Capítulo 32
Ramón se movía sobre Rebeca con una pesadez metódica, siguiendo un ritmo cansino y previsible que a ella ya no le provocaba ni placer ni excitación. Solo aburrimiento.
Rebeca tenía los ojos abiertos, fijos en la moldura agrietada del techo.
«Esta es la última vez», se repetía. «La última».
Y lo peor era que ni siquiera estaba enfadada con Ramón. Simplemente se había cansado de él.
Su mente estaba en otra parte. Veinticuatro horas atrás con otro hombre.
Conocía a Olivier desde hacía más de diez años y se habían acostado al menos una docena de veces.
Francés, elegante, cínico y con dinero. Mucho dinero.
Era un vividor con todas las letras, un hombre acostumbrado a hacer exactamente lo que le daba la gana.
Pero escondía una afición casi enfermiza por los excesos.
Rebeca estaba harta de trabajar como cajera en el supermercado y había decidido regresar al mundo de la noche.
Pero esta vez nada de discotecas ni de locales atestados de borrachos que apenas dejaban propina.
El viernes empezaría a trabajar en L'Éclipse, un pub elegante y obscenamente caro, donde una copa podía costar lo mismo que una cena en cualquier restaurante de su barrio.
Un lugar frecuentado por empresarios, políticos y hombres con dinero que buscaban beber tranquilos, cerrar algún negocio o, simplemente, disfrutar de la compañía de mujeres bonitas.
Rebeca conocía bien ese tipo de hombres. Y también sabía que allí sus sonrisas valdrían bastante más que detrás de la caja de un supermercado.
Ramón suspiró cerca de su cuello. Ignoraba por completo que, bajo sus manos sudorosas, la mujer que tenía debajo ya se había marchado.
—Estoy casi a punto… —dijo él, con la respiración entrecortada, mientras bajaba la boca y empezaba a besarle los pechos con desesperación.
—Córrete —dijo ella, tensando los músculos de la vagina para aumentar la fricción, deseando con cada fibra de su ser que se vaciara de una maldita vez y desapareciera de su vida—. Tengo prisa, he quedado con Vera —mintió con una frialdad glacial, clavando la mirada en la oscuridad de la habitación.
Las caderas del hombre se aceleraron en un par de sacudidas frenéticas, ciegas y torpes, buscando el alivio inmediato que ella le exigía sin disimulo.
Rebeca apenas se inmutó bajo su peso muerto. Mientras sentía cómo el calor de su semen comenzaba a escurrir hacia fuera, su mente ya trazaba el siguiente movimiento, pensando en cómo aprovechar ese preciso instante de vulnerabilidad postcoital para asestar el golpe definitivo.
Él salió de ella con un movimiento lánguido y se dejó caer de espaldas a su lado sobre el colchón, todavía con la respiración agitada y los ojos medio cerrados por el cansancio.
—Ramón, tengo que decirte algo —dijo con voz nerviosa, aunque firmemente decidida a no dar marcha atrás.
Él parpadeó pesadamente, intentando enfocar la mirada en ella. El sudor le brillaba en la frente y el pecho le subía y bajaba con lentitud, aún atrapado en esa especie de modorra estúpida que suele seguir al orgasmo masculino.
—Dime, mi amor —murmuró con voz ronca, frotándose los ojos con el dorso de la mano, sin la menor sospecha de que el suelo estaba a punto de abrirse bajo sus pies—. ¿La zorra de Pilar te ha vuelto a tocar las narices?
—No, no se trata de eso —respondió ella, girándose ligeramente sobre la cama para mirarlo de frente, con los ojos bien abiertos y una claridad mental que contrastaba con la torpeza de él.
Tomó aire, sintiendo que por fin recuperaba el control de su propia vida, y soltó la frase sin contemplaciones, directa y definitiva:
—Quiero que lo dejemos. No quiero seguir con esto.
El silencio cayó sobre la habitación como una losa de plomo. Ramón tardó unos segundos en procesar las palabras, como si su cerebro lento necesitara traducirlas a un idioma que pudiera comprender.
—¿De qué estás hablando? —atinó a decir al fin, incorporándose de golpe, con la incredulidad pintada en la cara y el ceño fruncido—. ¿Qué broma es esta, Rebeca? Pero si hace un minuto estábamos follando como siempre. ¿Es que no te ha gustado?
