Los Amantes de Mamá Capítulo 27
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Capítulo 27

Ramón seguía besándola. Rebeca había pensado que, después de correrse, se tumbaría a su lado y recuperaría el aliento, pero parecía incapaz de separarse de ella. Le besaba el cuello, los hombros, volvía a buscar su boca y la abrazaba con una intensidad que empezaba a resultar incluso agobiante.

—Me vuelves loco —murmuró contra su cuello—. No me imagino la vida sin estos momentos contigo.

Rebeca sonrió y le acarició distraídamente la nuca.

—No quiero que te obsesiones tanto conmigo. Recuerda que eres un hombre casado y no podemos tener más que esto. Quedamos, me follas y vuelves a tu casa.

Ramón levantó la cabeza para mirarla.

—No puedo evitarlo. Estoy trabajando y pienso en ti. Llego a casa y pienso en ti. Me meto en la cama con Petri y…

—Para, Ramón… No sigas.

—¿Qué? Es la puta verdad.

—No necesito saber lo que haces cuando te metes en la cama con tu mujer.

Él sonrió, pero Rebeca no.

Al principio le había fascinado provocar aquello en un hombre como Ramón.

El encargado autoritario, capaz de hacer temblar a cualquiera con una sola mirada, con Rebeca se transformaba en un tierno gatito.

En la cama se volvía inseguro, complaciente y dispuesto a satisfacer cada uno de sus caprichos.

Descubrir que tenía aquel poder sobre él le había producido muchísimo morbo.

Ahora empezaba a producirle algo muy distinto.

—Deberíamos vernos más —insistió Ramón—. Una vez a la semana es poquísimo. A veces pasan diez días.

Ella dejó escapar un suspiro.

—No quiero volver a discutir por lo mismo del otro día. Me agota que seas tan insistente. Al final vas a conseguir que me canse de todo esto…

Ramón tardó unos segundos en responder, como si estuviera decidiendo si merecía la pena arriesgarse a incomodarla todavía más.

—Perdona. Tienes razón. Solo quería… —respondió, pero la voz le falló ligeramente y dejó la frase a medias.

—Sé lo que quieres, Ramón. Pero tienes que entender que, además de lo nuestro, tengo una vida. No puedo estar pendiente de ti todo el tiempo.

La frase le salió bastante más brusca de lo que pretendía.

—Joder, Ramón… —murmuró, suavizando la voz—. No pongas esa cara. No quería decirlo así.

Rebeca vio cómo él cambiaba su expresión y cerró los ojos un instante.

—Tranquila, ya me ha quedado claro que no tienes tiempo para mí.

—Ramón…

Él comenzó a incorporarse, pero Rebeca lo agarró del brazo y tiró suavemente de él.

—Ven aquí. Anda, no te enfades.

—No quiero ser un pesado… Será mejor que me vista.

—Que vengas, tonto —repitió Rebeca, esta vez con un tono más juguetón.

Ramón terminó acercándose y ella lo besó despacio.

—Cariño, no puedo quedar contigo tanto como me gustaría. Ahora tengo a Vera en casa y quiero recuperar todo el tiempo que he perdido por no haber sido una buena madre.

El efecto fue inmediato. Ramón relajó los hombros.

—Soy un idiota. Perdóname. Pero a veces tengo miedo de que te canses de mí. O de que aparezca otro hombre. —Apretó los puños sobre las sábanas—. Me carcome pensar que otro pueda ponerte un solo dedo encima. No puedo evitarlo.

Rebeca tuvo que contener una sonrisa. Si Ramón supiera la cantidad de hombres que habían pasado por su vida desde que comenzaron a verse, probablemente le daría un soponcio.

—Desde que te conocí, solo me tocas tú —mintió con absoluta tranquilidad—. Deberías confiar más en mí y dejar de ser tan celoso. No soy ninguna puta…

Ramón negó despacio con la cabeza y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Nunca he pensado eso de ti. Ni se te ocurra volver a decirlo. —Ramón tomó aire lentamente, como si las siguientes palabras le costaran más de lo que estaba dispuesto a admitir—. Intenta entenderme, Rebeca. Soy más de quince años mayor que tú. Es normal que tenga miedo.

