Los Amantes de Mamá Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—No sé qué idea te has hecho de mí —dijo con cierta dureza—, pero te juro que no voy a abalanzarme sobre ti. No sé cómo son las mujeres en tu pueblo… Pero solo somos dos amigas hablando de lencería. No tienes por qué sentir vergüenza conmigo.

Vera se quedó mirándola unos segundos. Había algo en aquellas palabras que la hizo sentirse un poco ridícula por sus propias precauciones.

Finalmente, asintió, dejó la prenda sobre la cama y, en lugar de dirigirse al cuarto de baño, se quedó allí, frente a Isabel.

Si de verdad eran dos amigas hablando de lencería, no tenía sentido comportarse como si tuviera algo que ocultar.

Se inclinó para quitarse las deportivas blancas y las dejó juntas junto a la cama. Después se desabrochó los vaqueros y se los bajó despacio, quedándose en braguitas y camiseta. Dudó apenas un instante antes de agarrar esta última por el borde y sacársela por encima de la cabeza.

Quedó frente a Isabel únicamente con su sencillo conjunto de ropa interior blanca.

Isabel no le quitaba ojo.

Vera lo notó enseguida. No era una mirada descarada, pero tampoco podía fingir que no la estaba observando. Aquello volvió a despertar en ella un ligero pudor y, casi por instinto, estuvo a punto de cubrirse.

—Tienes un cuerpo precioso y no necesitas demasiado para llamar la atención, pero deberías aprender a sacarte mucho más partido.

—Isabel la contempló un instante, como si ya estuviera imaginando el resultado—.

Mañana nos tomamos un descanso y te llevo de compras.

Vamos a renovar un poco ese armario tuyo.

—¿De compras? —Vera bajó la mirada hacia su ropa y, de repente, se sintió ridícula—. ¿Tan mal crees que visto?

La pregunta le salió más dolida de lo que pretendía. Hasta aquel momento nunca había pensado que hubiera nada malo en su forma de vestir, pero bajo la mirada de Isabel empezó a sentirse vulgar.

—No te enfades, tonta… —Isabel le dio un azote cariñoso en una nalga, un gesto que pilló a Vera tan desprevenida que no supo muy bien cómo interpretarlo—. Déjame cuidar un poco de ti. Siempre me habría gustado tener una hija.

Vera se quedó callada. Aquella última frase debería haber aclarado las cosas y, sin embargo, por alguna razón, no consiguió borrar del todo la extrañeza que le había provocado el gesto anterior.

Se llevó las manos a la espalda y se desabrochó el sujetador.

Se lo quitó despacio y lo dejó caer sobre los vaqueros, consciente de que Isabel seguía cada uno de sus movimientos.

Aquella atención la hizo sentirse observada de una forma nueva, mucho más íntima.

Después enganchó los dedos en la cintura de las braguitas y se las quitó, dejándolas también sobre la cama.

Durante un instante permaneció inmóvil, desnuda frente a ella. Sintió el impulso de cubrirse, pero se obligó a mantener los brazos a los lados. Había aceptado hacerlo allí y ahora echarse atrás le habría parecido absurdo.

Levantó la mirada. Isabel seguía observándola en silencio.

—¿Qué? —preguntó Vera, incapaz de contener una sonrisa nerviosa.

—Nada —respondió Isabel, bajando la mirada directamente hacia su entrepierna—. Siempre pensé que las chicas jóvenes ibais completamente depiladas.

Vera sintió que la sangre le subía de golpe al rostro. Su vello era rojizo, bastante más oscuro que el pelo de la cabeza, y hasta ese momento nunca había pensado que pudiera resultar extraño o anticuado.

Instintivamente, juntó un poco las piernas.

—¿Qué pasa? —preguntó, avergonzada—. ¿Tan raro te parece? Siempre lo he llevado así.

—Al contrario —respondió Isabel, sin apartar inmediatamente la mirada—. Me parece una auténtica exquisitez. Un detalle inesperado que te hace todavía más interesante. Aunque cualquier día voy a llevarte a mi centro de belleza. Yo invito, por supuesto.

Vera arqueó las cejas.

—¿También necesitas arreglarme eso?

Isabel sonrió, divertida.

—No necesito arreglarte nada, cariño. Solo quiero enseñarte todo el partido que puedes sacarte. Déjame jugar un poco contigo y voy a convertirte en toda una señorita.

Vera recogió el picardías de la cama. Después de haberse quedado desnuda delante de Isabel, la prenda parecía haber adquirido un significado distinto. Necesitaba sentirse una mujer de mundo, bonita, elegante, sofisticada… Alejarse para siempre de la vida sencilla que había llevado en el pueblo.

Incluso empezó a encontrar divertido pensar que Isabel pudiera desearla.

Que, mientras la miraba con aquella aparente naturalidad, tuviera las bragas mojadas por ella.

Y entonces pensó en Rodrigo. En que aquella noche, cuando tuviera a su esposa sobre esa misma cama, su olor seguiría allí, prendido en el encaje.

El tejido fue cubriéndole el cuerpo hasta quedar ajustado sobre sus curvas. Vera bajó la vista hacia sí misma, comprobando cómo una prenda tan ligera podía cambiar tanto la imagen que tenía de su propio cuerpo.

