Los Amantes de Mamá Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

Vera se quedó inmóvil. Era la primera vez en toda su vida que su madre sacaba el tema. Durante unos segundos ni siquiera supo qué responder. Rodrigo desapareció de su cabeza.

—¿Mi padre?

Rebeca asintió lentamente.

—Sí.

—¿Qué pasa con él?

Su madre tomó aire antes de responder.

—Está en Madrid.

Vera dejó los palillos sobre el plato.

—¿Cómo sabes que está en Madrid?

Rebeca levantó finalmente la mirada.

—Porque he hablado con él.

La incredulidad apareció primero. Después, algo mucho más parecido al enfado.

—¿Has hablado con mi padre?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Estuve tomando algo con él hace unos días. Desde hace unos años mantenemos contacto.

Vera echó la espalda contra la silla.

—Joder, mamá…

Rebeca intentó acercar una mano a la suya, pero Vera la retiró instintivamente. El gesto le dolió; se le notó en la cara. Aun así, no protestó.

—Antes de que te enfades conmigo, déjame contártelo todo.

—Llevo toda la vida preguntándote por él y siempre me has dicho que no estabas segura de quién era.

—Lo sé, nena.

—Pues entenderás que esté cabreada.

Rebeca asintió. Esta vez no buscó una excusa.

—Lo entiendo. Y probablemente tienes derecho a estarlo.

Vera permaneció mirándola.

—Entonces cuéntamelo.

Rebeca cogió nuevamente la copa, aunque esta vez no bebió. Se limitó a sujetarla entre ambas manos.

—Conocí a tu padre cuando yo tenía dieciocho años. Él era bastante mayor que yo. Estaba casado y tenía hijos…

Vera levantó la cabeza de golpe.

—Tengo… ¿Tengo hermanos?

Rebeca asintió lentamente.

Una sonrisa amarga apareció fugazmente en sus labios.

—Sí.

Vera se quedó mirándola, esperando que continuara.

—¿Cuántos?

—Dos. Un chico y una chica. Viven en Dublín. Tu padre es de allí.

La respuesta pareció dejarla todavía más desconcertada. Se echó hacia atrás en la silla y se pasó una mano por el cabello.

—Hostia… Tengo dos hermanos.

—Hermanastros —matizó con suavidad.

—Ya sé cómo se llaman, mamá.

El reproche consiguió que Rebeca apretara los labios.

—Perdona.

Vera se levantó y caminó unos pasos por la cocina. Necesitaba moverse para asimilarlo.

—¿Ellos saben que existo?

Rebeca tardó demasiado en responder.

Vera se volvió hacia ella.

—Mamá.

—Hasta hace unos días no. Ahora quieren conocerte.

Vera dejó escapar el aire y apoyó ambas manos sobre la encimera.

De repente tenía un padre en Madrid y dos hermanos en alguna parte, tres personas que habían existido durante toda su vida sin que ella hubiera sabido siquiera sus nombres.

—¿Y su mujer?

—Está al corriente de todo. Y también quiere que os conozcáis.

Vera regresó a la mesa, pero no volvió a sentarse.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos?

Rebeca acarició distraídamente el borde de la copa.

—Poco, unos meses… él iba y venía a Madrid con frecuencia. Pero me enamoré de él como una imbécil.

Vera volvió a sentarse lentamente.

—¿Y él de ti?

Rebeca dejó escapar una sonrisa triste.

—Creo que sí, o por lo menos eso decía.

—¿No le creías?

—Entonces sí. Con dieciocho años me habría creído cualquier cosa que saliera de su boca.

Vera permaneció callada. Le costaba relacionar a la mujer que tenía delante con aquella adolescente de la que hablaba. Su madre siempre le había parecido demasiado segura, demasiado libre, como si hubiera nacido sabiendo exactamente lo que quería y sin necesitar nunca la aprobación de nadie.

—¿Cómo se llama?

Rebeca levantó la mirada.

—Patrick O'Callaghan.

Vera repitió el nombre mentalmente.

«Patrick O'Callaghan».

Por primera vez en dieciocho años, su padre dejaba de ser una figura sin rostro. Tenía un nombre. Una nacionalidad. Una esposa. Dos hijos. Una vida completa de la que ella nunca había formado parte.

—¿Y qué pasó cuando te quedaste embarazada?

Rebeca tomó aire.

—Se lo dije.

—¿Y?

—Quería que abortara.

Vera sintió que algo se endurecía inmediatamente dentro de ella.

—Qué hijo de puta. Ya no sé si quiero conocerlo…

—No lo juzgues tan deprisa.

—¿Cómo coño quieres que no lo juzgue?

—Porque las cosas no fueron tan sencillas. —Rebeca bajó la voz—. Él tenía una familia en Irlanda, dos niños pequeños y una vida montada. Yo tenía dieciocho años, trabajaba de camarera y acababa de decirle que estaba embarazada. Se asustó.

