Los Amantes de Mamá Capítulo 28 #2
69%

Capítulo 28 #2

Isabel se acomodó contra el respaldo y abrió las piernas con absoluta naturalidad antes de apoyar los pies descalzos sobre la mesa auxiliar que tenían enfrente. El camisón negro se deslizó unos centímetros por sus muslos, pero ella ni siquiera hizo ademán de recolocárselo.

—Como sabes, Vera y yo nos hemos hecho muy amigas —soltó con malicia—. El otro día me contó que había follado con un chico que había conocido en Madrid.

—Envidio a ese muchacho —respondió Rodrigo sin apartar los ojos de ella.

Isabel dio un pequeño respingo, como si aquellas palabras la hubieran tocado más que cualquier caricia. Una sonrisa nerviosa apareció en sus labios.

—Eres un maldito cabrón.

—Y tú, una pervertida que se calienta con lo que le cuenta una chica de dieciocho años… Seguro que te tocaste cuando ella se fue.

Isabel suspiró, como si le estuviera dando la razón.

—La pobre me contó que nunca había gozado así… Hasta ese momento solo había estado con un chico, su antiguo novio del pueblo. —Isabel hizo una pequeña pausa—. Y por lo que he deducido, el pobre debía correrse nada más metérsela. Lo curioso es que Vera pensaba que el sexo era así. Que eso era todo.

Rodrigo sonrió.

—Hasta que descubrió que no.

—Exactamente —respondió Isabel, divertida.

—¿Y qué más? —preguntó Rodrigo, sabiendo que aquello solo era el prólogo.

Isabel sostuvo su mirada unos segundos, disfrutando de antemano.

—Hoy hemos hablado de tetas. De nuestras tetas.

Rodrigo arqueó una ceja.

—Un tema de enorme interés científico.

—Como psiquiatra puedo asegurarte que da para varias tesis doctorales —respondió Isabel riéndose.

Él sonrió y tiró suavemente del escote del camisón. Isabel no llevaba sujetador y la seda cedió con facilidad. Ella no hizo el menor intento por impedírselo; al contrario, sostuvo su mirada con una sonrisa que parecía desafiarlo a continuar.

Rodrigo contempló lo que acababa de descubrir.

—Me temo que en esa conversación tú saldrías perdiendo.

Isabel soltó una carcajada.

—Qué cabrón eres. Si papá te oyera hablar así… dejaría de ser el socio capitalista de tu empresa.

No se cubrió. La pulla, lejos de molestarla, pareció divertirla.

—Que le den por culo al viejo. Sigue hablándome de ella.

Isabel soltó una carcajada.

—La chica tiene un pecho precioso. Usa una noventa y cinco.

Rodrigo dejó de sonreír durante un instante.

—¿Y cómo habéis llegado a esa conversación?

—Empezamos hablando de París, del complejo que tenía a su edad por tener poco pecho.

Él le pellizcó las tetas con tanta fuerza que ella dio un respingo.

—Tenías y sigues teniendo —la corrigió Rodrigo—. Te recuerdo que cuando vamos a la playa nunca has querido hacer topless.

Isabel torció el gesto. Aquello era cierto.

—Le mostré el acolchado del sujetador que llevaba y me lo aparté —explicó con malicia.

Rodrigo tardó un par de segundos en comprender.

—Espera… ¿Os comparasteis las tetas?

Isabel volvió a reír.

Aquello era exactamente lo que había estado esperando. Durante todo el día había imaginado varias veces el momento de contárselo y la reacción de su marido estaba resultando incluso mejor.

—Primero le enseñé yo las mías. Luego le pedí que me mostrara las suyas. Es algo bastante habitual entre mujeres. Mucho más de lo que te crees.

—Menuda golfa estás hecha. Se te siguen yendo los ojos detrás de chicas como Vera —recriminó a su esposa.

Isabel volvió a mirarlo y empezó a relatarle lo ocurrido aquella tarde, disfrutando tanto de la atención de su marido como de aquella pequeña sensación de estar haciendo exactamente lo que él esperaba de ella.

—Es muy madura para su edad —admitió Isabel—. Y creo que es la chica idónea para eso que siempre hemos querido hacer.

La expresión de Rodrigo cambió. Retiró la mano de su muslo y la miró con seriedad.

—Estás enferma… No sigas por ahí…

Isabel parpadeó, sorprendida.

—¿Por qué? Es una chica discreta y preciosa… Es el juguete perfecto para nosotros… ¿Qué hay de malo en que seamos un poco traviesos?

La voz de Rodrigo cambió de repente.

