Los Amantes de Mamá Capítulo 34
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Capítulo 34

Vera salió del despacho poco después de las ocho de la tarde.

Rodrigo la acompañó hasta la puerta y esperó mientras se colgaba el bolso.

—Entonces mañana vendrás.

Vera se encogió de hombros.

—Supongo.

—Eso no ha sonado demasiado convincente.

—Vendré —respondió ella con una sonrisa—. Pero porque tengo trabajo pendiente, no para hacerte compañía. Tu esposa no me paga para que haga de niñera.

Rodrigo se llevó una mano al pecho, fingiendo sentirse ofendido.

—Qué poca consideración. Y yo que pensaba que empezábamos a ser amigos.

—Buenas noches, Rodrigo.

Cerró la puerta y permaneció unos segundos inmóvil en el recibidor, escuchando sus pasos alejarse por el rellano.

Esperó. El ascensor llegó con su característico sonido metálico. Las puertas se cerraron y, unos segundos después, comenzó a descender.

Solo entonces Rodrigo sacó el teléfono del bolsillo.

—La palomita acaba de abandonar el nido.

Hubo un breve silencio al otro lado.

—¿Cómo ha ido?

Rodrigo sonrió y comenzó a caminar hacia el salón.

—Bien, todo según lo previsto.

—¿Se ha creído lo del centro?

—Completamente —aseguró Rodrigo.

Isabel soltó una carcajada.

—Pobrecita.

—No te rías. Me ha hecho bastantes preguntas. Es joven, pero no tonta…

Rodrigo pensó en Rebeca, pero se guardó el comentario.

Isabel no sabía que eran amantes. Físicamente, madre e hija no se parecían demasiado, pero él empezaba a descubrir en Vera pequeños gestos que conocía muy bien: cierta manera de sonreír, de ladear la cabeza cuando algo la divertía y aquella forma de caminar moviendo las caderas cuando se sentía observada.

En esos momentos, el parecido con su madre resultaba sorprendente.

—Es guapa, ¿verdad? —preguntó Isabel.

Rodrigo no respondió inmediatamente. Se detuvo a medio camino del salón, con el teléfono pegado a la oreja. Durante un instante volvió a ver a Vera sonriendo antes de entrar en el ascensor.

—Sin duda lo es —admitió finalmente—. Siempre has tenido buen gusto.

Isabel soltó una carcajada al otro lado de la línea.

—Por eso me casé contigo. Recuérdalo siempre.

Rodrigo sonrió y echó a andar hacia el salón. Recogió la taza que Vera había dejado sobre la mesa y comprobó que aún quedaba un poco de infusión en el fondo.

—Siempre me dices lo mismo —comentó—. A veces me sigues haciendo sentir como un gigoló.

—Cuando te conocí, te dedicabas a eso. Puede que todavía te quede algo.

Ella tosió a propósito, como para dar por zanjado el comentario.

—¿Cómo venía vestida?

Aquella curiosidad no lo sorprendía. Conocía demasiado bien a su esposa. Cuando algo despertaba su morbo, Isabel necesitaba conocer cada detalle.

Rodrigo apoyó una cadera contra el borde de la mesa e hizo memoria, aunque la verdad era que no necesitaba esforzarse demasiado.

Se había fijado en Vera desde el mismo instante en que abrió la puerta.

Pero conocía las inseguridades de su esposa y lo último que pretendía era que ella notara que le gustaba demasiado.

—Normal, discreta… supongo que como siempre. Vaqueros ajustados, zapatillas blancas y una camisa de cuadros. ¿Qué esperabas? Venía a trabajar contigo, no a seducir a tu marido.

Isabel volvió a reír, esta vez con aquella risa traviesa que Rodrigo conocía tan bien.

—Mañana vendrá con falda. Ya lo verás.

Rodrigo permaneció callado unos segundos. La seguridad con la que Isabel acababa de decirlo le hizo gracia y, al mismo tiempo, despertó su curiosidad.

—¿Y cómo coño puedes estar tan segura?

—Porque soy mujer. Y porque conozco a Vera bastante mejor que tú. La chica no es tonta y le gustas, mi amor. Lo noté en cómo miró tu foto, la que hay en nuestra habitación, y en la cara que pone cuando le hablo de ti…

—Isabel hizo una pequeña pausa—. Incluso en cómo se probó aquel picardías… Miraba como si intentara averiguar cuál sería tu lado de la cama.

