Capítulo 25
La cafetería estaba a pocas calles del hotel donde él se alojaba. Rebeca había elegido aquel lugar precisamente porque quedaba lejos de su barrio y no quería que Patrick supiera dónde vivía. Cuando llegó, él ya estaba sentado junto al ventanal.
Lo reconoció nada más entrar.
Vestía una americana azul sobre una camisa blanca sin corbata y tenía una taza de café delante, junto al teléfono. Se levantó al verla acercarse.
—Rebeca.
—Hola, Patrick.
Él hizo ademán de abrazarla y Rebeca aceptó el gesto, aunque apenas durante un par de segundos. Después dejó el bolso sobre una silla y se sentó frente a él.
—Estás estupenda.
—Gracias. Pero no puedo decir lo mismo de ti. Has engordado bastante desde la última vez que nos vimos. Creo que la vida te trata demasiado bien.
Patrick sonrió.
—Sigues siendo igual de encantadora.
A pesar de llevar muchos años hablando español con bastante fluidez, nunca había perdido el acento. Algunas palabras conservaban aquella entonación irlandesa que a ella le había resultado tan atractiva cuando lo conoció.
Rebeca pidió un café cuando se acercó el camarero y esperó a que volviera a alejarse.
—¿Vas a estar muchos días en Madrid?
—Me marcho la semana que viene. Tengo una reunión con la concejala de urbanismo y después regreso a Dublín.
—¿Visita de trabajo?
—Como casi siempre —respondió con cierta amargura—. De joven crees que trabajas para ser libre. Con los años descubres que, cuanto más tienes, más tiempo dedicas a conservarlo. Es una paradoja bastante cruel: sacrificas tu libertad para poder permitírtela.
La miró un instante.
—Por eso admiro a personas como tú. Nunca has necesitado demasiado para vivir como te da la gana.
Rebeca removió el café cuando se lo sirvieron. Habían aprendido a mantener aquellas conversaciones con una extraña normalidad, como dos viejos conocidos que se veían muy de vez en cuando y tenían perfectamente establecidos los asuntos de los que podían hablar y aquellos que era preferible evitar.
—¿Te llegó el último ingreso?
—Puntual como de costumbre. Veo que la mala conciencia te ha vuelto un hombre más generoso.
Rebeca dio un pequeño sorbo al café. Patrick permaneció observándola y ella supo perfectamente qué estaba esperando.
—¿Has traído fotos?
La pregunta consiguió que sonriera.
—Sabía que no ibas a tardar ni cinco minutos en preguntármelo.
Sacó el teléfono del bolso, buscó la galería y se lo tendió.
Patrick lo cogió con una impaciencia que contrastaba con la tranquilidad que había mostrado hasta entonces. Rebeca había seleccionado más de una docena de fotografías recientes antes de salir de casa.
Patrick fue pasando las imágenes despacio.
Con algunas se detenía más de lo necesario, fijándose en todos los detalles.
—Ya es toda una mujer. Está preciosa.
Rebeca sonrió.
—Lo está.
Patrick amplió una de las fotografías. Vera miraba directamente a la cámara, con el cabello rojizo cayéndole sobre los hombros.
—Se parece más a ti.
Rebeca negó con la cabeza.
—Creo que te equivocas. Es tu vivo retrato. Tiene tu pelo, tus ojos y esa piel tan blanca que parece que no le ha dado el sol en la vida. Hasta es más alta que yo.
Patrick volvió a mirar la fotografía y la amplió con los dedos. Una sonrisa de orgullo le iluminó el rostro mientras contemplaba a su hija.
—Me recuerda mucho a mi hermana Maeve cuando tenía su edad… Que Dios la tenga en su gloria. —Se persignó y besó la pequeña cruz de oro que llevaba al cuello—. No hay duda de que es una O’Callaghan. Tiene la mirada de la familia.
Rebeca conocía bien aquella expresión. Se la había visto otras veces, cada vez con más frecuencia en los últimos años, desde que Patrick empezó a interesarse de verdad por Vera.
Ya no preguntaba solo por sus estudios o por si necesitaba algo.
Quería saber qué música escuchaba, qué libros leía, quiénes eran sus amigos o qué pensaba hacer con su vida.
—¿Está contenta en Madrid?
—Mucho. Al principio le costó, pero ahora empieza a disfrutar de la ciudad. Está estudiando, ha hecho algunas amigas y, además, trabaja unas horas por las tardes.
—¿Trabaja? ¿Dónde?
Rebeca hizo una pausa deliberada. Le gustaba verlo ansioso por saber detalles de la vida de Vera.
—Ayuda a una psiquiatra bastante famosa a preparar un libro y a llevarle algunas cosas de la agenda.
Patrick sonrió mientras seguía pasando fotografías.
—Siempre dijiste que era muy responsable.
—Lo es. En eso también puedes estar tranquilo. —Lo miró de reojo—. Siempre me regaña por ser tan desorganizada.
Los dos terminaron riéndose.
Durante unos instantes reapareció entre ellos una complicidad antigua. Una de esas pequeñas conexiones que sobrevivían inexplicablemente al paso de los años. Patrick dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirándola.
—Tú también estás muy guapa.
—Eso ya me lo has dicho antes —respondió ella con cautela.
—Porque es verdad.
Rebeca percibió el cambio antes de que sucediera. Patrick se inclinó hacia ella y trató de besarla. Apenas llegó a rozarle los labios porque Rebeca volvió la cara y apoyó una mano contra su pecho.
—Por favor, no empieces.
Él retrocedió, aunque siguió sonriendo.
—Solo quería recordar lo que se sentía besando tu boca.
—Pues tendrás que seguir haciendo memoria —lo interrumpió con frialdad.
Patrick soltó una pequeña carcajada y volvió a acomodarse en la silla.
