Los Amantes de Mamá Capítulo 28
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Capítulo 28

Isabel estaba viendo la televisión cuando escuchó la llave en la cerradura.

Era tarde y el volumen estaba bastante bajo.

Permanecía recostada en uno de los extremos del sofá, con las piernas cruzadas y una copa de vino sobre la mesa.

Llevaba un camisón negro de seda, corto, de tirantes finos, y un collar de perlas blancas de doble vuelta que resaltaba sobre la piel.

Se había recogido el cabello y estaba descalza, pero incluso así conservaba esa elegancia natural que parecía acompañarla hasta cuando no había nadie delante para verla.

Rodrigo apareció en el salón arrastrando una pequeña maleta de viaje.

—Hola, preciosa.

Isabel volvió la cabeza y sonrió.

—Buenas noches, cielo. Estaba impaciente porque vinieras.

Él dejó la maleta junto a la puerta, se inclinó sobre ella y la besó en los labios. Isabel levantó ligeramente la barbilla para recibirlo y dejó una mano apoyada sobre su pecho durante unos segundos.

—¿Qué tal en Barcelona?

—Muy bien. Les ha gustado el proyecto. Creo que tengo muchas posibilidades.

—Sabía que les gustaría. Es atrevido, pero sin caer en esas extravagancias que algunos arquitectos hacen solo para llamar la atención.

—Eso mismo les he dicho yo.

—Claro —respondió Isabel con una sonrisa—. La diferencia es que cuando lo dices tú, suena mucho menos pedante.

Rodrigo soltó una carcajada.

—Me han sugerido algunos cambios. Nada importante. He quedado en enviarles un presupuesto definitivo dentro de quince días.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de una butaca. Isabel siguió sus movimientos mientras él aflojaba el nudo de la corbata.

—¿Y a ti qué tal te ha ido el día?

Ella estiró una mano para alcanzar la copa y bebió un pequeño sorbo antes de contestar.

—Me han llamado de la radio. Quieren que vaya el viernes a una tertulia.

—¿Otra vez?

—Es una tertulia que trata de por qué nos atraen personas que sabemos que no nos convienen. Les he dicho que aceptaba con una condición: que me dejaran hablar de mi próximo libro. Será buena publicidad antes del lanzamiento.

Rodrigo sonrió.

—Qué interesada eres. Nunca das puntadas sin hilo.

—Por supuesto. No voy a levantarme temprano para ir a una radio a discutir con cuatro paletos si no puedo aprovechar para hacerme publicidad.

Él se echó a reír mientras terminaba de quitarse la corbata.

—¿Y cómo va el libro?

—Creo que dentro de un mes estará terminado.

Después tengo que mandar el borrador a la editorial y empezará la guerra de siempre.

—Isabel puso los ojos en blanco—. Esos bastardos siempre quieren eliminar palabras técnicas, como si existieran sinónimos para determinados términos.

Parece que creen que todo tiene que poder entenderlo alguien mientras espera el autobús.

Joder, se supone que mis lectores son seres inteligentes.

—Supongo que lo que les interesa realmente es vender libros. Una editorial no es una ONG.

—Y yo quiero escribir uno que no me dé vergüenza firmar. Para mí es mucho más importante el éxito que el dinero. Ya lo sabes, mi amor.

—Eso es porque siempre has tenido dinero.

Rodrigo comenzó a desabrocharse la camisa mientras la escuchaba. Isabel apagó la televisión para observarlo con toda atención. Adoraba ver cómo se desnudaba.

A sus cincuenta años, su marido continuaba cuidándose con una disciplina casi militar. Entrenaba varias veces por semana y se notaba. El pecho seguía firme, los hombros anchos y los músculos del abdomen conservaban una dureza impropia de muchos hombres bastante más jóvenes.

Veintidós años casados y todavía podía mirarlo como si fuera la primera vez. A veces le parecía ridículo. Otras, un privilegio.

Rodrigo se sentó a su lado y apoyó una mano sobre el muslo desnudo de Isabel de forma posesiva. Ella bajó los ojos hacia aquella mano y sonrió antes de acomodarse un poco más cerca. Solo ese gesto bastaba para que sus bragas comenzaran a humedecerse.

—¿Has cenado?

—No tengo hambre.

Rodrigo volvió a levantarse, fue hasta el mueble bar y se sirvió un whisky sin hielo. Después se quitó los zapatos y regresó al sofá.

—Hay tartar de atún con aguacate en la cocina.

—No seas pesada, no tengo hambre —respondió con cierta dureza.

Isabel hizo una pequeña mueca. Llevaba varios minutos pensando cómo introducir el siguiente asunto.

—Por cierto… El sábado tenemos que ir a casa de mis padres.

Rodrigo cerró los ojos.

—No me jodas, Isabel. Acabas de arruinarme el fin de semana.

Ella se echó a reír.

—Lo siento, mi amor. Mamá me llamó esta mañana. Es el cumpleaños de papá y van a hacer una fiesta en el jardín.

—Dile que estoy enfermo.

—Rodrigo…

—Que tengo la peste o algún virus nuevo muy contagioso.

—Por favor, Rodrigo. Sé cuánto odias estar con mi familia, pero hazlo por mí.

El tono de Isabel se tornó en una súplica.

—¿De verdad no puedo poner una excusa? —preguntó él.

Isabel se acercó y le cogió la mano.

—Dime que vas a ir y te haré un regalo —dijo con picardía.

Rodrigo suspiró como si de repente la noche acabara de empeorar considerablemente.