—Joder… —murmuró.

Isabel sonrió a su espalda.

—Esa que se refleja en el espejo eres tú, cariño. La prenda solo resalta quién eres. Pero espera un momento, todavía podemos ampliar un poco el efecto.

Isabel abrió el segundo cajón de la mesilla, precisamente aquel donde Vera recordaba que su jefa guardaba el falo de metacrilato con el que había experimentado aquel prohibido e intenso orgasmo. Sacó unas medias negras y se las tendió.

—Siéntate en la cama y póntelas. Voy a buscarte unos zapatos. Es una lástima que mi collar de perlas sufriera ayer un accidente…

Vera obedeció sin pensarlo demasiado. Nunca había llevado unas medias así. Las sostuvo entre los dedos, sorprendida por lo finas que eran, y observó la ancha blonda de encaje que remataba la parte superior.

—¿Y esto no se cae?

—Tienen silicona por dentro —explicó Isabel desde el armario—. Dos bandas. Se adhieren a la piel. No necesitas liguero.

Vera pasó un dedo por aquellas finas tiras transparentes antes de sentarse en el borde de la cama.

Recogió una de las medias entre las manos hasta llegar a la puntera y metió el pie con cuidado.

Luego fue desenrollándola poco a poco sobre la pierna.

Primero el tobillo, después la pantorrilla, la rodilla…

El tejido oscuro parecía transformar su propia piel a medida que ascendía.

Cuando alcanzó el muslo, estiró con cuidado la blonda y presionó ligeramente para que las bandas de silicona quedaran adheridas.

Repitió la operación con la otra.

Al terminar, juntó las piernas y las contempló con una mezcla de curiosidad y fascinación.

—Hostia… —exclamó, llevándose una mano a la boca.

La chica pensó que podría acostumbrarse a ese lujo fácilmente.

—Y todavía faltan los zapatos.

Isabel apareció con unos tacones negros en la mano. Eran de ante, completamente lisos, sin hebillas ni adornos, con la punta ligeramente afilada y un tacón que a Vera le pareció peligrosamente alto.

—Ni de coña me subo yo ahí…

—No te he pedido que corras los cien metros. Póntelos, tonta. Hazlo por mí…

—¿Cuánto tienen?

—Lo justo. Diez centímetros —explicó Isabel.

—¿Diez?

—No pongas esa cara. Para mí son prácticamente zapatillas.

Vera soltó una carcajada y cogió uno. Pesaba sorprendentemente poco.

—Son preciosos.

—Un buen zapato no necesita llamar la atención. Hace que la atención recaiga sobre quien lo lleva. Esa es la diferencia.

Vera introdujo primero un pie y después el otro. Isabel se agachó para comprobar cómo le quedaban y dio por bueno el resultado con un pequeño gesto de cabeza.

—Ahora levántate.

Vera apoyó una mano sobre el hombro de Isabel y se incorporó con cautela.

La sensación fue inmediata.

Su cuerpo buscó instintivamente el equilibrio. Enderezó la espalda, llevó los hombros ligeramente hacia atrás y notó cómo cambiaba la posición de las piernas y de las caderas. Incluso sus glúteos parecían tensarse porque los tacones la obligaban a adoptar una postura distinta.

Dio un paso.

—Madre mía… Me voy a matar con ellos.

—No mires al suelo. No te vas a matar. Pon la espalda recta, da siempre pasos cortos y no pienses en los zapatos. En cuanto dejes de intentar caminar con ellos, empezarás a caminar sobre ellos.

Vera avanzó otro paso, después otro. Al principio lo hizo con una rigidez casi cómica, pero enseguida empezó a encontrar el equilibrio.

Isabel señaló el espejo.

—Ahora mírate.

Vera levantó los ojos. Y esta vez la sonrisa tardó bastante más en aparecer.

Se contempló de arriba abajo, casi incrédula. El picardías, las medias negras, aquellos tacones imposibles…

Todo contribuía a la transformación, pero Isabel tenía razón: debajo de todo aquello seguía estando ella. Solo que era una Vera que jamás había visto.

—Joder… —susurró.

Isabel sonrió a su espalda.

—Exactamente. No me digas que no te dan ganas de follarte a ti misma.

De meterte los dedos hasta quedarte afónica de tanto gritar —hizo una pausa, dejando que las palabras hicieran su efecto—.

Irradias tanta feminidad… pero sobre todo desprendes poder.

Mucho más de lo que ahora eres capaz de imaginar.

Vera se rio de la ocurrencia sin apartar los ojos de su reflejo. Pero, bromas aparte, Isabel tenía razón.

Y entonces pensó en Rodrigo. En la cara que pondría si entrara en aquel momento en la habitación y la encontrara vestida así. Imaginó su mirada recorriéndola de arriba abajo y sintió un cosquilleo inmediato en el estómago.

Lo inquietante fue que no apartó aquel pensamiento.

Al contrario. Le gustó.

Por primera vez no pensó en Isabel. Tampoco en su madre. No sintió culpa ni buscó una excusa para justificarse. Se quedó contemplando su reflejo, disfrutando de aquella sensación nueva y peligrosa.

Deseaba que Rodrigo la viera así. Y reconocerlo la excitó todavía más.