Capítulo 29
La clase terminó poco después de la una. Vera salió de la facultad acompañada de Lucía y Marta, dos compañeras con las que últimamente había empezado a pasar bastante tiempo. Llevaban varios minutos discutiendo sobre un trabajo de clase mientras bajaban las escaleras de la entrada.
—Te juro que como vuelva a decir que ese tema «ya deberíamos saberlo», me levanto y me voy —protestó Marta.
—No te vas ni aunque se incendie la facultad —se rio Vera—. Eres la única que copia hasta cuando borra la pizarra.
—Porque luego venís las dos a pedirme los apuntes.
Vera estaba a punto de responder cuando vio a un hombre al otro lado de la calle levantar una mano para llamar su atención.
Tardó apenas un instante en reconocerlo.
Rodrigo.
Estaba junto a la entrada de una cafetería, con una carpeta bajo el brazo y la chaqueta abierta. Al comprobar que Vera lo había visto, sonrió.
Sintió una punzada de sorpresa, seguida de un pequeño vuelco en el estómago que la incomodó precisamente por lo espontáneo que había sido.
—¿Quién es? —preguntó Lucía.
—Es el marido de Isabel, la psiquiatra para la que trabajo.
—Joder… pues no está nada mal el madurito —comentó Marta sin molestarse en bajar demasiado la voz—. Tiene su punto.
—Calla, idiota.
Vera se despidió de ellas y cruzó la calle. Rodrigo avanzó unos pasos para recibirla.
—Qué casualidad —la saludó él.
—Hola, Rodrigo. No esperaba verte por aquí.
Él se inclinó y le dio dos besos con una familiaridad que Vera no esperaba. El aroma de su colonia le resultó inmediatamente reconocible y, durante aquel brevísimo contacto, volvió a experimentar la misma sensación que había sentido el día que lo conoció en su casa.
Se dijo que no significaba nada. Que simplemente le caía bien. Aun así, no pudo ignorar lo mucho que le había gustado verlo.
—¿Qué haces por aquí? —preguntó.
Rodrigo señaló vagamente hacia una de las calles laterales.
—He venido a ver a un cliente. Estoy reformando un local aquí cerca y quería hacer unos cambios. Lo de siempre…
—Ah —respondió ella secamente.
—Y cuando iba hacia el coche, te he visto salir. —La miró con una sonrisa—. Aunque por tu cara parece que piensas que llevo toda la mañana esperando en la puerta de tu facultad.
Vera se rio.
—No he puesto ninguna cara.
—La has puesto.
—Pues sería de sorpresa.
Rodrigo miró hacia el edificio.
—¿Has terminado por hoy?
—Sí. Los viernes solo tengo clase por la mañana.
—Qué buena vida. Recuerdo cuando estudiaba Arquitectura y trabajaba de camarero en el club de hípica, entre otras cosas, para poder pagarme la carrera.
Vera lo miró sorprendida.
—No sabía que habías tenido que trabajar para pagarte la carrera. Pensaba que eras el típico niño de familia con dinero que lo había tenido todo fácil.
Rodrigo soltó una carcajada.
—¿Por qué? ¿Tengo cara de que me planchaban hasta los calcetines?
—Un poco, sí —respondió ella riéndose—. Tienes pinta de no saber ni dónde está la plancha.
Comenzaron a andar sin que ninguno de los dos pareciera haber decidido realmente hacerlo.
Vera llevaba la carpeta pegada al pecho y escuchaba a Rodrigo hablar de la reunión que acababa de tener.
Intentaba comportarse con naturalidad, pero era demasiado consciente de que caminaba junto al marido de Isabel.
Y, peor todavía, del amante de su madre.
—¿Vas a casa? —preguntó Rodrigo.
—Sí.
—Tengo el coche en un parking de aquí al lado. Si quieres, te acerco.
Vera respondió demasiado deprisa.
—No, gracias. No hace falta.
Rodrigo volvió la cabeza hacia ella.
—No he dicho que haga falta. Te he ofrecido llevarte.
—Ya, pero puedo coger el metro.
—También puedes ir andando hasta Burgos, pero no parece la opción más cómoda. Además, me gusta hablar contigo.
Vera soltó una carcajada.
—Qué exagerado eres. Está bien —cedió, poniéndose seria de repente—. A mí también me gusta hablar contigo.
Se arrepintió en cuanto lo dijo. No porque no fuera verdad, sino precisamente porque lo era.
El parking estaba realmente cerca, apenas a dos calles. Mientras descendía detrás de él por la rampa peatonal, Vera se quedó observándolo. Era alto, de espalda ancha y complexión fuerte. Caminaba con las manos en los bolsillos y una seguridad despreocupada que le sentaba bien.
El coche estaba aparcado en la segunda planta. Cuando él pulsó el mando y se encendieron las luces de un deportivo negro, Vera se detuvo en seco.
