Capítulo 24 #2
Abrió la puerta y recorrió el pequeño pasillo que conducía de nuevo al bar. Apenas había dado unos pasos cuando descubrió a Pablo apoyado contra la pared. Se detuvo. Él no dijo nada. Vera tampoco.
Habían pasado casi dos horas hablando y riéndose con absoluta normalidad, pero de pronto aquella estrecha zona de paso, alejada de las mesas y con una luz mucho más tenue, hizo que la presencia del otro adquiriera un significado diferente.
—¿Me estabas esperando? —preguntó finalmente.
Pablo sonrió.
—¿Tanto se nota?
Vera sintió regresar aquel nerviosismo de las nueve y media, solo que ahora era distinto. Ya no tenía que ver con no saber de qué hablar ni con preguntarse si le gustaría. Sabía perfectamente qué estaba esperando él.
Y también sabía que no quería apartarse.
Pablo se acercó despacio. Vera levantó ligeramente el rostro y durante un instante permanecieron tan cerca que pudo sentir su respiración antes de que sus labios terminaran encontrándose.
El primer beso fue breve. Casi prudente. Cuando se separaron, Pablo la miró como si esperara alguna señal que le indicara si podía continuar. Fue Vera quien volvió a acercarse. Esta vez el beso duró bastante más.
Regresaron a la mesa sin comentar lo que acababa de ocurrir. Vera se sentó y cogió su cerveza, aunque antes de beber levantó los ojos hacia Pablo. Él ya la estaba mirando. Ambos sonrieron al mismo tiempo.
A partir de entonces la conversación continuó, pero ya no fue exactamente igual.
Pablo apoyaba el brazo sobre el respaldo de su silla cuando se acercaba para decirle algo y ella dejó de apartar la pierna cada vez que sus rodillas se encontraban.
Eran pequeños contactos, casi insignificantes, pero Vera era demasiado consciente de cada uno.
Pidieron una última cerveza para compartir.
Pablo le contó algunas anécdotas y Vera terminó hablándole de sus amigas del pueblo, de lo difícil que le había resultado al principio acostumbrarse a una ciudad donde no conocía apenas a nadie.
Hablar de Villablaso ya no le produjo aquella nostalgia de las primeras semanas.
Cuando miró el teléfono, eran casi las dos.
—Joder. No sabía que fuera tan tarde.
Su madre no le había escrito. Rebeca sabía que había quedado con alguien y se había limitado a decirle que disfrutara y que llevara las llaves.
Aquella libertad todavía le resultaba extraña.
En el pueblo, su abuela habría querido saber con quién estaba, dónde iba y aproximadamente a qué hora pensaba regresar.
Rebeca, en cambio, parecía considerar suficiente saber que su hija tenía batería en el móvil y dinero para regresar en taxi a casa.
Terminaron la cerveza y salieron.
El cambio de temperatura hizo que Vera se estremeciera. Después de varias horas dentro del pub, el aire de la madrugada le pareció especialmente frío. Pablo caminó junto a ella y, al llegar a la primera esquina, le pasó un brazo por la cintura con una naturalidad que consiguió que Vera sonriera.
Volvieron a besarse un par de veces, una de ellas detenidos junto a un escaparate cerrado. Ya no existía la timidez del primer beso y Vera empezó a preguntarse inevitablemente hasta dónde quería que llegara aquella noche.
No encontró una respuesta clara.
Cuando llegaron al coche, Pablo abrió las puertas con el mando.
—¿Te llevo a casa?
Vera lo miró. La pregunta parecía sencilla, pero la forma en que él la había formulado dejaba abierta otra posibilidad.
—Todavía no tengo sueño.
Pablo sonrió.
—Yo tampoco.
Vera rodeó el vehículo y se sentó en el asiento del acompañante.
Durante los primeros minutos creyó que simplemente estaban dando una vuelta.
Pablo conducía sin prisa, con una mano apoyada en la parte superior del volante mientras seguían hablando de cualquier cosa.
Vera miraba las calles pasar por la ventanilla y trataba de reconocer por dónde iban, pero enseguida perdió completamente la orientación.
Madrid seguía siendo para ella una colección de lugares unidos por líneas de metro. Conocía el camino a la universidad, el supermercado, la casa de Isabel, algunas calles del centro y poco más. Fuera de esas rutas podía encontrarse a tres kilómetros de casa o a veinte sin tener la menor idea.
Al cabo de un rato, los edificios residenciales empezaron a desaparecer.
—¿Dónde me llevas?
—Conozco un sitio tranquilo por aquí cerca.
Vera volvió la cabeza hacia él.
—Eso ha sonado bastante peligroso.
Pablo se rio.
—Tranquila, no te voy a secuestrar.
—Eso también lo diría alguien que estuviera pensando secuestrarme.
Continuaron bromeando, pero Vera prestó más atención al exterior cuando Pablo abandonó la autovía y tomó una carretera secundaria. Poco después giró nuevamente y entraron en una zona industrial que parecía pertenecer a otra época.
Las naves se sucedían a ambos lados de una calzada deteriorada.
Muchas estaban cerradas desde hacía años.
Algunas conservaban enormes rótulos comerciales medio desprendidos de las fachadas; otras tenían los cristales rotos y las persianas metálicas cubiertas de grafitis.
