Los Amantes de Mamá Capítulo 31
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Capítulo 31

Vera llamó al timbre a las cinco en punto.

Tuvo que esperar bastante más de lo habitual. Incluso llegó a pensar que Isabel no estaba en casa y ya estaba buscando las llaves en el bolso cuando escuchó unos pasos al otro lado de la puerta.

Isabel abrió. Vera tardó un instante en disimular la sorpresa. Nunca la había visto así.

Estaba descalza y llevaba únicamente unas braguitas negras y una camisa de cuadros de franela, que por la talla, Vera pensó enseguida que debía de ser de Rodrigo.

Tenía el cabello completamente despeinado, aplastado por un lado, y la cara limpia de maquillaje.

Pero lo que realmente llamó la atención de Vera fueron sus ojos.

Estaban hinchados y enrojecidos, como si hubiera dormido mal o hubiera pasado horas llorando.

—Hola —saludó Isabel con la voz mucho más apagada de lo habitual.

—Hola, ¿estás bien?

—Sí. Pasa. Perdona, no sabía ni la hora que era.

Se apartó para dejarla entrar. Vera lo hizo sin dejar de observarla. Isabel caminaba despacio, arrastrando ligeramente los pies, y parecía tener dificultades incluso para mantener los ojos completamente abiertos.

—Acabo de despertarme —explicó al darse cuenta de cómo la miraba—. Me dolía muchísimo la cabeza y me he tomado un calmante después de comer. Me ha dejado medio muerta.

—Tienes mala cara.

—Gracias, cariño. Siempre sabes cómo hacer sentir bien a una mujer.

La broma habría resultado habitual en ella, pero aquella tarde ni siquiera sonrió al decirla.

Vera dejó el bolso sobre el mueble del recibidor.

—Si quieres, me voy. No pasa nada, volveré mañana.

—No. Ya te he dicho que estoy bien… No seas pesada.

La respuesta fue más seca de lo necesario. Isabel cerró los ojos durante un instante y se llevó una mano a la frente.

—Perdona. No quería decirlo así. —Respiró profundamente—. Quédate. Dame diez minutos. Me doy una ducha, me visto y nos ponemos a trabajar.

—Vale.

Isabel pareció advertir su reacción, pero no dijo nada. Se volvió y comenzó a caminar por el pasillo.

—Puedes ir encendiendo el ordenador. Los documentos que necesitamos están encima del escritorio.

Vera la siguió con los ojos hasta que desapareció en el dormitorio.

Algo había ocurrido.

No era únicamente el cansancio ni el efecto del calmante.

Vera conocía ya suficientemente bien a Isabel para saber que aquella mujer que acababa de abrirle la puerta no se parecía en nada a la que normalmente la recibía con dos besos, una sonrisa y alguna conversación antes siquiera de ponerse a trabajar.

Entró en el despacho y se sentó. Mientras esperaba, volvió a recordar las palabras de Rodrigo.

«Será mejor que no le comentes a Isabel que nos hemos visto».

Sintió un pequeño nudo en el estómago.

«¿Se habría enterado?»

La posibilidad empezó a parecerle mucho menos absurda cuando Isabel regresó unos quince minutos después.

Se había duchado y llevaba el cabello todavía húmedo, peinado hacia atrás.

Se había puesto unos pantalones vaqueros y una camiseta básica de algodón, pero ni la ducha había conseguido borrar el cansancio de su rostro.

Seguía teniendo los ojos enrojecidos y una expresión seria que Vera nunca le había visto.

—Bueno —dijo Isabel mientras tomaba asiento—. Vamos a trabajar.

Vera asintió.

Y durante los siguientes minutos empezó a tener la incómoda sensación de que quizá el problema que tenía Isabel estaba sentado precisamente al otro lado de su escritorio.

Durante los primeros minutos apenas hablaron.

Isabel se limitó a indicarle los cambios que quería hacer y Vera comenzó a introducirlos en el documento.

No había preparado las infusiones y tampoco hizo ninguno de aquellos comentarios que normalmente terminaban desviándolas del trabajo durante un buen rato.

Vera intentaba concentrarse, pero cada poco levantaba los ojos hacia ella.

Isabel estaba sentada al otro lado del escritorio revisando unas hojas. Parecía más despejada, aunque seguía teniendo mala cara. En un par de ocasiones se frotó las sienes y cerró los ojos durante unos segundos.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó Vera nuevamente—. Me tienes preocupada.

Isabel ni siquiera levantó la cabeza.

—¿Quieres dejar de preguntarme todo el rato lo mismo y dejar de meterte donde no te importa?

Vera se quedó mirándola, sorprendida por la brusquedad.

—Solo estaba preocupada por ti.

—Pues no necesito que estés pendiente de mí. Limítate a hacer tu trabajo.

Aquello sí dolió.

Vera bajó la mirada hacia el ordenador y no respondió. Se limitó a colocar las manos sobre el teclado y continuó trabajando.

El silencio que siguió resultó mucho más incómodo que cualquiera de los anteriores.

Isabel tardó apenas unos segundos en darse cuenta de lo que acababa de hacer.

—Joder… —murmuró.

Vera siguió mirando la pantalla.

—Vera.

—¿Qué?

—Mírame, por favor.

Ella levantó los ojos.

—Lo siento. No tenía ningún derecho a hablarte así.

«Quizá lo sabía», pensó Vera.