—Tus padres siguen odiándome igual que el primer día. Para ellos continúo siendo el puto muerto de hambre que se casó con su niña para dar un braguetazo.

—Eso no es cierto. Mamá siempre me pregunta por ti. Sabes de sobra que le gustas. Quizá debería ponerme celosa, ¿no crees?

Isabel se inclinó y depositó un beso sobre su pecho.

—Tu madre es una zorra de cuidado. Tenía que habérmela follado hace años. Tiene pinta de moverse bien en la cama.

—¡Rodrigo! No seas malo. Sabes que odio que me hables de ella de esa forma.

—No pasa nada —bromeó él—, todo habría quedado en familia. ¿Qué regalo me vas a dar a cambio de ir?

Isabel intentó mostrarse ofendida, aunque terminó riéndose. Conocía demasiado bien a su madre para defenderla con demasiado entusiasmo.

—Si me das un beso y me prometes que el sábado serás amable con papá… te daré una sorpresa que sé que te va a gustar mucho.

Rodrigo la miró con desconfianza.

—Eso suena a chantaje.

—Lo es. Ya me conoces.

—¿De qué se trata? —preguntó Rodrigo, cada vez más interesado.

Isabel sonrió y negó lentamente con la cabeza.

—Primero el beso.

Rodrigo se inclinó y la besó. Isabel descruzó las piernas y se volvió hacia él, recibiendo su boca con una sonrisa que desapareció en cuanto el beso se hizo más intenso.

Le pasó una mano por la nuca y se dejó atraer hacia su cuerpo, dócil, sin intentar marcar el ritmo.

Cuando Rodrigo se apartó, ella permaneció unos segundos muy cerca de sus labios, mirándolo con evidente satisfacción.

—Ahora promete que el sábado serás un yerno ejemplar.

—Isabel…

—Promételo o no te contaré nada.

Él dejó escapar un suspiro.

—Está bien. Prometo intentar no mandar a tu padre a la mierda cuando te mire como un puto cerdo. Joder, Isabel… lo nota todo el mundo. Es tan asqueroso lo que hacéis…

Ella se quedó solo con la parte del discurso que le interesaba.

—No he dicho «intentar».

—No abuses… Ya sabes que tengo otros métodos para hacerte hablar.

Isabel soltó una carcajada y le acarició el pecho.

—Se trata de Vera —dijo Isabel, observándolo con atención, esperando alguna reacción por parte de su marido.

—¿Vera? ¿La chica que trabaja para ti de secretaria?

Isabel entrecerró los ojos.

—No te hagas el tonto. Sabes de sobra quién es Vera. El otro día, mientras hacíamos el amor, me hablaste de ella. Me dijiste que a ti también te parecía muy guapa.

Rodrigo soltó una carcajada.

—Hablamos de tantas cosas cuando estamos en la cama que a veces se me olvida hasta lo que digo.

—Pues eso no se te debería haber olvidado.

Él volvió a posar una mano sobre el muslo de su esposa, esta vez con una firmeza posesiva. Isabel no se movió. Solo bajó un instante la mirada hacia aquella mano y se mordió suavemente el labio, esperando más.

—Tienes razón. —Rodrigo sonrió al recordarla—. El día que coincidimos en casa me pareció una chica espectacular. Pelirroja, alta y con cuerpazo.

Isabel lo observó con una sonrisa, esperando algo más.

—¿Solo espectacular?

—Está buena de cojones. Y bastante más interesante de lo que esperaba.

—Eso está mejor. Al César lo que es del César… Yo siempre traigo lo mejor a esta casa.

Rodrigo deslizó la mirada por el camisón de su mujer antes de añadir:

—Por eso la contrataste… —Miró a su esposa con dureza—. ¿Se te mojaron las bragas cuando la viste la primera vez?

Isabel lanzó un suspiro.

—¡Ay…! Qué superficial eres, mi amor.

—Sabes que nadie te conoce tanto como yo. Hasta para contratar una secretaria necesitas que haga juego con la decoración de la casa.

Isabel soltó una carcajada y le dio un pequeño golpe en el pecho.

—Eres un auténtico imbécil. Pero me encanta cómo piensas. Por eso me enamoré de ti y me casé contigo.

Él sonrió. Tardó en responder.

—Por eso y por algo más…

La mano de Rodrigo comenzó a ascender lentamente por su muslo. Isabel siguió el movimiento con la mirada y después soltó un gemido, justo cuando sus dedos rozaron el encaje de sus bragas.

—Eres tan zorra como tu madre.

Isabel sostuvo su mirada sin ofenderse. Al contrario, aquella forma de hablarle consiguió que su sonrisa se volviera todavía más complacida.

—Eso es cierto… —susurró ella.

Rodrigo mantuvo la mano sobre su muslo y la miró con curiosidad. Era una lástima que Isabel, siendo una mujer tan morbosa y desinhibida cuando estaban a solas, terminara echándose atrás cada vez que intentaban llevar alguno de sus juegos fuera del dormitorio.

Le excitaba hablar de otras personas, imaginar situaciones y escuchar a Rodrigo contándole lo que haría con otras mujeres. Incluso habían estado a punto de convertir alguna de aquellas fantasías en realidad más de una vez.

Pero siempre ocurría lo mismo. Llegado el momento, los celos podían más que el morbo. Isabel podía fantasear con compartirlo, pero jamás soportaría saber que estaba con otra mujer.

—Ahora pónmela dura hablándome de tu preciosa secretaria.