—Han pasado muchos años —dijo él con cierta nostalgia—. Pero sigo añorándote cada día. Fui un imbécil.
—Lo fuiste. Y no vuelvas a intentar besarme… —Su tono fue seco y cortante. Rebeca odiaba cuando él intentaba un acercamiento—. No sabes una mierda de mí. Ya no soy aquella chica tan impresionable que conociste en Madrid durante uno de tus viajes.
No necesitaba explicarle a qué se refería.
Los dos recordaban perfectamente aquellos meses.
Rebeca acababa de llegar a la capital, tenía poco dinero, demasiadas ganas de comerse el mundo y una facilidad extraordinaria para meterse en situaciones que después no sabía cómo resolver.
Patrick viajaba con frecuencia a España por trabajo.
Era bastante mayor que ella, extranjero, elegante y parecía conocer un mundo al que Rebeca nunca tendría acceso.
Patrick cogió nuevamente el teléfono, pero esta vez no pasó ninguna fotografía. Se quedó contemplando la misma durante un largo rato.
—¿Podré conocerla algún día? Al fin y al cabo, es una O’Callaghan.
La pregunta borró la sonrisa de Rebeca. Negó con la cabeza.
—No es una O’Callaghan. Se apellida Ortiz. Patrick… No me hagas esto.
—Solo te he hecho una pregunta.
—Y sabes la respuesta. Ese no era el trato.
—El trato lo hicimos hace años. Han cambiado mucho las cosas… Entiende, Rebeca…
Ella suspiró como si estuviera cansada.
—Quedamos en que te conformarías con conocer detalles de su vida, te enseñaría fotografías cuando nos viéramos y tú podrías saber cómo estaba. Nada más.
Patrick dejó el teléfono sobre la mesa con cierta brusquedad.
—Pero es mi hija, joder. Lleva mi sangre.
Rebeca sostuvo su mirada.
—Eso deberías haberlo pensado cuando me pediste que abortara.
El golpe surtió efecto. Patrick bajó la voz inmediatamente.
—Rebeca, eso pasó hace mucho tiempo.
—Ya lo sé. Pero me dejaste tirada.
—Yo apenas te conocía. Tú eras una cría que acababa de llegar a Madrid y yo estaba casado, tenía mi familia en Dublín… De repente apareciste diciéndome que estabas embarazada. ¿Qué querías que hiciera?
—Todo menos desaparecer.
Patrick apretó los labios.
—Tuve miedo. Siempre he sido un cobarde.
—Y yo no, ¿verdad? ¿Crees que para mí fue fácil?
—No he dicho eso… —Miró hacia el suelo un tanto avergonzado.
Rebeca apoyó la espalda contra la silla.
No estaba enfadada, o al menos no como habría estado años atrás.
Aquella discusión pertenecía a un pasado que creía haber dejado bien enterrado.
Sin embargo, escuchar ahora las mismas justificaciones despertaba algunas heridas que nunca habían terminado de curar.
—Desapareciste durante catorce años de su vida, Patrick. Catorce. Y ahora pretendes que un día la traiga y te presente como si fueras el padre del año.
—No es eso, joder, Rebeca.
Varias personas de una mesa cercana volvieron la cabeza y Patrick bajó nuevamente la voz.
—Llevo haciéndome cargo de todos sus gastos desde que volvimos a encontrarnos. Creo que tiene derecho a saber que existo.
—¿Me lo estás tirando en cara? Eres un hijo de puta. No tenía que haber venido —cerró los puños e hizo el amago de incorporarse—. Los hombres como tú creéis que podéis comprarlo todo con dinero. Y ni mi hija ni yo estamos en venta.
Él le sujetó suavemente una muñeca, impidiendo que terminara de levantarse y diera la cita por terminada.
—No estoy hablando del dinero, Rebeca.
Patrick cogió el teléfono una vez más. La pantalla seguía mostrando la fotografía de Vera.
—No lo hagas por mí… Piensa en ella. ¿No crees que tiene derecho a conocer a sus hermanos? Deja que sea Vera la que decida. Ya es una mujer.
Ella cogió aire y contó hasta diez. Estaba muy nerviosa.
—No sabes lo que estás pidiendo.
—Sí que lo sé.
—No, Patrick. Tú vuelves a Dublín dentro de pocos días.
Soy yo la que se queda aquí cuando Vera empiece a hacer preguntas.
Soy yo la que tendrá que explicarle por qué llevo cuatro años mintiéndole.
Confesarle que me reunía contigo a sus espaldas, que aceptaba tu dinero a cambio de enseñarte fotografías y contarte detalles de su vida.
—Precisamente por eso deberías contárselo tú antes de que…
Rebeca endureció la mirada.
—¿Me estás amenazando?
—No. Perdóname, Rebeca —Patrick negó con la cabeza—. Jamás haría algo así. Sabes que no. Sé perfectamente que no tengo derecho a exigir nada. Solo te estoy pidiendo que lo pienses.
Rebeca bajó la mirada hacia la pantalla.
Allí estaba Vera, sonriendo junto a ella, completamente ajena a aquella conversación.
Durante años, Rebeca había estado convencida de que mantener a Patrick lejos era la mejor forma de proteger a su hija.
Él enviaba dinero, recibía fotografías y sabía lo suficiente para tranquilizar su conciencia.
Ella conservaba el control y Vera no tenía que cargar con un padre que había decidido no estar cuando más lo necesitaban.
Hasta entonces, aquel acuerdo le había parecido suficiente.
Pero Vera ya no era una niña.
Y, por primera vez en muchos años, Rebeca tuvo la incómoda sensación de que aquel pacto que tan sencillo había parecido cuando volvieron a encontrarse quizá no podría mantenerse para siempre.