—¿Y tú no?

Rebeca soltó una risa sin alegría.

—Estaba aterrada.

Durante unos segundos ninguna habló.

—¿Pensaste en abortar?

Rebeca sostuvo la mirada de su hija.

—Sí.

La sinceridad de la respuesta desconcertó a Vera.

—¿Y por qué no lo hiciste?

Rebeca sonrió.

—Porque un día fui a la clínica y, cuando estaba sentada esperando a que me atendieran, me levanté y me marché.

—¿Así de simple?

—Así de simple —contestó su madre con rotundidad.

—¿Por qué?

Rebeca se encogió ligeramente de hombros.

—Porque de repente tuve claro que quería tenerte.

Vera sintió que se le humedecían los ojos y apartó la mirada antes de que su madre pudiera advertirlo.

—Joder, mamá…

—No empieces a llorar, que me vas a hacer llorar a mí.

—No estoy llorando.

—Claro.

Vera se secó rápidamente debajo de un ojo con un dedo.

—¿Y él qué hizo?

Rebeca jugueteó unos segundos con el pie de la copa.

—Regresó a Irlanda y yo volví unos meses con la abuela al pueblo. El resto de la historia ya lo conoces.

—¿Y nunca quiso conocerme?

Rebeca negó despacio.

—Dejamos de tener contacto durante muchísimo tiempo. Yo tampoco se lo puse fácil.

Vera frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque estaba enfadada con él. Y conmigo. Y con el mundo entero. —Sonrió con cierta amargura—. Ya me conoces. Cuando me hacen daño, puedo ser bastante hija de puta.

Vera no respondió.

Empezaba a comprender que la historia que había imaginado durante toda su vida quizá nunca había existido.

—¿Y cuándo volvisteis a hablar?

—Hace unos años. Le pidió mi teléfono a una conocida.

—¿Y nunca se te ocurrió decírmelo?

Rebeca bajó la mirada.

—Muchas veces.

—Pero no lo hiciste.

—No. Lo siento…

—¿Por qué?

Esta vez tardó en responder.

—Al principio porque eras demasiado pequeña. Después, porque pensé que acabaríamos perdiendo nuevamente el contacto. Y cuando comprendí que eso no iba a ocurrir… —Rebeca hizo una pausa—. Supongo que tuve miedo.

Vera la miró con incredulidad.

—¿Miedo tú? No te creo.

—Sí, hija. Yo también tengo miedo, como todo el mundo.

Aquella confesión consiguió rebajar ligeramente su enfado.

—¿De qué?

—De que quisieras conocerlo. De que te gustara. De que descubrieras que su familia podía ofrecerte una vida mucho más normal que la que yo te he dado.

—Eso es una gilipollez.

—Probablemente. Los miedos suelen serlo.

Vera permaneció callada.

Rebeca extendió esta vez la mano sobre la mesa. No intentó agarrarla. Simplemente la dejó allí, cerca de la suya.

—Patrick está en Madrid por trabajo. Cuando nos vimos, le conté que estabas viviendo conmigo.

—¿Y qué dijo?

—Que quiere conocerte. Lleva tiempo insistiendo en ello.

Vera tragó saliva.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Después de dieciocho años.

—Sí.

—Mamá, ¿y tú qué quieres que haga?

Rebeca intentó sonreír, pero esta vez le costó.

—Lo que yo quiera no importa.

—Claro que importa.

—Pues quiero que lo conozcas —admitió finalmente—. Y también quiero que después vuelvas aquí y me digas que sigo siendo tu persona favorita.

Vera soltó una carcajada entre lágrimas.

—Eres imbécil.

Vera miró la mano que su madre mantenía sobre la mesa. Esta vez fue ella quien la cogió. Rebeca entrelazó inmediatamente los dedos con los suyos y apretó con fuerza.

—Estoy enfadada contigo —advirtió Vera.

—Lo sé.

—Mucho.

—Lo entiendo.

—Y esto no significa que te haya perdonado.

—Ni se me ocurriría pensarlo…

Vera permaneció unos segundos en silencio.

—Quiero conocerlo.

Rebeca dejó de sonreír.

—¿Estás segura?

Vera respiró profundamente. No lo estaba.

Pero después de dieciocho años de preguntas sin respuesta, ya no quería seguir imaginando quién era su padre.

—Sí.

Rebeca apretó un poco más su mano.

—Entonces hablaré con él.

Vera asintió.

Sobre la mesa quedaron olvidados el sushi, las copas de vino y el teléfono de Vera.

Por primera vez desde que había regresado a casa, no estaba pensando en qué falda se pondría al día siguiente. Ni siquiera estaba pensando en Rodrigo.