La miró con una vulnerabilidad que contrastaba de manera casi cómica con el hombre autoritario que dirigía el supermercado. En aquel momento parecía más un cordero asustado que el jefe capaz de hacer callar a media plantilla con una mirada.

—Eres un tonto —murmuró Rebeca con una sonrisa traviesa. Se acercó hasta rozarle los labios con los suyos, pero se apartó justo cuando él intentó besarla—. Y cuando te pones pesado, además, eres insoportable.

—Y tú eres demasiado guapa para que yo no sienta celos —continuó—. Seguro que algún desgraciado del supermercado te tira los tejos.

Rebeca soltó una carcajada y entornó los ojos, divertida.

—Claro que intentan ligar conmigo. No voy a mentirte.

—¿Lo ves?

—Pero una cosa es que ellos quieran y otra muy distinta que yo les haga caso —respondió, acercándose un poco más—. Aunque reconozco que me divierte verte celoso.

—A mí no me hace ninguna gracia.

—Ya… —Rebeca sonrió con malicia—. Por eso tiene tanta.

Ramón se incorporó de golpe.

—Dime quién intenta llevarte a la cama.

Rebeca volvió a reír, esta vez a carcajadas.

—¿Ves? A esto me refiero. No puedo contarte absolutamente nada.

—Quiero saber quién es.

—¿Para qué?

—Porque quiero saberlo.

Rebeca negó con la cabeza, todavía divertida.

—Pues te vas a quedar con las ganas.

—Rebeca…

—Ni Rebeca ni hostias. —Le puso una mano en el pecho y lo empujó suavemente para que volviera a tumbarse—. No pienso darte nombres para que mañana aparezcas en el supermercado dispuesto a partirle la cara a cualquiera que me mire el culo.

Ramón frunció el ceño y Rebeca volvió a acercarse para besarlo. Apenas necesitó unos segundos para conseguir que dejara de insistir.

Aquello empezaba a resultarle demasiado fácil.

Un beso, un «mi amor» y un par de palabras bonitas bastaban para convertirlo en una marioneta. Y Rebeca empezaba a sospechar que precisamente ahí estaba la razón por la que Ramón ya no le provocaba el mismo morbo que al principio.

Él volvió a besarla.

Intelectualmente, tenían poco que compartir.

Ramón podía pasarse una hora hablando de los turnos del supermercado o criticar a un empleado por estar de baja laboral, pero rara vez conseguía despertar realmente su interés.

No podía mantener con él las conversaciones que tenía con Rodrigo sobre política, viajes, libros o cualquier tema que apareciera después de una cena.

Tampoco tenía la espontaneidad de Tony, capaz de hacerla reír hasta cuando estaba cabreada.

—He estado pensando una cosa —dijo él.

Rebeca salió de sus pensamientos.

—Eso siempre es peligroso.

—Podría comprar un apartamento para nosotros.

Ella arqueó las cejas.

—¿Un apartamento?

—Algo pequeño en un sitio tranquilo.

Rebeca lo miró durante unos segundos antes de echarse a reír.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente. Lo pondría a nombre de los dos.

—Ramón, cariño, tu mujer se daría cuenta de que falta dinero en la cuenta del banco. ¿Qué ibas a decirle entonces? Es un picadero para divertirme con una de mis empleadas…

Él negó con la cabeza.

—Ella nunca lo sabrá. Petri heredó bastante dinero cuando murieron sus padres.

Mis suegros tenían fincas y algunos inmuebles en el centro de Madrid.

Yo llevo años invirtiendo parte del patrimonio en bolsa.

Ella confía completamente en mí. Hay una cuenta que gestiono yo y ni siquiera sabe exactamente cuánto dinero tenemos ahí.

Rebeca lo observó con cierto interés. Aquello sí era nuevo.

—Lo amueblaría a tu gusto —continuó Ramón—. Nadie tendría por qué enterarse. Sería nuestro nido de amor. Podrías vivir allí.

—Estás completamente loco, mi amor.