Rodrigo dejó de juguetear con la taza y sonrió. Aquello sí le interesó.

—¿Se probó un picardías delante de ti?

—No cambies de tema.

—No estoy cambiando de tema. Me parece un detalle bastante relevante que habías olvidado contarme.

Isabel soltó una risita.

—Ya habrá tiempo para eso. Lo que intento decirte es que Vera tiene más mundo del que aparenta.

He investigado un poco y también me ha contado algunas cosas.

Se crio con su abuela. Su madre se quedó embarazada con diecinueve años y, por lo que he podido averiguar, debe de ser una mujer bastante… ligera.

Rodrigo arqueó las cejas.

—¿Ligera?

—Ya sabes a qué me refiero. Atea, con serrín en la cabeza, sin estudios… Una ramera que ni siquiera sabe quién es el padre de Vera. Aunque reconozco que es bastante mona.

Rodrigo tragó saliva. Aquel sí era un terreno peligroso. Intentó que su voz no temblara y sonara lo más natural posible.

—¿Ya conoces a su madre? —preguntó, apretando con fuerza los puños.

Ella soltó una carcajada.

—Aún no. Pero la busqué en redes sociales y vi sus fotos. Viste como si tuviera veinte años. Minifaldas, tacones, escotes… En las últimas que subió hace unos días, sale en tanga en una playa.

Rodrigo lo sabía perfectamente. Él mismo le había sacado esas fotos a Rebeca el último fin de semana que pasaron juntos.

Conocía el cuerpo de Rebeca, sus gustos, algunas de sus miserias y bastantes de sus mentiras, pero nunca le había preguntado por el padre de Vera. De hecho, cuanto más lo pensaba, menos sabía realmente de ella.

—¿Rodrigo?

La voz de Isabel lo devolvió a la conversación.

—¿Qué? —preguntó él con rapidez.

—Te has quedado muy callado.

—Solo estaba pensando.

Rodrigo reconoció inmediatamente aquel tono. Isabel estaba sonriendo. Podía imaginársela perfectamente al otro lado del teléfono, disfrutando de cada segundo de aquella conversación.

—¿Y se puede saber en qué pensabas?

—En que tengo muchas ganas de que vuelvas a casa.

—Mentiroso.

Rodrigo dejó la taza sobre la mesa.

—¿Qué quieres que te diga?

Hubo un breve silencio.

—Quiero que me reconozcas que tienes muchas ganas de tirarte a esa niñata.

Rodrigo sonrió.

—¿En serio? ¿Eso es lo que deseas escuchar?

—Quiero oírtelo decir. Y también quiero que me des las gracias…

Él dejó escapar una carcajada. Aquello empezaba a recordarle demasiado a otros juegos que Isabel había iniciado con el mismo entusiasmo.

—¿Estás ahora con tu padre? —preguntó él—. Tienes el altavoz puesto, ¿verdad?

—Dilo.

Rodrigo se pasó una mano por el cabello. Conocía perfectamente a su mujer. Sabía que aquella insistencia la excitaba ahora y que quizá mañana la misma respuesta despertaría todos sus demonios.

Aun así, se la dio.

—Voy a follarme a esa preciosa pelirroja.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio. Rodrigo esperó.

—¿Isabel?

—Estoy aquí.

Su voz había cambiado. Apenas un matiz, pero él lo conocía demasiado bien para no advertirlo.

—¿Te ha molestado? Solo he dicho lo que tú querías oír.

—No.

Rodrigo sonrió con cierta incredulidad.

—Te conozco, Isabel. Seguro que ya estás celosa. Será mejor que vuelvas a casa.

—¿Sabes qué es lo peor de todo? —preguntó ella al tiempo que lanzaba un suspiro.

—¿Qué?

—Que aún no me has dado las gracias por haberla traído a casa. Por eso la contraté.

—Isabel, estás como una puta cabra.

Ella soltó una carcajada tan sonora que él tuvo que apartarse el teléfono de la oreja durante un instante.

—Ya lo sé, mi amor… Pero recuerda que soy tan rica que puedo permitirme ser como me dé la gana…

Rodrigo abrió la boca para responder, pero solo escuchó los breves tonos que anunciaban que la llamada había terminado.