Los Amantes de Mamá Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

Pablo arqueó las cejas, sorprendido por la naturalidad con la que acababa de decírselo, aunque no hizo ningún comentario.

—No hemos vuelto —aclaró Vera enseguida—. Ni siquiera sé muy bien por qué lo hice. Supongo que necesitaba comprobar qué sentía después de todo este tiempo, si todavía seguía dolida o quedaba algo entre nosotros.

—¿Y qué sentiste?

Vera se tomó unos segundos antes de responder. Recordó el coche aparcado junto a la serrería, el cielo lleno de estrellas y la extraña familiaridad que había sentido al volver a besar y dejarse acariciar por Pedro.

—Cariño, sí. Hemos crecido juntos y eso no desaparece de un día para otro. Pero ya no estoy enamorada de él. Al menos, no como antes.

Pablo permaneció unos segundos en silencio antes de hablar.

—Entonces quizá entiendas un poco lo que intento explicarte.

Vera levantó inmediatamente la mirada.

—No confundas las cosas. Que yo haya perdonado a Pedro no significa que ahora me parezca bien que tú engañes a Ana conmigo.

La respuesta lo hizo callar.

Vera volvió a mirar hacia el exterior. La nave abandonada seguía allí, recortada contra la escasa iluminación del polígono.

Hacía apenas diez minutos aquel lugar le había parecido el escenario perfecto para dejarse llevar con un chico que le gustaba.

Ahora estaba sentada en el mismo coche preguntándose si quería convertirse voluntariamente en aquello que tanto daño le había hecho unos meses atrás.

Y lo peor era que Pablo seguía gustándole. Eso complicaba bastante las cosas.

—Me gustas mucho, Vera. Te lo digo en serio.

Ella sostuvo su mirada, intentando averiguar cuánto había de sinceridad y cuánto de excusa en aquellas palabras.

—Pues podías haber empezado por decirme que tenías novia.

—Lo sé. Y he sido un gilipollas por habértelo ocultado. Pero cada vez que intentaba quedar contigo, pensaba que, si te lo contaba antes de conocerme un poco mejor, no me darías ninguna oportunidad.

—Por supuesto, jamás habría quedado contigo si hubiera sabido que tenías novia.

Pablo no añadió nada más. Se limitó a sostenerle la mirada, dejando que fuera ella quien decidiera qué hacer con todo lo que acababa de contarle.

Durante unos segundos ninguno se movió. Vera sabía que lo sensato habría sido pedirle que la llevara a casa. Sin embargo, cuando Pablo se inclinó lentamente hacia ella, no se apartó. Lo vio acercarse y terminó cerrando los ojos poco antes de que sus labios volvieran a encontrarse.

Esta vez fue Vera quien prolongó el beso.

Cuando se separaron, permaneció muy cerca de él, todavía confundida por su propia reacción. Acababa de contarle cuánto daño le había hecho la infidelidad de Pedro y, aun así, estaba besando a un chico después de saber que tenía novia.

—Esto está fatal —murmuró.

—Un poco.

Vera lo miró con reproche.

—No pongas esa sonrisa de gilipollas.

Pablo intentó contenerla, sin demasiado éxito. Y Vera, muy a su pesar, volvió a sonreír.

El coche, bañado por la tenue luz anaranjada que se filtraba a través de los cristales, se convirtió de pronto en un refugio hermético donde las excusas y los escrúpulos se evaporaron por completo.

Pablo volvió a buscar sus labios, pero esta vez el beso fue un choque hambriento y voraz, una colisión de urgencia que hizo que Vera gimiera contra su boca, perdiendo el aliento en cuestión de segundos.

Las manos de Pablo, hasta entonces inseguras, abandonaron su cintura y recorrieron sus costados hasta detenerse en los botones de la blusa.

—Joder, eres preciosa… —murmuró contra sus labios.

Comenzó a desabrocharlos uno a uno, con esa torpeza provocada más por las prisas que por los nervios.

Vera lo dejó hacer, todavía aferrada a su nuca, hasta que la blusa se abrió y dejó a la vista el sujetador negro de encaje que había elegido aquella tarde y que, apenas unos instantes después, terminó abandonado sobre el asiento.

Vera sintió un escalofrío recorrerle la columna cuando el aire frío de la madrugada chocó contra su pecho.

Pero el contraste duró apenas un instante; las manos grandes y cálidas de Pablo cubrieron sus senos de inmediato, apretando la carne turgente y masajeándola con una devoción hambrienta.

Sus pulgares rozaron los rosados pezones, ya endurecidos por la tensión, provocando que ella arquease la espalda contra el respaldo del asiento y soltara un gemido largo y roto que se ahogó en el interior del habitáculo.

Nunca había actuado así. Jamás se habría imaginado a sí misma entregándose de esa manera en un polígono abandonado, desatando una pasión desbocada con un chico al que apenas conocía y que, para colmo, tenía novia.

Pero, contra todo pronóstico, la culpa no asomó por ninguna parte; en su lugar, solo había un calor abrasador, una necesidad visceral de romper todas sus propias reglas y dejarse llevar por el vértigo.

—Quítate el pantalón… —susurró ella con la voz ronca, con los ojos oscuros y dilatados por el deseo, mientras le agarraba de las solapas de la camisa—. Quiero tocarte. Quiero sentirte dentro de mí.

Movida por un impulso salvaje, Vera se desabrochó los vaqueros y se los bajó de un tirón junto con las bragas, retorciéndose torpemente en el reducido espacio del asiento del copiloto hasta conseguir quitárselos.

Pablo se detuvo un segundo al verla desnuda, con los ojos fijos en su cuerpo iluminado por la penumbra, tragando saliva con desesperación. Sin apartar la vista de ella, abrió la guantera de un manotazo, sacó un preservativo y se lo puso rápidamente, mientras le temblaban los dedos de pura ansiedad.

—Ven aquí… —jadeó él.