—¿Es tuyo?
Él la miró divertido.
—No. Lo he robado para impresionarte.
—Idiota.
Vera rodeó el coche sin poder evitar mirarlo de arriba abajo. No entendía demasiado de coches, pero no hacía falta saber mucho para darse cuenta de que aquello debía de costar una fortuna.
Él abrió la puerta del copiloto.
—¿Subes o vas a quedarte todo el día mirándolo?
Vera entró y volvió a sorprenderse. Asientos de cuero, iluminación tenue, una enorme pantalla en el salpicadero y ese olor inconfundible a coche nuevo. Se preguntó cuántas veces habría subido su madre allí.
Entonces se le cruzó por la cabeza una imagen que no había buscado y que se apresuró a apartar.
«¿Habrán follado aquí?»
«Joder. ¿Por qué tenía que pensar precisamente en eso?»
Rodrigo arrancó y salieron del aparcamiento.
Durante los primeros minutos hablaron de la universidad.
Él le preguntó por las asignaturas, por los profesores y por cómo llevaba haberse mudado a Madrid.
Vera respondió con bastante más soltura que cuando habían hablado en casa de Isabel.
Fuera de aquel entorno resultaba más sencillo olvidar quién era.
—¿Y no echas de menos tu pueblo?
—Algunas cosas.
—¿Cuáles? —preguntó con verdadero interés, volviéndose hacia ella y apartando durante un instante la atención del tráfico.
Vera se quedó pensando unos segundos. No quería darle una respuesta demasiado simple que le recordara que solo tenía dieciocho años.
—A mis amigas, pero sobre todo a mi abuela —respondió con cierta añoranza.
Por un momento imaginó qué le diría su abuela si supiera que iba en el coche de un hombre casado. Seguramente pondría el grito en el cielo.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—También echo de menos algunas cosas del pueblo. Salir de casa y conocer a todo el mundo, la tranquilidad… Aunque cuando volví, a las dos horas ya estaba deseando regresar a Madrid.
—Eso significa que ya estás medio perdida.
—¿Perdida?
—Madrid tiene esa capacidad. Al principio la odias, después empiezas a acostumbrarte y un día descubres que ya no sabrías vivir en un sitio donde no puedas comprar sushi y Dom Pérignon a las cuatro de la mañana.
Vera se rio.
—Nunca he probado el sushi y no sé qué es el Dom Pérignon —reconoció con franqueza.
Él la miró como si no conociera el secreto de la vida.
—Pues el día que lo pruebes, ya no volverás a conformarte con hacer botellón en un parque.
Permanecieron en silencio durante unos segundos, como si de repente ninguno de los dos supiera muy bien qué decir sin revelar más de la cuenta.
—Mi madre opina lo mismo.
Ella buscó una reacción en él, pero no la encontró.
—¿También le gusta beber Dom Pérignon cuando no puede dormir de madrugada?
Vera se rio.
—No, idiota… Me refiero a que dice lo mismo que tú: que cuando te acostumbras a la ciudad, ya no sabrías volver a vivir en el pueblo.
Vera volvió la mirada hacia la ventanilla. No sabía por qué narices le había hablado de su madre. Era extraño que ambos fingieran que Rebeca y él ni siquiera se conocían.
—¿Te llevas bien con ella? —preguntó Rodrigo.
La pregunta le pareció casi absurda viniendo precisamente de él.
—Ahora sí. Pero antes no tanto.
—¿Por qué? —preguntó, lanzándole una breve mirada antes de volver los ojos a la carretera.
—Me crie con mi abuela. Mi madre vivía aquí en Madrid y nos veíamos, pero… —Vera hizo un gesto con la mano—. Es complicado.
Rodrigo asintió.
—Las relaciones entre padres e hijos suelen serlo.
—¿Vosotros nunca quisisteis tener hijos?
La pregunta salió con tanta naturalidad que Vera no se dio cuenta hasta después de que Isabel nunca le había hablado de ello.
Rodrigo tardó unos segundos en responder.
—En mi caso nunca sentí esa necesidad de dejar mi semilla en el mundo. —Hizo una pausa y tragó saliva, como si le costara continuar—. Isabel, en cambio, soñaba con ser madre desde que la conocí. Lo deseaba de verdad.
Volvió la mirada al frente.
—Pero no pudo ser.
La respuesta fue suficiente para borrar la curiosidad de Vera.
—Lo siento. No debería haberte preguntado.
—¿Por qué no? —Rodrigo le lanzó una breve mirada—. No has hecho nada malo. Isabel siempre tuvo problemas para llevar los embarazos a término. Después de varios abortos dejamos de intentarlo.
Vera permaneció callada. Acababa de descubrir algo de Isabel que ella nunca le había contado y sintió cierta incomodidad por haber entrado sin querer en una parte tan íntima de su matrimonio.
