Los Amantes de Mamá Capítulo 35
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Capítulo 35

Vera llevaba cerca de una hora en casa cuando escuchó la llave en la cerradura.

Estaba sentada en el sofá con el portátil sobre las rodillas, aunque llevaba varios minutos mirando la misma página sin leer una sola palabra. Su cabeza seguía en casa de Isabel. O, para ser más exactos, en Rodrigo.

Cerró el portátil cuando oyó entrar a su madre.

—Hola, cariño.

Rebeca apareció en el salón cargada con un par de bolsas y dejó las llaves sobre el mueble de la entrada.

Vera la miró de arriba abajo.

Llevaba unos pantalones vaqueros muy cortos y ajustados, deshilachados en los bajos, que dejaban el nacimiento de sus glúteos al descubierto, y una camisa blanca que Vera reconoció inmediatamente porque era suya.

En Rebeca quedaba bastante diferente. Le estaba demasiado ajustada en el pecho y los botones parecían soportar una tensión para la que la prenda no había sido diseñada.

Vera estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo.

—¿Qué? —preguntó Rebeca al advertir cómo la miraba.

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—Esa camisa es mía.

Rebeca bajó los ojos hacia su propio pecho como si acabara de descubrirlo.

—Ah, ¿sí? La cogí del tendedero esta mañana.

—Lo sabes perfectamente.

—Pues me queda bien.

Vera apretó los labios para no reírse.

—Te queda pequeña.

—Eres tú la que vistes siempre con ropa dos tallas más grandes.

Rebeca dejó las bolsas junto al sofá y se inclinó para quitarse las sandalias. Vera volvió a reparar en los pantalones. Ella jamás se habría atrevido a salir a la calle con algo tan corto. Su madre, en cambio, los llevaba con una naturalidad absoluta.

—¿Y esos pantalones?

Rebeca se incorporó.

—¿Qué les pasa?

—Nada. Que como te agaches un poco más, vas a provocar un accidente de tráfico.

Su madre soltó una carcajada.

—Qué antigua eres, hija.

—No soy antigua.

—Tienes dieciocho años y vistes con más recato que mi abuela.

—Y tú tienes casi cuarenta…

—Cuidado…

Vera se echó a reír.

—No he dicho nada.

—Más te vale. Con la edad de una mujer que pasa de los treinta y cinco no se juega.

Rebeca se dejó caer a su lado en el sofá y estiró las piernas sobre la mesa baja. Olía a perfume, a calle y al calor de una tarde que todavía se resistía a terminar.

—Además —añadió mientras empezaba a desabrocharse uno de los puños de la camisa—, hoy estoy de celebración.

Vera volvió la cabeza.

—¿Qué celebras?

Rebeca sonrió.

—Que me han despedido del supermercado.

Vera tardó un par de segundos en reaccionar.

—¿Qué?

—Lo que has oído. Ya no trabajo allí.

—¿Y lo celebras?

—Con todas mis fuerzas. No tendré que madrugar y tampoco que ponerme ese maldito uniforme. Aunque me hacía buen culo…

Vera dejó el portátil a un lado.

—Mamá, ¿qué ha pasado?

—Lo que tenía que pasar tarde o temprano. —Rebeca se encogió de hombros—. Pero me importa una mierda. Ya tengo otro trabajo.

—¿Cuándo coño te ha dado tiempo?

La sonrisa de Rebeca se ensanchó.

—Tu madre tiene recursos y conoce a gente importante.

Rebeca se levantó del sofá y recogió las bolsas que había dejado en el suelo.

—He comprado algo para cenar. No tenía ganas de cocinar.

—Normal. Con el disgusto del despido…

El sarcasmo hizo que Rebeca volviera la cabeza.

—Ni te imaginas. Estoy destrozada.

Entró en la cocina y Vera la siguió, divertida. Su madre dejó sobre la encimera una bandeja de sushi, una ensalada preparada y una botella de vino blanco.

—¿Esto es una celebración?

—Por supuesto. Hoy he recuperado mi libertad. Vuelvo a ser Rebeca Ortiz.

—Hasta que tengas que pagar el alquiler.

Rebeca abrió la nevera y metió la botella dentro.

—Ya te he dicho que tengo otro trabajo. Mejor horario, mejor sueldo y buenas propinas.

Vera se apoyó contra la encimera.

—Venga, cuéntame. ¿Qué ha pasado con Ramón? Decías que le tenías cariño.

Rebeca cerró la puerta de la nevera y durante unos segundos pareció valorar cuánto quería contarle.

—Lo dejé.

—¿Y te ha despedido por eso?

—Digamos que se lo ha tomado bastante mal.

La ligereza desapareció de la expresión de Vera.

—¿Te ha hecho algo?

Rebeca percibió inmediatamente la preocupación de su hija y negó con la cabeza.

—No, cariño. Tranquila. Se puso como un energúmeno, dijo unas cuantas gilipolleces y amenazó con conseguir que me echaran. Nada que no pudiera manejar.

—Y lo ha conseguido.

—Sí —mintió—. Moraleja: Nunca te acuestes con tu jefe.

Vera frunció el ceño.

—Pues no sé qué coño te hace tanta gracia.

Rebeca abrió un cajón y sacó un sacacorchos.

—Que pensaba marcharme igualmente.

—¿Antes de que te despidieran?

—Sí.

Descorchó la botella y sirvió un poco de vino en una copa. Vera la observaba cada vez más intrigada.

—¿Y qué vas a hacer?

La sonrisa regresó al rostro de Rebeca.

—Volver a la noche. Odio madrugar, en serio… Siempre lo he llevado fatal.

Vera cerró los ojos.

—Joder, mamá.

—¿Qué?