—Que no quiero volver a pasar vergüenza. Siempre haces lo mismo, Isabel. Me calientas con tus enredos, consigues que entre en el juego y, cuando llega el momento de la verdad, te vienes abajo y te pones a llorar como una quinceañera.

—Esta vez sería diferente. Te lo prometo, mi amor, me portaré bien. Estoy lista.

Rodrigo soltó una carcajada seca.

—Eso ya me lo has contado muchas veces. ¿O es que ya no te acuerdas del verano pasado en Granada con aquella camarera colombiana?

Isabel contrajo el semblante, como si le molestara que sacara a relucir aquella mala experiencia.

—Era una mujer muy vulgar. Una zorra de la peor calaña. Cuando se desnudó, me miró por encima del hombro, como si quisiera dejarme claro que era más joven, que tenía mucho mejor cuerpo que yo. En cambio, a ti te miraba como si fueras un dios y yo no fuera más que una mosca molesta.

—Isabel… No digas tonterías.

—Yo estaba allí, Rodrigo. Sé perfectamente cómo la deseabas… Había demasiada química entre vosotros. Me sentí desplazada y solo quería que se largara.

—Te pusiste como una loca. La llamaste puta, le tiraste un billete a la cara y le gritaste que se fuera a trabajar a una rotonda.

—Rodrigo negó con la cabeza al recordarlo—.

Y cuando por fin conseguimos que se marchara, agarraste aquel jarrón y lo lanzaste contra el televisor.

Tuvieron que subir dos empleados del hotel y terminaron echándonos. Arruinaste las putas vacaciones.

Isabel torció el gesto.

—Es que nunca me entiendes —protestó—. Estaba enfadada.

—No estabas enfadada. Estabas como una puta cabra —dijo Rodrigo levantándose del sofá.

Salió del salón sin esperar respuesta y recorrió el pasillo hasta el dormitorio. El portazo retumbó por toda la casa.

Isabel se quedó inmóvil.

Durante unos segundos mantuvo la mirada clavada en el pasillo, todavía con los pies sobre la mesa. Después los bajó lentamente y se cubrió el rostro con las manos.

Intentó contenerse. Sabía que Rodrigo tenía razón y precisamente por eso le dolía todavía más.

—Joder… —murmuró Isabel para sí—. Al final se cansará de mí.

Las primeras lágrimas le resbalaron por las mejillas.

Se las secó con el dorso de la mano, pero continuaron cayendo. Permaneció así un par de minutos, hasta que la idea de que Rodrigo estuviera enfadado con ella terminó resultándole insoportable.

Se levantó.

Caminó descalza por el pasillo y abrió con cuidado la puerta del dormitorio. Rodrigo estaba de espaldas, junto al armario, terminando de quitarse los pantalones.

—Rodrigo…

Él no contestó.

Isabel entró y cerró la puerta detrás de ella.

—Perdóname, mi amor. Ya sabes que soy una tonta.

Rodrigo la miró con dureza.

—Estoy cansado y no tengo ganas de discutir —respondió él con voz fría, abriendo la cama—. Será mejor que hoy duermas en la otra habitación.

Isabel se quedó mirándolo, incrédula.

—¿Me estás echando de nuestra cama?

—Te estoy diciendo que quiero dormir solo.

Aquello pareció dolerle mucho más que cualquiera de las cosas que se habían dicho en el salón.

—Rodrigo, por favor… Perdóname, tesoro. Si quieres, podemos comprar el local del centro que tanto te gustaba para tu empresa.

Evitó decir «puedo comprar», consciente de cuánto le molestaba a su marido que empleara el singular con ciertas palabras.

—Buenas noches, Isabel.

Ella bajó la mirada. Las lágrimas volvieron a acumularse en sus ojos, pero esta vez hizo un esfuerzo por contenerlas.

—Está bien. Espero que mañana puedas perdonarme.

Esperó todavía unos segundos, quizá confiando en que él cambiara de opinión y la llamara antes de que llegara a la puerta. Pero Rodrigo no lo hizo.

Salió del dormitorio y cerró despacio, haciendo un esfuerzo por no dar un portazo. Recorrió el pasillo y entró en la habitación de invitados.

Nada más cerrar la puerta, se llevó las manos al cuello y se arrancó el collar de perlas. Lo arrojó con rabia contra la pared. El hilo se rompió al golpearla y las perlas salieron despedidas, rebotando sobre el suelo y dispersándose por toda la habitación.

Se quedó inmóvil unos segundos, respirando con fuerza, contemplando aquel pequeño desastre. No se molestó en recogerlas.

Se tumbó encima del edredón.

Lo peor no era la discusión. Ni siquiera que Rodrigo siguiera enfadado. Era saber que dormiría a pocos metros de ella y que aquella noche no la quería a su lado.