—Dime al menos que lo pensarás. —Ramón volvió a mirarla con aquella inseguridad que Rebeca empezaba a conocer demasiado bien—. No quiero perderte.

Ella permaneció unos segundos en silencio.

—Está bien… —concedió finalmente, acariciándole la mejilla—. Te prometo que lo pensaré.

La expresión de Ramón cambió inmediatamente.

—¿En serio? —preguntó tan feliz como si le hubiera tocado el premio gordo de la lotería.

—De verdad. Pero ahora dejemos de hablar de pisos, de Petri y de todo lo demás.

Él empezó a besarla de nuevo, descendiendo lentamente por su cuerpo. Rebeca cerró los ojos al notar sus labios sobre su ombligo.

Ramón conocía perfectamente sus propias limitaciones. Los quince años que los separaban estaban ahí y él era demasiado consciente de que ella no era precisamente una mujer fácil de saciar. Por eso se esforzaba en compensar sus carencias físicas por otros medios.

Rebeca dejó escapar un gemido cuando él continuó descendiendo y hundió los dedos entre sus piernas.

—Eso es lo que quiero, mi amor —murmuró Rebeca con una sonrisa pícara, arqueando ligeramente la pelvis hacia él—. Prefiero que emplees la lengua para estas cosas.

Ramón levantó la vista, con los ojos encendidos de deseo, y obedeció de inmediato.

Hundió el rostro sin dudarlo, abriendo los labios para devorarla con una urgencia que contrastaba brutalmente con sus inseguridades de hacía un momento.

Su lengua experta y caliente se deslizó de golpe entre sus pliegues, encontrando de inmediato el punto exacto que la hacía perder el control.

Ella soltó un gemido largo y agudo, un sonido roto que llenó la habitación mientras sus dedos se enredaban con fuerza en el cabello de Ramón, empujándolo aún más contra su sexo.

—Eso es… joder, sí… Sigue —balbuceó, sintiendo cómo el calor le quemaba las entrañas—. No pares, cabrón. Chúpamelo bien.

Él detuvo un segundo el movimiento, separando los labios lo justo para que su aliento caliente chocara contra la piel húmeda de Rebeca, y le habló con la voz ronca y temblorosa de deseo:

—Estás empapada y eres solo mía, ¿verdad?

Rebeca arqueó la espalda con violencia.

—¡Come y calla, joder! —gritó ella con descaro, apoyándole los talones sobre los hombros—. ¡Sigue comiéndome, cabrón, hazme correr!

Ramón volvió a hundir la cara con más fuerza todavía, al tiempo que le metía dos dedos en lo más profundo de su sexo. Unos minutos después, Rebeca comenzó a temblar de pies a cabeza.

—Me corro, joder. Me corro. ¡Ah, sí, mi amor! Qué gusto… —chilló ella con la voz quebrada, estallando en un orgasmo salvaje.

Ramón había aprendido que Rebeca necesitaba unos minutos para volver a ser dueña de su cuerpo después de uno de aquellos orgasmos brutales que la dejaban completamente agotada.

Él no dijo nada. Permaneció a su lado, dejándola recuperarse, hasta que notó que su respiración volvía poco a poco a la normalidad.

—Buf… Qué gusto me has dado —susurró ella mientras le acariciaba la cabeza—. Eres muy bueno comiéndome el coño.

—Eso es porque me encanta comértelo —dijo él aún con la cara entre sus piernas—. Me pasaría el día entero aquí abajo.

De pronto, Ramón miró el reloj de oro de su muñeca y su expresión cambió.

—Me cago en la puta… Qué deprisa pasa el tiempo cuando estoy contigo. Se me ha hecho tardísimo y tengo que irme.

Lo dijo con cierta inquietud, aunque en su voz había también un evidente pesar. Por mucho que supiera que debía marcharse, cada vez le costaba más separarse de ella.

—¿Tanta prisa tienes?

Ramón se incorporó de la cama y buscó con la mirada su ropa desperdigada por la habitación.

—Petri y yo tenemos que ir a cenar a casa de su hermana. Es el cumpleaños de mi cuñada —explicó mientras recogía los pantalones del suelo y localizaba la camisa al pie de la cama.

