Capítulo 33
Vera llevaba cuatro días sin ver a Isabel.
El viaje a París había alterado su rutina habitual de trabajo.
El jueves, Isabel se despidió de ella hasta el martes, guiñándole un ojo y asegurándole que, a la vuelta, le contaría todo con pelos y señales.
También le dijo que durante el fin de semana tendría el teléfono desconectado.
Vera no le dio demasiada importancia. Después de cómo la había visto unos días antes y teniendo en cuenta el viaje a París, imaginó que simplemente necesitaba descansar y desconectar de todo.
Por eso, cuando el martes por la tarde llamó al timbre de su casa, esperaba encontrarla allí. Sintió un pequeño vuelco cuando fue Rodrigo quien abrió la puerta.
No lo había vuelto a ver desde aquel extraño encuentro a la salida de la facultad y, durante aquellos días, se había sorprendido pensando en él más veces de las que estaba dispuesta a reconocer.
Aquella tarde tenía un aspecto mucho más informal. Llevaba unos pantalones oscuros y una camisa azul con las mangas remangadas hasta los codos y los primeros botones abiertos. Iba descalzo, con el cabello ligeramente revuelto, como si llevara varias horas sin salir de casa.
Vera se sorprendió mirándolo. Le gustaba más así. Había algo peligrosamente atractivo en verlo sin chaqueta, sin corbata y sin aquella apariencia impecable.
—Vera… —Rodrigo pareció sorprendido de verla—. ¿Qué haces aquí?
—Hola. Venía a trabajar con Isabel.
Él alzó las cejas.
—¿Mi mujer no te avisó de que no vinieras?
La pregunta hizo que Vera sintiera inmediatamente que algo no iba bien.
—No. El jueves, cuando nos despedimos antes de que os marcharais a París, me dijo que tendría el teléfono apagado. Según ella, no quería ninguna distracción que no fueras tú…
Rodrigo frunció el ceño.
—¿París? Lo siento, pero no entiendo de qué estás hablando.
Vera sonrió, creyendo que quizá no se había explicado bien.
—Vuestro viaje por el aniversario.
La expresión de Rodrigo no cambió. Se quedó mirándola durante unos segundos, como si estuviera intentando averiguar de dónde había sacado semejante disparate.
—Nosotros no hemos estado en París y nuestro aniversario fue hace un par de meses.
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Vera.
—¿Qué?
—Nos casamos el diecisiete de agosto.
Vera permaneció inmóvil en el recibidor, todavía con el bolso colgado del hombro. Sintió una extraña incomodidad, parecida a la que se experimenta cuando alguien cuenta un chiste y uno tarda demasiado en comprenderlo.
—Pero… —la chica soltó una pequeña risa nerviosa—. Isabel me dijo que celebrabais veintidós años de casados. Me habló del hotel, de los Campos Elíseos… Hasta se compró ropa para el viaje.
Rodrigo bajó la mirada y se pasó lentamente una mano por la mandíbula.
—Joder, Isabel… ¿Por qué nunca veo venir las señales?
No había sorpresa en su voz. Más bien, cansancio. Y aquello inquietó todavía más a Vera.
—¿Qué pasa?
Rodrigo levantó nuevamente los ojos hacia ella. Durante unos segundos pareció debatirse entre explicarle algo o guardar silencio.
—Nada. Pasa, no te quedes ahí.
Rodrigo se apartó para dejarla entrar.
Vera cruzó el umbral todavía desconcertada. Se quitó el bolso del hombro mientras él cerraba la puerta y, por primera vez, reparó en el silencio de la casa. No se escuchaba música, ni el televisor, ni los pasos de Isabel moviéndose de una habitación a otra.
—¿Dónde está? —preguntó.
Rodrigo tardó un instante en responder.
—Tranquila, Isabel está bien físicamente. Pero tiene que descansar.
—¿Está aquí? Quiero verla.
—Lo siento, Vera, pero no está en casa. —Señaló el salón con la cabeza—. Ven, será mejor que te lo explique.
Vera lo siguió. Rodrigo caminaba delante de ella con las manos metidas en los bolsillos y una tranquilidad que contrastaba con la creciente inquietud que empezaba a sentir.
Al llegar al salón, él se volvió.