—No se lo digas —añadió Rodrigo—. Para ella es tabú. Nunca hablamos de ello.
—Tranquilo. Lo entiendo…
Rodrigo le dedicó una sonrisa agradecida y continuó conduciendo.
—¿Y qué vas a hacer este fin de semana? —preguntó cambiando de tema.
—No lo sé. Probablemente salga mañana.
—¿Con tus amigas?
—Puede que sí.
Rodrigo percibió algo en su manera de responder.
—Eso ha sonado sospechoso —dijo él, intentando ahondar en el tema.
—¿Por qué?
—Porque has puesto la misma cara de antes.
—¿Qué cara? —preguntó divertida.
—Esa que pones cuando no quieres contar algo.
Vera se echó a reír.
—Me conoces muchísimo después de vernos dos veces.
—Se me da bien observar a la gente. Sobre todo cuando me parecen tan interesantes como tú.
—Eso suena bastante pretencioso.
—Soy arquitecto. Nos pagan por decir cosas pretenciosas con cara seria.
Ella volvió a reír.
—He quedado con un chico. Nos estamos conociendo.
—Ah.
Fue únicamente una sílaba, pero Vera percibió un cambio tan pequeño en su tono que no supo si lo había imaginado.
—Se llama Pablo.
—¿Y te gusta?
La pregunta la sorprendió.
—Creo que sí. Es mono…
Rodrigo asintió lentamente.
—Entonces espero que sea un buen tipo.
—¿Por qué?
—Porque pareces una buena chica.
Vera sonrió.
Se detuvieron en un semáforo. Rodrigo volvió la cabeza y durante unos segundos la miró directamente.
—Aunque tengo la impresión de que eres bastante menos inocente de lo que aparentas.
Vera sintió que se le calentaban las mejillas.
—¿Y tú qué sabrás?
—Nada. Por eso he dicho que es una impresión.
El semáforo cambió y Rodrigo volvió a mirar al frente. Vera se acomodó en el asiento intentando borrar la sonrisa que acababa de aparecerle. No lo consiguió.
—Es en la siguiente rotonda a la derecha —indicó Vera.
Rodrigo puso el intermitente.
—¿Por aquí?
—Sí. Al final de la calle.
Rodrigo continuó hasta que Vera señaló su portal.
—Déjame aquí mismo.
Detuvo el Mercedes unos metros más adelante y puso las luces de emergencia.
—Muchas gracias por traerme.
—No tienes que dármelas. Me ha gustado hablar contigo. Si un día necesitas un chofer o alguien con quien hablar… estaré encantado.
Vera se desabrochó el cinturón, pero permaneció sentada unos segundos más. Entonces se preguntó cuántas veces Rodrigo habría estado en su casa.
—¿Qué? —preguntó Rodrigo al descubrir que seguía mirándolo.
—Nada.
—Otra vez vuelves a poner esa cara.
Vera sonrió.
—¿Qué cara?
—Como si supieras algo que yo no sé.
La frase le provocó un vuelco en el estómago. Durante un instante temió que hubiera descubierto algo en su expresión.
—Puede que lo sepa.
Rodrigo arqueó una ceja.
—¿Y puedo saber qué es?
Vera abrió la puerta.
—No.
Bajó del coche antes de que pudiera seguir preguntando.
—Adiós y gracias de nuevo.
—¡Espera un momento, por favor!
Rodrigo alargó el brazo y la sujetó suavemente por la muñeca antes de que terminara de bajar.
—Será mejor que no le comentes a Isabel que nos hemos visto hoy.
Vera se quedó inmóvil, con una mano todavía apoyada en la puerta abierta.
—¿Por qué?
Rodrigo pareció darse cuenta de que necesitaba explicar aquella petición.
—Isabel es extremadamente celosa. Y tú… —Se detuvo un instante antes de continuar y la miró directamente a los ojos—. Tú eres demasiado guapa. Se le encenderían todas las alarmas. Créeme, la conozco bien. Llevamos más de veinte años casados.
Vera arqueó ligeramente las cejas.
—Vaya… No sé qué decir.
—No tienes que decir nada.
Ella volvió a mirarlo, todavía algo azorada.
—Bueno, creo que podré guardar el terrible secreto de que nos hemos visto hoy.
Rodrigo sonrió.
—Te lo agradezco. Espero que volvamos a vernos pronto. Como te he comentado antes, me gusta mucho hablar contigo.
Vera abrió la puerta y puso un pie fuera, pero volvió a mirarlo antes de bajar.
—A mí también me ha gustado hablar contigo —admitió finalmente.
Cerró la puerta sin darle tiempo a responder y caminó hacia el portal conteniendo una sonrisa. Aquella vez no necesitó preguntarse por qué Rodrigo la ponía nerviosa.
El problema era que empezaba a gustarle.
Y sabía demasiadas cosas sobre él como para poder permitírselo.