Capítulo 26
Vera llamó al timbre poco después de las cinco. Isabel tardó apenas unos segundos en abrirle y la recibió con la misma familiaridad de las últimas semanas, acercándose para darle dos besos antes incluso de saludarla.
—Pasa, cariño. Estaba terminando de hacer unas cosas.
Había algo en aquella casa que empezaba a resultarle familiar. El olor, el silencio, incluso la forma en que Isabel desaparecía por el pasillo dando por hecho que ella la seguiría hasta el despacho.
Aquella tarde vestía de una manera mucho más informal de lo habitual.
Llevaba unos pantalones blancos de lino, anchos y ligeros, y una blusa del mismo color con las mangas remangadas.
Iba descalza. Vera se fijó en la fina cadena de plata que rodeaba uno de sus tobillos y en las uñas de los pies, perfectamente pintadas en un tono oscuro.
Caminó detrás de ella y, sin saber muy bien por qué, terminó observándola.
Isabel tenía una forma de moverse que encajaba perfectamente con el resto de su personalidad.
Nada exagerado, ningún intento evidente de resultar sensual, simplemente aquel balanceo natural y elegante de las caderas que el corte de los pantalones acentuaba al caminar.
Fue entonces cuando Vera reparó en otro detalle.
El lino blanco era ligeramente transparente.
No tanto como para resultar vulgar, pero sí lo suficiente para que, cuando atravesaban las zonas más iluminadas del pasillo, pudiera distinguir bajo la tela el dibujo de unas braguitas negras de encaje.
Vera apartó la mirada casi inmediatamente.
—Mi marido me dijo que el otro día, cuando yo no estaba, coincidisteis en casa —comentó Isabel mientras entraban en el despacho.
Lo dejó caer como si fuera un hecho sin importancia, pero Vera percibió cierto nerviosismo en su tono. Recordó que Isabel le había confesado que era bastante celosa y decidió actuar con absoluta normalidad.
—Sí. Me abrió la puerta —respondió Vera, como si aquello resumiera todo el encuentro.
Isabel esperó unos segundos antes de responder.
—Me dijo que eras muy simpática.
Vera dejó el bolso junto a la silla.
—Él también fue amable conmigo.
Isabel sonrió.
—Rodrigo suele caer bien. Aunque tiene bastante carácter cuando quiere. Es un hombre muy dominante.
Vera tomó asiento frente al ordenador y comenzó a colocar algunos documentos mientras Isabel seguía hablando.
—Este fin de semana, por cierto, es nuestro aniversario.
—¿Ah, sí?
—Veintidós años de casados.
—Joder.
Isabel se echó a reír.
—Gracias por recordarme lo vieja que soy.
—No quería decir eso —respondió la joven, apurada.
—Ya lo sé, tonta. —Isabel se apoyó contra el escritorio—. Nos vamos a París. Dos noches. Hace muchísimo que no vamos. Por desgracia, mi trabajo me absorbe demasiado tiempo.
Vera sonrió.
—Qué romántico. París debe ser una ciudad preciosa. En mi dormitorio tengo un póster de la Torre Eiffel.
—Para mi gusto llueve demasiado y hay demasiada inseguridad en algunas zonas. Pero sigue siendo la ciudad del amor y de los excesos —respondió Isabel con una sonrisa cargada de picardía—. Y mi Rodrigo es un hombre tan apasionado… —Entornó los ojos antes de seguir hablando—. A veces demasiado.
Le guiñó un ojo.
Vera sonrió también, aunque la frase provocó en ella una imagen que prefirió apartar enseguida.
Pensó primero en Pablo. En lo bonito que sería viajar un fin de semana con él, alojarse en un hotel, salir a cenar y recorrer París de noche.
Pero el pensamiento apenas duró unos segundos antes de ser sustituido por otro bastante más incómodo.
¿Cómo sería hacerlo con Rodrigo?
Un hombre maduro, culto, acostumbrado a viajar, que conociera buenos restaurantes y pudiera explicarle la historia de los edificios mientras caminaban.
Vera se reprendió mentalmente.
Isabel seguía hablándole del hotel. Un cinco estrellas cerca de los Campos Elíseos en el que ya se habían alojado varias veces. Vera fingía prestar atención mientras otra pregunta, todavía peor, se abría paso en su cabeza.
¿Habría llevado Rodrigo alguna vez a su madre a París?
No se atrevía ni a imaginarlo.
Isabel abandonó el despacho y regresó unos minutos después con dos tazas. No le había preguntado qué quería tomar. Ya no hacía falta. Desde hacía semanas preparaba automáticamente dos infusiones de verbena por las tardes.
Dejó una delante de Vera.
—Por cierto, me he comprado un conjunto de lencería precioso. Encaje de Chantilly negro, sujetador balconette y braguita a juego. Luego te lo enseño. Lo tengo en el dormitorio.
Vera levantó la mirada, divertida.
—¿También forma parte del aniversario? —preguntó con picardía.
—Naturalmente. —Isabel se sentó frente a ella—. A mi edad hay que utilizar todos los recursos disponibles.
—No eres tan mayor.
—Eso lo dices porque tienes dieciocho años. Cuando pases de los cuarenta y cinco, me dices. —Sopló sobre la infusión—. Los hombres ya no te miran de la misma manera, créeme. Lo que ahora a veces te resulta incómodo y molesto, luego comienzas a echarlo de menos.
—Pues yo te veo estupenda —soltó Vera sin pensarlo.
Isabel levantó las cejas.
—¿De verdad?
—Claro. Me pareces una mujer muy elegante y tienes un cuerpazo.