—Isabel está en un centro privado en la sierra de Madrid. Lleva allí ingresada desde el viernes.
Vera abrió ligeramente los ojos.
—¿Cómo que ingresada?
—Ya te he dicho que necesita descansar de todo.
La respuesta llegó demasiado deprisa.
—Pero… El jueves, cuando me despedí de ella, estaba perfectamente.
Rodrigo negó con la cabeza.
—Mi mujer se esfuerza demasiado. Siempre lo ha hecho. El hospital, los pacientes, las conferencias, ahora el libro… Hay momentos en los que termina completamente agotada y necesita parar. Ella lo llama reequilibrio emocional.
Vera recordó los ojos enrojecidos de Isabel unos días antes de aquel supuesto viaje a París.
La somnolencia. La discusión con Rodrigo.
Sus cambios de humor. Aquella tarde había pasado de hablarle con una dureza que nunca había visto en ella a pedirle perdón, llorar y, poco después, llevarla a su dormitorio para hacerle probar aquel picardías como si nada hubiera ocurrido.
En aquel momento le había parecido extraño. Ahora empezaba a verlo de otra manera.
—¿Y cuánto tiempo estará allí?
—No lo sé. Tres o cuatro días. Quizá una semana. Nunca se sabe…
—Me gustaría ir a visitarla.
—No se permiten visitas. Precisamente va allí para aislarse de todo. Pero hablo a diario con su colega, el doctor Pereira. Él me mantiene informado de cómo está.
Aquello le produjo una sensación difícil de explicar.
Isabel era la mujer más sensata y racional que había conocido.
Una psiquiatra brillante que parecía tener siempre una respuesta para todo.
Descubrir que también ella podía derrumbarse, perder el control o necesitar ayuda hizo que Vera la viera de repente mucho más vulnerable.
Rodrigo debió percibir su desconcierto porque volvió a sonreír.
—No pongas esa cara. No tengo a mi esposa encerrada en un manicomio.
Vera se rio, algo avergonzada.
—No estaba pensando eso.
—Sí estabas pensando exactamente eso.
—Un poco.
Rodrigo soltó una carcajada.
—Es un centro de descanso privado. Isabel lleva años yendo cuando se encuentra demasiado saturada. Le viene bien. —Hizo una pausa—. Muchísimo mejor que quedarse aquí empeñada en demostrar que puede con todo.
Vera asintió.
—Entonces será mejor que me marche. Ya me avisará ella cuando se encuentre bien.
Cogió nuevamente el bolso.
—¿Por qué?
La pregunta la detuvo.
—Porque Isabel no está.
—También puedes trabajar sin ella, supongo.
Vera lo miró.
Rodrigo se encogió de hombros.
—Tiene todo en el despacho. Y si Isabel esperaba que vinieras, habrá dejado preparado lo que quería que hicieras.
—Ya, pero…
—Además, ahora que estás aquí, sería absurdo que te fueras.
Lo dijo con absoluta naturalidad. Demasiada. Vera permaneció unos segundos indecisa.
—Puedo hacerlo desde casa.
—Puedes. —Rodrigo sonrió—. Pero entonces me dejarías solo toda la tarde y, sinceramente, creo que me vendría bien tu compañía. Me he tomado unos días libres en el trabajo para estar disponible por si ella me necesita, pero me estoy muriendo de aburrimiento en esta casa.
—No me das ninguna pena, seguro que sobrevivirás —soltó Vera con malicia.
—Probablemente sí, pero prefiero saber que no estoy solo en casa.
Vera sonrió a pesar de la situación.
—Eres muy listo.
—Eso dice mi mujer…
Aquella mención a Isabel debería haber roto el momento. Pero no lo hizo.
—Anda —dijo Rodrigo señalando el pasillo—. Ve a trabajar. Te prepararé algo de beber.
Vera comenzó a caminar hacia el despacho.
—Una infusión de verbena.
—Lo sé…
La joven se detuvo y giró la cabeza lentamente.
—¿Cómo sabes lo que bebo?
Rodrigo sonrió.
—Porque llevo veintidós años casado con una psiquiatra. Algo se me habrá pegado de observar a la gente.
Vera permaneció inmóvil unos segundos. Después continuó hacia el despacho. No sabía por qué, pero aquella última respuesta acababa de producirle un escalofrío.