Conocía demasiado bien a su esposa.

A Isabel le encantaba que otras mujeres desearan a Rodrigo.

En el fondo, lo vivía con la misma satisfacción con la que aceptaba una mirada de admiración hacia su coche o un vestido de alta costura: eran cosas exclusivas, al alcance de muy pocas, y que alguien las codiciara no hacía más que confirmar su valor.

Con Rodrigo ocurría algo parecido. Podían mirarlo, desearlo, incluso fantasear con tenerlo. El problema empezaba cuando alguna olvidaba que solo estaba mirando el escaparate.

Rodrigo lo sabía por experiencia. A su esposa le encantaba empujarlo hacia otras mujeres, pero llevaba mal las consecuencias cuando el juego dejaba de existir únicamente en su imaginación y escapaba de su control.

Y la chica le gustaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Era guapa, de eso no había la menor duda; un auténtico bombón por el que cualquier hombre de su edad se volvería completamente loco.

Sin embargo, había mucho más en aquella joven que una cara bonita, una mirada inocente y un cuerpo de infarto.

Vera era la hija de Rebeca, la mujer con la que había explorado los límites del placer y la única por la que habría estado dispuesto a dinamitar su matrimonio y su cómoda posición. Precisamente por eso debería haber sido intocable.

Pero ocurría todo lo contrario.

Aquella prohibición absoluta convertía su atracción en algo todavía más morboso. Sabía que estaba mal, que empezaba a adentrarse en un terreno que incluso para él rozaba lo perverso, y era precisamente esa certeza la que hacía que cada vez le costara más dejar de pensar en ella.

—¿Qué tal Isabel? —preguntó ella al volverse.

Rodrigo necesitó un instante para abandonar sus pensamientos.

—Mejor. He hablado esta mañana con el doctor Pereira. Parece que le está viniendo bien desconectar unos días.

Vera asintió. La respuesta la tranquilizó, aunque no consiguió librarse del todo de la extrañeza que le producía imaginar a Isabel en aquel centro psiquiátrico.

—¿Sigue sin teléfono?

—Sí. Y mejor así. Si se lo devolvieran, mañana estaría pasando consulta desde allí. Ya la conoces…

Vera sonrió. Aquello sí sonaba a Isabel.

—Hoy vienes diferente.

Vera no contestó. Se limitó a sonreír mientras empezaba a caminar hacia el despacho. El sonido de los tacones sobre el suelo de madera hizo que, de pronto, fuera demasiado consciente de cómo iba vestida.

Rodrigo también lo escuchó.

—Bonitos botines.

Vera se detuvo. Miró hacia abajo como si necesitara comprobar de cuáles hablaba.

—Son de mi madre.

Lo dijo esperando ver en Rodrigo alguna reacción. Él, únicamente, sonrió.

—¿Se los has cogido prestados?

La pregunta sonó inocente en la superficie, aunque Vera percibió el filo oculto bajo las palabras.

—Ella me roba la ropa continuamente. He decidido empezar a recuperar pérdidas.

Rodrigo sonrió al imaginar a Rebeca con la ropa de su hija. No tuvo que esforzarse demasiado.

—Seguro que te quedan mejor a ti.

Vera levantó la cabeza.

Rodrigo supo inmediatamente que aquella frase había ido un poco más lejos que las anteriores.

—¿Te apetece una infusión de verbena?

Vera sonrió.

—Sí, por favor.

Continuó hacia el despacho y cerró la puerta a medias. Solo cuando estuvo sola dejó escapar el aire lentamente.

Se sentó frente al escritorio, encendió el ordenador y abrió la carpeta que Isabel había dejado preparada. Intentó concentrarse en las primeras páginas.

No pudo. Miró hacia la puerta entreabierta. Rodrigo había desaparecido. Aquello debería haberla tranquilizado. En cambio, sintió una absurda decepción. Se obligó a bajar nuevamente los ojos hacia el documento.

Apenas había terminado de leer el primer párrafo cuando escuchó sus pasos acercándose por el pasillo. Y sonrió antes incluso de que Rodrigo apareciera con la taza en una mano y un plato pequeño en la otra.

—Servicio de habitaciones —bromeó.

Vera apartó la mirada del ordenador. Sobre el plato había dos pequeñas porciones de tarta de chocolate.

—¿Y eso?

—Lo encontré en la nevera. Isabel lo compró el otro día y, teniendo en cuenta que no está, alguien tendrá que sacrificarse antes de que se estropee.

Vera soltó una carcajada y cerró el documento que estaba leyendo.

—Qué considerado por tu parte.

Rodrigo dejó la taza junto al ordenador y acercó el plato. En lugar de marcharse, se apoyó contra el borde del escritorio. Vera reparó en ello.

Cogió uno de los trozos de tarta con los dedos.

—¿No trabajas nunca?

—Me he cogido unos días, ¿recuerdas?

—Sí, pero pensé que los arquitectos erais de esos que están todo el día contestando llamadas y fingiendo que sois imprescindibles.

—Precisamente por eso de vez en cuando tenemos que desaparecer para que nuestros clientes vuelvan a valorarnos.

Vera mordió la tarta mientras negaba con la cabeza.

—Tienes una opinión altísima de ti mismo.

Rodrigo la observó masticar, divertido.

—Tú tampoco pareces tenerla demasiado baja.

—Yo tengo motivos.

La respuesta fue tan rápida que ambos se echaron a reír.