Intentó reconstruir mentalmente todo lo sucedido el día anterior. Rodrigo la había recogido frente a la facultad. Habían caminado juntos hasta el aparcamiento. La había llevado a casa. No habían hecho nada malo. Nada.

Vera se encogió de hombros y volvió a mirar el ordenador.

—Estás cansada. Lo entiendo.

—No. —Isabel se levantó—. Estar cansada no me da derecho a hablarte así. Debería controlarme.

Rodeó el escritorio y se sentó en el borde de la mesa de Vera.

—Ayer tuve una bronca horrible con Rodrigo —le confesó.

Vera sintió un vuelco en el estómago.

—Vaya… lo siento mucho, Isabel.

Isabel suspiró antes de responder.

—Fue una de esas discusiones que empiezan por una gilipollez y terminan sacando mierda de hace años.

—Seguro que todo se solucionará —murmuró Vera, todavía algo cohibida por la respuesta anterior.

La sonrisa de Isabel desapareció casi enseguida.

—Empecé a provocarlo, él terminó cabreándose y… bueno, acabamos fatal.

Vera la observó con atención.

—¿Y por eso has estado llorando?

Isabel bajó la mirada.

—¿Se nota tanto?

—Tienes los ojos rojos.

Se pasó los dedos por debajo de los párpados.

—Me mandó dormir a la habitación de invitados.

Vera frunció el ceño.

—¿Te mandó?

—Sí.

—¿Y tú te fuiste? —preguntó Vera, sorprendida de que una mujer con la personalidad de Isabel permitiera que su marido decidiese incluso dónde tenía que dormir—. También podía haberse ido él.

Isabel la miró como si no entendiera sus palabras.

—Eso lo dices porque nunca has estado enamorada hasta las trancas de un hombre como Rodrigo. Cuando quieres tanto a alguien, a veces tragas con cosas que no aceptarías de nadie más. Además, ya te he dicho que yo tuve la culpa.

La forma en que lo dijo hizo que Vera guardara silencio.

—Mi marido es un hombre muy orgulloso. Lo pasó muy mal durante su infancia.

Su madre era una… —Isabel se detuvo y negó con la cabeza—.

Bueno, eso da igual. Pero ese orgullo también es su peor defecto.

Puede estar días enfadado. Alguna vez se ha tirado semanas prácticamente sin tocarme. Y yo no puedo soportarlo, Vera.

—¿Qué tiene que ver su madre con todo esto? —preguntó Vera, interesada en ese punto.

Isabel volvió a negar con la cabeza. Después bajó la voz de manera casi instintiva, como si temiera que alguien pudiera escucharla.

—Su madre era prostituta —confesó finalmente—. Rodrigo creció viendo entrar y salir a hombres desconocidos de su casa. Muchas veces tenía que quedarse en su habitación mientras ella se encerraba con ellos en el dormitorio. Escuchándolo todo al otro lado de la pared.

Vera la miró sorprendida.

—Joder… no tenía ni idea.

—Nadie lo sabe —dijo Isabel bajando todavía más la voz—. Pero dejemos eso ahora. Quiero enseñarte una cosa.

Antes de que pudiera preguntarle qué, la cogió de la mano y tiró suavemente de ella.

Vera la siguió por el pasillo y sintió un pequeño vuelco cuando entraron en el dormitorio.

Era la segunda vez que pisaba aquella habitación.

La primera lo había hecho a escondidas, cuando apenas llevaba unos días trabajando para Isabel.

Miró el pequeño joyero que había sobre la cómoda y se preguntó si aún estaría allí guardada la extraña nota que Isabel había escrito sobre su padre.

—Una mujer tiene que tener sus armas —explicó guiñándole un ojo.

Sacó un picardías negro de encaje y lo sostuvo delante de su cuerpo.

—¿Qué te parece? Es sexy, ¿verdad?

Vera sonrió.

—Es precioso. Estoy segura de que a tu marido se le olvidará el enfado en cuanto te vea vestida con él.

Isabel contempló la prenda con una sonrisa satisfecha.

—Esa es la intención. También he comprado champán y fresas. Esta noche pienso recibirlo como se merece.

Vera se acercó y tocó el delicado encaje.

—Es precioso —repitió, observándolo de cerca.

—Y obscenamente caro. Es de Lise Charmel —explicó Isabel—. Una auténtica barbaridad para cuatro trozos de encaje, pero fue verlo y enamorarme. —Volvió a extenderlo sobre su cuerpo y se miró en el espejo—. ¿Quieres probártelo?

Vera la miró sorprendida.

—¿Yo? No… por supuesto que no —respondió Vera con timidez, como si no mereciera llevar algo tan sofisticado.

—Claro, tonta. Verás lo que se siente… Es como la primera vez que una mujer se sube a unos buenos tacones. No sabes muy bien qué ha cambiado, pero de repente te sientes mucho más poderosa.

Vera sonrió y negó con la cabeza. Hacía apenas unas semanas, jamás habría imaginado mantener una conversación así con ella. Mucho menos estar en su dormitorio, hablando sobre tacones y un picardías que probablemente costaba más que toda la ropa que había llevado a Madrid en la maleta.

Sintió el impulso de probarse aquella prenda de lencería fina, tan cara que era consciente de que quizá nunca volvería a tener una oportunidad semejante. Quería verse reflejada en el espejo con ella puesta, comprobar si Isabel tenía razón y realmente podía hacerla sentir diferente.

Extendió la mano para cogerla, con intención de irse a probársela al cuarto de baño, pero Isabel adivinó sus intenciones.