Los Amantes de Mamá Capítulo 30
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Capítulo 30

Vera encontró a su madre en la cocina cuando llegó a casa. Rebeca estaba preparando algo de comer, todavía con la ropa del supermercado. Había dejado el teléfono apoyado contra el frutero y escuchaba música mientras cortaba tomates sobre una tabla.

—Pensaba que aún estarías trabajando —dijo Vera dejando la carpeta sobre la mesa.

—Hoy he salido antes. Les he dicho que estaba mareada. ¿Qué tal las clases?

Vera abrió la nevera y sacó una botella de agua. Seguía pensando en el trayecto en coche, en la conversación y, sobre todo, en las últimas palabras de Rodrigo antes de despedirse.

Espero que volvamos a vernos pronto. Me gusta mucho hablar contigo.

—Ve poniendo la mesa —dijo Rebeca sacándola de sus pensamientos.

Vera cogió dos platos del armario. Durante unos minutos hablaron de cualquier cosa. De la universidad, de una compañera que quería organizar una cena y de los planes para el fin de semana. Vera se forzó a comportarse con absoluta normalidad.

Entonces el teléfono de Rebeca se iluminó sobre la mesa.

Su madre echó un vistazo al mensaje y sonrió antes de dejarlo de nuevo donde estaba. La chica se fijó en aquella sonrisa.

—¿Es de Tony? —preguntó Vera.

—Qué cotilla eres.

—Entonces sí.

—Pues no. Listilla… —respondió Rebeca con ironía.

Vera colocó los cubiertos.

—¿Rodrigo?

Rebeca volvió la cabeza.

—¿Por qué tiene que ser Rodrigo?

—Porque si hubieras sonreído así por el viejo del supermercado empezaría a preocuparme.

Rebeca soltó una carcajada.

—Si lo sé, no te cuento nada de Ramón. Era Laura, cotilla.

—Ah. Vale.

Continuó colocando la mesa.

—Nunca me has contado cómo conociste a Rodrigo.

Rebeca la miró durante un instante.

—¿A Rodrigo?

—Sí.

—¿Y a qué viene eso ahora?

Vera se encogió de hombros.

—A nada. El otro día me acordé de él. Me has contado cómo conociste a Tony, a Enrique y hasta alguna historia de cuando eras joven, pero de Rodrigo no sé prácticamente nada. Y bueno… ¿Qué quieres que te diga? Soy curiosa y no deja de ser el marido de mi jefa.

Rebeca lanzó una carcajada. Le parecía maravilloso haber alcanzado aquella confianza con su hija.

Apenas unas semanas atrás habría resultado impensable mantener una conversación semejante con ella.

Ahora Vera le preguntaba por sus amantes con la misma naturalidad con la que podría preguntarle por una amiga.

—Lo conocí cuando trabajaba de camarera en un bar de copas.

Vera se llevó el vaso a los labios y bebió despacio, como si necesitara esos segundos antes de continuar.

—¿Él se acercó a ti?

—Coincidimos varias veces. Él iba bastante por allí. Al principio fueron miradas, después empezamos a saludarnos y un día terminamos hablando.

—¿Y sabías que estaba casado?

—Desde el principio.

Aquello interesó a Vera bastante más de lo que quería demostrar.

—¿Y no te importó?

Rebeca se encogió de hombros.

—¿Por qué iba a importarme? Yo no buscaba un marido. Únicamente pasármelo bien.

—Ya, pero él sí tenía mujer.

—Eso era su problema, no el mío. Las mujeres a veces somos demasiado tontas para esas cosas; los hombres suelen tener menos prejuicios. Ya sabes… cosas del patriarcado en el que nos hemos criado.

Vera bajó la mirada hacia el plato. Isabel apareció inmediatamente en sus pensamientos. Seguro que no era la primera vez que Rodrigo engañaba a su esposa, y comprender eso le dolió profundamente.

—¿Y te gustó desde el principio?

Rebeca sonrió.

—Muchísimo. Es guapo, culto, viste muy bien y puede hablar de cualquier cosa. Es de esos hombres de los que enseguida notas que están acostumbrados a moverse en otros círculos.

—¿Y lleváis mucho tiempo? —preguntó demasiado rápido.

—Casi dos años.

—Joder… —murmuró Vera, visiblemente sorprendida.

Había imaginado que lo de Rodrigo sería otra de las muchas historias de su madre, quizá algo más frecuente que las demás, pero no una relación que llevara tanto tiempo.

—¿Os veis mucho?

Rebeca entrecerró los ojos.

—¿Quieres que te pase también un calendario?

Vera se echó a reír.

—Vale, vale. Solo preguntaba.

Rebeca continuó comiendo sin conceder ninguna importancia a la conversación.

—¿Y tú por qué estás tan interesada de repente en mi vida amorosa?

—Porque hasta ahora la imagen que tenía de ti se había formado casi siempre a partir de lo que me contaba la abuela, y ya sabes lo que opina… —Vera bajó la mirada durante un instante—. Además, siento que estoy recuperando todo ese tiempo que no estuvimos juntas.

Rebeca dejó de sonreír. Aquellas palabras la habían pillado desprevenida.

—Joder, Vera… No me digas esas cosas, que al final voy a ponerme a llorar.

Vera sonrió.

—Qué tonta eres.

Rebeca alargó la mano por encima de la mesa y apretó la de su hija.

—A mí también me gusta que estés aquí, mucho más de lo que imaginaba.