—Lo siento, Ramón. No me lo pongas más difícil —le cortó ella, con una frialdad glacial que no admitía réplica ni discusión—.
No voy a pasarme la vida siendo la amante de un hombre casado.
Además… —Hizo una pausa deliberada, dejando que el silencio pesara en el aire antes de clavar los ojos en él—.
He conocido a un hombre —mintió, intuyendo que era la mejor excusa.
La confesión cayó como una bofetada sorda en la penumbra. Ramón se quedó completamente helado, con el torso desnudo y brillante de sudor, parpadeando estupefacto como si le hubieran disparado a quemarropa.
—¿Qué… qué has dicho? —balbuceó, incorporándose por completo, con la voz quebrada por una mezcla patética de incredulidad y rabia contenida—. ¿Un hombre? ¿De qué estás hablando, Rebeca? ¿Es que te estás follando a otro?
—Lo nuestro ha estado bien, pero ambos sabíamos que no podría durar demasiado —respondió ella con total naturalidad, levantándose de la cama sin importarle su desnudez, dueña absoluta de la escena—. Dejémoslo como un bonito recuerdo.
—¿Un bonito recuerdo? —Ramón soltó una risa seca, incrédula, mientras las venas de su cuello se hinchaban—. ¿Te estás oyendo, Rebeca? ¡Me estás dejando así, de la noche a la mañana, por otro y pretendes que te diga adiós con una sonrisa! ¿Quién es? ¡Hostias, dime quién es!
Ella no respondió. Sorda a sus gritos, entró en el baño.
Dejó que el agua caliente de la ducha rompiera con fuerza antes de meterse debajo, aún con las marcas del encuentro en la piel.
Se llevó los dedos entre las piernas y se limpió, barriendo el rastro y el calor del semen de Ramón, urgida por despojarse de su presencia.
Unos segundos después, oyó pisadas pesadas y desnudas acercándose. Ramón irrumpió en el baño hecho una furia, con el rostro descompuesto por el terror y la rabia.
—Maldita puta… ¡¿Te crees que te vas a reír de mí?! —bramó fuera de sí, dando un violento puñetazo contra los azulejos de la pared que resonó como un trueno en el espacio cerrado.
Rebeca cerró la llave del agua con total parsimonia. A pesar del temblor interno que intentaba disimular, se giró para mirarlo de frente, lamentando que él no pudiera mantener la compostura y comportarse como un hombre más civilizado.
—Ramón, por favor… No te pongas en evidencia. Ya estás haciendo bastante el ridículo. Al menos, si vas a gritar, ten la decencia de vestirte.
La miró con una mezcla de rabia e incredulidad, como si no terminara de asumir que acabara de hablarle así.
—No juegues conmigo, Rebeca —la amenazó con la voz rota de desesperación, apuntándola con un dedo tembloroso mientras la bilis le quemaba en la garganta—. Crees que eres muy lista, ¿verdad? No eres más que una zorra… Y te juro que te voy a joder la vida.
—¿De verdad? ¿Y qué vas a hacer? —preguntó ella, mirándolo de frente—. ¿Crees que te tengo miedo?
Ramón volvió a golpear la pared antes de responder, pero ella no dio muestras de sentirse intimidada.
—Hablaré con el director de Recursos Humanos o con quien haga falta. Me encargaré personalmente de que te despidan con una mano delante y otra detrás.
Ella no había buscado inicialmente humillarlo, pero se le escapó una risa corta, fría y despectiva, incapaz de tomarse en serio sus amenazas.
—¡Qué hombre tan poderoso eres! ¿Tengo que ponerme a temblar? —respondió burlándose—. Mañana mismo seré yo quien comunique a la empresa que no pienso volver a pisar ese maldito supermercado. Ya estoy harta, coño… Odio ese puto uniforme verde…
Las palabras cayeron como un jarro de agua fría, despojando a Ramón de cualquier autoridad sobre ella. En ese preciso instante, entre el vapor y las lágrimas de rabia contenida que asomaban en los ojos de él, Ramón comprendió con una certeza aplastante que ya la había perdido.
—No eres más que una perra… —masculló él con un hilo de voz derrotada, antes de dar media vuelta y arrastrarse de regreso a la habitación.