La sonrisa de Isabel se ensanchó.
—Gracias, cariño.
Le guiñó un ojo y bebió un poco antes de continuar.
—A mí me habría gustado ser una mujer con más curvas.
Vera pensó inmediatamente en su madre.
Rebeca sí tenía curvas. Pechos grandes, caderas anchas, muslos con más volumen.
Incluso vistiendo unos simples vaqueros conseguía transmitir una feminidad mucho más evidente que Isabel.
Eran dos mujeres atractivas de maneras completamente diferentes: Isabel era estilizada, elegante, delicada; Rebeca tenía una presencia física mucho más rotunda.
Y Vera se preguntó si precisamente aquella diferencia sería una de las cosas que atraían a Rodrigo de su madre.
La idea le produjo una extraña sonrisa.
—¿De qué te ríes?
—De que eres una mujer tan segura de ti misma… Se te ve tan fuerte que cuesta imaginar que puedas sentirte insegura por algo así.
Isabel negó con la cabeza.
—Porque no me conociste con veinte años. Estaba acomplejadísima con el pecho. Rodrigo me convenció para que me operara. Decía que cualquier adolescente tenía más tetas que yo.
Vera frunció ligeramente el ceño, pero Isabel continuó como si el comentario no tuviera mayor importancia.
—Incluso llegué a consultar con un cirujano estético, pero papá se enteró y fue rotundo. Me dijo que no tenía nada que arreglar y consiguió quitarme la idea de la cabeza.
—¿Y Rodrigo?
Isabel se encogió de hombros.
—Se enfadó bastante. Decía que papá se metía donde no le llamaban. Mi marido y él son dos hombres de carácter fuerte que chocan más a menudo de lo que me gustaría.
—Yo te veo perfecta así —dijo Vera, recordando la extraña nota que Isabel guardaba en el joyero.
Isabel se rio y se desabrochó los botones de la blusa con absoluta naturalidad, dejando a la vista el sujetador negro. Después tiró ligeramente de una de las copas para mostrarle el grueso acolchado interior.
—Mira. Casi todo es relleno. Ahora hacen unos sujetadores fantásticos.
Vera soltó una carcajada.
—Qué exagerada eres.
—¿Exagerada? Espera.
Se bajó el sujetador y dejó los pechos al descubierto. Eran pequeños, redondos, proporcionados a su cuerpo delgado, con pezones oscuros que destacaban sobre la piel clara. Los miró ella misma con una expresión crítica que hizo sonreír a Vera.
—Tampoco necesitas tener más.
—Cuando tenía tu edad, me metía algodón debajo del bikini para ir a la piscina.
—¡No! ¿En serio? Me estás tomando el pelo…
—Te lo juro. El problema era que después no podía bañarme. Imagínate que salgo del agua y empieza a aparecer algodón empapado por todas partes.
Las dos se echaron a reír.
Isabel parecía divertirse recordándolo.
—Odiaba mis tetitas. Tenía una amiga, Natalia, que tenía un buen par de melones. Yo la miraba y pensaba que la vida era profundamente injusta. Ella se quejaba porque todo le quedaba demasiado ajustado y yo habría dado cualquier cosa por tener la mitad.
—Así somos las mujeres, nunca estamos contentas con nuestro cuerpo.
—Aunque yo tengo una ventaja: nunca se me van a caer las tetas.
Vera volvió a reír.
—Qué tonta eres…
Isabel la miró de arriba abajo con curiosidad.
—¿Tú qué talla utilizas?
La pregunta pilló desprevenida a Vera.
—¿Yo?
—No, la vecina.
Vera notó cómo empezaba a sonrojarse. Unas semanas atrás, una conversación semejante con su jefa le habría resultado inimaginable. Pero Isabel ya no era únicamente la mujer para la que trabajaba. Se había convertido en alguien con quien hablaba de prácticamente todo.
—Una noventa y cinco.
Isabel abrió ligeramente los ojos.
—¿Una noventa y cinco? Definitivamente, la naturaleza tiene sus favoritas.
—No digas tonterías. Tienes un cuerpo perfecto. Se nota que te cuidas un montón.
Isabel seguía sin molestarse en cubrirse y la miró con una sonrisa traviesa.
—Ahora te toca a ti enseñarme las tetas.
Vera soltó una carcajada, convencida al principio de que estaba bromeando. Sin embargo, Isabel continuó mirándola, divertida.
—Estás como una cabra.
Aun así, se levantó la camiseta y, después de unos segundos de vacilación, se subió el sujetador.
Isabel abrió mucho los ojos.
—Joder, Vera.
La joven se puso colorada.
—¿Qué?
—Nada. Que reitero oficialmente todas mis quejas contra la naturaleza.
Vera se echó a reír, cada vez más avergonzada y al mismo tiempo divertida por la situación.
—Venga, basta de hablar de tetas —sentenció Isabel mientras recogía su taza—. Como Rodrigo descubra que te pago para esto, cualquier día se ofrece él a supervisar nuestro trabajo.
La mención de su marido hizo que Vera volviera a sentir aquella pequeña incomodidad.
Isabel ya había regresado a los documentos y hablaba de los cambios que quería introducir en uno de los capítulos del libro. Vera, sin embargo, tardó algo más en concentrarse.
Delante de ella estaba una mujer que confiaba cada día un poco más en ella, que la recibía en su casa como si fuera una amiga y que acababa de contarle, entre risas, inseguridades que probablemente no compartía con cualquiera.
Y Vera había pasado buena parte de aquella tarde pensando en su marido. Aquello sí empezaba a preocuparla.