Capítulo 24 #4
Con un movimiento ágil y felino, Vera montó a horcajadas sobre su regazo, acomodando las piernas a ambos lados de las caderas de Pablo.
El contacto directo de su piel desnuda contra la dureza de él hizo que ambos soltaran un suspiro entrecortado.
Se volvieron a besar con desesperación, devorándose mutuamente mientras las manos de Pablo le apretaban los glúteos, levantándola ligeramente para alinearla.
El glande rozó su entrada húmeda y palpitante. Vera jadeó al notar el contacto y se dejó caer sobre él, sintiendo cómo Pablo entraba lentamente en ella.
Vera gimió con fuerza contra su boca y arqueó el torso hacia atrás al sentir cómo Pablo la llenaba por completo. La intensidad la hizo estremecerse, una mezcla de presión y placer abrasador que le recorrió todo el cuerpo.
—Joder, Pablo… —balbuceó Vera, con la respiración entrecortada—. Estás… estás dentro de mí.
—Estás increíble, Vera… tan apretada, tan jodidamente húmeda —siseó él en su oído, mientras empezaba a moverse y elevaba las caderas para buscarla con furia.
El sonido de la piel chocando contra la piel llenó el coche, mezclándose con sus jadeos cada vez más intensos.
Vera estaba a horcajadas sobre Pablo, con las manos firmemente apoyadas en sus hombros, subiendo y bajando sobre él con un ritmo cada vez más brutal.
Cada vez que descendía, lo hacía hasta el fondo, dejando escapar un gemido antes de volver a incorporarse.
—Me gusta… Joder, me gusta demasiado —gimió Vera, completamente desinhibida, mientras el placer empezaba a acumularse con una intensidad que no sabía cómo manejar—. No quiero que te corras todavía… Aguanta un poco más, por favor.
Y entonces pensó en Pedro. Él nunca habría aguantado tanto tiempo con ella moviéndose así.
Habría cerrado los ojos para no verla, intentando contenerse, y enseguida le habría pedido que parase.
Pero Vera nunca había sospechado que aquello tuviera nada de extraño.
Pedro había sido su única referencia y, hasta esa noche, había estado convencida de que todos los hombres eran así.
—¿Necesitas que pare? —preguntó, todavía convencida de que Pablo debía de estar haciendo un esfuerzo enorme por contenerse.
Él la miró sin llegar a comprender.
—Sigue, Vera… Joder, sigue follándome así —jadeó él, aferrándola por las caderas—. Me gusta cómo te mueves.
Ella sonrió con malicia.
—Dime que cuando estás conmigo no piensas en ella.
—¿Quieres saber si me gusta más follar contigo que con ella? —siseó Pablo con una sonrisa febril, alzando las caderas de golpe para volver a llenarla con una embestida seca y profunda que hizo que a Vera se le escapara un grito.
—¡Ah…! Sí, joder… quiero oírlo —gritó Vera con los ojos dilatados—. Dímelo mientras me follas, cabrón…
Pablo le agarró los glúteos, levantándola del asiento para volver a estrellarla contra su pelvis en una estocada salvaje.
—Me gusta más follar contigo que con ella. Me vuelve loco este chochito pelirrojo que tienes… Es tan apretado y caliente… —Se mordió el labio, mirándola a los ojos—. Te juro que daría lo que fuera por tenerte así, desnuda y encima de mí todos los días.
El rugido de Pablo resonó en el habitáculo con una crudeza tan sincera que a Vera se le cortó la respiración.
En aquel momento ya no quedaba espacio para las dudas, los remordimientos ni los fantasmas de Villablaso.
Solo existían el calor asfixiante del coche, sus respiraciones agitadas y aquella embriagadora sensación de saberse deseada, de haber conseguido que, al menos durante unos minutos, para Pablo no existiera ninguna otra mujer.
Fue ella quien, incapaz de soportar un segundo más aquella intensidad, terminó por estallar.
El placer la desbordó de golpe. Vera echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido largo que enseguida se convirtió en un grito.
Todo su cuerpo se tensó antes de empezar a temblar, sacudido por oleadas que parecían sucederse sin darle tiempo a recuperarse.
Cerró los ojos con fuerza y se aferró a él, completamente superada por unas sensaciones mucho más intensas de cuanto había experimentado hasta entonces. Durante unos segundos no pudo pensar en Pedro, ni en Ana, ni siquiera en lo que acababa de hacer. Solo pudo dejarse llevar.
—¡Joder, Pablo! —consiguió gemir entrecortadamente—. ¡Córrete conmigo! —añadió, perdiendo el control por completo.
Un espasmo violento sacudió el cuerpo de Pablo, que dio tres embestidas finales antes de vaciarse con un jadeo gutural que resonó en el coche.
Durante largos minutos, ninguno de los dos se movió. Quedaron fundidos en un abrazo denso, con las frentes apoyadas la una contra la otra, respirando el mismo aire caliente y escuchando los latidos desbocados de sus corazones en medio del silencio absoluto de la noche.
Aquella madrugada, en mitad de aquel polígono abandonado, Vera descubrió lo que era el sexo de verdad: un placer capaz de romperte el cuerpo, hacerte perder la voz por los gemidos y dejarte las piernas temblando durante un buen rato.