Cuando Rebeca salió del baño minutos después, envuelta en una toalla blanca, la escena había cambiado por completo.
Ramón ya no gritaba ni amenazaba; estaba sentado en el borde de la cama, completamente encorvado, con la cabeza enterrada entre las manos temblorosas.
Al sentirla pasar, levantó la vista hacia ella y terminó suplicando lo que nunca creyó que llegaría a pedir:
—No me dejes, Rebeca… Te daré lo que me pidas —balbuceó con la voz rota, al borde del llanto—.
Lo que quieras, te lo juro. He estado mirando pisos, como te dije.
Compraré uno y lo pondré a tu nombre. Podrás vivir allí con tu hija.
Será vuestro. No tendrás que preocuparte por nada…
Solo te pido que sigamos viéndonos dos días a la semana.
Rebeca no respondió.
—Uno —rectificó él de inmediato, asustado por su silencio—. Un día. Con uno me basta. Podemos seguir viéndonos en un hotel, como hasta ahora. No te pediré nada más.
Ella sintió una punzada repentina de lástima al ver aquel desplome emocional.
Caminó descalza sobre la moqueta y se sentó a su lado en el borde del colchón.
Estiró el brazo y le apoyó una mano en la espalda desnuda, sintiendo la piel sudorosa y los músculos tensos que aún temblaban por la frustración.
—Ramón, cariño. Te juro que no quiero verte así… —le dijo con una suavidad genuina, bajando el tono de voz para intentar calmarlo—. Pero tienes que entenderlo… Esto ya no funciona.
—Sí funciona —respondió él inmediatamente—. Claro que funciona. Dime qué necesitas. Lo que sea. ¿Quieres dinero?
Rebeca cerró los ojos un instante.
—No se trata de dinero.
—Entonces dime qué coño quieres.
—Nada.
Ramón levantó la cabeza.
—¿Cómo que nada?
—Que no quiero nada de ti, Ramón. Ese es precisamente el problema. ¿No lo entiendes?
Él se quedó mirándola.
Rebeca retiró lentamente la mano de su espalda.
—Al principio me gustaba todo esto. Las prisas, escondernos, hacerlo donde podíamos… Reconozco que me dabas morbo.
—Pero yo… Rebeca, yo estoy enamorado de ti.
—Ya lo sé.
Aquella respuesta pareció dolerle todavía más.
—Entonces no lo entiendo.
—Porque no hay nada que entender. —Rebeca suavizó la voz—. Las cosas cambian. La gente cambia. Lo que antes me ponía cachonda ahora se ha convertido en rutina. Y no quiero terminar quedándome contigo por pena, por dinero o porque tú no eres capaz de aceptar que se ha acabado. Eso sería mucho peor.
Ramón apretó las manos entre las rodillas.
—Es por ese hombre.
Rebeca tardó unos segundos en responder.
—No. Él simplemente me ha hecho darme cuenta de algo que ya llevaba tiempo sintiendo.
—¿Qué?
Esta vez no buscó una frase que pudiera hacerle menos daño.
—Que me aburro, que cada vez me da más pereza quedar contigo. Que no tenemos nada en común. Lo siento, cielo. Solo espero que algún día puedas perdonarme.
—No me digas que lo sientes.
—Pero es verdad.
Se levantó y empezó a vestirse. Ramón permaneció sentado mientras ella recogía su ropa del suelo. No volvió a preguntarle quién era el otro hombre.
Cuando Rebeca terminó de arreglarse, cogió el bolso y se detuvo frente a él.
—Mañana comunicaré que dejo el supermercado. Así será más fácil para los dos.
Ramón no respondió.
—Cuídate.
Rebeca caminó hacia la puerta.
—Rebeca.
Se detuvo, pero no se volvió.
—Yo sigo queriéndote.
Aquellas cuatro palabras consiguieron que cerrara los ojos durante un instante.
—Lo sé, Ramón.
Abrió la puerta y salió.
Mientras esperaba el ascensor, sintió tristeza, pero también un alivio inmenso. No había terminado como le habría gustado. Quizá aquellas historias nunca terminaban bien.
Las puertas del ascensor se abrieron y Rebeca entró sin mirar atrás.