Rebeca lo observó vestirse sin moverse de donde estaba.

—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó él, mientras se ponía los calzoncillos.

Ramón se puso la camisa y empezó a abotonársela frente al espejo. Después se enfundó los pantalones, ajustó el cinturón y se sentó en el borde de la cama para ponerse los calcetines y los zapatos. Rebeca continuaba desnuda, tumbada sobre las sábanas revueltas, observándolo sin demasiado interés.

—Lo de siempre cuando te marchas —dijo como si de verdad lamentara quedarse sola—. Me quedaré un rato en la cama y luego me daré una ducha.

Ramón terminó de vestirse, comprobó una vez más la hora y recogió la chaqueta.

Entonces reparó en el tanga de Rebeca, abandonado sobre las sábanas.

Lo miró durante unos segundos y después levantó los ojos hacia ella, como si esperara su permiso.

Al ver que no decía nada, lo cogió, se lo acercó al rostro y aspiró su olor antes de guardárselo en el bolsillo.

Rebeca ladeó la cabeza, divertida.

—Un día tu mujer te va a pillar una de mis bragas en el bolsillo… Pagaría por estar allí y ver qué excusa te inventas —dijo entre risas—. Siempre puedes decirle que las compras porque te gusta llevar tanga en las reuniones del consejo de administración.

Ramón no siguió la broma. Continuó serio mientras se abrochaba la chaqueta. Tener que marcharse le había devuelto de golpe el gesto sombrío.

—¿Puedo llamarte esta noche? —le preguntó.

Rebeca lo miró y dejó escapar un suspiro.

—Sí, pero solo para darme las buenas noches. Nada de fotos ni videollamadas.

—¿Por qué?

—Porque mi hija duerme en la habitación de al lado y me da miedo que un día nos oiga.

Ramón sonrió.

—Podemos hablar bajito.

—Además, ¿tú no tenías una cena familiar?

—Volveremos pronto de casa de mi cuñada. A las doce mi mujer estará ya dormida como un angelito.

Ramón se inclinó sobre la cama y volvió a besarla. Rebeca respondió al beso y le acarició la mejilla antes de apartarlo suavemente.

—Venga, márchate, que al final vas a llegar tarde.

—Te llamo luego.

—Que sí, pesado…

Ramón todavía se quedó unos segundos contemplándola, como si le costara realmente marcharse. Finalmente, cogió la llave del coche y salió de la habitación.

Cuando escuchó cerrarse la puerta, Rebeca se dejó caer nuevamente sobre la almohada.

El silencio le sentó bien.

Permaneció así varios minutos, desnuda entre las sábanas, hasta que alargó el brazo para coger el teléfono. Miró la hora, respondió un par de mensajes y estuvo a punto de dejarlo otra vez sobre la mesilla cuando reparó en el espejo del armario.

Levantó el teléfono y fotografió su reflejo.

Observó la imagen durante unos segundos.

La habitación del hotel aparecía al fondo, las sábanas completamente revueltas y ella desnuda sobre la cama, con el cabello desordenado y esa expresión satisfecha que difícilmente podía disimular lo que acababa de hacer.

Sonrió. Pensó en Rodrigo. En cómo reaccionaría al recibir la fotografía. En la cara que pondría al verla así, sin previo aviso, en mitad de cualquier cosa que estuviera haciendo.

Durante unos segundos mantuvo el dedo sobre la pantalla. No porque dudara de si quería enviársela, sino porque le divertía imaginar el efecto que tendría.

Finalmente pulsó Enviar.

Dejó el teléfono sobre la mesilla y se levantó perezosamente. Mientras caminaba hacia el baño, pensó que quizá podría aprovechar para pasarse por el centro comercial. Hacía varios días que había visto un vestido que le gustaba y, con un poco de suerte, aún seguiría allí.

Abrió el grifo de la ducha y dejó correr el agua hasta que estuvo caliente.

Para entonces, la fotografía que acababa de enviar a Rodrigo ya había desaparecido de sus pensamientos.