La maleza había invadido varias aceras y crecía incluso entre las grietas del asfalto.
Vera observó el lugar con una mezcla de curiosidad e inquietud.
—Muy acogedor… —dijo con ironía.
—De día pierde mucho encanto.
—No me cabe duda.
Pablo condujo hasta una calle lateral y aparcó junto a una antigua nave rodeada por una verja oxidada. No había ningún otro vehículo a la vista. Apagó el motor y, durante unos segundos, el único sonido que permaneció dentro del coche fue el de la música, hasta que también la desconectó.
El silencio resultó casi absoluto.
Vera miró por la ventanilla. A lo lejos se distinguía el resplandor anaranjado de Madrid, pero allí parecía no vivir nadie.
—Como aparezca un tío con una motosierra, pienso echarte toda la culpa.
Pablo se echó a reír.
—Podemos irnos si estás incómoda.
Vera negó con la cabeza. No lo estaba. O no exactamente.
Era consciente de encontrarse de madrugada en un lugar desconocido con un chico al que apenas había visto dos veces, y aquella constatación le imponía cierto respeto.
Pero también había algo excitante en aquella situación.
Era una experiencia completamente alejada de su vida en Villablaso, de Pedro, de su abuela y de todo lo que había conocido hasta hacía apenas unas semanas.
Pablo se inclinó hacia ella y volvieron a besarse.
Vera respondió con naturalidad. Después de los besos del pub, aquello ya no tenía nada de inesperado. Cerró los ojos y durante un rato se permitió simplemente disfrutar del momento, hasta que notó que Pablo se apartaba.
Cuando abrió los ojos, descubrió que su expresión había cambiado.
—¿Qué pasa?
Él se quedó mirando el volante.
—Tengo que decirte una cosa. No quiero mentirte.
Vera sintió una pequeña punzada de inquietud.
—No pongas esa cara, que me estás asustando.
Pablo respiró profundamente antes de mirarla.
—Tengo novia.
Durante unos segundos, Vera creyó haber entendido mal.
—¿Qué?
—Tengo novia —repitió—. Se llama Ana y llevamos dos años juntos.
La calidez que había sentido apenas unos segundos antes desapareció de golpe. Vera se apartó hacia su puerta y lo observó, tratando de ordenar lo que acababa de escuchar.
—¿Y me lo dices ahora?
Pablo bajó la mirada.
—Lo siento, sé que debería habértelo contado antes.
—Pues sí. Habría sido un detalle.
—Ana está de vacaciones en Mallorca con sus padres —explicó Pablo—. Nuestra relación lleva bastante tiempo mal y, antes de que se marchara, tuvimos una discusión bastante fuerte. Creo que cuando vuelva voy a dejarla.
Vera dejó escapar una risa sin humor.
—Claro… Y mientras tanto, pasas el tiempo conmigo.
—Es verdad. Te lo juro —respondió Pablo cabizbajo.
Vera giró la cara hacia la ventanilla.
Unos meses atrás ni siquiera habría necesitado pensarlo.
Un hombre con novia que besaba a otra chica era un cabrón.
Punto. No había matices, circunstancias atenuantes ni excusas sobre relaciones que «llevaban tiempo mal».
Si ya no querías estar con alguien, lo dejabas.
Y después hacías lo que te diera la gana. Para Vera era así de sencillo.
Sin embargo, desde que había llegado a Madrid, las certezas parecían empeñadas en complicarse.
Su propia madre se acostaba con un hombre casado —con uno, al menos, que Vera supiera— y había aprendido a convivir con aquello mucho mejor de lo que jamás habría imaginado.
Isabel le había confesado que había engañado a Rodrigo con una mujer y, pese a todo, seguía considerándola una de las mejores personas que había conocido.
—Mi exnovio me engañó —dijo finalmente.
Pablo permaneció callado.
—Se llama Pedro. Estuvimos juntos mucho tiempo, desde los quince —Vera esbozó una sonrisa amarga—. Nos conocíamos desde pequeños. Todo el pueblo sabía que estaba con otra antes que yo.
—Joder, lo siento. ¿Te engañó con alguna amiga?
Vera bajó los ojos hacia sus manos. Le sorprendió descubrir que hablar de aquello ya no le dolía como antes.
—Se llama Nerea. Vive en el pueblo de al lado y hemos ido juntas a clase desde niñas. Ella sabía que Pedro y yo estábamos juntos.
Pablo permaneció callado, quizá comprendiendo por primera vez por qué Vera se había puesto tan seria.
—Me enteré porque me lo contó mi mejor amiga. Al principio ni siquiera la creí. Pensé que serían los típicos rumores que corren por los pueblos, hasta que hablé con Pedro y terminó reconociéndolo. Corté con él quince días antes de venirme a Madrid.
—Tuvo que ser una putada.
—Lo fue. —Vera se encogió ligeramente de hombros—. Durante un tiempo tuve la sensación de que cada vez que salía de casa, me miraban pensando: «Mira, ahí va la cornuda del pueblo».
—¿Has vuelto a verlo? —preguntó Pablo.
—Precisamente estuve con él el fin de semana pasado. Era la primera vez que volvía al pueblo desde que me vine a Madrid.
Pablo la miró con curiosidad.
—¿Hablasteis?
—Durante horas.
Vera dudó antes de añadir lo siguiente.
—Y nos besamos y esas cosas.