—Nada. Que contigo nunca sé si preocuparme o pedir palomitas.

Rebeca soltó una carcajada.

—Pues esta vez puedes estar tranquila. He encontrado un sitio estupendo.

—¿Una discoteca?

—Un pub privado.

—Es casi lo mismo.

—No tiene absolutamente nada que ver.

Rebeca cogió la bandeja de sushi y se dirigió hacia la mesa. Vera aprovechó para sacar dos platos mientras su madre empezaba a explicarle.

—Se llama L'Éclipse. Está en una de las mejores zonas de Madrid y es obscenamente caro. De esos sitios donde te cobran veinte euros por una copa y encima tienes que dar las gracias porque te dejen entrar.

—No soporto a esos pijos… —respondió la joven—. Se creen mejores solo porque tienen un coche grande y ropa de marca.

Rebeca no tuvo en cuenta el comentario y siguió hablando.

—Una amiga mía que trabaja allí me ha contado lo que se saca en propinas si sabes mover bien el culo y sonreír.

Vera torció el gesto.

—Mamá, ¿será una broma? Eso es denigrante para la mujer.

Rebeca soltó una carcajada mientras abría la bandeja de sushi.

—Será para ti. A mí me sale de forma natural.

—No me refería a eso.

—Ya sé a qué te referías. —Cogió los palillos y los separó con un golpe seco—.

Pero te aseguro que me parece bastante más denigrante pasarme ocho horas al día detrás de una caja, deslizando productos por un escáner y aguantando gilipolleces a cambio de un sueldo que apenas da para comer y pagar la luz.

Vera negó con la cabeza, aunque tuvo que contener una sonrisa. Su madre tenía aquella irritante habilidad para justificar cualquier cosa con una seguridad aplastante.

—Además, siempre me ha gustado vivir bien —continuó Rebeca con absoluta naturalidad—. Nunca he entendido qué tiene de admirable conformarse con poco pudiendo aspirar a más.

—Eso último ha sonado muy profundo —dijo Vera con ironía.

—Pues apúntalo. Igual algún día escribes mis memorias.

Rebeca se sentó y cruzó las piernas. La camisa de Vera volvió a tensarse sobre su pecho y esta vez la joven tuvo que contener una sonrisa. Era increíble que una prenda que en ella resultaba completamente normal pareciera otra cosa cuando se la ponía su madre.

—¿Y qué vas a hacer allí?

—Barra, algunas mesas… depende de la noche. Empiezo este viernes.

—¿Y cómo has encontrado trabajo tan rápido?

—Conozco al dueño.

Vera arqueó una ceja.

—Esa mueca no me ha gustado nada… ¿Lo conoces o lo «conoces»?

Rebeca la señaló con los palillos.

—Come y cállate.

Las dos se rieron.

Durante un rato la conversación continuó por terrenos mucho más triviales. Rebeca le habló del local, de los horarios y del dinero que esperaba sacar en propinas. Vera la escuchaba, hacía preguntas e incluso bromeaba con ella, pero su atención se escapaba una y otra vez.

Al día siguiente volvería a casa de Isabel.

Y Rodrigo estaría allí. Se sorprendió imaginando cómo debería vestirse.

La idea apareció con tanta naturalidad que la incomodó.

«¿Y qué más da cómo vaya vestida?» Tenía clase por la mañana y después iría a trabajar.

Eso era todo. Podía ponerse exactamente lo mismo que cualquier otro día.

Pero recordó cómo la había mirado Rodrigo aquella tarde. Su sonrisa cuando le dijo que le vendría bien su compañía. Aquella absurda satisfacción que había sentido al contestarle que regresaría al día siguiente.

—¿Vera?

La voz de su madre la sobresaltó.

—¿Qué?

Rebeca había dejado los palillos sobre el plato y la observaba.

—Te he preguntado dos veces qué tal el día.

—Bien.

—Eso ya me lo has dicho.

—Pues porque ha ido bien. Mamá, a veces te pareces a la abuela y eres muy pesada. Mi vida no es ni la mitad de interesante que la tuya.

Rebeca entrecerró los ojos.

—Estás muy rara, nena.

—No estoy rara.

—Sí lo estás. Eres mi hija y te conozco.

Vera cogió una pieza de sushi únicamente para tener algo que hacer con las manos.

—Solo estoy cansada. Estoy con los exámenes parciales.

Rebeca mantuvo la mirada sobre ella unos segundos. Vera temió que siguiera preguntando y terminara sacándole algo que no quería contar. Su madre podía ser desesperadamente perspicaz cuando se lo proponía. Pero no insistió.

—Bueno —dijo finalmente—. En realidad, casi prefiero que estés distraída, porque tengo que contarte otra cosa y no sé muy bien cómo hacerlo.

El cambio en su voz hizo que Vera levantara la mirada. La sonrisa había desaparecido del rostro de Rebeca.

—¿Qué pasa? ¿Le ha ocurrido algo malo a la abuela?

Su madre negó con la cabeza. Cogió la copa y bebió un poco de vino. Después la dejó sobre la mesa con un cuidado excesivo.

—No, no es eso. Tu abuela está bien. Hablé con ella hace un rato. Lo malo es que tengo que hablar contigo y no sé muy bien cómo abordar el tema.

Vera sintió una punzada de inquietud.

—Mamá, me estás asustando.

—No tienes que asustarte. No es nada malo. Tranquila, hija.

Rebeca bajó la mirada hacia sus manos. De pronto parecía otra mujer.

Había desaparecido la Rebeca descarada que cinco minutos antes bromeaba sobre el dueño de un pub.

Incluso su ropa, aquella camisa demasiado ajustada y los vaqueros diminutos, resultaba extrañamente incongruente con la seriedad de su expresión.

—Es sobre tu padre.